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       Artículo de literatura

Leyendas urbanas, de VV.AA: una antología terrorífica


 Terror / Suspense
Morgana Majere   23/01/2014
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     No te detengas en la curva ni accedas a esconderte en un armario. Las «Leyendas Urbanas» te encontrarán igualmente. Unas para encandilarte y otras para hacerte sufrir, están todas muy vivas entre estas páginas.
Portada Leyendas urbanas"Leyendas Urbanas" (Editorial Universodisponible en Fantasytienda) es la segunda iniciativa literaria de la asociación ESMATER.  Coordinada por Alfonso Zamora Llorente y Juan Antonio Román, cofundadores de dicha asociación, dedica sus páginas a un terror que habita entre nosotros: las leyendas urbanas. Veintitrés autores se han dado cita aquí para hablarnos de historias que se cuentan a media voz en las hogueras, que susurran los adolescentes en noches robadas para aterrorizar a sus compañeros, una recopilación que “no es un ejercicio de imaginación, es casi una denuncia de que el Mal existe, las cosas que se mueven en las sombras existen, y las autoestopistas esperan en las curvas a que sean recogidas”, como dice uno de nuestros mejores escritores patrios, Carlos Sisí, en el prólogo a la antología.


Antes de comenzar con la reseña propiamente dicha debo llamar la atención sobre algo que vengo apreciando en prácticamente todos los relatos que he leído últimamente. Se haga bien o se haga mal, cualquiera que se precie como autor, debería leer estas palabras y reflexionar sobre su labor literaria. Porque en gran parte de los relatos breves el autor confunde el formato. Hay historias que nacen para ser novelas e historias que nacen para ser relatos; confundir ambos tipos suele tener consecuencias fatales para la obra resultante. Si de forma previa a la escritura se le requiere al autor un formato determinado, tendrá que plegarse a él. Si su idea es un argumento complejo, lleno de subtramas y de personajes secundarios relevantes para la acción principal, con múltiples escenarios y numerosos tiempos de narración, no podrá (¡no deberá!) escribir un relato. Porque entonces parecerá apresurado, cortante, y el resultado final será demasiado pobre. Y al contrario, si su idea es algo simple (por mucho que se adorne), ganará en calidad si la desarrolla como relato en lugar de alargarla por el mero hecho de “hacer una novela”, convirtiéndola probablemente en algo lento y tedioso.

El ritmo narrativo es algo muy difícil de explicar y de conseguir. La mayoría de las veces nos daremos cuenta de que hemos fallado cuando un lector nos advierta que la obra es “lenta y se hace aburrida”, cuando ya sea demasiado tarde. Por eso hay que darlo a leer a gente que no tenga la necesidad de ser dulce con nosotros. Gente que sepamos que va a ser sincera y que lee mucho, porque ambas son cualidades fundamentales para recibir una crítica veraz y útil a nuestra obra. Pero en el fondo, la responsabilidad es del autor. Por eso insisto en que esta reflexión es fundamental por parte del que escribe: repasad vuestra idea, una y mil veces, hasta dar con el formato adecuado. Y si os dan el formato antes de tener idea, buscad una que cuadre.

Una vez dicho esto, paso a hablar sobre los relatos concretos de esta antología. Muy pocos son los que destacan en calidad sobre el resto, los que despuntan como un rayo de luz en la oscuridad de la noche. Si cada uno de ellos fuese una llamada al justiciero de Gotham City, Batman habría salido muy pocas veces en esta jornada.

Una leyenda urbana nace en la oscuridad, procrea en la noche y cabalga en las palabras temerosas del público incauto. No las dejes crecer, no permitas que te capturen... o será demasiado tarde.


En “Flechas”, de Magnus Dagon, el primer pasaje completo sobra. Ese advertirle al lector de lo que va a leer es algo ya muy pasado de moda. Lo hacían los grandes del relato breve de terror, pero de eso hace ya más de dos siglos. Es un comienzo en el que se repite tanto ‘misterioso’, ‘extraño’, ‘desconocido’, ‘tenebroso’, que, por obvio, no evoca “lo siniestro” de lo que tanto habló Freud . Si se quiere crear una atmósfera de terror, habrá que utilizar procedimientos que no sean tan evidentes para el lector, pues manipularlo hoy en día es difícil. Hay frases, en el relato, de una altura magistral: “En realidad, las cosas no son siempre como se cuentan en los libros y, a veces, las tinieblas atacan dando un único golpe”. El autor mezcla una leyenda urbana desconocida con un relato más propio del terror más espeluznante. Una vez más, el final redime una narración un poco confusa y de desarrollo poco claro. Sobran las explicaciones y reflexiones del narrador, que nos alejan del personaje y nos posicionan bastante neutros. Es un contraste demasiado grande el de la distancia del relato y la brutalidad del final. Es bueno, pero desequilibrado. Con un cambio en la figura de ese narrador que nos permitiera entrar más en el relato, se convertiría en algo bueno, muy bueno. En cualquier caso, una ocurrencia brillante que cobra sentido en ese final sorprendente y cierra el ciclo de viaje del protagonista.

