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Tiburon (1975), de Steven Spielberg |
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Uno de los clásicos del cine de terror nos llega de nuevo de la mano de Steven Spielberg. En esta ocasión la primera de la saga Tiburón, todo un referente a la hora de aterrorizar en la pantalla. |
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En 1971, un joven cineasta en ciernes, Steven Spielberg sorprendía a propios extraños con un telefilm para la cadena ABC: “Duel”. Era la primera gran oportunidad de despuntar en un medio que conocía bien, tras fogearse a base de dirigir numerosos capítulos de show televisivo de irregular éxito. La historia que Spielberg cuenta en “Duel” parte de una premisa sencilla, cómo la monótona existencia de un agente comercial (Dennis Weaver), se rompe cuando tiene que hacer frente a un infernal camión cisterna con instintos asesinos, dando lugar a una encarnizada lucha por la supervivencia, donde el único objetivo será la muerte de la bestia. El éxito logrado con una historia, en la que la angustia que vive el protagonista, logra traspasar la pantalla, llama la atención de los avispados productores cinematográficos, quienes le brindan su primera oportunidad de lucirse en la gran pantalla.
La Universal se encarga de apoyar su segundo trabajo tras las cámaras, “Loca evasión” (1974), centrada en la desesperada lucha de una joven pareja, que tras escapar de un correccional, emprenden una peligrosa huida por carretera, que tiene como único objetivo recuperar a su hijo, entregado en un hogar de acogida. No abandona Spielberg el hábitat natural de su ópera prima, la carretera, si bien la suerte no está de su lado, y lo que en la anterior cinta se convirtió en una lucha a vida o muerte, aquí pasa por ser una frenética y espectacular persecución por el desierto, sin el más mínimo interés.
Tras el impresionante batacazo, todo el mundo estaba expectante por ver cuál sería el siguiente trabajo de un cineasta a priori prometedor, a pesar de que su buena estrella mostraba síntomas de apagarse. La respuesta llegó en 1975, cuando “Tiburón”, desembarcó en los cines de todo el mundo.
La década de los setenta es un periodo delicado para el mundo cinematográfico, que todavía se estaba recuperando de las convulsiones a que se vio sometido a finales de los sesenta, cuando películas como “Bonnie and Clyde” (Arthur Penn 1967), “Easy rider” (Dennis Hooper 1969), y “Cowboy de medianoche” (John Schlesinger 1969), dinamitan los cimientos de los grandes estudios, al imponer una forma de cine más visceral y directa, sin ningún tipo de censuras, reclamando un relevo generacional a todos los niveles. Cambios que se producen en medio de una década convulsa a nivel político y social, con las reivindicaciones de la Guerra de Vietnam, el escándalo Watergate y la crisis del petróleo. Por eso no es de extrañar que buena parte de las producciones realizadas durante este periodo se orienten hacia lo social, con marcadas reivindicaciones políticas.
Sin embargo, la década de los setenta, es también testigo del resurgimiento de un nuevo modelo de cine de terror, y del triunfo de un subgénero, el de catástrofes, que estaba consiguiendo destacados éxitos en taquilla, a base de mezclar efectos modestos con elencos de relumbrón, sufridores en incendios, hundimientos, terremotos y desastres varios.
“Tiburón” es un film que se encuentra a medio camino entre ambos géneros, al situar la acción en Amity Island, una agradable zona costera, que ultima los preparativos para dar la bienvenida a una prometedora temporada veraniega. Sin embargo, el hallazgo de un cuerpo humano descuartizado en la playa, y la muerte de un niño de corta edad, propagan el rumor de que un hambriento tiburón acecha las aguas, rompiendo de forma abrupta la tranquilidad de la zona.
El logotipo de la Universal aparece acompañado de los primeros acordes de una banda sonora, que del mismo modo que ocurría con “Psicosis” (Alfred Hitchcock 1960), pone sobreaviso al espectador de la amenaza que se cierne en el horizonte. Si a ello añadimos la presencia del título “Jaws” en letras grandes, sobreimpresionado en un vista submarina, donde la cámara simula los movimientos de un pez, queda bastante claro, que Spielberg nos propone de nuevo un angustioso viaje, donde los depredadores del asfalto, dejan paso a los no menos peligrosos del océano.
