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       Artículo de literatura

El señor de los anillos y la filosofía, de Gregory Bassham y Eric Bronson


 Ensayo
Eidián   18/01/2011
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     Se han manipulado los temas del libro dejando para el final el más claramente relacionado con el pensamiento tolkieniano y el que menos referencias filosóficas posee: la religión.
Portada de El señor de los anillos y la filosofía, de Gregory Bassham y Eric BronsonCuando un libro sobre “El Señor de los Anillos” se publicita con una frase como “Un libro para gobernarlos a todos” alguien con buen criterio debería huir como el diablo. Sin embargo, pásmense ustedes, el “chiste” se supone que da entrada a un libro de…¡filosofía! (al parecer, a quién se gobierna es a los filósofos). Sí señores, "El Señor de los Anillos y la filosofía" (Ariel, 2010, disponible en FantasyTienda), es un libro que dice desgranar en sus páginas el contenido filosófico de la trilogía tolkieniana buscando, de este modo, acercar el pensamiento trascendental al lector contemporáneo. Permítanme: ¡je,je!

No me crean el colmo del cinismo: el proyecto en sí me parece loable pero la envoltura deja para mi gusto mucho que desear. En primer lugar no se puede comenzar un libro de divulgación filosófica sobre J.R.R. Tolkien (o sobre cualquier otra obra literaria) diciendo que sí existe una versión de ESDLA para tontos (léase, al otro lado del charco anglosajón, “dummies”), ¿por qué no puede haber una versión para “gente inteligente”?

Al parecer la obra de Tolkien hace precisar o bien un “manual de supervivencia para viajeros por la Tierra Media” o bien una palmadita en la espalda acompañada de este libro para decirnos a nosotros mismos “pero que listos somos, madre”. Como decían los renacentistas parafraseando a Aristóteles: “en el justo medio está la virtud” y eso me parece que no es algo a lo que los norteamericanos, autores del libro que nos traemos entre manos, estén acostumbrados. Dar por supuesto que se necesita una cultura superior para enfrentarse a Tolkien me parece un acto de vanidad bastante censurable y rematar el corolario de intenciones calificando la obra Tolkien de “cultura popular”, alegrándose además del hecho (¡pobre profesor de Oxford!) me parece, más que censurable, inadecuado y…., ¡qué demonios!, bochornoso .

Por mi parte insistir en que ESDLA merece un estudio filosófico mucho más profundo que este que tengo entre manos que no pasa de ser un entretenimiento divertido a ratos, desconcertante en muchos momentos, malo directamente en otros e incluso interesante cuando los autores abandonan la filosofía para “dummies” y se deciden a reflexionar con fundamento.

Es posible que a Tolkien le hubiese gustado una calificación semejante si el concepto de “cultura popular” se hubiese mantenido tal y como lo formuló el filósofo Herder a comienzos del siglo XIX, aludiendo a la cultura creada por el pueblo como colectivo social. De esta forma todas las grandes obras de la antigüedad, las Eddas, los romances, cosas como el “Beowulf” (tan querido por Tolkien), etc., eran cultura popular.

Hoy en día, sin embargo, se desecha que el pueblo, ni como colectivo ni como masa, sea capaz de crear nada: sólo el individuo crea, ya para el pueblo ya para sectores minoritarios (dígase, “fisnamente”, élites). Visto así, la cultura popular se ha convertido en la orientada a satisfacer a las masas y ha devorado aquellas obras que, surgidas con otros intereses, se han popularizado y son de dominio público. Como digo, el buen Tolkien no hubiese pegado ojo si llega a imaginar su trilogía fagocitada por un monstruo más grande que Ella-Laraña.

En la introducción se intenta justificar la adscripción de ESDLA a la “cultura popular” diciendo de tal concepto que “puede ser un medio eficaz para presentar ideas filosóficas y suscitar reflexión sobre ellas”. Vamos, que hemos dado a ESDLA la misma altura filosófica de “Más Platón y menos Prozac”, el best-seller de Lou Marinoff. Para rematarla, los autores dicen que es natural que recurran a explicar filosofía gracias a una obra de cultura popular como ESDLA pues el mismísimo Sócrates recurría al arte, la música y el deporte (todo cultura popular de la antigüedad, por supuesto) para explicar filosofía. Ya lo decía ese gran cínico ateniense, “sólo sé que no sé nada”…

J.R.R. Tolkien, el autor

Es una pena porque, en sí, el relacionar el texto de ESDLA con la filosofía me parece acertado ya que Tolkien era un hombre profundamente culto que dejó en sus obras huellas de todas las influencias (literarias, filosóficas, religiosas, etc.) que le habían conformado como persona en general y como escritor en particular. En lo que disiento es en las razones que se dan para justificar la creación de este libro sobre Tolkien: seré una snob, que quieren que les diga, pero comparar en profundidad las ideas del béisbol con las de ESDLA (Eric Bronson, coeditor del libro, tiene un par de joyas con el título “Póker y filosofía” y “Béisbol y filosofía”) mientras se tilda a uno y otro de “cultura popular” digna de ser analizada filosóficamente para asesorar al respetable, me parece llevar las cosas demasiado lejos. Y además se huele una campaña de marketing por medio: vamos a educar a la gente a través de sus gustos “populares” que vendemos fijo.