Oscuro juego de verano”, de Juan Antonio Román, es el relato perfecto con el que sueñan los padres para poder prohibir a sus hijos jugar con videojuegos. Cuando lo leí, mi cara fue un “¿perdooona?” perpetuo. De hecho, tuve que releerlo, y aún ahora soy incapaz de entender del todo ese extraño final. Es un relato intenso, interesante, pero algo confuso. Y no soy capaz de valorar si esta incapacidad mía es, al fin y al cabo, algo bueno o algo malo.

Hazle siempre caso a tu madre”, de Víctor Blázquez, aunque no una leyenda urbana al uso, sí es uno de los mejores relatos de la antología. Partiendo de la idea de que la juventud nunca, jamás, hace caso a sus madres, aun sabiendo que estas siempre tienen razón, Víctor enlaza un relato soberbio, demostrando su gran habilidad para crear escenas, evocar sentimientos y hacer que el lector conecte con el personaje. Crece la angustia con cada frase y juega con el lector a engañarle y llevarle por donde quiere hasta un final inesperado y sublime. Yo, por si acaso, voy a ir haciéndole caso a mi madre desde ya.

El callejón de la sangre”, de Miguel Aguerralde, baja un poco el nivel al que el autor me había acostumbrado en "Última parada: la casa de muñecas" (de la extinta editorial 23 Escalones). Quizá lo que falte sea más profundidad en el relato, pero no ha llegado a asustarme del todo. Lo que más me ha inquietado ha sido la misteriosa dolencia de la hermana. He echado de menos ese estilo directo y cortante que, con el retorno de Matt el Rojo, el autor ha vuelto a recuperar y a mostrarnos en un breve pasaje en su Facebook. Volviendo de nuevo a los principios, eliminaría toda esa primera alusión a un interlocutor de nuestro narrador, que no le aporta nada a este relato. Aun así, es entretenido y recomendable, y nos abre las puertas a una leyenda desconocida para los peninsulares, pero no por ello menos cierta. Ya sé en qué fechas no viajar a Lanzarote.

Imagen autores antologia leyendas urbanas_2

En “Una noche más”, de Laura Luna, hasta lo más inocente se vuelve siniestro. Miguel Aguerralde nos cuenta en “El callejón de la sangre” una leyenda de las islas, pero quizá la más laureada leyenda urbana, la que más ha corrido de boca en boca en esta España nuestra, sea la de Ricky Martin y la mermelada. Y la autora la convierte en un oscuro juego de mentiras publicitarias y secretos televisivos que torturan al artista hasta llevarlo a la locura. Cuidado, Justin Bieber, que igual tú eres el siguiente…

El camino del payaso”, de Tony Jiménez, es una oda a la locura. Habría sido aún más redondo si se hubiera añadido un pequeño dato (no voy a hacer spoilers, así que no lo diré), pero aun así es un círculo que se cierra con el punto final. Este es otro de los que más me ha gustado, con una buena expresión en su narrativa, una genial historia que contar y, en general, buenas sensaciones. Y eso a pesar de no ser una leyenda urbana conocida. Pero me gusta.

No quieres enfadar a Bruno”, de Juan José Hidalgo Díaz, es un muy buen relato… salvo el final. Una cosa es hacer un relato ambiguo para que el lector tenga que meditar sobre ello y otra confundir al público tanto que no entienda qué es lo que está pasando. ¿Quién era Bruno? ¿Cuántos niños? ¿Solo uno? ¿Charles pintaba o fotografiaba? Sospecho que en el párrafo final hay una confusión de nombres, porque es lo único que aclararía un poco la revelación de uno de los protagonistas. Pero el hecho de que la pieza clave del puzle esté defectuosa deja mucho que desear. Es un relato con potencial, pero que al final queda en nada.

