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       Artículo de literatura

Fantasymundo entrevista a Juanma Santiago, traductor, corrector y editor


 Ensayo
Alejandro Serrano   01/10/2012
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     «En tiempos de crisis, en los que se retrae el consumo, lo más razonable es prescindir del consumo superfluo. Y los libros entran en esa categoría».
Juanma Santiago, traductor, corrector y editorJuan Manuel Santiago (Madrid, 1970), licenciado en Filosofía y Letras (especialidad en Historia Moderna y Contemporánea) por la Universidad Autónoma de Madrid, trabaja como corrector de estilo e informante de lecturas para varias empresas dedicadas a servicios editoriales, aparte de moderar varios foros de internet relacionados con la literatura.

Ha alternado las profesiones de documentalista (vinculado, sobre todo, a la Biblioteca Nacional de España) y editor (como editor júnior en Gigamesh y Elsevier, y becario colaborador en Larousse y Plataforma). También ha colaborado en el equipo directivo de las revistas Gigamesh, Stalker y Artifex Cuarta Época, y se ha dedicado a la crítica literaria en varias revistas y portales, algunos de ellos decanos en la ciencia ficción española.

En su faceta ensayística ha ganado dos premios Ignotus (uno en la categoría de mejor artículo, por «¡Bester, Bester!», y otro en la de libro de ensayo, por la obra colectiva Las 100 mejores novelas de ciencia ficción del siglo XX) y una Mención Alfredo Benítez, además de ser el coautor de "Porque yo tengo un arma y tú no", dedicado al cine sobre la guerra de los Balcanes. Ha sido profesor del Máster de Historia del Cine en 50 Películas de Estudiodecine. Además de las tareas de crítica literaria, ha formado parte de los jurados del premio Xatafi-Cyberdark de literatura fantástica y de las antologías Fabricantes de Sueños de la AEFCFyT. Participa de manera activa en el blog colectivo Frikitecaris, que ofrece una mirada satírica al mundo de las bibliotecas, y es bastante menos activo en su blog personal, Pornografía Emocional. Actualmente vive en Barcelona.


Alejandro Serrano: Tu vocación literaria –creo que podríamos llamarla así- nació en un tiempo en que a través de internet apenas se podía consultar información sobre, por ejemplo, publicaciones o premios sobre tu interés más temprano, la ciencia ficción. Por aquellos tiempos, muchos tempranos lectores eran apenas islas, sin conexión con otras, hasta que todo comenzó a organizarse y vehicularse a través de pequeñas iniciativas. ¿Eran aquellos tiempos más románticos e interesantes que ahora o simplemente los mitificamos en el recuerdo?

Juanma Santiago: Un poco de cada. Fue una época bonita, pero también tuvo sus sombras.

Internet ha ayudado mucho a aglutinar a los lectores. Primero lo hizo con las BBS, que eran muy minoritarias y desempeñaron un papel relativamente secundario con respecto al fenómeno de los fanzines y revistas de papel de los años noventa; después, con el IRC y las listas de correo, que ampliaron la base de aficionados durante el cambio de siglo; más tarde, hacia mediados de la primera década del milenio, con las grandes comunidades como Cyberdark y Sedice, y foros especializados como Asshai, y ahora, de cuatro o cinco años para acá, con las redes sociales.

Antes de todo esto, el único evento «multitudinario» eran las hispacones, y el contacto cotidiano con otros aficionados se limitaba a las secciones de correo de los fanzines y, si vivías en una ciudad con masa crítica de frikis, a las tertulias. Yo tuve la suerte de asistir a varias tertulias desde mediados de los años ochenta, primero en la de la Asociación Antares (que aunaba a los rezagados de la época de Nueva Dimensión con los aficionados adolescentes que nos habíamos enganchado gracias a la colección de Orbis), y luego en la TerMa (tertulia de Madrid), en la que a principios de los años noventa se reunían los miembros de la primera junta de la AEFCFyT (entonces AEFCF) con los autores que luego protagonizaron el género fantástico español (César Mallorquí, Javier Negrete, León Arsenal, Daniel Mares, Ramón Muñoz o Eduardo Vaquerizo). La experiencia en aquellas tertulias fue inolvidable, y resulta imposible no mitificarla, porque sirvió para consolidar un grupito de amigos que, además, escribían y editaban. Allí se gestionaron los premios Aznar y Pablo Rido (de donde salieron bastantes de los mejores relatos de la década), se fraguaron publicaciones como Cyber Fantasy o las diferentes etapas de Artifex, y Julián Díez, Luis G. Prado, León Arsenal, Alejandro Salamanca, Alberto García-Teresa y yo nos fogueamos como futuros directores de las revistas profesionales Gigamesh, Stalker, Solaris, 2001 y Galaxia.

Como digo, resulta imposible no mitificar esa etapa, porque es cierto que se hicieron muchas cosas valiosas, con los pocos medios de los que disponíamos, y que se sentaron las bases del boom posterior de la literatura fantástica en lengua española. Pero también es verdad que la cantidad de lectores era mucho más reducida que ahora; al menos, la cantidad de lectores interconectados de manera permanente. La tirada media de un fanzine rondaba los trescientos ejemplares, y una revista como Cyber Fantasy apenas duplicaba esas cifras: comparadlas con las visitas que puedan tener un blog o una página web de medio pelo hoy en día.


Alejandro Serrano: ¿Cómo pasaste de lector a vincularte profesionalmente con editoriales como Gigamesh, RBA, Planeta, etc?

Juanma Santiago: Dando el coñazo, que es algo que se me da muy bien, y estando en el lugar oportuno en el momento adecuado, que es algo que no se me da tan bien, pero que a veces sucede. Me explico.

