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       Artículo de literatura

Sueño del Fevre, de George R.R. Martin


Eidián   12/02/2010
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     Los vampiros de Martin son a veces seres atroces sí, bestias espantosas, pero en el fondo de la mayor parte de ellos laten anhelos similares a los humanos.
Portada de El sueño del Fevre, de George R.R. Martin“Viejo rio, ese viejo rio
Debe saber algo pero no nos dice nada
Él sólo sigue navegando, sigue navegando a lo largo de su cauce

No viste de harapos y no planta algodón
Porque lo que nosotros plantamos es olvidado demasiado pronto
Pero el viejo río sigue navegando a lo largo de su cauce”.


Hay imágenes que nos persiguen durante toda la vida aunque no sepamos que ya pertenecen a nuestro equipaje. Cuando tuve entre mis manos el libro de George R.R. Martin, "Sueño del Fevre" (disponible en FantasyTienda, 2009, Gigamesh) el viejo y lúgubre barco de vapor de su portada me transportó a un Missisippi mucho más luminoso y alegre que conocí de niña gracias a la magia de los musicales. De repente me vi asaltada por el recuerdo de un barco-teatro en el que transcurrían las insulsas aventuras amorosas de una niña bien del Sur y su amiga mulata que se sacrifica para que ella consiga a su hombre. Ya no puedo evocar con justicia el argumento (si es que merecía tal nombre) y apenas me acuerdo de los números musicales pero si tengo una escena grabada a fuego en la memoria: en ella Ava Gadner (la amiga mulata-casi blanca de la protagonista) es obligada a dejar el feliz barco por llevar sangre negra y, mientras se aleja de la inocencia y la dicha que el barco representa, se oye una voz profunda, la del negro Joe, que desgrana una de las más hermosas canciones que he oído jamás, “ol´man river”. Una canción que muestra cuan pequeño es el dolor del hombre, cuan breve y fugaz, frente al lento transcurrir del gran río.

Enhebrado en el tema vampírico surge otro de los grandes puntales de esta obra: la amistad sin fisuras y sin concesiones. Es en este campo donde Martin nos regala uno de los mejores caracteres que jamás ha descrito: Abner Marsh.

Esa canción y esa película (“Show boat” o “Magnolia”, como prefieran) recogen toda una mítica y toda una vida que ya cuando el musical surgió en la década de los 20 del siglo pasado se había convertido en una de esas grandes leyendas americanas: la vida alegre en el Missisippi a bordo de los grandes barcos fluviales de vapor que comunicaban el profundo Sur de los USA con la costa este del país. Aunque en el musical (y en la película de 1951 más todavía) el tema permanece más bien soterrado, bajo esa feliz apariencia latía la desdicha de los miles de esclavos que sustentaban tan floreciente economía. Dejando aparte que su liberación fue sólo una excusa para que el rico norte se decidiese a someter a los dictados capitalistas a sus vecinos del sur, lo cierto es que bajo las luces sudistas que iluminaban una falsa prosperidad se ocultaban oscuros anhelos de asaltar los cielos y destruir a los amos de semejante dicha.

Martin, a quien el tema de los barcos le viene dado de nacimiento (es natural de Bayonne, ciudad portuaria al norte de Nueva York, y, además, es hijo de un estibador), refleja ese mundo feliz y de pies de barro de 1857 con una gran maestría (este hombre dibuja paisajes y ambientes con una facilidad que asusta), sin escatimar lo truculento de las prácticas esclavistas, plasmando los pensamientos de la gente del momento sin blandenguerías pero tampoco sin cargar las tintas (más tarde demostraría hasta que punto se le puede ir la mano en este aspecto) y, aún así, dotándolo de una belleza inusitada, sobre todo en cuanto a los barcos y la vida del río se refiere. Habría que preguntarse si su interés por la ci-fi, inclusive ese gordo orondo de Tuf (tan parecido en algunos aspectos al capitán Marsh de "Sueño del Fevre") que viaja en su inmensa nave con la única compañía de sus gatos, no se nutre también de esa infancia plagada de barcos zarpando hacia lo desconocido.