La historia basada en el betseller “Tiburón” escrito por Peter Benchley en 1974, quien también participaría en el guión del film, se divide en dos partes diferenciadas. La primera parte, sirve para presentación de personajes y ambientes, rasgos que el director consigue a la perfección; además de reflejar la amenaza con los dos primeros ataques, el primero más sutil que transcurre por la noche, en el que una tranquila reunión de estudiantes al calor de la hoguera, termina de forma trágica. Y el otro más efectista, donde se puede percibir la cabeza del tiburón destrozando el cuerpo de un niño de corta edad. Ambos momentos consiguen dos puntos de inflexión, el primero desata el debate entre lo que es bueno para la comunidad y lo mejor para la integridad física de las personas. Mientras que el segundo, convierte en realidad la sospecha del peligro inminente, con la consiguiente busca y captura del peligroso animal.
La segunda parte transcurre en alta mar en torno al pequeño grupo de valientes: el policía con miedo al agua, el biólogo y el marino, que reúnen las cualidades necesarias para eliminar la amenaza. En este segundo capítulo, se alternan momentos de calma y tensión, protagonizados estos últimos por los ataques sorpresa del tiburón; alcanzando su climáx cuando el hombre se enfrenta cara a cara con la bestia, momento final tras el cual se recupera la serena calma habitual en cualquier destino turístico que se precie.
En el plano de los actores, Spielberg, tuvo bien claro desde el principio que lo mejor era contar con nombres que no fueran demasiado conocidos, de manera que el espectador se identificara con los personajes, y no con los actores que les daban vida. El trío protagonista está compuesto por Roy Scheider, en el papel del jefe Brody, un antiguo policia de Nueva York, que deja su trabajo en la bulliciosa ciudad, en busca de un lugar tranquilo en el que su familia pueda vivir sin sobresaltos. Richard Dreyfuss, actor que ya había colaborado con George Lucas en “Américan graffiti” (1973), como Hooper, un biólogo experto en tiburones, al que le toca el papel de “se lo advertí”, típico en este tipo de producciones, intentando convencer al cacique de turno de la evidencia de un peligro real. Cierra el grupo Robert Shaw como Quint, un excéntrico marino, para quien la captura del peligroso esqualo se convierte en una cuestión personal; algo parecido a la obsesión del capitán Acab con Moby Dick. Estos tres personajes se rebelan como los auténticos mimbres sobre los que se sustenta la historia, hombres corrientes que deben hacer frente a circunstancias extraordinarias. Con este esquema, Spielberg se aleja de lo que suele ser habitual en su filmografía, donde las mujeres son más fuertes emocionalmente, capaces de resolver los problemas, mientras que los hombres aparecen en un segundo plano.
En cuanto a los efectos especiales, los más representativos corren a cuenta del tiburón blanco, diseñado por Joe Alves, ingenio mecánico que dio no pocos quebraderos de cabeza al equipo durante el proceso de filmación. Algunos de estos percances permitieron que “Tiburón”, pueda ser considerada como una pequeña joya del suspense y la intriga. Efectivamente durante gran parte del metraje, el espectador es consciente de la amenaza que se cierne sobre los incautos bañistas de Amity. Sin embargo, apenas vislumbramos rastro del animal, en ocasiones una leve sombra o una falsa alarma, pero no evidencias reales; de manera que la música como ya apuntábamos al principio juega un papel esencial, el leiv-motive es el único que nos anuncia la llegada del tiburón, del mismo modo que el tema de “Psicosis” nos recuerda a un cuchillo. Sólo es en la última media hora, cuando el monstruo hace acto de presencia de forma física, mostrando la ferocidad de su naturaleza al embestir la embarcación que ha ido en su búsqueda.
En resumen, un inteligente entretenimiento, de excelente ritmo, con guión sólido, buen estudio de personajes, e importantes dosis de intriga sin recurrir a golpes efectistas. Un éxito de taquilla que generó tres secuelas y numerosas imitaciones. Y sobre todo entró por méritos propios dentro de la cultura popular, al condicionar nuestra forma de disfrutar las vacaciones en el mar.
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