Antes de ser crítico o editor, yo era un fan fatal. Me creía que «ser aficionado» consistía en no perderme ninguna tertulia e inundar las secciones de correo de Gigamesh fanzine o de los primeros números de BEM. Con el tiempo decidí que me salía más a cuenta leerme todos los libros de segunda mano que caían en mis manos (en aquellos tiempos podías encontrar Nueva Dimensión o títulos sueltos de Albia por doscientas pesetas) y escribir relatos para todas las convocatorias del premio Aznar, antes de que pasara a llamarse Pablo Rido (resultado: cuatro relatos finalistas en tres ediciones, lo cual no está mal). De ahí pasé a colaborar con los fanzines, en forma de artículos o reseñas, e incluso de cuentos. En 1994 entré en el consejo de redacción de Cyber Fantasy y, además, comencé a coeditar, junto con Julián Díez, Héctor Ramos, Eugenio Sánchez y Paco Canales, el fanzine Núcleo Ubik.

"Lo que más ventas les quita a las editoriales, sobre todo ahora que ha llegado el libro electrónico, no es una pésima edición sino la piratería".

Después de unos cuantos años de poca actividad friki (me pasé cinco años estudiando oposiciones, hasta que el cuerpo me dijo basta de una manera muy espectacular), retomé el contacto con el mundillo gracias a una serie de ensayos sobre escritores punteros de la ciencia ficción anglosajona que Julián Díez me encargó para la revista Gigamesh, que dirigía por aquella época. Gracias a Theodore Sturgeon y Alfred Bester me reenganché al fandom activo, y en poco tiempo me vi manteniendo tres secciones fijas en otros tantos medios: «Fiawol», en Gigamesh (en la que detallaba todos los fanzines y publicaciones de aficionados que se editaban durante el cambio de milenio); «Mentidero Cinco», en la página web Bibliópolis (en la que contaba batallitas y ventilaba trapitos sucios de los fanzines y personajes de los años noventa), y la sección de cine de la revista 2001. El bienio 2000-2001 fue importante, porque el IRC y las listas de correos estaban en pleno auge, la asistencia a las hispacones comenzó a despegar, comenzaron a celebrarse las AsturCones y el campo de nabos que era el fandom hasta aquel momento pasó a registrar algo parecido a la paridad de sexos, gracias a las primeras quedadas.

Me lo pasé muy bien y, como decía al principio, conseguí estar en el lugar oportuno en el momento adecuado… dos veces. De este modo pasé a dirigir la revista Stalker, a principios de 2001, y la revista Gigamesh, a finales de ese año, ya que ni Alejandro Salamanca ni Julián Díez podían encargarse de ellas. Al dirigir dos de las tres revistas que editaba Gigamesh, fue cuestión de tiempo que Alejo Cuervo echara cuentas y decidiera que le salía más rentable tenerme en nómina en la editorial, a cincuenta metros de su casa y cien de la librería, que tener que comunicarnos por correo electrónico y con seiscientos kilómetros de distancia. Así pues, no me lo pensé dos veces cuando me lanzó la oferta, y a mediados de 2002 dejé Madrid (y, con ella, el mundo de las subcontratas de la Biblioteca Nacional) y me vine a vivir a Barcelona, como editor júnior. Ahí adquirí rudimentos de maquetación, corrección de textos, trato con los autores y trato con los lectores, cuatro disciplinas que requieren muchas tablas y muchísima más paciencia (sobre todo la última, si trabajas en la editorial que publica Canción de Hielo y Fuego, y buena parte de tu trabajo consiste en NO responder a la pregunta «¿Cuándo sale [insertad aquí el título de la siguiente novela de la serie]?»).

Mi estancia en Gigamesh duró cuatro años. Cuando concluyó esa etapa, en verano de 2006, hice cálculos acerca de cómo invertir el dinero de la indemnización y decidí jugármela a dos bandas. Por un lado, me matriculé en el máster de edición de Editrain, cuyo tutor era Paco García Lorenzana, por aquel entonces director de Minotauro. Por otro, me inscribí en un curso de producción editorial para desempleados. Y ahí estaba yo, echando las mañanas en el curso del paro y las tardes en el máster, formándome como loco y, de nuevo, estando en el lugar oportuno en el momento adecuado… por dos veces.

Durante mi estancia en el máster me surgieron dos becas, una en el departamento de Derechos de Larousse, donde pasé seis meses muy interesantes, viendo el día a día de una editorial grande especializada en grandes obras, y otra en Plataforma Editorial, una editorial orientada al libro de empresa y autoayuda, que en aquel momento estaba comenzando, y que con el tiempo se ha consolidado como una editorial bastante potente. También aproveché contactos del máster que más tarde me sirvieron para relacionarme con la editorial Elsevier, especializada en textos médicos, primero como corrector externo, y luego como editor júnior durante una temporada.

Además, gracias a un amigo del curso de producción editorial eché el currículum vítae a una empresa de servicios editoriales. Básicamente, las empresas de servicios editoriales son las subcontratas de las editoriales en materias de diseño, maquetación, corrección y, en algunos casos, traducción de textos. Son la consecuencia directa de la externalización de servicios que aqueja al sector y, dado que las grandes editoriales están reduciendo plantillas, son la opción más lógica para todo aquel que quiera mantenerse vinculado al mundo editorial. No me dieron el puesto, pero mi prueba de corrección les gustó, de modo que empezaron a pasarme textos para corregir. Con los meses, el flujo de trabajo aumentó hasta el punto de que me salió a cuenta apuntarme al régimen de autónomos, como corrector de estilo.

A partir de ahí, todo consistió en dar el coñazo. Ponerme en contacto con empresas de servicios y con editoriales, ver cómo fructificaban algunas colaboraciones, aun a costa de que otras terminaran como el rosario de la aurora, pero siempre con un volumen razonable de ingresos. Corrijo o he corregido, a través de empresas de servicios o directamente para las editoriales, títulos de RBA, Planeta y Urano, entre otras.

