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El hombre divergente, de Marc. R. Soto
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Soto tiene su punto fuerte en la paciencia, en una prisa totalmente nula a la hora de realizar el planteamiento de la trama. La acción fluye lenta y se dispersa en matices sustanciales. |
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Cuando uno se sumerge en el proceso de búsqueda de un libro normalmente cuenta con dos premisas para ello, el título y el autor. Las bases de datos reaccionan en sus motores de búsqueda a estos dos imperativos y nos devuelven resultados más o menos deseados que, en caso de la nomenclatura de aquel que escriben, suelen llevar de una forma u otra hacia biografías donde se nos muestran sus logros, trayectorias vitales y pasos previos hasta el volumen en cuestión.
Incluso las solapas o las contraportadas de las ediciones comerciales es normal encontrar estas notas sobre el pasado del escritor, y no es nada extraño que en ellas se cite que fulanito o menganito de tal comenzó a publicar sus escritos en esta o aquella revista, fancine o, adentrándonos ya en nuestra era digital, página web.
Pronto será difícil reconocer en los relatos de Soto que es realidad y que ficción, imposible discernir si somos espectador o protagonista
Muchos autores consagrados en la actualidad se desvirgaron en esto de hacer públicos sus textos de esta manera. Pero eso parece que solo ocurre en otras latitudes donde el habla procede de raíces anglosajonas, donde la potencialidad puede llegar a desarrollarse al más puro estilo sueño americano: un chaval de un pueblo comienza mandando sus relatos a una revista local y acaba publicando bestsellers en serie.
Existe fuera de nuestras fronteras y del proceso editorial español, un nicho de mercado que son las revistas o tablones literarios, las cuales ofrecen en múltiples ocasiones el caldo de cultivo perfecto para descubrir nuevos talentos, exponer tendencias y estudiar las necesidades e inclinaciones del público lector.
Pero esto es España, y muchas veces reflexionó sobre si nuestras grandísimas diferencias estructurales en múltiples facetas son una deliciosa conjunción de detalles iconoclastas que nos hacen únicos, o simplemente es que somos idiotas en el sentido médico de la palabra.
Nadie es profeta en su tierra y menos cuando ha nacido en este reino.
Por eso si yo les habló de un tal Marc R. Soto ustedes esperaran una aclaración sobre quien es ese tipo, solicitando datos sobre él con la frase: “¿En qué equipo juega?” Lo mismo lo hace en pachangas de amiguetes y en su barrio dicen que en su pierna derecha tiene un guante, pero esto no lo puedo confirmar.
Yo le he conocido gracias al grupo Ajec, muy relacionados con Aefcfyt, Pórtico y con la gente de Nocte. Esto son asociaciones de escritores y de amantes de la literatura que son los únicos en este país que de vez en cuando se lían la manta a la cabeza y apuestan por un autor patrio al que nadie conoce y lo publican.
En ocasiones no estoy de acuerdo con sus elecciones ni su forma de trabajar, será porque me considero un lobo solitario, así me luce el pelo por mi fobia al gregarismo, pero respeto enormemente su labor, admiro su valentía y agradezco que me den la oportunidad de conocer al señor Soto.
Soto nos presenta en “El Hombre Divergente” una antología de relatos englobados entre sí por una trama general bastante forzada de la cual yo habría prescindido dejando cada historia libre, fuera de contextos.
La temática es de terror y roza en ocasiones el thriller psicológico y otras profundiza en el gore, su estructuración es totalmente dispar y pasa de casi una novela corta como podría ser “Mosquitos” a pequeños textos que parecen ser casi pruebas de estilo para uso propio como es “37 Arañas”.
Es por esto que el volumen queda deslavazado y por lo que es totalmente imprescindible leer el prólogo de Elia Barceló que anuncia el texto y de que nos avisa de lo arriba expuesto.