Dejando de lado que la gente dedicada a la filosofía hoy en día esta deseando adentrarse en las entrañas de esta sociedad “popular”, el libro siempre estará dedicado a una minoría. Un libro que “trate sobre” ya, de principio, va a hacer que mucha gente lo deje sin tocar en la estantería, por mucho que la portada sea atractiva, con grafía similar a los títulos de las películas de Peter Jackson, una frase con gancho, y un Gandalf en plan El Pensador de Rodin (otro que seguramente también hubiese estado orgulloso de que considerasen a su creación “cultura popular”). A ver si alguien explica a esta gente que los libros de “no ficción” casi siempre venden menos que los de ficción, que no pasa nada porque sea así y que tampoco pasa nada si los lectores de Tolkien no conocen a Confucio, Platón o Nietzche (si los conocen bien y si no también).

Quién lee el libro, una trilogía con miles de páginas, y lo entiende más allá de ser “un libro con elfos” para mí ya demuestra tener inteligencia; sí, además, profundiza en los textos e investiga sobre ellos exhibe mucha más aptitud de reflexión que los que han promovido un libro como éste hablando de tontos e inteligentes para alabarlo.

Melkor (Morgoth) junto a Ungoliant, hieren a los Dos Árboles

Dejando aparte la corta y desastrosa introducción (con que pocas frases se puede destrozar un montón de conceptos) decir que los ensayos en si son bastante dispares en calidad y profundidad: algunos son muy buenos, otros buenos y otros repelentes. La obra se estructura en torno a cinco hilos argumentales que, según la habilidad de quién los esgrima, quedan en una buena base o una simple excusa: las cinco partes son “El anillo”, “La Búsqueda de la felicidad”, “El bien y el mal en la Tierra Media”, “Tiempo y mortalidad”, “Fines y finales”.

En la parte dedicada al Anillo de Sauron, tenemos un estudio sobre la responsabilidad moral en los personajes de Tolkien, por qué eligen la moralidad y la virtud antes que la inmoralidad y el placer. Se cita a Platón y se dice, como resumen, que la explicación es “para ser tú mismo” pero, en medio, se nos hurta todo el proceso que lleva de Platón al cristianismo y de este a Tolkien, y como ello conforma la moral de sacrificio y bondad expresada por el autor inglés.

Criticar las elipsis de este primer ensayo, sin embargo, no es nada si lo comparamos con el segundo donde el autor, haciendo gala de cómo de un hilo se puede sacar un ovillo, toma una frase de una carta de Tolkien y la utiliza para justificar (¡agárrense los machos!) el uso de la nanotecnología. El autor del ensayo es un defensor de las nuevas tecnologías a pesar del mal uso a priori que se pueda hacer de ellas y utiliza a Tolkien para llegar a decir cosas como que si la energía nuclear no nos destruyó, ¿por qué lo va a hacer la nanotecnología? Total, ya surgirán pacifistas de los implantes microtecnológicos que evitarán el desastre. Este gran dechado de ideas innovadoras ignora ciegamente que Tolkien recelaba de la tecnología moderna y no comprendía los sacrificios que esta exigía (al ensayista le hubiese convenido leer algunas cartas más de Tolkien). Y es que para su gran sesera de filósofo la tecnología de los herreros élficos es comparable a la humana actual. Seguro, seguro que Tolkien opinaba así, vamos.

Mucho mejor es el tercer ensayo del capítulo, en el que se analiza el anillo como fetiche, y que llega a las raíces del pensamiento de Tolkien con coherencia y conocimiento. Tan sólo criticar, en el apartado dedicado al fetiche como control erótico, que retome la idea bastante absurda y freudiana, pero no por ello menos propagada, de que la guarida de Ella-Laraña es una imagen de una vagina dentada devoradora de la identidad masculina. En fin. Y yo que en mi inocencia tan sólo pensaba que a Tolkien no le gustaban las arañas…

El Canto de los Ents

Bastante más acertados me parecen en general los ensayos dedicados a la manifestación de la felicidad en los personajes de la saga aunque hay detalles que no me resultan lógicos: en primer lugar me parece un poco simple que se citen best-seller psicológicos o de autoayuda como “Cuando a la gente buena le pasan cosas malas” del rabino H.S.Kushner (de nuevo la “cultura popular” ataca) como cita cualificada sobre la naturaleza humana.