Además de las correcciones, que son mi fuente de ingresos principal, también elaboro informes de lectura para la agencia literaria de Sandra Bruna, escribo para el blog de Lecturalia, he moderado los foros de Fantasy y del premio de novela de Círculo de Lectores, y colaboro con Booquo, la plataforma de libro digital de Círculo de Lectores. No puedo decir que me aburra, no.


Alejandro Serrano: Antes solíamos pensar que España siempre estaba en crisis, pero ahora sabemos de verdad cómo es una... ¿qué hacen las editoriales para sobrevivir a estos tiempos, y cómo afecta eso a los distintos profesionales que hacen posible sus publicaciones?

Juanma Santiago: Lo del sector editorial es el cuento de Pedro y el Lobo. Nos pasamos toda la vida diciendo que un día de estos va a venir una crisis de verdad y nos vamos a enterar de lo que vale un peine, porque estamos calcando los comportamientos de la industria audiovisual antes de que los nuevos tiempos se la llevasen por delante, y lo cierto es que ese momento está llegando. En tiempos de crisis, en los que se retrae el consumo, lo más razonable es prescindir del consumo superfluo. Y los libros entran en esa categoría, ya que no son bienes de primera necesidad, ergo las cifras de venta disminuyen. Esto se traduce en que, por ejemplo, algunas administraciones no van a invertir ni un euro en adquisiciones para bibliotecas durante 2013, lo que equivale a darles la puntilla a unas cuantas editoriales que prácticamente viven de ayudas públicas.

Añádele el hecho de que un buen porcentaje del sector está formado por colaboradores externos como yo, que somos autónomos. Las subidas del IVA y del IRPF nos han dejado, literalmente, con el culo al aire. De manera intuitiva puedo seguir este proceso a través de las cifras de facturación, las mías y las de mis colegas. Créeme, la crisis se está notando. Y mucho.

Juanma Santiago, traductor, corrector y editor¿Qué hacen las editoriales para capear la crisis? Las grandes, en principio, lo mismo que hacían hasta ahora, pero ajustando más los márgenes. Reducir tiradas y abaratar costes. Si te sube el precio del papel, que es lo que se come el porcentaje más importante del presupuesto de un libro, ¿de dónde vas a reducir para que tus presupuestos cuadren? Exacto: de las nóminas. En algunas editoriales está habiendo verdaderas escabechinas, camufladas con fórmulas como «incentivación de jubilaciones voluntarias» y similares. Todo eso si no estás inmerso en un ERE, como le ocurre a Grupo Zeta, o si no te absorbe un grupo grande, con lo que prácticamente puedes darte por despedido a corto o medio plazo.

Pero cepillarse a media plantilla y sustituirla por mano de obra más barata no garantiza la solución del problema, porque las cuentas siguen sin cuadrar. Y el precio del papel es el que es. ¿De dónde ahorramos, entonces? Exacto: de los colaboradores externos. En algunos casos se han bajado tarifas, y en otros se han revertido subcontratas, con lo que el trabajo se saca adelante directamente en las editoriales, aunque los pobres editores no den abasto.

Supongamos que las cuentas siguen sin cuadrar, lo que, por desgracia, es el caso. ¿De dónde podremos rebañar esta vez? Pues de lo único que queda: las retribuciones a los autores, traductores, maquetadores e ilustradores. Algunas editoriales han descubierto una fórmula que, sin ser autoedición, se le parece bastante: la joint venture, que algunas editoriales como Ara Llibres llevan años aplicando, con muy buenos resultados. Es decir, el autor y la editorial comparten gastos y se reparten beneficios de manera proporcional. Como digo, no es la autoedición tradicional ni la moto que algunos listillos venden como tal, aunque, claro está, cada editorial aplica la modalidad de estas prácticas que le resulta más cómoda.

También está la opción de no pagar, cosa que, por desgracia, empieza a ser habitual. Son varias las editoriales que han echado el cierre de un par de años para acá. En el fandom tenemos muy presentes los casos de NGC Ficción! y Grupo Editorial AJEC. Algunas de estas editoriales tienen la decencia de liquidar cuentas antes del cese de actividad, pero otras se largan en plan toma el dinero y corre. Como suelen dejar a deber cantidades muy reducidas, a veces ni te molestas en llevarlos a los tribunales, pero, como en la mayoría de las ocasiones están inmersas en concursos de acreedores, resulta un tanto utópico creer que llegarás a cobrar.

En realidad, el único recurso que les queda a los editores para aumentar beneficios es diversificar la venta de derechos. Los departamentos de derechos son los únicos que están creciendo en las editoriales, porque ya no se adquiere la obra como un todo, sino que se fragmenta. Por un lado se negocian los derechos para la edición en rústica; por otro, los de bolsillo; por otro, los de club del libro; por otro, los de cartoné; por otro, los de libro electrónico; por otro, la distribución en Latinoamérica, y así hasta el infinito.

Observarás que me he referido dos veces al precio del papel pero no he mencionado el libro electrónico. Ya volveré a eso en la pregunta correspondiente.


Alejandro Serrano: La profesión de corrector es una de las más necesarias en el engranaje editorial. Sin embargo, de un tiempo a esta parte da la impresión de que las publicaciones –sobre todo en algunas editoriales; otras parecen ser inmunes- están menos depuradas que antes. ¿Han intentado ahorrar también en este aspecto? Si es así, ¿esta estrategia ha disminuido las ventas?

Juanma Santiago: Tal como lo percibo (y mi percepción es muy subjetiva, está muy viciada y barre descaradamente para casa), la calidad de la edición de los libros está descendiendo de un tiempo a esta parte porque, en efecto, la corrección de textos es uno de los pasos del proceso de producción editorial que resulta más prescindible. En la respuesta anterior comentaba las causas que han llevado a este proceso, aunque dejé sin desarrollar un aspecto muy relevante: lo habitual no es que desaparezcan las correcciones, sino que se reduzcan. Donde antes (por simplificar mucho, ya que el proceso es más complejo que eso) se le pasaba una triple corrección a un libro (estilo, ortotipográfica y galeradas), ahora haces una ortotipográfica ligerita y, si acaso, una revisión de plotters totalmente en diagonal justo antes de darle el visto bueno a la imprenta.