Una vez que somos conscientes de esta premisa podemos disfrutar de diversas historias que sorprenden por las situaciones, y que brillan por las descripciones y las ambientaciones realistas, potenciadas estas por estar situadas en medios urbanos cien por cien españoles, cercanos a un lector ibero que se sorprende al encontrar elementos inquietantes y propios de ficciones norteamericanas en escenarios que nos son reconocibles por ser parte de nuestra rutina.
Ya a nadie le sorprende que en Shitville aparezca una plaga de vampiros, pero si que en Torremocha se puedan desencadenar espantos tan poco fantasiosos que se transforman de imposibles a pseudo realidades inquietantes.
Soto tiene su punto fuerte en la paciencia, en una prisa totalmente nula a la hora de realizar el planteamiento de la trama. La acción fluye lenta, dispersándose en matices en apariencia insustanciales pero que son una herramienta de escritor para que lo que ocurra, para que el clímax no sea predecible y que una vez desvelado nos sorprenda y nos haga preguntarnos ¿Cómo hemos llegado a esto? Entonces cuando lo que creímos estar leyendo es la biografía insulsa, banal y hastiante de un operario de una fundición de los hornos del norte, nos vemos sumergidos en una pesadilla delirante de la cual es difícil escapar.
Puede que abuse de ese otro recurso tan de moda que es el no dar el motivo, ni el cuando, ni el cómo del conflicto narrativo, el intentar convencer al lector de que el malo es malo por que si y ya está, al más puro estilo Randall Flag de Stephen King. Esto da la sensación en ocasiones de que las tramas están poco trabajadas, de que falta una profundidad de planteamiento o al menos una excusa que nos haga entender porqué está ocurriendo lo que nos describen las líneas.
El mayor “pero” que se puede encontrar en esta antología es la poca fuerza de los desenlaces, los finales quedan excesivamente abiertos, hay demasiados cabos sueltos, Soto abusa de la imaginación o de la capacidad de reflexión del lector sobre sus párrafos.
Por esto me atrevo a comentar que Marc es un autor pulido pero en ciernes. Posee un estilo propio, conoce el oficio pero aun utiliza su artillería contra dianas de papel, aun no está seguro de sí mismo y sigue probándose en relatos cortos antes de dar el siguiente paso lógico para un escritor que es lanzarse a la novela.
Yo he disfrutado de sus inquietantes cuentos de léxico moderno, directo al grano y que desprecia la poesía para centrase en el qué en detrimento del cómo, y esperaré a que engrase el gatillo y ajuste el punto de mira para dispararnos un argumento de al menos doscientas páginas.
Hasta que llegue el impacto les recomiendo que echen un vistazo a “Ratas” o a “Bella y tierna historia de Amor” dos perfectos ejemplos de técnica e ideas para emborronar folios con líneas y que además, hablando en plata, acojonan.
Ya les dije que nos lo ofrece el grupo editorial Ajec en una edición, sobria y digna, dentro de la colección Albemuth. El señor Soto escribe en castellano y su trabajo nos llega sin traducción ninguna, cara a cara, cosa que yo siempre agradezco y que me aporta una extraña sensación de complicidad con el autor.
Hay múltiples universos que en ocasiones llegan al nuestro de forma velada, como sueños o recuerdos, pero cuando estos episodios invaden la vigilia o los momentos conscientes, se genera una sensación inquietante. Mucho más cuando los destellos de esas divergencias de realidad nos muestran hechos insólitos, macabros o terroríficos. Cuando unas manos que sentimos como nuestras pero que no reconocemos, se cierran sobre una garganta o escarban en el interior de un cuerpo. Cuando vemos a través de ojos ajenos como lo cotidiano se transforma en asombroso, como lo banal está tocado por la muerte. Pronto será difícil reconocer que es realidad y que ficción, imposible discernir si somos espectador o protagonista, si lo que experimentamos son solo quimeras o esos actos que no salen de nuestra conciencia tendrán consecuencias…
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