
Fernando Rey, Fernando Fernán Gómez, Francisco Rabal y Agustín González son los nombres de algunos de aquellos que ya nos han abandonado. El cine nota en estos días cómo se queda huérfano de la magnificencia de una generación única e irrepetible de la que apenas nos resta la presencia de Manuel Alexandre o Tony Leblanc. Y es que el último en marcharse fue el más grande entre los grandes de la interpretación española, don José Luis López Vázquez.
Sólo una semana después de que representara su última obra, a modo de horrible pesadilla y un día después de los difuntos – maldita jugada del destino –, en las tablas del teatro que le vio nacer como actor, el madrileño ya ha dejado un profundo hueco en corazón y alma de todo buen cinéfilo español. El María Guerrero se convirtió en emotivo hogar de todos y cada uno de los que quisimos y supimos disfrutar del buen hacer del maestro de maestros.
Será difícil mirar hacia delante a partir de él en el mundo del cine. Tanto como lo es imaginarse el séptimo arte sin su presencia. No obstante, ha sido el actor más prolífico que ha regalado este país, y ello no lo llevó a dejarse seducir por el vasto imperio de Hollywood, que llamó a sus puertas. Prefirió la humildad y honestidad de la filmografía patria. Así sumó un título tras otro para alcanzar más de doscientos en su historial.
José Luis López Vázquez es el gran ejemplo de la obviedad artística, de la genialidad. Tanto como nos hizo reír en películas frívolas como
El turismo es un gran invento o
Sor Citroën, nos transmitió la mayor de las angustias y encerró en un pequeño cubículo en
La cabina. Supo regalarse al drama con filmes como
El apolítico, quizá una de sus obras más desconocidas, pero de su mejor cosecha sin duda alguna.
Profesor para los actores españoles también guió a Dustin Hoffman en
Tootsie gracias a su genial interpretación en
Mi querida señorita. Trabajó con lo más laureado del panorama cinematográfico español, que no es poco. Carlos Saura obtuvo lo mejor de él en títulos imprescindibles, y
Peppermint Frapé supuso el reconocimiento como uno de los tres grandes intérpretes del mundo por parte de Charles Chaplin. También fue genial su participación en cada sátira realizada por Luis García Berlanga.
Hace una semana exactamente, el maestro de los maestros nos abandonó en cuerpo, pero jamás podrá hacerlo en alma. Su legado cinematográfico es tanto o más Patrimonio Nacional que el título homónimo de la saga que compartió con otros como Agustín González o Luis Escobar. Y hoy, desde esta tribuna no puedo más que lanzar al viento, gustosamente, mi más sincero homenaje a su figura. Esa imagen tan denostada por los españolitos anti todo que no creen en el producto propio y se dejan llevar por el prejuicio y el tópico, sin entender siquiera qué es arte y genialidad.
Ahora, igual que ayer y lo mismo que mañana, alzo mi voz para hacer ver el orgullo que me provocan aquellos que me hicieron y hacen disfrutar del cine, mientras procuro no dejarme guiar por la lástima que produce recordar al López Vázquez de
¿Y tú quién eres?, su última participación en el cine. Y es que con él va llegando a su fin una generación inigualable, insuperable, y cada vez es mayor ese vacío que queda en nuestro corazón: el vacío.