Durante este año me ha ocurrido un par de veces algo que no me había pasado antes: que a última hora dejaran de pasarme correcciones que tenía apalabradas desde hacía un tiempo, «porque total, la traducción está bastante bien y decidimos no hacer la de estilo», o «porque total, no llegamos a tiempo para entregar a imprenta y tampoco es tan grave si nos saltamos una corrección».

También me ha sucedido en un par de ocasiones algo que no había visto en la vida: que un autor no castellanoparlante traduzca su propio libro, o que lo haga alguien sin formación específica como traductor; por ejemplo, el coordinador de la obra. Con el segundo caso hice lo que buenamente pude y más o menos se pudo maquillar, pero lo primero fue imposible de arreglar y hubo que retraducir la obra. Y aquí viene la moraleja de la historia. A mí me pagaron por un trabajo que había realizado, pero que hubo que tirar a la papelera, porque la obra se acabó retraduciendo, de modo que el editor perdió dinero con la primera traducción, con mi corrección, con la retraducción y, supongo, con la corrección de la retraducción; además, perdió varios meses y se le descuadró el plan editorial, porque, como es lógico, la obra no pudo editarse en la fecha prevista. ¡Lo barato sale caro!

Juanma Santiago, traductor, corrector y editorEl caso más extremo de ahorro en correcciones lo conozco de segunda mano, así que podría ser una leyenda urbana. En una editorial no les dio tiempo a corregir las memorias de un personaje famoso, porque la obra tenía que aparecer en una fecha concreta (ya estaba apalabrada la presentación, a cargo de un pez gordo, y solo tenía disponible esa fecha), así que decidieron prescindir, directamente, de todo tipo de corrección. De la maqueta a la imprenta, con un par. En el foro de la editorial se sucedieron las quejas por la pésima calidad de la edición, de modo que el editor improvisó una solución: a los lectores que descubrieran alguna errata se les enviaría un ejemplar de cortesía de la reedición, a la que se incorporarían sus correcciones. Teniendo en cuenta que el coste unitario de un ejemplar podía rondar los cuatro o cinco euros, digamos que la jugada le costó unos cien euros, mientras que corregir el libro le habría costado entre quinientos y ochocientos, dependiendo de cuántas correcciones pasara esa obra. Negocio redondo y, además, quedando muy bien con los lectores.

¿Repercute todo esto en las ventas? En principio, no. El factor con el que hay que andarse con cuidado, el que puede hacer que los lectores bilingües se harten de estas prácticas y se decidan por leer las obras directamente en el idioma original, es el precio del libro, no la calidad de la edición. De hecho, lo que más ventas les quita a las editoriales, sobre todo ahora que ha llegado el libro electrónico, no es una pésima edición sino la piratería, y esta se basa en una premisa muy clara: lo que interesa es obtener el producto en sí, y tanto la calidad como el formato del soporte del producto pirateado son absolutamente irrelevantes. Si estás decidido a descargarte una película porque tienes claro que no vas a pagar nueve euros por verla en el cine, ¿pones el grito en el cielo porque resulta que te has bajado una versión screener? Con esto sucede lo mismo.


Alejandro Serrano: ¿Cuáles son tus herramientas habituales? ¿Ha cambiado mucho la profesión de corrector desde tus primeros tiempos?

Juanma Santiago: La profesión de corrector ha cambiado mucho, gracias a las nuevas tecnologías. Uno de mis primeros trabajos, aunque por aquel entonces dentro de la economía sumergida y más como favor personal, consistía en ayudar a corregir pruebas de galeradas a una amiga de mi madre. Hablo de los años ochenta, cuando las imprentas editaban con tipos móviles y tenías que cotejar las pruebas con originales mecanografiados con papel cebolla. El mayor adelanto tecnológico eran los rotuladores de punta fina, que manchaban menos que los rotuladores Bic.

Cuando comencé como editor, las correcciones de las revistas se hacían en papel, y había que ir a la fotomecánica a comprobar los fotolitos y darles el visto bueno. Hasta mediados de la década pasada no comenzamos a trabajar directamente con PDF y con el control de cambios de Word. Ahora disponemos de herramientas de Acrobat, como el InCopy, que te permiten corregir directamente sobre un PDF compartido con otros usuarios. No obstante, la herramienta predominante es el control de cambios de Word; al menos, en corrección de estilo, aunque algunos clientes también lo emplean para la ortotipográfica (que sigue haciéndose sobre todo en papel).

De un tiempo a esta parte estoy empezando a corregir sobre maqueta, o a hacer un servicio combinado de corrección ortotipográfica más maquetación en InDesign. Supongo que es una tendencia que acabará imponiéndose. De hecho, hasta he llegado a corregir directamente sobre maqueta.

Así pues, mis herramientas básicas son las siguientes:

En primer lugar, un procesador de textos con el que pueda, como mínimo, trabajar con el control de cambios de Word, una versión de Acrobat que me permita modificar textos en PDF, y una versión de InDesign igual o superior a la 4. Tengo instalado el Quark, pero creo que no lo toco desde que maquetaba la revista Gigamesh.

En segundo lugar, una conexión a internet que me permita consultar las páginas de la Real Academia Española (hay que manejar el Diccionario de la Real Academia, el Diccionario Panhispánico de Dudas y la ortografía y la gramática de la lengua española) y algún diccionario en línea (yo suelo utilizar WordReference, aunque hay muchos más).

