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Tras el grito, de Johann Hari: el mundo de las drogas a fondo


 Ciencias Sociales
Fco. Martínez Hidalgo   08/01/2016
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     Su lectura nos da la oportunidad de abrir los ojos, cambiar la perspectiva de la mirada y, empezar a discutir cómo estamos haciendo las cosas y cómo podrían hacerse mejor.
Portada de Tras el grito, de Johann HariEn este inusual, inquietante y atrayente ensayo de Johann Hari (Inglaterra, 1979), nada se asemeja a algo que se haya podido leer antes. Pues ‘Tras el grito’ (Paidós, 2015) está escrito desde un punto de vista totalmente personal, por alguien que ha experimentado y reflexiona tanto qué son las drogas como qué es la drogadicción, y enfoca la investigación de su historia y paradojas como un viaje de descubrimiento alrededor tanto de la adicción como de las substancias adictivas. Para ello nos abrirá los ojos al cuarteto de actores relevantes formado por la policía, las drogas, las personas adictas y, por supuesto, los narcotraficantes. Como un gato que se muerde la cola, no se podría entender la lucha contra los estupefacientes si faltase cualquiera de ellos. A este respecto, nos sirve como aperitivo una afirmación lapidaria de Hari: “el prohibicionista y el gánster van de la mano hasta que desaparecen en el horizonte. La política de la prohibición creó a estos personajes porque los necesitaba. Y en tanto siga vigente, ellos seguirán también vivos.” (p. 81).

Dos personajes imprescindibles en la historia de la guerra contra las drogas son, respectivamente, policía y traficante. Se trata de Harry Anslinger y de Arnold Rothstein, primer responsable de la Oficina Federal de Estupefacientes (antecedente primero de lo que sería el Bureau of Narcotics and Dangerous Drugs, más tarde reconvertida en la archiconocida Drug Enforcement Administration o DEA), y primer narcotraficante de Nueva York reconocido por poseer durante años este mercado en régimen de monopolio (el más destacado miembro del crimen neoyorquino, socio de Al Capone y representante de la ciudad en la famosa Conferencia de Atlantic City de 1929), respectivamente. Las dos caras de una misma moneda: dos hombres ambiciosos que hicieron de la prohibición su mayor beneficio, para Ansliinger en forma de un creciente presupuesto y poder en la administración federal, para Rothstein en forma de ingentes cantidades de capital derivadas de un margen de beneficio increíblemente alto gracias al mercado negro.

Ellos dos, junto a una Billie Holiday asediada y perseguida hasta su muerte por la administración antidroga -tibia sin embargo con los drogodependientes de raza blanca o con los mismísimos contrabandistas de estupefacientes- son los protagonistas de la primera parte de este ensayo: “El Monte Rushmore”. Parte dedicada a la historia de los orígenes de esta guerra.

La segunda parte, “Fantasmas”, está dedicada al presente del narcotráfico. Rothstein había sostenido un pingue monopolio que, por su inmenso tamaño y su colosal beneficio, era también codiciado y deseado por muchos otros competidores. En su muerte, todavía sin resolver, posiblemente estos competidores hayan tenido algo que ver. Y de aquellas balas, estas bandas. Hoy en día, el narcotráfico está repartido en una red local y global de cárteles y bandas criminales que son, a la postre, las productoras, distribuidoras y comercializadoras de la droga… a cambio de quedarse con una parte del todavía inmenso pastel y colosal beneficio de este mercado negro. Para explicárnoslo Hari echa mano de Chino, líder transexual de la banda criminal Souls of Mischief, quién durante varias entrevistas le explica cómo para gestionar ese mercado de la droga en su territorio se ve obligado a instaurar un sistema de “respeto” gestionado a través del temor, la violencia y, en última instancia, la muerte. Paradójicamente, la mayor parte de la violencia generada por las drogas no viene de la drogadicción (personas bajo sus efectos), sino de la red responsable de su comercialización -o de su persecución.

Testimonio a lo cruento y estúpido de una guerra entre criminales y fuerzas de seguridad que, amnésica respecto a sus orígenes, se desarrolla ahora sobre la única base de una prohibición que ya pocos consideran sensata.

La historia de Chino también le permite a Hari abrir el foco de la historia hacia la relación entre las personas adictas y la policía. Él es hijo de una violación o tráfico sexual de una lesbiana (la verdad, nuevamente, aparece oculta en la niebla), Deborah, con un policía, Víctor. Y, como hijo de una persona adicta, tiene escalofriantes historias de síndrome de abstinencia, de dependencia y de violencia para contar. Historias personales intensificadas por una policía dedicada a perseguir no solo a las personas adictas, sino también a todas aquellas personas que las quisieran ayudar de cualquier forma. Una actitud reflejo de una visión de las personas adictas no como víctimas de una enfermedad (la adicción, primero, y después todas las secuelas derivadas del consumo adicto), sino como personas débiles de actitud negativa a las que había que estrujar con fuerza hasta su extenuación -visible también en la estancia de Chino en la prisión de Rikers Island.