Tampoco estoy de acuerdo en que Arwen o Galadriel sean seres felices y por ello “sorprendentemente hermosos”: su hermosura viene determinada por la raza a la que pertenecen y lo de la felicidad… Será que renunciar a la inmortalidad, a tu pueblo y a tu familia o al reino forjado durante milenios proporciona alegría a espuertas. Mucho más acertado me parece el estudio y contraste que se hace de los propósitos vitales de Sam y Gollum y la conclusión de que, para Tolkien, la felicidad sólo se alcanza en un contexto social donde prevalezca el amor. Tampoco el trabajo sobre el existencialismo filosófico y los elfos me parece malo, al contrario, lo encuentro bastante lógico en sus conclusiones aunque aún no entiendo que hace por ahí danzando el cantante country Kenny Rogers, la razón por la que debiéramos desear tener un botón de apagado como los ordenadores o por qué el autor se empeña en llamar a los Valar aparecidos en "El Silmarilion" “dioses”, cuando es una palabra que el propio Tolkien evitó con mucho cuidado aplicarles.

En cuanto el capítulo sobre el bien y el mal en Tolkien bien podía haber comenzado con el título “Más allá del bien y del mal en la Tierra Media”: ¡menuda parrafada sobre Nietzsche!... para concluir que quizás si o quizás no Tolkien lo leyera y quizás si quizás no el conflicto religioso que plantea ESDLA y que se resuelve gracias a la anteposición de la comunidad a la individualidad, y el sacrificio a la voluntad de poder, es una alternativa consciente a la teoría del superhombre y la muerte de Dios propuesta por el filósofo alemán. Pues eso: quizás, quizás, quizás…

Mucho mejor es el trabajo siguiente donde se nos habla de Tolkien y su concepción del mal y en dónde, ¡por fin!, se cita a San Agustín, uno de los pilares del catolicismo tolkieniano: la maldad surge de un uso incorrecto del libre albedrío, de la voluntad de hacer el mal, y supone la ausencia de bondad y el acercamiento a la nada a través del miedo y la destrucción. Como conclusión, se nos propone una estudio comparativo entre la “ética de la virtud” en Aristóteles y el desarrollo de personajes en ESDLA que conduce a la idea de que la forja de un carácter bueno a través de la razón práctica lleva a la mejor realización personal posible.

Aristóteles también está en la base del trabajo siguiente que abre un cajón de sastre intitulado “Tiempo y mortalidad”: el filósofo griego está presente de gran modo en los relatos que tratan sobre la forja del universo de Tolkien y es lógico que también se aluda a él en cuanto a la naturaleza definitoria de los personajes de ESDLA (hombres, elfos, hobbits, orcos…) y su relación con la muerte. Este tema preocupó muchísimo a Tolkien a lo largo de su obra y se esforzó por expresar de forma coherente y comprensible porqué consideraba que la inmortalidad era una carga para los elfos y porqué los hombres debían considerar un don la mortalidad. El autor exhibe una gran sensibilidad para expresar el pensamiento de Tolkien, analizarlo y concluir como el amor está detrás de ambos destinos.

Gandalf el Gris

Desde la mortalidad saltamos en el siguiente ensayo a la relación de Tolkien con la modernidad y la tradición. Otro buen trabajo que demuestra como Tolkien reverenciaba la tradición y la sabiduría: ¿cómo podía ser de otra manera en alguien que hizo del estudio de las lenguas y del folclore la pasión de su vida? Para Tolkien la Modernidad es un ente autodestructivo que goza con la eliminación del pasado y por ello crea un mundo donde la tradición y el verdadero conocimiento conforman un poder real, un mundo de certezas muy alejado de la realidad en la que nos ha tocado vivir.

Algo más “ligero” me parece el siguiente tema analizado, el ecologismo en la obra de Tolkien. Huyendo de una interpretación alegórica (que Tolkien hubiese rechazado) la autora busca darnos una “especie de escala geológica o natural del tiempo” en los escritos del profesor: el “tiempo verde”. La conclusión de que debemos responsabilizarnos de nuestra acciones sobre el mundo natural es lógica y acertada y plenamente compartida por Tolkien pero, no se, quizás sobran páginas o buenas intenciones al asunto.