En tercer lugar, material de consulta en papel o en CD. Los materiales que más empleo son el Diccionario de usos y dudas del español actual (DUDEA), el Manual de estilo de la lengua española (MELE) y el Diccionario de uso de las mayúsculas y minúsculas, todos ellos de José Martínez de Sousa, así como el Diccionario de dudas y dificultades de la lengua española, de Manuel Seco y, por supuesto, el María Moliner. A veces los complemento con diccionarios temáticos (de pharasal verbs, de sinónimos y antónimos, o de uso de preposiciones), pero este es el material que suelo emplear con mayor frecuencia.

Por último, me valgo de los libros de estilo específicos de cada editorial. Algunos son verdaderas enciclopedias, y otros son apenas cuatro ideas esbozadas en un par de folios, pero son las pautas que establece cada editor, y hay que ajustarse a ellas, salvo que el cliente te indique lo contrario.


Alejandro Serrano: ¿Los cambios propuestos por la RAE a lo largo de tu actividad profesional te han supuesto muchos quebraderos de cabeza? ¿Qué opinas de su labor actual?

Juanma Santiago: Estos cambios son opinables. Algunos de ellos los he interiorizado y los utilizo en mi día a día (ya no acentúo los diacríticos como «solo», ni los demostrativos como «este»), y otros los reservo para las correcciones porque me parecen soberanas chorradas y excesos de celo en el intento de españolizar términos a toda costa (fue famoso el intento de introducir «cederrón», que al final se quedó en «CD-ROM»).

El mayor problema que encuentro es el cambio de chip de una corrección a otra, porque, al ser cambios optativos, cada editorial aplica el criterio que estima conveniente, de modo que puedes entregar una corrección en la que se acentúan los diacríticos y demostrativos y, al día siguiente, sumergirte en otra en la que no se acentúan. O, peor aún, que se te solapen encargos y te encuentres corrigiendo, de manera simultánea, textos sujetos a normas de estilo diferentes.

Como digo, son cambios optativos, de modo que cada editorial hace lo que mejor le parece. Algunas editoriales, en un intento de ser más papistas que el papa, se adelantaron a las reformas y encargaron aplicar cambios que aún no habían sido aprobados, «para ir ganando tiempo». Lo más divertido fue que, pasados unos meses, recularon y decidieron seguir acentuando diacríticos y demostrativos.

Está claro que la RAE va a remolque del lenguaje real, y que debe ponerse las pilas para adecuarse a este, pero a veces se pasan, o se quedan cortos.


Alejandro Serrano: La promoción editorial ha ido desplazando su atención desde las publicaciones tradicionales en papel hacia las virtuales, como son los foros, chats, portales de noticias y reseñas... Sin embargo, desde hace relativamente poco tiempo, las redes sociales han cambiado drásticamente este panorama, y ahora puede llegarse a un alto número de personas con una inversión muy pequeña. ¿Crees que las redes sociales son el futuro, y terminarán con foros, chats y portales, o por el contrario serán siempre herramientas compatibles?

Juanma Santiago: Deberían ser herramientas compatibles, si se utilizan bien. Las nuevas tecnologías abren una infinidad de posibilidades, y sería un desperdicio no aprovecharlas. El género del relato efímero ha experimentado un boom gracias a Twitter, y no hace mucho participé en un recopilatorio, #FutureNews, impulsado por Santiago Eximeno y José Ramón Vázquez. Este tipo de iniciativas no existían hace una década, y ahora se puede armar un libro prácticamente de un día para otro, con apenas un par de herramientas de edición básicas. Lo que importa es el talento, y las nuevas tecnologías han democratizado mucho el mundo de la creación. Hay autores que utilizan las redes sociales de manera ejemplar, con cabeza y con auténtico criterio, como Juan Gómez Jurado.

Pero no siempre se actúa de la manera deseable. A lo mejor es que soy muy mal pensado, pero de un tiempo a esta parte me está empezando a dar la impresión de que las editoriales se están aprovechando de los egos o de la buena voluntad de los autores para ahorrarse los departamentos de prensa y, de paso, ahorrar en personal. Me parece bien que los autores quieran promocionarse. De hecho, una de las grandes ventajas del auge de las redes sociales es que permite expresarse con mayor libertad a autores y lectores, que de este modo pueden participar en el proceso editorial de una manera activa. El que una editorial pequeña lleve a cabo tácticas de marketing de guerrilla (mediante campañas virales, perfiles en redes sociales o cortometrajes promocionales) es algo que enriquece el sector y que nos beneficia a todos, porque la creatividad es necesaria, y el mundo editorial está muy anquilosado en el aspecto promocional.

Asimismo, también me parece bien que una editorial grande decida tirar la casa por la ventana y promocione sus productos, tanto si es en televisión como si lo hacen en medios de transporte, ya que, mal que nos pese, le da visibilidad al sector. El problema es valerse de estos canales para alcanzar objetivos indeseables (como ahorrar en personal, puesto que el animoso autor nos está haciendo la tarea gratis), o sobresaturar de contenidos las redes sociales (todos hemos bloqueado a algún autor pesado que solo quería nuestra amistad para inflarnos a spam de su novela, que tal vez nos habríamos leído si no fuera tan pesado).

Las redes sociales pueden ser una buena herramienta promocional, y además resulta barata, pero hay que saber emplearlas para que no resulten contraproducentes.

En cuanto a los foros, me da la impresión de que la especialización y el formato los están matando, y el usuario prefiere algo más dinámico y variado como las redes sociales o las comunidades. Este año cerró el Foro Fantasy de Círculo de Lectores, entre otras cosas por lo que he dicho. En vez de eso, Círculo ha potenciado la plataforma Booquo, en la que por un lado vende sus libros digitales, películas y libros, y por otro publica contenidos en canales temáticos. Es una fórmula mucho más dinámica que el foro tradicional, y le veo más posibilidades, ya que está intentando crear una comunidad de lectores, y esa es, hoy por hoy, una de las soluciones más inteligentes.


