|
|
Corriendo en paralelo con la destilación alquímica, puede observarse una de las grandes obsesiones de Pedraza: la sangre. |
|
Hasta su recuperación en la colección El Club Diógenes de Valdemar, “La fase del rubí” (disponible en FantasyTienda) llevaba algún tiempo desaparecida de las librerías. Escrita por Pilar Pedraza en 1987, traducida a varios idiomas - en francés, por Seuil, bajo el título de “La vitral ecarlate” (“La vidriera escarlata”), y en portugués como “A fase do rubi”- y perteneciente, hasta ahora, a su etapa en Tusquets Editores, ha sido aclamada por un mayoritario sector del público como su obra más lograda, opinión también compartida por la autora.
Sangre y piel son los ejes centrales de un argumento donde los injertos, las brujerías o el satanismo están muy presentes.
Pedraza ha dicho de ella que es “una obra de juventud, viva, rebelde y transgresora, en la tradición dieciochesca francesa […], es la más sadiana […] y quizás, desde cierto punto de vista la mejor [de sus novelas]” (extraído de la entrevista con Pilar Pedraza concedida a Fantasymundo). Tras estas palabras tan certeras, nuestra labor orientadora se reduce a la mínima expresión, por la exactitud con la que la toledana ha sabido resumir su creación. No obstante, intentaremos destacar algunos detalles más.
“La fase del rubí” es una bella pieza de orfebrería, narrada en un estilo poético y elegante, que alterna la asepsia del documentalismo objetivo en tercera persona con una suerte de onirismo fascinador en primera persona. En el libro, dos puntos de vista opuestos sirven de hilo conductor: el que tiene por protagonista al benévolo y culto inquisidor Torcuato, y el que da voz a su hermanastra Imperatrice (uno de los nombres más sugestivos concebidos nunca por Pedraza). Ambas visiones funcionan, más que como licencias estilísticas, como contrapuntos: la primera representa la prudencia, la razón y el escepticismo; la segunda supone la ausencia de límites, el desenfreno, la pulsión de las pasiones, la sorpresa permanente.
Esta multiplicidad narrativa es una de las bases de la complejidad del libro, un volumen que, en poco menos de doscientas páginas, esconde un universo rico en matices y aún más prolífico en referencias. Como todas las obras maestras, “La fase del rubí” admite muchas y muy variadas lecturas. Una simple, nos permite relacionar a Imperatrice con la condesa Erzeberth Bartory y su carencia de empatía (que no de sensibilidad, pues Imperatrice es muy receptiva a lo exquisito); otra, bastante más elaborada, alude a la fase más alta del proceso alquímico, la que acerca al alquimista a la piedra filosofal.
Corriendo en paralelo con la destilación alquímica, puede observarse una de las grandes obsesiones (¿o quizás es más correcto decir pasiones?) de Pedraza: la sangre. La novela hace de la sangre arte, mediante un juego de sugerencias y sutilezas muy elaboradas; el mismo título hace alusión a ella, por ejemplo. Como en toda su bibliografía, junto con la sangre comparte protagonismo la piel, aquí, más que nunca, receptáculo de perversiones elevadas.
Sangre y piel son los ejes centrales de un argumento donde los injertos, las brujerías o el satanismo están muy presentes. Como en toda la producción de Pedraza, hechos aparentemente aislados y sin relación acaban coincidiendo, de manera muy notable, en uno de los mejores finales que ha llegado a escribir, totalmente imprevisible pero muy en consonancia con la propia cadencia de una obra de ritmo personalísimo.
Eco, por tanto, de muchas de las predilecciones de su galería de monstruos, “La fase del rubí” es peligrosamente arrebatadora: quien la lee no puede olvidarla jamás. Tal es el influjo que ejerce la narración de los delirios de la emperatriz de ojos disímiles.
|
|
|
Página 1 de 1
|
|
|
 |
|
|
Versión imprimible
·
Recomendar a un amigo |
|
|
|
|
|
|
|
 |
|
NO se permite la reproducción íntegra. Para reproducciones parciales: NOTAS LEGALES
|
|
|
|
 |
 |
 |
 |
 |
|
|
| |
|
|
|
 |
|
|