Retales”, de Juanma Saez, no tiene demasiado que ver con leyendas urbanas, tan solo es una expresión más de una filia que no comentaré para no desvelar parte del atractivo del relato. El lobo que se convierte en cordero, el cazador que termina siendo presa, no es nada nuevo en la literatura, por lo que no ha terminado de convencerme ni por temática ni por forma.

“¡Zas!”, de Joe Alamo, resume perfectamente esa máxima del universo de que hay que tener cuidado con lo que se desea, porque siempre vuelve a nosotros. Como dice el chiste aquel en el que un genio se aparece a una mujer y le ofrece tres deseos, advirtiéndole que a su marido le dará el doble de lo que ella pida. Le pide entonces volverse joven y hermosa, a lo que su esposo se vuelve más joven y hermoso aún; le pide un billón de euros en el banco, a lo que su querido recibe dos; y le pide entonces un pequeño infarto al corazón. “¡Zas!” es el perfecto ejemplo de que la justicia cósmica no funciona siempre como desearíamos. Me ha resultado un relato muy curioso y agradable de leer.

La casa de los espejos rotos”, de RP Verdugo, no termina de cuajar. El cambio de focalización a mitad de relato de un personaje a otro no tiene demasiado sentido. Este cambio de protagonista desequilibra la narración y por eso el relato queda como "cojo". Si desde el principio se hubiese explorado la relación de Ralph con la casa a través de su abuelo, la atmósfera habría sido algo más realista.

Imagen evento antologia Leyendas urbanas

Kuchisake-onna”, de Alfonso Zamora. Hace muchos años, allá por 1999, tendría yo once o doce, me compré una maravillosa recopilación de historias titulada “Mil años de cuentos de miedo”. Junto a muchas leyendas patrias, como “El monte de las ánimas” de Bécquer, y otras extranjeras, como “La muerte de Olivier Bécaille”, había varios cuentos populares japoneses que recreaban historias de terror de épocas antiguas que remontaban a los samuráis y los señores feudales del Japón. La aureola de frialdad y seriedad que los acompañaba no encaja con el estilo que el autor ha dado a la leyenda de Kuchisake-Onna, le falta distancia. La visión de la sangre o la violencia sexual no terminan de aportar nada al lector, lo siento bastante gratuito. El hecho, por otro lado, de que casi el 80 o 90% del relato se ambiente en el pasado le da más visos de mito o leyenda al uso que de leyenda urbana. El porcentaje tendría que haber sido justo al revés: recrearse en el presente, en la hermosa mujer de la mascarilla, para dejar el pasado relegado a lo anecdótico y, por supuesto, inserto en el relato. Siendo una leyenda que se aleja de lo cotidiano, a otro país, a otro continente incluso, podría haber dado mucho más de sí.

La maldición de la muñeca viva”, de Carolina Cristóbal Palacios, muestra un estilo pesado y lento, con vocabulario mal escogido. “Cardíaco corazón” es un pleonasmo, puesto que ‘cardíaco’ ya significa ‘relativo al corazón’. Y este no es más que un ejemplo entre muchos; la narración llega a ser tan obtusa que impide que entremos al contenido. Por otro lado, ese ‘Missis’ Stride me ha dejado patidifusa. Miss, el título de ‘Señorita’ en inglés, se pronuncia /missis/, pero se escribe Miss. No sé si es que la autora ha querido utilizar esa grafía (inexistente en inglés) por alguna razón –que no entiendo-, o es que se trata de verdad de un error, en cuyo caso recomendaría no meterse en camisas de once varas y limitar nuestra escritura al universo que conocemos, porque corremos el riesgo de confundir al lector y/o quedar en ridículo. El epílogo de la leyenda, también inventada, habla de los ojos de esas muñecas, que son la clave de toda la historia… Lo cual es sorprendente, dado que no se ha profundizado en ese detalle a lo largo de todas las páginas anteriores. Hay que ser consecuente con estos detalles.

La campana”, de José Javier Zamora, con una calidad literaria más que dudosa y un final confuso (¿ha habido una traslación?, ¿qué ha pasado en ese baño?), se nos cuenta la leyenda urbana de Verónica revisitada. Creo que la historia que ha escogido el autor, esa arqueología de la leyenda, habría podido dar mucho más de sí. Le recomiendo que lea, también para que lo disfrute, pero para que pueda tomar ideas y recursos de cómo contar un entierro en vida, el relato que antes mencioné: “La muerte de Olivier Bécaille”.

La fianza”, de AC Ojeda, es más un relato de terror que una leyenda, pero es muy bueno. Un misterio redondo que se repite en un ciclo sin fin. Cuidado los que estéis pensando en mudaros, no sea que el contrato tenga alguna cláusula extra.