Alejandro Serrano: ¿Cómo es un día habitual para Juanma Santiago?

Juanma Santiago: Simplificando mucho, me levanto, me ducho, desayuno, dedico un buen rato a procrastinar de mala manera en redes sociales, me tomo el segundo desayuno hobbit, y dedico el resto de la mañana a tareas como leer el correo, elaborar informes de lectura, leer o escribir reseñas. Por la tarde ya he entrado en calor y hago el trabajo que requiere más concentración: las correcciones. Si aprietan los plazos de entrega, continúo con las correcciones después de la cena. Si no, me dedico a ver alguna serie de televisión.

Los fines de semana, si tengo alguna corrección urgente, el esquema es bastante parecido. Ya se sabe, los autónomos no descansamos. Si el fin de semana se presenta más relajado, hacemos la compra, las tareas del hogar, nos vamos a tomar algún vermú con los amigos, nos ponemos al día de series televisivas, nos subimos a casa de mis suegros o, incluso, nos dedicamos a leer.

Como estoy a punto de ser padre, esta rutina va a variar de manera muy notable en las próximas semanas.


Alejandro Serrano: Los libros electrónicos han llegado a nuestro país, pero parece que al menos las grandes plataformas editoriales aún desconfían de su uso, quizá de ahí los altos precios en comparación con las ediciones en papel. ¿Crees que los ebooks llegarán a convertirse en un segmento significativo de las ventas totales de libros, o esta estrategia comercial necesita cambios?

Juanma Santiago: El libro electrónico no ha terminado de arrancar, pero todavía no tengo muy claro si se debe a la confusión derivada del exceso de lectores y formatos, a que la crisis ha contraído el consumo y los lectores no están para tonterías (por «tonterías» entiendo los precios a los que se están comercializando los libros electrónicos), o a que el público lector de libros en papel es muy reacio a las novedades. Supongo que la respuesta es una combinación de estas tres explicaciones.

En todo caso, el libro electrónico es un soporte más de un producto, el libro. El verdadero protagonista debería ser el contenido, y las editoriales deberían enfocarlo de una manera más relajada. Algunos lectores prefieren el libro de bolsillo, otros se decantan por las ediciones de lujo, unos cuantos prefieren las ediciones en rústica, es lógico que otro lector prefiera el libro electrónico, y lo más sensato es pensar que cada uno se decantará por un tipo de libro en función de sus necesidades. El objeto libro va a seguir existiendo siempre, pero variarán los usos. Por ejemplo, el libro de lujo queda muy bien para regalar, pero el libro electrónico es una solución muy práctica para leer en el metro o para llevártelo de viaje. Es un soporte más, y los usuarios todavía tienen que decidir para qué lo quieren y, más importante, cuánto dinero están dispuestos a pagar por él, y en qué plataforma van a leerlo. El momento actual es confuso, no se sabe qué lector de e-book va a consolidarse y, mucho más importante, los precios actuales son abusivos; al menos, los que imponen las grandes editoriales. De nuevo, quienes van a decidir serán los que den con la fórmula correcta, con el equilibrio óptimo entre calidad del producto, accesibilidad y precio. Y este proceso va a durar años.


Alejandro Serrano: Sin duda, la revolución del libro electrónico ha permitido a muchos autores saltarse el filtro editorial para publicar, ya pueden hacerlo directamente o a través de plataformas como Amazon, y conseguir una parte muy significativa de cada venta. ¿Crees que puede ser el principio del fin del negocio editorial tal y como está planteado actualmente?

"Las editoriales están desorientadas, porque el cambio les ha pillado un poco a contrapelo, y saldrán de esta etapa con una cuota de mercado inferior a la que tenían antes, pero no desaparecerán como tales".

Juanma Santiago: Sí, desde luego. Como ya he dicho, internet ha conseguido democratizar el acceso al conocimiento, lo que tiene aspectos positivos y aspectos negativos. Entre los segundos, sin duda, está el hecho de que no todos los nuevos autoeditores están capacitados para editar en condiciones óptimas (me refiero a la calidad intrínseca de su producto, pero también a la presentación de este); el tiempo se encargará de hacer que los más aptos se las arreglen para salir adelante, y a los más cutres no les compre su libro ni el tato. Y entre los primeros, sin duda, está el que cualquiera que tenga un producto editable, ganas de editarlo y, sobre todo, la tecnología necesaria, podrá editar.

Si te saltas el canal distribuidoras, e incluso el canal librerías, es evidente que tus beneficios serán mayores que si te limitas al porcentaje de derechos de autor. (Aunque, a modo de abogado del diablo, también cabe decir que si te saltas el proceso tradicional de edición corres el riesgo de que la calidad de la edición deje mucho que desear; pero, como hemos dicho, esto no suele restar ventas.) Rodolfo Martínez está realizando una labor muy interesante con el sello Sportula, y no parece que le vaya mal porque, de hecho, ya está empezando a publicar material ajeno, cosa que no creo que tuviera en mente hace un par de años; parece un modelo a seguir.

Este proceso perjudica las ventas de las editoriales… pero hasta cierto punto. Salvo casos puntuales, que los está habiendo, los best-sellers no suelen ser autoediciones, porque pocos autoeditores tienen la capacidad de gestionar las campañas promocionales y de prensa que necesita un lanzamiento por todo lo alto.

El libro técnico puede cambiar de soporte, y centrarse en la edición electrónica, pero resulta difícil de creer que les vaya a escapar a las editoriales tradicionales.

