El dolor, más allá de lo físico, es también una enfermedad, una enfermedad que puede degenerar en el odio, la violencia e incluso la muerte. Abandonados a nuestro dolor, los seres humanos podemos caer fácilmente en la ira contra los “otros”, esos que no nos ayudan, que nos ignoran, que, sin duda, nos odian. Y hay tanto, tanto dolor en este mundo. Tanta ira…

La ira y la violencia ante una situación terriblemente dolorosa son el eje sobre el cual pivota la película “Tres anuncios en las afueras” (en el original “Three Billboards Outside Ebbing, Missouri”, 2017), tercera película del angloirlandés Martin McDonagh, autor también de “Escondidos en Brujas”(2008) y “Siete psicópatas”(2012). McDonagh es un director cinematográfico forjado en el teatro con obras trufadas de violencia, humor negro y crueldad (de hecho le encasillaban en el llamado teatro de la crueldad). Su paso a la gran pantalla le ha llevado, como era de suponer, por los mismos caminos que abriese sobre los escenarios y sus películas tienen ese aire de comedia negra cruel que impregna toda su obra. Sin embargo, si en sus dos filmes anteriores se decantaba claramente por personajes fuera de la ley, escritores sin inspiración y otros marginados, ahora nos ofrece una historia profundamente humana con personas en la cuerda floja emocional, capaces de saltar ante la menor provocación, dispuestos a todo con tal de mitigar ese dolor que les atraviesa.

La trama gira en torno a Mildred Hayes, una madre desquiciada y valiente que alquila tres vallas de anuncios en las afueras de su localidad (esa Ebbing del título original) para denunciar el atroz crimen sin resolver del que su hija fue víctima. El texto de los tres anuncios no puede ser más brutal y clarificador: “VIOLADA MIENTRAS MORÍA”, “¿Y TODAVÍA NO HAY ARRESTOS?” y, por fin, “¿CÓMO ES POSIBLE, JEFE WILLOUGHBY?”. Los anuncios convulsionarán la localidad, a la policía del lugar, y serán el detonante de una serie de hechos violentos que vertebran la película. A pesar de todo, todo el filme está salpicado de momentos humorísticos que saltan muchas veces de forma completamente inesperada y de forma negrísima.

El humor negro que destila la historia no me ha sorprendido viniendo de donde viene: es el sello de un director admirador confeso de Quentin Tarantino que, por ejemplo, hizo una obra de teatro protagonizada por un terrorista expulsado del Ira por violento que vuelve a su pueblo para vengarse de los que mataron a su gato (“The Lieutenant of Inishmore”, 2001). No se porqué les sorprende entonces a algunos ver que los protagonistas del film que nos ocupa están tan pronto atravesando dedos con un torno de dentista como ayudando con el máximo cuidado a enfermos terminales. McDonagh siempre juega con la extremosidad y ahora no iba a ser menos. Lo que me sorprende mucho más es ver como ha cuidado esta vez a los personajes principales, como ha indagado en su dolor, en su humanidad herida regalándonos un trío de retratos impagables realzados por sus actores protagonistas, Frances McDormand, Woody Harrelson y Sam Rockwell, estos dos últimos repitiendo de nuevo con el director.

Sin duda el personaje mejor retratado es esa madre destrozada y violenta que dibuja de forma implacable la tremenda Frances McDormand, cuyo trabajo tiene ya tufo de Oscar. Es cierto que su personaje tiene altibajos, que tiene salidas para todo en todo momento, por crítico o espantoso que este sea, y que McDonagh ha estirado todo lo posible la credibilidad sobre lo que el personaje puede hacer o decir pero, a pesar de eso, la fuerza que imprime la señora McDormand a esa madre, con ese dolor abrasador a cuestas, con esa ira sofocante, hace que el personaje sea creíble.

También Woody Harrelson esta de sobresaliente en su papel secundario como el sheriff Willoughby cuya enfermedad y terrible resolución, epistolario incluido, marcan un antes y un después en los personajes. Comentario aparte merece el paleto racista y con mala leche, de la profunda Norteamérica, que dibuja Sam Rockwell. Este es un trabajo conocido para Rockwell (con las diferencias pertinentes, me viene ahora a la mente su “Billy el Niño” en la estupenda “La milla verde” (2000) de Frank Darabont). Hasta la mitad de la película no parece que vaya a salir de los tópicos propios de este tipo de personaje pero, de repente, saca a relucir su lado más humano, mediación hecha del epistolario antes mencionado, y se acerca en muchos sentidos a la madre rota retratada por McDormand. Ese salto de Rockwell, de una fase a otra, está estupendamente realizado por el actor  pero el guionista-director no explicita apenas sus raíces en el guión (referencia suelta aquí a su padre, algún momentillo de duda con su madre, é voilá, tutto finito) con lo cual la reflexión sobre sus motivaciones para el cambio se nos queda algo coja.

