Lo reconozco: me encanta Mircea Cărtărescu (Bucarest, Rumanía, 1956). Desde que lo descubrí está en mi lista de imprescindibles. Desde que leí ‘El levante’ (Impedimenta, 2015) me convenció para entrar en mi breve lista de autores merecedores del Nobel (ahora solo tengo en ella a dos: a Gonçalo M. Tavares y a él). Y ahora que he leído ‘Solenoide’ (Impedimenta, 2017), ha tenido en mí un efecto devastador porque no solo me ha reafirmado en cada una de mis impresiones, sino que me ha mostrado a Cărtărescu como uno de los escritores más monumentales de todos cuantos he leído. Lo sé, suena exagerado, pero no creo que lo sea. Permítanme explicarme.

Su literatura aparenta sencilla, pero no lo es. Esta sensación surge de esa complicidad con la que se dirige a la persona lectora, ya desde las primeras líneas: “He cogido piojos otra vez. Ni si quiera me sorprende, ya no me asusta, ya no siento asco.” Se dirige a ti con tono humilde: con cercanía, proximidad y familiaridad. Además lo hace desde la autocrítica, tirando piedras contra sí mismo. Como tantas veces hemos hecho y haremos los demás ante el espejo del baño o el del ascensor, en sueños entre sudores fríos, o despiertos a cabezazos contra alguna puerta o pared. Se nos muestra desnudo, visceral e íntimo, a unos desconocidos que de nada le conocen y a los que nada les debe. Con una escritura personal, creada desde la experiencia biográfica, pero transformada en una experiencia emotiva en la que consigue introducirnos como un elemento imprescindible más.

La literatura de Cartarescu exige a la persona lectora al otro lado de la página, y eso es algo excepcional y extraordinario. Imaginemos, por un momento, la increíble dificultad que entraña el conseguir crear esa sensación, el transmitir ese mensaje a sus lectores: te necesito. La empatía como mensaje transtextual a través de una escritura personal, directa, sencilla, sin artificios ni alharacas. Esa es su magia. Una magia que desborda en las páginas de ‘Solenoide’ porque, de una forma u otra, consigue conectar esta obra con todas sus demás obras, redondeando sus mensajes, concretando sus intenciones, repitiendo su mensaje una y otra vez: te necesito. Y nosotros, rendidos, irresistible e irremediablemente, entramos hasta el fondo de su trastienda para ver/leer lo que nos quiere mostrar.

Alguien podrá pensar, llegado hasta aquí, que nuestro autor escribe autobiografía. Nada más lejos.

Por supuesto que hay elementos biográficos, continuos y constantes en toda su obra. Pero esta coherencia es solo la base, el pilar sobre el que se erigen personajes con personalidad propia, auténticos en su idiosincrasia, dentro de los cuáles podemos reconocer una parte de nuestro autor igual que encontramos una parte de nosotros mismos. Pues esa identificación, esa empatía, ha servido para vernos a nosotros mismos en su espejo ficcional, de introducirnos en sus tramas a través de sus personajes, de entrar en su universo ficcional a las primeras de cambio y por la vía inmediata. Ya estamos dentro. Y nada ni nadie nos va a poder sacar de ahí.

Es entonces cuando, al introducir en sus tramas algunos elementos inherentes a lo extraño o a lo extraordinario, a lo increíble o lo fantástico, nos vemos rodeados de su verdad, nos sentimos parte de su realidad. Simplemente, hemos caído en su magia, en su hechizo. Y de ahí no podremos salir… ni querremos hacerlo. Aquí nos pasa exactamente esto mismo. Prácticamente desde el principio, nos dan igual los aparatos totémicos, las sectas fantasmagóricas o las alucinaciones estrambóticas. No nos importan los cambios bruscos e inesperados, los personajes raros o las relaciones inestables. Hemos entrando ya a fondo en su mundo creativo, somos parte de él, y más que analizar o leer una novela, nos vemos atrapados en sus redes hasta el punto de preocuparnos solo por vivirla.

Las pequeñas teselas biográficas de esta novela son reconocibles para sus lectores habituales. En ellas se esconde algo de verdad, una autenticidad que hemos leído antes: en Nostalgia (Impedimenta, 2012), en Por qué nos gustan las mujeres (Funambulista, 2006), en Las bellas extranjeras (Impedimenta, 2015), El levante (Impedimenta, 2015)… Por eso nos es tan fácil sentirnos parte de esta historia y tan sencillo reconocer los elementos nuevos, engancharnos a las nuevas lianas, y tender nuevos lazos en esta novela llena de sorpresas, de maravillas -buenas y malas-, de recovecos oscuros y de extraordinarias luces.

Las nuevas personas lectoras que se aproximen a estas páginas no necesitan haber echado la vista atrás. Todo está aquí. Hasta la magia. Esto les hará fácil el entrar, maravilloso el permanecer y difícil el salir.

Pero aquí hay algo más. Algo que no había antes: una voz narradora más madura, más compleja, más alambicada y mejor conectada con las distintas partes de su ser. Esto se materializa en un mensaje no más denso pero sí más rico y heterogéneo, donde descubrimos una voz narradora con nuevos matices, con más historia exterior y personalidad interior. Ello sin restarle frescura y autenticidad a la voz narradora, sin desconectarla de ese tono directo y al corazón del lector. Se trata de una personalidad no distinta, sino más completa. De ello nos damos cuenta también pronto. Cuando a las pocas páginas advertimos que la palabra más repetida, y por tanto el mensaje más recurrente, es “me”; la voz de autor, su necesidad de comunicar, de darse a entender, de trasladarnos con inquietud una plétora de novedades por contar.

‘Solenoide’ (Impedimenta, 2017) comienza siendo un viaje vital y termina siendo una experiencia existencial. A lo largo de sus páginas, en distintas partes, el texto se va transformando paulatinamente desde una exploración temporal, exterior, vivencial, hacia una exploración intensional, interior, reflexiva: donde la voz interior del personaje principal y narrador testigo se enfrenta a la reflexión metafísica del sentido de la vida en algunas de sus preguntas más trascendentes. He aquí, en una nueva continuidad de su narrativa, ese sentido de la vida como un viaje, una camino en busca de un algo desconocido, y que es tan universal como la vida misma, pues ese “algo” es lo que nos mueve a cada uno de nosotros cada día.

La literatura de Cartarescu me maravilla porque, aún siendo radicalmente rumana (pues es allí donde tiende sus raíces) nos transporta hacia la comprensión interior de un ser universal igual a cualquiera de nosotros, independientemente de nuestros distintos lugares, culturas o lenguas. Su literatura capta como pocas en la actualidad a esa humanidad esencial y primaria que a todos nos une, nos iguala y nos conecta. Eso lo hace especial. Eso lo hace prácticamente único. Un mérito más que sumar a los ya comentados aquí para recomendar a nuestro autor, para quién aún no lo conozca, y a ‘Solenoide’ (Impedimenta, 2017) como una de las novelas de este año… y a lo mejor de tu vida.

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