Pese al dibujo fiel, y poco complaciente respecto a las personas en general, de este canto al río Mississipi y su navegación en los barcos de vapor, el tema que genera toda la trama es en verdad otro: el vampirismo (aún no lo había dicho, ¿verdad?). Son los vampiros los que se ocultan tras las paletas de vapor de los barcos, los que se agazapan en los bajíos del río. Precisamente por ser desencadenantes de una tragedia que prefigura en cierta forma la destrucción y la miseria a que estaba abocada la nación norteamericana, cualquiera que se acerque a esta obra de Martin acabará concluyendo que estamos ante algo mucho más complejo que “una de vampiros”.

Fantasymundo entrevista a George R.R. Martin

Publicada por primera vez en 1982, en un momento de transición de la literatura vampírica (Anne Rice aún no había triunfado con su saga pese a que su primer libro apareciese en 1976), Martin sorprendió al respetable al irse desde la ci-fi hasta el terror más clásico (pese a que ya había tonteado en algunos relatos con el género) dando una nueva vuelta de tuerca a la temática.

En primer lugar, aunque Martín hace una revisión del tema vampírico y dota a sus criaturas de nuevas características y nuevos anhelos, toda la brutalidad y ansia de sangre que exhiben revela tanto la inhumanidad de esa raza extraña como la de los que se llaman a si mismos “seres humanos”. Los vampiros de Martin son a veces seres atroces sí, bestias espantosas, pero en el fondo de la mayor parte de ellos laten anhelos similares a los humanos: el deseo de ser amado, de encajar en el mundo, de tener una razón digna por la que luchar y vivir… Y a veces el hombre sólo es una bestia asquerosa capaz de cualquier cosa sólo por seguir existiendo (que se lo pregunten a Billy Tipton conocido como Billy Vinagre).

Enhebrado en el tema vampírico surge otro de los grandes puntales de esta obra: la amistad sin fisuras y sin concesiones. Es en este campo donde Martin nos regala uno de los mejores caracteres que jamás ha descrito: Abner Marsh. El segundo capitán Abner Marsh es un hombre maduro, feo, solitario, dedicado por completo a la vida del río el cual, por una de esas jugarretas del destino, le ha despojado de casi todo lo que poseía. Frente a él, de forma inesperada, surge la figura de John York, quien le entrega una fortuna para que haga realidad su más ambicioso sueño, construir un barco capaz de derrotar en calidad y velocidad a cualquier otro que navegue por el Mississippi. Ese será el Sueño del Fevre cuya creación unirá el destino de los dos hombres, los acercará y hará surgir una amistad que se demostrará grande y única.

Marsh se nos muestra como un tipo recio, dedicado a su trabajo y sin mucho conocimiento literario que, sin embargo, se sentirá unido a un York admirador de Byron, capaz de arriesgarlo todo por un sueño. Por su parte York descubrirá en el capitán un hombre íntegro, capaz de poner en peligro su vida por aquel que se ha atrevido a confiar en él incluso en los aspectos más aterradores. Marsh se transforma así en el eje de la novela y su crecimiento moral la dota de una grandeza que pocas veces habíamos visto. El capitán nos subyuga como personaje, hace que empaticemos con su persona desde el principio, y su catadura personal hace resaltar el envilecimiento de seres como Billy Vinagre (esclavo de su deseo de inmortalidad y capaz de cualquier vileza por acercase a la meta ansiada) así como la vaciedad y bestialidad del gran oponente de York, Damon Julian, el Maestro de Sangre.

Las decisiones a las que habrán de enfrentarse Marsh y su aliado son terribles y las pérdidas serán a menudo espantosas. Una conclusión fácil sería que todas las ambiciones humanas no valen nada y que sólo la pérdida es segura. Pero no hay nada fácil en Martin y en sus personajes, y a pesar del dolor, de la ira, del tiempo que irremediablemente pasa y nos arrebata cuanto hemos sido, aún así estos seres, humanos e inhumanos, parecen decirnos que nos queda la amistad y el propio coraje como puntos de apoyo en un mundo hostil que se complace en destrozar nuestros anhelos y esperanzas. Al final sólo nos resta el orgullo por haber luchado dignamente y no habernos dado nunca por vencidos. Quizás es lo único que podemos esperar y lo único por lo que tal vez alguien nos recordará.

"Tú yo sudamos y nos fatigamos
con todo el cuerpo dolorido y engañado de pena.
Amarra esa barcaza, levanta esas cajas,
emborráchate un poco y aterrizarás en la cárcel.

Ah... pareces cansado y muy enfermo ya de seguir intentándolo.
Estoy cansado de vivir pero me asusta la muerte
y el viejo rio sigue navegando... a lo largo del cauce".

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