Esta cojera es algo de lo que adolecen la gran mayoría de los personajes secundarios que aparecen en la película que se quedan casi siempre en meros dibujos basados en tópicos a cada cual más vergonzante: la jovencita tonta que se enrolla con un tipo que podría ser su padre; la secretaria lela que siempre mete la pata pero, eh, la queremos; el exmarido que acaba con la chica tonta; el dentista que disfruta haciéndolo pasar mal a sus clientes (aunque encuentra la horma de su zapato); etc. Aquí destaca la desaprovechada intervención del gran (sin coñas de ningún tipo) Peter Dinklage al que al parecer han sacado en la pantalla tan solo para presumir de enano (que si un enano en las bragas, que si te lleva a cenar un  enano…). En fin, fino el guionista en este sentido.

A pesar de estos fallos en los personajes secundarios, de los extremos emocionales a los que arroja el director-guionista a los principales, de algún extintor de fábrica que, mira tú por donde, aparece así de necesario en un coche, la película funciona. El trabajo de los actores es admirable, la dosificación entre acción y emoción está muy bien conseguida y hay escenas tan cortantes como un cuchillo que te dejan sin aliento.

No es una película redonda, de acuerdo, y quizás desde el primer momento ha estado un poco sobrevalorada. El film fue proyectado durante el Festival Internacional de Cine de Venecia, en donde se estrenó el 4 de septiembre de 2017. También participó en el Festival de Toronto y el Festival de San Sebastián, y recibió el premio del público en ambos. Además se proyectó durante el Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, ha conseguido no se cuantos Globos de oro y opta a un montón de premios Óscar. Vamos, que vino con un pan dorado debajo del brazo.

Mucha culpa de estos premios caídos del cielo nada más nacer la tiene la propia promoción del film, con esas palabras de director diciendo que ya tenía el guión preparado antes de su anterior película pero finalmente no la hizo, la espinita clavada y el deseo de hacerla bien, que si la ira era su idea original…. Bla, bla. Y el elenco de actores, claro. Además de que le consideran algo así como un “enfant terrible” de la industria, de la valoración en oro de sus guiones, de la sombra de Tarantino en sus obras anteriores y del peso de los Coen en ésta. Una relación directa que no solo tiene que ver con la aparición de la grandísima Frances McDormand (que quieren que les diga, todos los “ísimas” me parecen poco para la labor de esta mujer), sino con el trabajo del compositor habitual de los Coen, Carter Burwell, también compositor de McDonagh ya que creó la banda sonora de sus películas previas.

Merece la pena que destaquemos la labor de Burwell, compositor de películas que nunca pensó ser compositor de películas, que ha realizado trabajos muy buenos y destacables como (por no poner nada de los Coen) “Rob Roy” (1995), “Donde viven los monstruos”(2009) o, mi favorita, “Dioses y monstruos” (1998). La música de Burwell en esta “Tres anuncios…” sabe ser dramática pero también lírica y dulce, reconociblemente folk y, por definición, norteamericana. Subraya sobre todo la pérdida y el dolor, dotando de mayor riqueza a todas las escenas en las que aparece.

En conjunto y acabando, estamos ante una buena película, con un guión que va de lo espléndido a lo excesivo y discordante, con buenos diálogos que oscilan desde el humor más negro a la ira más profunda, con escenas directas y crueles en las que apenas cabe la lírica, con personajes que marcan y otros tan leves y deslavazados como una cerveza caliente. Una película un tanto sobrevalorada pero que impacta brutalmente en el espectador, que le hace sentir todo el dolor y la ira de su protagonista ante una situación injusta, desgarradora, inabarcable, insufrible en un mundo injusto, insolidario, violento, desgarrador, insufrible…

Recuerdo que escribí mi primera poesía recién operada de apendicitis. Desde entonces odio los hospitales y adoro la escritura. Hasta hoy han pasado dos carreras (historia del arte y náutica, ahí es nada), estudios varios, música coral, trabajos mileuristas, cuentos publicados y postales acumuladas (si, eso colecciono) y he regresado hace poco a esta página donde comencé a escribir críticas literarias. Cosas malas, buenas y superiores. La vida misma.

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