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Comunidad (En busca de seguridad en un mundo hostil), de Zygmunt Bauman


 Ciencias Sociales
Fco. Martínez Hidalgo   24/02/2011
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     La inviabilidad del individualismo aislacionista, donde las personas carecerían de cualquier realidad a la que anclarse, convierte a la comunidad en el principal refugio.
Portada de Comunidad (En busca de seguridad en un mundo hostil), de Zygmunt BaumanDentro del corpus teórico del filósofo Zygmunt Bauman (Polonia, 1925) relativo a la “modernidad líquida”, o a las circunstancias que han convertido las certezas de otrora en incertezas absolutas y subjetividades en disputa, hacía mucha falta un ensayo como éste.

Una pieza que, dentro de un amplio análisis sobre el caos en el que nos encontramos sumidos, escudriñase la naturaleza y características de nuestros refugios, de los espacios sociales en los que creemos estar lejos de todo malestar o duda, en los que nos encontramos cómodos y a gusto, pero por los que pagamos (aunque no lo pensemos, o nos demos cuenta, o no queramos asumirlo) un alto precio: nuestra libertad y nuestra individualidad.

El nombre de este refugio es el que le da título al libro: ‘Comunidad’ (Siglo XXI, 2009; 3ª ed., disponible en FantasyTienda), una denominación que, como nos dice Bauman en las primeras líneas, nos evocan las más agradables sensaciones; pero cuya construcción tiene más claroscuros de los que, en un principio, pudieran parecer. En comunidad estamos en terreno conocido, con los nuestros, que comparten nuestras ideas y nuestros valores, que nos definen y refuerzan identitariamente, constituyendo un espacio político y social con el que podemos definir no sólo nuestros derechos materiales, sino también su forma concreta.

Bauman vuelve a demostrar que su marco filosófico goza de una actualidad incuestionable, una necesidad incalculable y una validez irrenunciable para nuestra sociedad del s. XXI.

Sin embargo, nuestro espacio comunitario no es capaz de abarcar el conjunto de nuestra realidad cotidiana. Cuando salimos a la calle y paseamos, en una actividad tan aparentemente trivial, nos exponemos abiertamente a la diferencia. Nos vemos rodeados por gente que pudiera no pensar como nosotros, no compartir nuestros valores, no reconocer nuestra identidad, o no creer que nuestros derechos deban ser material o formalmente aquellos que nosotros creemos que debieran ser –o son.

La sociedad (a diferencia de la comunidad) se sustenta no en una visión totalmente compartida en la que nos sentimos siempre cómodos, sino en un contexto plural ante el que nuestra particularidad debe afrontar su supervivencia a través de la negociación y el pacto de los reconocimientos múltiples: yo reconozco a los demás a cambio de que los demás me reconozcan a mí. Sin embargo, Bauman, con su “modernidad líquida” nos ha presentado brillantemente un contexto en el que la sociedad y sus fundamentos están profundamente amenazados, el pacto social se ha erosionado, y el descreimiento de las personas los lleva a buscar anclajes, certezas estables o provisionales que restituyan su confianza.

La inviabilidad del individualismo aislacionista, donde las personas carecerían de cualquier realidad a la que anclarse, convierte a la comunidad en el principal refugio. Y así ha sido. Los beneficios de la comunidad en un contexto como el actual son tan relevantes y decisivos, dentro de este marco teórico, que muy pocas veces se ha reflexionado con la profundidad requerida en cuanto a sus consecuencias negativas. Este ensayo es una lúcida y excelente oportunidad para esta reflexión.

Zygmunt Bauman

La comunidad es, en este sentido, una cálida charca en la que podemos residir en una felicidad relativa, pero cuya estrechez nos hará sentir una incomodidad constante que deberemos tener claro si estamos preparados para asumir. Disfrutaremos de una libertad compartida con los que piensan igual que nosotros: pero no podremos recibir o deberemos renunciar a cualquier otra opinión o influencia de aquellos diferentes. Gozaremos de una seguridad y una mutua protección más allá de toda duda sobre su intensidad y dedicación: pero a cambio deberemos guardarnos (con cámaras de seguridad, vigilancia y las más altas vallas) de una pluralidad mayoritaria que nos rodea y/o amenaza en cualquier lugar distinto a nuestra comunidad –¡y el mundo es muy grande!

En estas denominaciones capaces de crear sensaciones, “comunidad” genera sentimientos muy distintos a “gueto” pero, en términos sociales, ambos significantes remiten a realidades no muy diferentes entre sí. Ambos poseen un grado de oclusión, de cierre respecto a otras realidades. Ambos exigen la voluntad de las personas ante su encierro: existen motivos para preferir lo mutuamente común y conocido, a lo mutuamente desconocido y ajeno. Y ambos, antes que todo esto, exigen un criterio diferenciador que sirva, al mismo tiempo, de candado y de llave –una vez desaparecido ese criterio-llave el candado se volatizará.

El miedo y la inseguridad son las preocupantes causas que hacen de la comunidad no sólo de una solución viable –pues en cierto sentido hace mucho tiempo que su viabilidad permanece indiscutida, sino también una solución favorita frente a otras. La convivencia en la diferencia, la sociedad de lo distinto, los retos y los estímulos, está perdiendo terreno frente a la cerrazón y la sinrazón fundamentada en la amenaza permanente. Lo desconocido se tiñe de desconfianza para etiquetarlo como negativo, como hostil, como agresivo, como una realidad de la que conviene huir, recluirnos, escondernos... La dualidad llave/candado de nuestro criterio diferenciador hace la comunidad, de nuestro refugio, causa/consecuencia de nuestra seguridad/amenaza. La reclusión nos defiende al tiempo que nos agrede, nos protege al tiempo que aumenta el número y magnitud de la amenaza.

Bauman le reconoce al comunitarismo la virtud de haber sido fuente de certeza y reflexión social constructiva durante mucho tiempo, exponiendo las bases esenciales del pacto social que aún nos mantiene unidos y que nos recuerda qué nos debemos unos a otros. Con todo, en esta sociedad del siglo XXI, cierta perspectiva comunitarista ha restringido tanto sus bases de consideración y análisis que es capaz de romper con la tradición anterior, profundamente humanista y reconciliadora, para conducir a otra nueva perspectiva esencialmente fragmentaria y divisiva. Lo que una a la humidad, a todos como conjunto, deja paso a aquello que une a unos frente a otros, y cuyas tensiones sólo es capaz de generar conflicto y, en último término, violencia.

La solución de la reconciliación entre semejantes, deja paso al problema de la ruptura entre diferentes.

Precisamente esta primigenia perspectiva de la comunidad, y del comunitarismo entendido como corresponsabilidad y compartición, conforma el núcleo de la propuesta de solución de Bauman. Los problemas encuentran una reconfiguración positiva en la necesidad de compartir opiniones y esfuerzos entre los diferentes. En ese momento serán los problemas, y no la diferencia de los afectados, la que cobre sentido. En ese momento será la solución, y no el enquistamiento, la actitud dominante y capaz de señalarnos, en todo este contexto de confusión, el punto de salida adecuado. Bauman vuelve a demostrar que su marco filosófico goza de una actualidad incuestionable, una necesidad incalculable y una validez irrenunciable para nuestra sociedad del s. XXI.

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