El molino”, de Karol Scandiu, me ha parecido casi tan pesado como la carga que lleva consigo el protagonista del relato. Da demasiadas vueltas para transmitirnos simplemente que al protagonista “algo” le marcó. Ese comienzo añejo propio de estas historias se afea con una prosa confusa y plagada de construcciones erróneas. No se transmite el horror del molino ni sensación alguna. Es un relato que me ha dejado totalmente fría.

La presa de las niñas”, de Victoria Vílchez, tiene toques poéticos que convierten el relato en una leyenda delicada y muy bien llevada. Los miedos infantiles vienen a cazar a los intrépidos y el castigo llega a quien juega con fuego. A veces no hace falta buscar demasiada complicación y lo sencillo puede hacerse perfecto.

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Turno de noche”, de Fernando López Guisado, es un relato soberbio. Sin duda alguna uno de los mejores de esta antología. Con una prosa impecable logra crear un ambiente angustioso que te obliga a seguir leyendo. No hace falta poner a la muerte en escena para invocar su hedor dulzón y putrefacto.

Y después de muerta, seguía moviéndose”, de Irene Comendador. El primer relato que leí de Irene, “Extenuación” (dentro de la antología "Arkham. Relatos de horror cósmico", editorial Tyrannosaurus), me dejó en los labios un sabor a erotismo manido que no terminaba de encajar con la temática en la que estaba inserto. Con esta revisión de la chica de la curva, la autora se ha redimido retratando con gran atino una leyenda ultraconocida que adquiere aquí tintes macabros y crueles que aumentan el temor a conducir de noche. Algunos detalles resultan algo confusos, pero se trata, en general, de un relato muy intenso, bien hilado y atractivo a los ojos del lector.

Trenes de noche”, de Daniel P. Espinosa, nos conduce de manera genial, nos engaña y juega con nuestra mente en una cruel manipulación mediática llevada al extremo. Otra de las piezas maestras de esta antología que me ha dejado pegada a la silla. ¡Chapó!

Como decíamos al principio, hay historias que nacen para ser novelas e historias que deben ser relatos, y ambas cosas no deben confundirse. “La hermandad vs. La Viuda Negra”, de José Javier Arce Cid, es el ejemplo de lo que sucede cuando una idea que requeriría una amplia novela para desarrollarse en condiciones se limita al formato ‘relato’. El resultado es una historia apresurada, como si el autor tuviera prisa por acabarla; es más un resumen que una narración, y el efecto que causa en el lector es el de premura, demasiado forzado. El protagonista acaba por parecer un Harry Potter mezclado con demasiadas cosas, lo cual finalmente nos da apariencia de obra burda y poco pulida.

Carretera secundaria”, de Javier Trescuadras. Si uno habla desde el punto de vista del personaje, limitando lo que se cuenta únicamente a lo que el personaje sabe, podrá jugar con el lector y contarle lo que el personaje cree que está viviendo, de manera que al final se revele una pieza clave que nos haga reinterpretar todo lo leído. Si la historia la cuenta un narrador omnisciente, el “pacto” narrativo obliga a que lo que dice ese narrador sea real. Si el narrador dice: “En un agujero oscuro vivía un hobbit”, debemos confiar en que eso es cierto, porque, si quince hojas después de contarnos la vida de ese hobbit, nos dice: “En realidad, no era un hobbit, era un yonki con el mono que se había metido un tripi y estaba en un viaje sideral”, se rompe la historia, se rompe la ilusión narrativa y no entra en la ficción, sino en el burdo engaño. El narrador siempre tiene que contar la verdad cuando es omnisciente, pues corre el riesgo de perder y confundir al lector y así el relato se desmorona como un castillo de naipes sin cimientos. De la mitad de este relato al final ese juego es bueno, pero el resto es demasiado confundo y ese juego no funciona. La idea es buena, pero no la forma de expresarla.

Como en una cena de múltiples platos, algunos relatos de "Leyendas urbanas", deleitarán el paladar del lector más exquisito, otros lo torturarán entre amargos jugos. Es el riesgo de leer una antología: que la calidad se reparta como el buen gusto el día en que el Señor se puso a distribuir dotes culinarias. A unos les tocó la “cocina de abuela” y a otros el “rancho de cuartel”. En cualquier caso, el lector voraz siempre necesita su dosis de letras y "Leyendas Urbanas" tiene una buena cantidad de ellas.

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