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A vuestros cuerpos dispersos (El Mundo del Río 1), de Philip José Farmer
Fco. Martínez   24/01/2008 ( 714 lecturas) Escribir Comentario
     A vuestros cuerpos dispersos es una de las más interesantes novelas del género, y la mejor de su autor, Philip José Farmer. El discurrir por este Mundo del Río dará oportunidad al lector de conocer momentos memorables de la historia y meditar sobre muchas cuestiones.
Portada de A vuestros cuerpos dispersos, de Philip José FarmerEsta es la primera novela de las seis que componen la saga más importante de Philip José Farmer (Indiana, USA, 1918): la saga del Mundo del Río (Riverworld). A vuestros cuerpos dispersos (La Factoría de Ideas), publicada en los Estados Unidos en 1971, es la más reconocida de todas las novelas de esta saga, la única de ellas, y la única novela de Farmer, ganadora de un Premio Hugo (1972). Premio que se viene a sumar a los otros dos Hugo, un Nébula, y un World Fantasy Award que forman su palmarés. Y es que, aunque para la mayoría de los aficionados y lectores del género españoles sea un auténtico desconocido, Philio José Farmer no es un escritor cualquiera; prueba de ello no sólo es lo importante, sino también lo extraordinariamente prolífico de su producción literaria.

En cuanto al libro que nos ocupa, estamos, sin el menor atisbo de duda, ante la mejor novela de Farmer: inaugura una saga a través de un argumento provocador y muy original que contiene y esconde, en si mismo, un extraordinario motor narrativo cuyo rendimiento podría ser –en esta novela lo es, aunque el conjunto de la serie no goce de tan buena suerte- inagotable en ideas y posibilidades. Además, la novela sirve para que el lector que no conozca a Farmer se pueda hacer una idea de los clichés más significativos y que recorren la narrativa de este autor: el recurso a personajes históricos para dotar de empaque a las tramas; el uso del sexo no sólo en el sentido expositivo de sensaciones y sentimientos, sino también como recurso de fondo para el retrato de contextos y personajes; etc.

El apasionante punto de arranque de la novela es el siguiente: a lo largo de un desconocido mundo formado por un ancho río, amplias y verdes colinas, y largas e inalcanzables montañas, resucitan todas las personas que alguna vez han habitado la tierra (desde el origen de los tiempos hasta el 2008, año en el que el mundo habría llegado a su fin). A partir de aquí surgen importantes hilos narrativos que, en combinación, buscan dar cuerpo y sentido a la desorientación inicial de lector y personajes: ¿quién o quienes, y con qué intención, son los responsables del surgimiento de este Mundo del Río?, ¿porqué se opta por resucitar a todos aquellos que, en algún momento, habitaron la tierra?

De inicio, las certezas son escasas: todos resucitan desnudos, calvos y sin posibilidad de tener pelo, y con la edad exacta de veinticinco años; la muerte no es posible, quien fenezca de forma accidental o intencionada, resucitará en el siguiente amanecer y en otro lugar distinto a aquel de la vez anterior; la alimentación y el mantenimiento básico están garantizados, se les suministra comida, vestido, tabaco, marihuana, o incluso algún tipo de droga sintética; las condiciones climatológicas están, igualmente, controladas, gozando permanentemente de una temperatura y brisa suaves y calurosas, acompañadas de una lluvia que siempre comienza a las tres de cada madrugada, para acabar pocas horas después. A medida que la experiencia de los personajes en este ambiente se va acumulando, se van descubriendo los matices y excepciones que tienen estas certezas.

