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El thriller hay que saber llevarlo, de principio a fin, y no es fácil: para un “Seven” (David Fincher, 1995) que lo peta hay mil ejemplos de filmes que tratan de seguir la senda y fracasan. Menciono la película de Fincher pues es uno de esos casos claros en los que la trama funciona tan bien que resiste muy bien los revisionados, pues no es tanto el desenlace lo que importa sino el camino que nos conduce a este (por cierto, la semana pasada se emitió en un canal generalista y de madrugada, y volvió a atraparme; no la pasan a menudo por la tele, por desgracia). Y es que construir una buena historia, una trama sin agujeros ni incongruencias, que sepa mantenerte en vilo y conducirte a un clímax que, por muchas veces que lo veas aún te sigue impactando, no es nada fácil.

El lector de esta crítica podrá cambiar “Seven” por otros títulos que funcionan muy bien y, al mismo tiempo, mencionar aquellos que no lo lograron. Las hay que tienen todos los elementos para petarlo: la historia, los personajes, la ambientación, la dosificación de la tensión… y luego resulta que, por muy bien que te lo hayan puesto en la hora y pico precedente, en la media hora final la cosa se derrumba como un castillo de naipes. Le sucedió a “Grand Piano” (Eugenio Mira, 2013), por citar un ejemplo reciente y que suelo mencionar a menudo: una película que lo tenía todo –guion de Damien Chazelle (“Whiplash”, “La La Land”), personajes potentes a cargo de Elijah Wood y (en la sombra) John Cusack, una historia de miedos y fracasos en torno a una pieza musical clásica contemporánea a piano, una banda sonora espectacular a cargo de Víctor Reyes, una tensión bien llevada–… y sin embargo lo tiró todo por la borda en su tramo final. Y es una lástima, porque la película iba por muy bien camino.

Luego tenemos las películas de “sofisticación digital”, aquellas que cuentan la historia en función de la forma, es decir, el envoltorio de imágenes en formatos digitales que se van sucediendo como si fueran pantallas de videojuegos que hay que ir superando. Un ejemplo también reciente es “Open Windows” (Nacho Vigalondo, 2014), que jugaba precisamente con las pantallas de dispositivos electrónicos; el punto de partida era interesante, pero la historia se caía en su tercio final y lo que podía haber sido finalmente no fue. La forma se comió el fondo y eso es precisamente lo que un buen thriller no debe hacer. Se podrá mencionar también el caso de “Eliminado” (Levan Gabriadze, 2015), con el entorno Skype como escenario de una historia puramente de slasher que, cómo no, al final se desfondaba. El productor de esa película, Timur Berkmambetov –que ha ido tocando diversos palos para intentar hacerlos suyos, como en “Wanted (Se busca)”, el díptico “Guardianes del día” y “Guardianes de la noche”, “Abraham Lincoln: cazador de vampiros” y el absolutamente prescindible de “Ben-Hur,” entre otras–, se encuentra también detrás de “Searching”, filme del joven director y guionista estadounidense (con antecedentes indios) Aneesh Chaganty, que precisamente debuta en el largometraje con esta apuesta que ha escrito a cuatro manos con su colega Sev Ohanian. La película se presentó en el Festival de Cine de Sundance de este 2018 y se llevó dos galardones. Ahora finalmente llega a las pantallas españolas y lo hace con muy buenas críticas en los medios estadounidenses. ¿Repetirá por nuestros lares el éxito cosechado en el mercado internacional?

“Searching” es una película de formato cien por cien digital: todo el filme se construye a partir de pantallas, sobre todo de ordenador, jugando con las potencialidades que ofrece la cámara incorporada para múltiples aplicaciones (Facebook, Twitter, Skype, Instagram, Google, Gmail, chats y redes sociales diversas…). El reto es mayúsculo: contar la historia de la desaparición de una adolescente, Margot Kim (Michelle La) y la desesperada búsqueda, precisamente a partir de esas herramientas tecnológicas, de su padre David (John Cho), inasequible al desaliento. La trama empieza contando los antecedentes de la familia Kim, que al mismo tiempo es seguir el crecimiento de Margot, que toda su vida la vivido y se ha registrado/grabado/seguido a partir de aplicaciones informáticas. Lo que antiguamente era el álbum de fotos familiar para poder ver instantes de la infancia, juventud y adultez de una persona, hoy en día lo reflejan las redes sociales y las aplicaciones que utilizamos cada día: todo lo subimos a la red, del primer día en el colegio, a las fotos de cuando éramos pequeños, los cumpleaños, las Navidades, los viajes con familiares y amigos, las pérdidas personales (la muerte de la madre), las charlas por Facebook o Twitter, etc. La película es hija de su tiempo y retrata con cotidiana fidelidad cómo crecemos y nos comunicamos a través de las redes sociales, cómo nuestra vida hoy en día sería imposible sin ellas.

searching Cuando un día Margot no regresa a casa, después del instituto y de una clase de piano, su padre David comienza a inquietarse. Pasan las horas y no hay noticias de Margot: no contesta al móvil ni tampoco en las aplicaciones de comunicación digital. Y hay que aplicar los protocolos policiales de búsqueda en caso de desaparecidos, pues las primeras 72 horas son vitales. Ahí entrará en juego el personaje de la detective Rosemary Vick (Debra Messing), que en los días que se suceden a la desaparición de Margot será la persona en la que se apoye David en la búsqueda incesante de la muchacha.

Una búsqueda que, en estos tiempos actuales, comienza por indagar en el propio ordenador de Margot: los chats, las redes sociales, los canales de comunicación digital. El filme, pues, entra en una dinámica puramente de thriller en esas “búsquedas” que realiza David en servidores y aplicaciones, preguntando a los “amigos” de Margot y siguiendo las pistas que, como migas de pan tecnológicas, van surgiendo en cada momento. El ritmo de la película es endiabladamente adictivo a lo largo de su metraje, bien conducido y sin dejar apenas respiro al espectador (aunque vi la película en versión original subtitulada, todo lo que aparece “en pantalla” está traducido al castellano, lo cual facilita mantenerse enganchado a la gran pantalla de una sala de cine). Hay algunos agujeros insalvables –la facilidad con la que David entra en las redes sociales que maneja su hija sin saber la contraseña y cómo la acaba descubriendo, por ejemplo– y la trama se hace más previsible a medida que avanza; pero todo ello no empaña la buena dosificación de la tensión y la construcción de una historia que, a diferencia de otros casos, “enlaza” bien el fondo y la forma en un equilibrio medido con acierto y coherencia argumental. Quizá el tramo final flojee un poco, pero no se hunde el filme, no es un castillo de naipes.

El resultado es un más que notable thriller que logra superar nuestras expectativas –cuando prácticamente está todo dicho en cine–, que sabe jugar con lenguajes y entornos sin que estos acaben por fagocitar lo que importa –una buena historia (por muy manida que esta sea)– y que también aporta unas oportunas dosis de crítica, en estos tiempos en que todo está comunicado, acerca de lo fácil que es –desde un punto de vista meramente personal, humano– aparentar en lugar de ser (“eres lo que escondes”, se anuncia en un póster en inglés); al mismo tiempo denuncia la impostura que rodea las redes sociales en general y el narcisismo/exhibicionismo que viene implícito con ellas, y el morbo mediático que rodea una desaparición. Una película, pues, que sorprende gratamente y que funciona como un particular juego de matrioshkas cuando nos acercamos a una sala de cine a verla… algo que aumenta exponencialmente si se contempla en otros dispositivos digitales.

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