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Neoliberalismo sexual, de Ana De Miguel: El mito de la libre elección


 Ciencias Sociales
Fco. Martínez Hidalgo   06/05/2016
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     Un libro estupendamente escrito, de buen ritmo, fácil lectura, básico en el nivel de sus explicaciones y perfecto para iniciarse en los pilares del feminismo.
Portada de Neoliberalismo sexual, de Ana De MiguelHe aquí a un hombre escribiendo sobre feminismo o, para ser más precisos, sobre un libro feminista. Ana de Miguel (Santander, España; 1961) defiende con pasión que, para que el feminismo consiga sus objetivos, para que -en definitiva- el igualitarismo femenino consiga sus objetivos, los hombres somos un aliado ineludible. Más aún aquellos que, en coherencia con el feminismo, buscan(-mos) una transformación de la sociedad en aras de la justicia, la igualdad de oportunidades y la democracia real. De hecho, se sorprende que entre los hombres defensores de estos esquemas la causa feminista sea no solo mayoritariamente desconocida, sino también conscientemente ignorada. ¿Por qué podría suceder esto?, ¿a qué se debe que entre personas concienciadas sobre la necesidad del igualitarismo haya quien, consciente y voluntariamente, relega a un segundo plano alguna causa igualitaria?

Ana de Miguel defiende que, contrariamente al discurso ideológico de quien afirma que “ya hay igualdad”, lo que tenemos es un paso atrás, una vuelta “al rosa y al azul”, a la distinción de los sexos, eso sí, legitimada por el discurso neoliberal de la “libre elección”. Un punto de partida muy interesante, bien argumentado y fundamentado en tres espacios sociales de fuerte influencia en la construcción de Lo Real: el mundo de la creación (cultura), los medios de comunicación (transmisores de cultura) y el consumo de masas (expresión de cultura). Esto es posible por un doble proceso: la descalificación del “feminismo” como alternativa y la fuerte persistencia del sistema de dominación patriarcal (invisible y fuertemente coercitivo con quien pretendiese incumplir las normas fijadas por él). Un sistema de dominación evidente en la cotidianidad y, precisamente por ello, también difícil de reconocer y combatir.

Quizás el ejemplo más ilustrativo sea el de los pendientes. Primero, la cultura carga a un objeto funcionalmente decorativo de valores: elegancia, coquetería, “femineidad” … Un objeto decorativo que, inopinadamente, acabará más tarde en las orejas de muchas mujeres, prácticamente poco tiempo después de su nacimiento, y sin que ellas sean conscientes del significado cultural de ese objeto que portan. A partir de este momento, se ha definido una regla social: ponerse ese objeto decorativo equivaldrá también a poseer/defender los valores con que ese objeto ha sido cargado por la cultura. Si eres mujer, se te atribuirán valores “definidos” para tu sexo, pero si eres hombre… la cosa cambia bastante. He aquí, en la disonancia de valores consecuencia de que un hombre pudiera portar un pendiente, un síntoma o consecuencia del sistema de dominación patriarcal; responsable de la distinción de valores en función del sexo, de la carga de valores a los objetos o de la disonancia consecuencia de su transgresión.

A simple vista, los efectos de transgredir esta norma social resultan bastante evidentes de observar y distinguir para cualquier persona. Pero, a pesar de ello, el sistema de dominación que los causa ha sido lo bastante escurridizo como para hacerse bastante menos visible que sus efectos.


Además, lejos de ser ejemplos excepcionales o limitados a ciertos ámbitos, una observación atenta nos permitirá ver cómo esta construcción de valores y significados “a la carta”, X o Y según cual sea tu sexo, permea a toda la cotidianidad: desde los consejos de las revistas sobre cómo ligar, a los distintos modelos “de amor” para mujer (romántico) o para hombre (seductor), hasta los distintos tipos de productos que podemos encontrar en una juguetería si son para niño (bélicos) o para niña (domésticos o sobre moda), pasando por el uso que nuestra mente hace de las palabras y el lenguaje recreando determinados estereotipos (escenas) cuando escuchamos las palabras “violación” o “prostitución”. Entonces, a pesar del discurso sobre que “ya hay igualdad” o que, efectivamente, estamos en el camino hacia ella, los hechos muestran una realidad tozuda: el sistema patriarcal sigue fuertemente instalado incluso en las sociedades autodenominadas como “igualitarias”.

