Hace aproximadamente 35.000 años, un escultor que también gustaba de observar el cielo, y que vivía en lo que ahora son las montañas de Lebombo, en el sur de África, esculpió sobre un hueso de babuino 29 muescas separadas uniformemente. Los arqueólogos creen que tales muescas representan las fases de la Luna.
Artesanos del Pleistoceno dejaron huesos de águila con similares muescas labradas, cerca de las famosas pinturas rupestres de Lascaux, en Francia.
Estos son dos de los primeros intentos del hombre por dejar su conocimiento plasmado en algún soporte físico que sobreviviera tras su muerte biológica. Sin embargo, no es hasta el 1.700 a.C. cuando encontramos el primer, con gran diferencia, documento escrito del mundo:
el disco de Faístos.
Su hallazgo tuvo lugar en una excavación arqueológica de 1908 en el antiguo palacio de Minos en Faístos, en la isla de Creta. A primera vista sólo era un pequeño disco de arcilla endurecida por cocción al horno de unos 16 metros de diámetro, plano y sin pintura. Algo así como un
Frisbee.
Pero un examen más atento reveló que cada una de sus dos caras estaba grabado por unas escrituras subrayadas por una línea curva en forma de espiral de cinco espiras desde el borde al centro del disco. En total, se contaron 241 símbolos separados por líneas verticales en grupos de varios símbolos, que parecían formar palabras.
Sin tener ni idea de lo que allí ponía, cualquiera podía darse cuenta de que el escribiente sin duda había trazado una planificación minuciosa para conseguir llenar toda el área disponible de escritura con textos, comenzando por el borde, hasta terminar el texto justo al llegar al centro del disco. O quizá el escribiente tuvo que romper decenas de discos antes de dar la extensión de texto perfecta. Quién sabe.
El número de símbolos que se cuentan, 45, parece formar un silabario en vez de un alfabeto, pero aún así nadie ha conseguido descifrarlo. Y las formas de los símbolos constituyen todo un misterio:
no se parecen a ningún otro de los sistemas de escritura conocidos. Más aún: podemos estar también ante la primera manifestación de la imprenta de Gutenberg, pues, al igual que mucho más tarde se haría para estampar periódicos, los símbolos del disco fueron impresos por medio de sellos apretados contra la arcilla blanda pero en ningún caso labrados a mano. Como una máquina de escribir compuesta por, al menos, un juego de 45 sellos. Una máquina para escribir textos en cadena, en grandes cantidades, copias y más copias que lamentablemente no se han hallado todavía. Sólo recordar que la siguiente vez que una cultura usó sellos mojados en tinta para escribir copias de esta forma fue en China, 2.500 años más tarde en China, y en la Europa medieval, 3.100 años más tarde.
Así pues,
el disco de Faístos, además de ser el primer documento escrito, también constituye un ejemplo de tecnología asombrosamente precoz de la que no tenemos constancia en ningún otro lugar del mundo. Todo un misterio que los historiadores todavía no han resuelto. Un ejemplo de artefacto casi alienígena que nos demuestra, una vez más, que la realidad es más extraña y fascinante que la ficción.
En todo caso, de una cosa sí que podemos estar seguros (acaso para no convertir el disco de Faístos en un objeto sobrenatural como los que
Indy anda siempre buscando). Si la imprenta se difundió vertiginosamente en la Europa medieval después de que Gutemberg imprimiera su Biblia en 1455, fue a causa de la demanda del mercado. El
disco de Faístos, por el contrario, fue concebido en una época en la que el conocimiento de la escritura se limitaba más a algunos escribas de palacios o templos: si no había gente para escribir ni para leer, de poco servía llenar el mundo de discos impresos con sellos o punzones manuales. Sin incentivos, no hay tecnología. Ni magia.