Por fin, y redundantemente, llegamos a “Fines y finales”, la última sección de este libro. El primer ensayo de esta sección se dedica a resaltar la importancia de la providencia en el pensamiento del profesor de Oxford. Teniendo en cuenta el catolicismo de Tolkien, es evidente que para él la providencia, digamos la intervención de un bien superior, tiene un gran peso y así lo plasma en su obra (el final entre Gollum y Frodo en el Monte del Destino es un buen ejemplo). Claro, admitir que la providencia existe es, en última instancia, admitir que no somos libres para actuar ni elegir. En este punto el autor recurre al insigne filósofo Kant (afirmaba que la conformidad al deber es la expresión más elevada de la libertad) y más tarde de nuevo a San Agustín, pues es terriblemente dificultoso hablar del Bien y el Mal en Tolkien sin aludir a la filosofía tradicional cristiana (y sobre todo no nombrarla como tal, cosa de la que todos estos autores huyen como del diablo). En conclusión, es otro buen trabajo que muestra como Tolkien, en última instancia, siempre creía que el hombre podía elegir ser él mismo a pesar de cualquier marea de la historia. El siguiente estudio es más problemático.

¿A qué viene comparar la ideología de ESDLA con la filosofía oriental cuando Tolkien, católico cuyo pensamiento surge del folclore del norte de Europa, nunca la tuvo en cuenta para crear su obra? Aunque sus autores pretenden que es importante hacer semejante estudio yo no le veo la importancia ni la necesidad por ningún lado a no ser porque las filosofías orientales tienen desde hace años mucho predicamento entre la intelectualidad occidental… por no decir en la “cultura popular” occidental. Dicho esto, es evidente que todo el mundo encontrará de cajón que el budismo zen y el taoísmo puedan tener puntos comunes con Tolkien al valorar elementos naturales, la figura del maestro y el desarrollo de la eterna lucha del Bien y el Mal… junto a un montón de diferencias, por supuesto, las mismas que existen entre la tradición del pensamiento occidental y el oriental. Y con esto y un bizcocho verdes las hemos segado. Otro.

Lucha entre el Balrog y Gandalf

¿Cómo se relaciona a la actriz Geena Davis, Tina Turner en Mad Max, el diseño de moda, la bancarrota de ENRON y a Frodo Bolsón? Ta-ta-chaaaán, mediante la filosofía y la visión del viaje como alegoría de la vida. Menos mal que luego se enderezan un tanto las cosas y se analiza el viaje como conocimiento del mundo que nos rodea y como introspección de nuestro yo interior, ambas vías vistas en ESDLA y sus personajes. Muy bonito y final eso de que “cuando las personas ordinarias se comprometen con el bien, la vida puede ser extraordinaria”.

El último trabajo del libro quiere afirmar que, frente a interpretaciones de mera diversión o como alegoría cristiana, ESDLA “es un cuento de hadas épico con cierta significación religiosa”. Es de agradecer al autor que, ¡por fin!, se trate con cierta profundidad el fundamental trabajo de Tolkien “Sobre los cuentos de hadas” que aún hoy no tiene la importancia central en las investigaciones sobre el profesor que se merece (fijarse en el resto del libro) y que muestra la reflexión del escritor respecto al poso ideológico y moral que reflejan los cuentos tradicionales, respecto a la Fantasía. Atención a la demostración del término “eucatástrofe”, palabra creada por Tolkien que define toda su creación literaria y su pensamiento religioso, y a la explicación de la épica en el escritor y como desemboca en la creación de un cuento de hadas moderno, El Señor de los Anillos. Finalmente se reconoce que, pese a que Tolkien extirpó cualquier referencia religiosa en su trilogía, esta está recorrida por un mensaje religioso que nace del catolicismo de Tolkien y que concluye con la victoria del Bien sobre el Mal gracias a nuestro sacrificio y nuestra fe.

El hecho de que el libro “filosófico” acabe con este ensayo demuestra hasta que punto se han manipulado los temas del mismo dejando para el final el más claramente relacionado con el pensamiento tolkieniano y el que menos referencias filosóficas posee pues es el propio Tolkien la base ideológica más clara del mismo. Después de habernos mareado con temas inapropiados (la defensa de la modernidad, la filosofía oriental, felicidad versus belleza, etc.) referencias a filósofos que posiblemente Tolkien nunca leyó (Nietzche a más no poder) junto a otros temas que están, forzoso es reconocerlo, bien tratados aunque no en profundidad (la muerte, la providencia, la tradición, los conceptos de Bien y Mal…), los filósofos que han realizado el libro tienen que reconocer, seguramente a su pesar, que la obra de Tolkien es profundamente religiosa (mucho más que filosófica, añado yo).

Por mi parte insistir en que ESDLA merece un estudio filosófico mucho más profundo que este que tengo entre manos que no pasa de ser un entretenimiento divertido a ratos, desconcertante en muchos momentos, malo directamente en otros e incluso interesante cuando los autores abandonan la filosofía para “dummies” y se deciden a reflexionar con fundamento que es, al fin y al cabo, lo que creo que se le debe exigir a la Filosofía, así, con mayúsculas.

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