Las editoriales están desorientadas, porque el cambio les ha pillado un poco a contrapelo, y saldrán de esta etapa con una cuota de mercado inferior a la que tenían antes, pero no desaparecerán como tales (o no todas), porque hay productos que no son viables en el formato de autoedición. Creo que los más perjudicados serán los autores de la mid-list, los que no son best-sellers pero llevan tiempo en el mundillo literario, y están acostumbrados a la manera de hacer tradicional porque las nuevas tecnologías los han pillado muy mayores. Si las editoriales pierden cuota de mercado, lo lógico será que solo apuesten por productos que les aseguren ventas. Un indicador de este proceso son las agencias literarias: de un par de años para acá, es realmente difícil que un agente se arriesgue a mover manuscritos de autores noveles. Prefieren ir sobre seguro.


Alejandro Serrano: En la actual crisis de valores y de confianza hacia el conjunto de la sociedad, ¿crees que el ciudadano medio puede decantarse por una literatura más... quizá comprometida, que denuncie las estrambóticas situaciones que vivimos en el día a día, en nuestro ámbito o en el político, o el español es inmune a estos intereses?

Juanma Santiago: Debo decir que, visto el cariz que están tomando los acontecimientos de un año a esta parte, soy bastante pesimista con respecto a la utilidad real de la literatura de denuncia. El pueblo español es, de por sí, bastante conformista, y no percibo que la «mayoría silenciosa» a la que tan agradecida está el gobierno vaya a facilitar ningún cambio sustancial de actitud que ayude a enderezar las cosas.

Sin embargo, creo que una de las funciones de la literatura es, sobre todo, la subversión entendida en el buen sentido, para sacudir conciencias y hacer pensar. Fui alumno de una facultad en la que algunos departamentos eran reductos de marxistas leninistas de la vieja escuela, y otros estaban copados por miembros del Opus Dei; pero, por encima de aquel variopinto repertorio, nos enseñaban a pensar por nuestra cuenta, que es justo lo contrario de lo que están haciendo hoy en día el sistema educativo y los medios de comunicación.

Creo que, como decía Federico Luppi en "Un lugar en el mundo", la guerra está prácticamente perdida, pero, ya que está perdida, estaría muy bien darse el gustazo de poder ganar alguna batalla. Poquito a poco podemos ir ganando batallas, y una de las mejores maneras es escribir sobre lo que está pasando, o recomendar lecturas que ayuden a entenderlo. No digo que haya que ir a las manifestaciones enarbolando ejemplares de Nosotros, 1984 o Primavera con una esquina rota (si acaso, en ediciones de tapa dura, que al menos te podrían proteger de los cachiporrazos de los antidisturbios), pero sí me parece conveniente leerlas, porque pueden ayudar a aclararles las ideas a muchas personas disconformes con el actual estado de cosas.

Cuando estoy optimista pienso en los finales de 1984, de George Orwell, y de Radio Libre Albemut, de Philip K. Dick. Mucha gente se olvida de que después del lapidario «Amaba al Gran Hermano», que indica que Winston Smith ha perdido la batalla contra el sistema, Orwell añadió, a modo de epílogo, un ensayo sobre la neolengua, de la que habla en pasado. ¡Está escribiendo desde un futuro remoto en el que el Gran Hermano y su régimen opresor forman parte del pasado, ergo fue derrotado! En cuanto a la novela de Dick, el tirano Ferris F. Freemont (o sea, Richard Nixon) desbarata el plan de Nicholas Brady, pero este, ya derrotado, ve cómo, a pesar de todo, ha arraigado en algunos niños, ergo hay esperanza.

Tal vez sea una barbaridad darle a un niño de once años libros como 1984, Nosotros, Un mundo feliz, La guerra de las salamandras, 334, En alas de la canción, Futureland, Limbo, Mercaderes del espacio o, qué sé yo, Las venas abiertas de América Latina, pero está claro que les gustan mucho las distopías, gracias al éxito de Los Juegos del Hambre. En lo que va de año he corregido tres distopías juveniles que siguen claramente la estela de la trilogía de Suzanne Collins. Espero que, como mínimo, los jóvenes lectores sean capaces de entender de qué van (rebélate contra el poder, no seas un borrego) y actuar en consecuencia. Como le sucedía a Nicholas Brady en la novela de Philip K. Dick, puede que nos hayan dado pa’l pelo y que no vayamos a levantar cabeza en al menos una generación, pero atención: estamos formando a toda una generación de adolescentes que están leyendo cosas que, a su manera, son subversivas. De manera controlada, vale, pero subversivas. Y qué coño, Los Juegos del Hambre es mucho más entretenido que el Libro Rojo de Mao, no sé si me explico.


Alejandro Serrano: Cuéntanos dos o tres anécdotas interesantes que te hayan ocurrido dentro del negocio editorial... Por supuesto, sin dar nombres, que luego vuelan los cuchillos.

Juanma Santiago: Recuerdo con cariño cierto despido de una editorial que se produjo… por teléfono. La excusa fue brutal: «Juanma, como hoy no has venido tengo que despedirte por teléfono, porque si lo dejo para mañana me vas a joder el café que había concertado con [nombre de un autor de relumbrón]. Por favor, no cuentes nada de esto en tu blog. Cuídate, Juanma, ha sido un placer. ¡Te quiero!». Tal cual. ¿Cómo puedes cabrearte cuando te despiden así? ¡Fue impresionante!