En esta conclusión insiste también, desde otra perspectiva, la historia de la policía infiltrada en el KKK Leight Madoxx. ¿Cómo puede una policía que combate las redes racistas criminales contribuir, por el simple hecho de ser parte de la guerra antidrogas, a engrasar una máquina racista como ha demostrado ser la guerra antidrogas? Un dato escalofriante: en 1993, con los últimos estertores del apartheid en Sudáfrica, había una mayor tasa de personas de color encarceladas (por cada cien mil habitantes) en los USA que en aquel país. ¿Cómo era posible? La guerra contra las drogas es parte importante de la respuesta. Con todo, si la policía no es racista… ¿cómo es posible que el resultado de su actividad sí refleje un componente racial tan claro? Se trata de una cuestión sociológica: la gente de color representa el eslabón más débil, mientras que la raza anglosajona sigue ejerciendo un dominio sociopolítico disuasorio importante sobre las autoridades civiles y judiciales.

En esta segunda parte nos va quedando claro que, sobre las drogas y sobre su prohibición, permanecen ocultas numerosas realidades muy distintas a aquellas que nos han contado y a las que, por extensión -pues no teníamos hasta ahora relatos contrapuestos o alternativos-, hemos estado dando crédito y confianza de veracidad.

A continuación, la sección “Ángeles” hace un recorrido por las dramáticas consecuencias que pueden vivir las personas inocentes que, sin comerlo ni beberlo, acaban en medio de esta guerra. Llegamos a esta sección a través del capítulo “Setas”, donde se nos narra cómo una lucha de dos bandas de traficantes por el territorio acaba en el asesinato accidental de una niña de siete años llamada Tiffany, cómo al lugar donde murió se le llamó después en su honor Tiffany Square y cómo, en un acto de dramática ironía del destino, hoy aquel es un lugar donde se trapichea con droga a plena luz del día.

Ya dentro de “Ángeles” tenemos oportunidad de conocer las calamitosas condiciones cómo el famoso sheriff de Arizona, Joe Arpaio (más conocido en España por ser el azote de la inmigración fronteriza), tiene a la población reclusa de la infernal penitenciaría de Tent City (La Ciudad de las Carpas); amenazada con ir al Agujero (técnicamente, la Unidad de Aislamiento) si cuentan lo más mínimo a alguien del exterior. Así se trata a las personas drogodependientes en Arizona y, por desgracia, parece que no es una simple excepción; en países como Rusia o China o Tailandia el trato es incluso peor. Otro dato escalofriante: ningún país encarcela a más personas (en proporción) que USA de forma que, si los reclusos estuviesen todos juntos, serían el estado número 35 de la unión por población -de un total de 50. Y de estos reclusos, muchos están encarcelados por delitos de drogas, siendo también los USA el país con la legislación más represiva por este motivo incluso en los estados más “liberales” (como Nueva York).

Johann Hari

Si esta es la situación en el “País de la Libertad”, podemos imaginarnos cómo puede ser en la ciudad con la tasa de crímenes más alta del mundo: Ciudad Juárez (México). Allí cualquier posibilidad de cotidianidad o de normalidad ha sido abolida por las balas y las llamas. Cuando se escribió este ensayo, en 2012, la rivalidad criminal entre la banda del Chapo Guzmán y los Zetas era perseguida de cerca por la policía estatal y por el ejército mexicanos, en una guerra sin cuartel trufada de muertes -buscadas o accidentales- de una crueldad y crudeza sin par. Se estima que, por Ciudad Juárez, circula un 90% de toda la droga que se consume en los USA, en un negocio que mueve entre 19.000 y 29.000 millones de dólares USA cada año. Un caramelo demasiado voluminoso y demasiado goloso como para que las bandas de narcos permitan pararlo, y como para que las fuerzas del orden permitan que continúe. Unos por los otros y la casa sin barrer.

Tras el grito’ (Paidós, 2015) sigue adelante todavía durante otras tantas decenas de páginas dando testimonio a lo cruento y estúpido de una guerra entre criminales y fuerzas de seguridad que, amnésica respecto a sus orígenes, se desarrolla ahora sobre la única base de una prohibición que ya pocos consideran sensata. Mientras tanto, en no pocas sociedades se les sigue dispensando a las personas adictas un trato cruel y vejatorio, cuando no claramente discriminatorio e injusto, al ser encarceladas o no, vilipendiadas o no, según sea su origen social o económico. Hari nos recuerda cómo, aunque alejado en el tiempo y prácticamente olvidado, ese origen discriminatorio y desinformado de la guerra contra las drogas persiste todavía hoy en día, causando dolor y muerte a raudales.

Este magnífico ensayo, de testimonio e información, ilustrativo e informativo a la par, nos da datos y nos muestra realidades suficientes como para, a pesar de la desinformación generalizada reinante, comenzar a discutir la conveniencia de una política pública tan asentada en nuestras sociedades biempensantes occidentales como es la de la prohibición de las drogas. Al contrario de la convención estipulada, ni la lucha contra las drogas es tan eficaz como las famosas incautaciones nos inducen a creer, ni el tratamiento a la enfermedad y a sus personas enfermas es tan humano como pensamos que debería ser -cerrando los ojos ante la crueldad o considerando excepcional una dureza que es norma general en no pocos países.

Su lectura nos da la oportunidad de abrir los ojos, cambiar la perspectiva de la mirada y, con una mente lo suficientemente abierta, empezar a discutir cómo estamos haciendo las cosas y cómo podríamos empezar a hacerlas mucho mejor. Un punto éste que, por sí solo, ya hace merecedor a ‘Tras el grito’ (Paidós, 2015) no solo de las estupendas críticas que lo acompañan, sino también de una lectura atenta y una reflexión profunda sobre su mensaje de fondo, repleto de humanidad y de concordia.

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