Este “espejismo igualitario” tiene su marco justificador en la creencia según la cual muchos hechos o actos, en verdad efectos del sistema patriarcal, no son otra cosa sino el resultado de una elección de las mujeres en su igual ejercicio de la libertad dentro de un mercado abierto donde todo, hasta el cuerpo, es mercancía. La prostitución resulta una actividad paradójica respecto a esto pues, en poco tiempo, el discurso dominante ha pasado de señalarla como una circunstancia de abuso y explotación (esto es, de violencia) a ser un acuerdo bilateral de libre comercio. De ser un problema social, cuya solución implica y atañe al conjunto de la comunidad, ha pasado a ser una circunstancia particular que únicamente atañe a las partes contratantes. Un cambio de discurso que refleja el intento neoliberal de despolitizar, de desproblematizar a la desigualdad por motivos de sexo, bajo una falsa creencia: el problema ya no importa porque el objetivo o se ha conseguido o se está en el camino inexorable para conseguirlo (no hay, por tanto, probabilidad de marcha atrás).

Una creencia, como vimos, muy lejos de ser verdad.

Entonces, si así están las cosas, y el reto no es en absoluto pequeño, ¿qué puede hacer el feminismo de hoy para enfrentarse a él con posibilidades de victoria? En cierto sentido, Ana de Miguel propone insistir en las fórmulas que han llevado al movimiento feminista a los avances que, efectivamente, sí han tenido lugar y lo han llevado hasta donde ahora está. Fundamentalmente, se trata de, frente a quién trabaja denodadamente para expulsar al feminismo de la esfera pública, reimpulsar a la problemática de la mujer politizándola y recuperando el “nosotros, las mujeres” como sujeto político fundamentado en aquello que lo une con otras causas reformadoras y revolucionarias (entienda el lector “revolución” en el sentido positivo, de cambio profundo). Una postura defendida con valentía y mirando a los lados, hacia las demás posturas que, tradicionalmente, vienen ejerciendo la crítica (algunas veces inmisericorde) con el feminismo.

Ana De Miguel

Muchos aspectos quedan fuera del análisis de esta crítica, pero, desde luego, merece la pena algún comentario. Especialmente interesante es su análisis de las vertientes del feminismo: entendido ora como una teoría crítica social, ora como un movimiento social, ora como un conjunto de ideas y/o valores generales alrededor de la idea de lo que es ser mujer. Tres vertientes tan distintas entre sí, como imprescindibles para explicar los avances de la mujer producidos hasta ahora.

Interesante también su análisis estratégico, si podemos llamarlo así, sobre las diferencias (y, no pocas veces, antagonismos) coexistentes dentro del feminismo, sobre cómo muchas ideas crean disidencias que separan en vez de unir (como, por ejemplo, si recurrir o no al derecho penal para combatir por sus derechos), y sobre cómo el futuro del feminismo pasa por tender puentes en lugar de romperlos.

O, por ejemplo, su repaso a la historia del feminismo y a cómo ha contribuido a conseguir avances que el cambio de perspectiva, que supone el discurso neoliberal, podría poner en peligro al, precisamente, dar esos avances por conseguidos y asentados cuando, en verdad, dista mucho de ser así.

Neoliberalismo sexual. El mito de la libre elección’ (Cátedra, 2015) es un libro estupendamente escrito, de buen ritmo, fácil lectura, básico en el nivel de sus explicaciones y, por su perspectiva, resulta perfecto para tanto adentrarse en el conocimiento sobre los pilares básicos del feminismo, como para conocer algo más sobre cuáles son los principales retos expuestos en su presente y en su futuro inmediato. A mí me ha servido sobremanera para comprender que, en la lucha por ese cambio social por tantos anhelado y perseguido, no solo es que todas las áreas de reivindicación están conectadas entre sí, sino también que todas son imprescindibles para conseguir el objetivo común. Para eso, parafraseando a la autora, hombres y mujeres necesitan caminar juntos pues, aunque se pudiese tener la tentación exclusivista de considerarse más importantes que nadie, sin el feminismo no hay revolución.

Ahora que lo tenemos claro, solo nos falta ponernos a ello.

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