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Zig Zag, de José Carlos Somoza
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Entretenida y recomendable novela de ciencia ficción que no dejará indiferente a nadie y que podría ser llevada al cine con acierto sin mucho esfuerzo. |
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Cabizbajo sin muchas esperanzas de sorprenderme volvía a casa de una intensa jornada en la Feria del Libro madrileña. Era tarde y las últimas casetas empezaban a cerrar. En una de ellas leí: “Hoy firma: José Carlos Somoza". Me paré y vi a Somoza mirando al cielo esperando a algún buen lector. Sin dudar me acerqué a él y le expliqué que seguía su carrera pero que nunca había leído nada suyo. Cogí "Zig Zag", me lo firmó y me fui a casa recordando esa conversación.
Nos encontramos ante la historia de una intrigante huida hacia la normalidad que todo humano busca pero que en esta novela se disfraza de esperanza y respiro
"Zig Zag", nominada del premio John W. Campbell, es, por ahora, la penúltima novela del escritor cubano afincado desde bebé en España. En su momento, al menos en la capital, la obra sufrió una publicidad desmedida: periódicos, carteles en el metro y en los autobuses... Desmedida ya que el autor ha demostrado en muchas de sus novelas que no se trata de un narrador más. "Clara y la penumbra" (premio de Novela Fernando Lara 2001) o "La caverna de las ideas" son buena prueba de ello.
"Zig Zag", su novela del 2006, es un thriller científico realmente turbador e inquietante. En ella, Elisa Robledo, una joven científica a la que todos quisiéramos como profesora en la facultad, se esconde de un destino incierto. Hacía años, después de acabar su carrera de Físicas, asistió a un curso de verano (sí, de esos que en la vida real sólo valdrían para conseguir algún crédito suelto) en el que conoció a su científico fetiche: David Blanes, estudioso de la famosa Teoría de las cuerdas. La siempre tan recurrida pero ineficiente teoría universitaria pasó esta vez a la práctica más excitante. En esos días Elisa se convirtió en una de las testigos del descubrimiento científico del siglo o, quizá, del milenio. El pasado más reconfortante y a la vez aterrador iba a pasar por sus ojos. La teoría de las cuerdas se enfrentaba a si misma, a la ética, a la moral, y a la mezquindad de sus propios padrinos.
La novela tiene una estructura simple, variada, efectiva y vistosa. Al principio de las casi 600 páginas entra por nuestros ojos una panorámica bastante acertada de la vida en las facultades del norte de Madrid. Jardines extensos pero sucios, estudiantes relacionándose en fiestas, clases vacías con alumnos compitiendo entre sí y aburridas carreteras camino a la capital. Todos los que conocen esos parajes seguro que leerán sonriendo estas páginas, dónde el autor retrata con esmero y acierto cada uno de los personajes que pasarán con nosotros las siguientes mañanas en el metro o las próximas noches cerca de la almohada.
En la siguiente parte de la obra, en un lugar opuesto a la universidad, es donde transcurre con mayor velocidad la trama. Debo destacar la eficacia con la que Somoza nos mantiene atrapado en sus páginas capítulo a capítulo. Nos ofrece, en pocas palabras, un adelanto de lo que podría ocurrir, o no. En esta segunda parte podemos destacar la aparición de uno de los personajes más acertados del relato: la isla. Los científicos, atrapados en su hermosura, ponen a prueba sus descubrimientos. Si habéis visto o sois seguidores de la serie de televisión Perdidos, esta isla os recordará vagamente a la compañera de aventuras de Jack o Sawyer. En ella, Víctor -el personaje miedoso e introvertido-, Valentín – el conflictivo- o los propios David Blanes y Elisa intentarán escapar del terror que habían construido con sus experimentos.
En definitiva, nos encontramos ante la historia de una intrigante huida hacia la normalidad. Normalidad que todo humano busca pero que en esta novela se disfraza de esperanza y respiro. Y en medio, la eterna lucha entre la religión y la ciencia. Entretenida y recomendable novela de ciencia ficción que no dejará indiferente a nadie y que podría ser llevada al cine con acierto sin mucho esfuerzo.
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