El descubrimiento de este mundo lo realiza el lector al mismo tiempo que los personajes, llevado por los ojos del personaje principal de la novela: Sir Richard Francis Burton; personaje real del siglo XIX que fue cónsul británico, explorador, lingüista conocedor de varias decenas de muy distintas lenguas, y especialista en las tierras de Oriente. Burton, que en vida descubrió el Lago Tanganika y que, por una enfermedad de consideración y otras causas de intendencia de su expedición, no pudo ser el descubridor también de las fuentes del Río Nilo, querrá explorar este nuevo mundo imponiéndose un objetivo conocido: alcanzar y conocer las fuentes del río que atraviesa este mundo inhóspito. Para conseguirlo, antes de nada, deberá gestionar su propia supervivencia, y para ello va conformado a su alrededor un grupo de personajes secundarios –reales unos, inventados otros- con los que construirá la nave que lo llevará río arriba.

La gran potencia del motor narrativo de esta novela, junto a la interesante elección y correcta documentación sobre los personajes reales que aquí aparecen, son la puerta a las heterogéneas e interesantes reflexiones que acoge el libro. Una de ellas, el inicio artificioso de la convivencia, ofrece la oportunidad de observar y pensar sobre la forma en la que se constituyen las sociedades, cómo se articulan las relaciones grupales (que se busca, o alrededor de quien se quiere conseguir), cómo se generan los enfrentamientos entre estos grupos… Igualmente, la resurrección artificial y repentina de los personajes abre la puerta a meditaciones filosófico-éticas sobre, por ejemplo, los distintos elementos que configuran la personalidad, y si son de aplicación a personajes que se debaten entre una naturaleza humana y otra de clones; los mecanismos de búsqueda del ‘yo’ en alguno de los personajes, en crisis consigo mismos a la hora de pensar sobre quienes son; o los límites científico-éticos a la hora de tomar la decisión, y ejecutar con mano firme, la reproducción-resucitación-clonación de todas las personas que hubieron existido a lo largo de la historia.

En el ‘debe’ de la novela, sin embargo, situamos una disposición poco clara de la mayor parte de estas reflexiones. Farmer parece ver, igual que nosotros, las inmensas posibilidades de un motor narrativo potentísimo y de gran interés, pero al que ni acaba de disponer con la claridad suficiente, ni parece saber aprovechar de la forma más deseable. Esto quizás es consecuencia, precisamente, de la inmensa riqueza y grandes posibilidades de su argumento, de una ambición demasiado desmedida a la hora de querer introducir reflexiones e ideas. El lector se quedará, así, ávido de mayores profundidades en algunos de los hilos narrativos y las tramas más interesantes, sin tener oportunidad de rozar nada más que su superficie. Ya lo dice el refranero popular: ‘el que mucho abarca poco aprieta’ o ‘más vale pájaro en mano que ciento volando’ son ejemplos más que válidos en el caso que nos ocupa.

Además, a la hora de perfilar los personajes reales, creo que abusa demasiado de la documentación alrededor de su figura histórica. La proyección del personaje presente desde aquel pasado lleva a la novela a resultar, por veces, más una entrada enciclopédica que una narración. Incluso el enciclopedismo llega a afectar negativamente al mantenimiento del ritmo de la novela, a su frescura, y a su credibilidad; transcendiendo en demasía no ya la voz narradora, sino la mano del autor. Si bien debemos matizar que esto ocurre en escasos y contados momentos de la novela, el lector no podrá acabar el libro sin tener bien presente que alguien más que narrador y personajes soportan la voz de la novela.

En conjunto, "A vuestros cuerpos dispersos" es una de las más interesantes novelas del género, y la mejor de su autor, Philip José Farmer. El discurrir por este Mundo del Río dará oportunidad al lector, por otro lado, no sólo de saber más sobre distintos momentos de la historia de la humanidad (ligado al retrato de los personajes que los protagonizaron), sino también de meditar sobre un muy variado y riquísimo conjunto de cuestiones del máximo interés, que van desde la antropología hasta la ética, pasando por la filosofía del individuo, la sociología, la psicología, etc. Todo ello de forma intensa, entretenida, y a través de los ojos de personajes que darán de si mucho más de lo que, habitualmente, estamos acostumbrados a ver; estimulando la imaginación de todo aquel que decida asomarse por las aguas de este Mundo Río del cual "A vuestros cuerpos dispersos" es una más que correcta piedra inaugural.

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