Sin embargo, recuerdo con pavor una reunión con un autor que se coló en una editorial por la puñetera cara. Llamó a la puerta para pedirnos que reseñáramos su libro en la revista y lo vendiéramos en la librería. Durante tres cuartos de hora, se dedicó a contar con todo lujo de detalles cómo el libro era la bomba, había vendido diez mil ejemplares en una gran superficie (o esa era la moto que le había vendido la editorial, especializada en autoediciones), y a la presentación oficial en esa gran superficie iba a asistir El Viceconsejero (supongo que de la Generalitat). También me refirió cómo había conocido en persona a uno de los autores más famosos de la ciencia ficción, cuando ambos estaban en una universidad estadounidense; de ahí pasó a contarme todos los chistes que se contaban en el libro, y concluyó con una disertación conspiranoica acerca de por qué la NASA nos oculta que es posible realizar viajes espaciales a velocidades superiores a la de la luz. Quedamos en que, si nos parecía conveniente, reseñaríamos el libro, y claro, que hablara con el encargado de tienda para vender ejemplares en la librería. Cuando la reunión terminó, mis compañeros acudieron a la sala de juntas, acojonados porque creían que me había vuelto loco; tuve que explicarles que le estaba siguiendo la corriente, diciéndole que sí a todo, por lo que pudiera pasar. Un par de meses después, un compañero de la librería me contó que el autor se había acercado a ver cómo iban las ventas, y él había tenido los reflejos de responderle: «Fenomenal: ¡se han vendido todos menos uno!». (Habían adquirido un ejemplar.) No mucho tiempo después, llaman un día a la puerta en la editorial, abro y es este autor, molestísimo porque no habíamos sacado ninguna reseña en la revista, y poniéndome a parir porque había «traicionado su confianza». Por suerte, no volví a saber nada de él.

La sección «Mentidero Cinco», que publiqué en la página web Bibliópolis durante más de un año, me supuso algún que otro susto, porque no me cortaba ni un pelo, y contaba con pelos y señales todas las anécdotas del fandom de los años noventa. En el último Sant Jordi, Alberto Santos me contó cómo se había reído con las barbaridades que conté de Cyber Fantasy, y creo que lo decía en serio. Otros no se lo tomaron con ese buen humor. En cierta ocasión comenté cómo fueron los tejemanejes que llevaron a que el premio Aznar de 1993 fuese a parar a un autor uruguayo que se había clasificado para la final por los pelos: dos jurados no querían que el ganador fuese cierto relato, por lo que optaron por votar en orden inverso a la puntuación en la primera fase. La maniobra tuvo dos resultados: por un lado, que el autor uruguayo ganara de rebote; y, por otro, que a partir de entonces se dejase de facilitar las puntuaciones de primera ronda a los jurados, para evitar percances como aquel. El caso es que el autor se presentó a la ceremonia de entrega, estuvo muy faltón con todo el mundo, llegó a soltar comentarios como que muy mal tenía que estar aquella edición para una faena de aliño como el suyo se llevara el premio, y lindezas similares. Siete años después, transcribí la historia tal cual, y a los pocos días recibo un email del autor, que se había buscado en Google, le había aparecido mi crónica, y me escribía, en tono muy irónico, para ciscarse en todos mis ascendientes, uno a uno, por haber dado semejante muestra de envidia (sic), y que si yo me creía muy gracioso o qué (sic), y que todo aquello no venía sino a darle la razón (sic). Muy triste.

Luego hay momentos irrepetibles, más que anécdotas, que algunos amigos me piden que escriba algún día en una especie de Gran Novela Sobre El Fandom que, de hecho, ya he empezado a escribir alguna que otra vez. Por ejemplo, estar en una habitación de hotel en Gijón, durante una Semana Negra, tumbado de mala manera con Alejo Cuervo, Elia Barceló, José María Faraldo, Javier Negrete, Andrzej Sapkowski y Luis G. Prado, algunos de ellos bastante fumados, mientras bebíamos a gollete una botella de vodka polaco de los que llevan una ramita en su interior, y Sapko nos contaba chistes de los suyos. Vaya, he dado nombres… A lo que iba. Son momentos irrepetibles, y me encanta haberlos presenciado.


Alejandro Serrano: ¿Cuál es la errata más hiriente que te has encontrado? ¿Y la más simpática?

Juanma Santiago: La más simpática fue un «vértice de Londres» que me tuvo loco durante un día entero, hasta que mi mujer me sugirió que podría tratarse de una mala pasada que el traductor automático le había jugado al autor copiando y pegando algún artículo escrito originalmente en inglés. En efecto, fui atando cabos, haciendo búsquedas, afinando y, al cabo de un buen rato, descubrí que el autor, tal como había predicho mi mujer, había fusilado un artículo de internet en el que se aludía a «the London Summit», es decir, «la cumbre de Londres». Una de las acepciones de summit es ‘vértice’, claro, pero también ‘cumbre’, que era la que había que aplicar en aquel caso.

¿Las más hiriente? Hay muchas. En general, se me llevan los demonios con traducciones en las que te puedes encontrar hasta con tres adverbios acabados en –mente en la misma frase. El inglés es un idioma mucho más dinámico, y permite construcciones de este tipo, pero en español no solo no son elegantes sino que, además, resultan incorrectas y, para colmo, dificultan la lectura.

Me revientan los textos escritos originalmente en español en los que se abusan de las pasivas inglesas, porque, de alguna manera, el autor está convencido de que «suenan mejor», o quiere demostrar que lee sobre todo en inglés, o qué sé yo.

No tengo palabras suficientes para denostar los textos escritos en español en los que se indican los diálogos con comillas dobles, a la manera inglesa, en vez de hacerlo con guiones largos o medios, que es lo que procede.

Los catalanismos son otro filón de erratas espectaculares, ya que a veces los traductores o los autores son exclusivamente catalanoparlantes, y se columpian cuando vierten los textos al español. Que yo recuerde, me hizo muchísima gracia un «no se nos acude nada mejor». Acudir es ‘ocurrir’ en catalán, por lo que lo correcto habría sido «no se nos ocurre nada mejor». Por desgracia (o por suerte, ya que vivo de corregir textos), estas situaciones suelen darse con mucha frecuencia.


Alejandro Serrano: Muchas gracias por someterte a nuestro particular polígrafo, espero que la experiencia no haya sido demasiado extenuante...

Juanma Santiago: Por mí, encantado. Ha sido un verdadero placer. Espero que leer esta entrevista no os resulte demasiado extenuante a vosotros. :-)

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