A modo de presentación de la colección de ciencia ficción de Ediciones Ómicron, desde la editorial nos envían información sobre Huérfanos de la Creación (pulsar para acceder a la ficha del libro), de Roger MacBride Allen, novela de la que a continuación os ofrecemos un adelanto. La obra fue finalista del premio Philip K. Dick.
ADELANTO EDITORIAL DE "HUÉRFANOS DE LA CREACIÓN":
"Caminaba entre los surcos del campo quemado, y hacía crujir los restos carbonizados bajo sus pies desnudos. El fuego estuvo aquí; los hombres lo trajeron deliberadamente para limpiar el bosque y crear un campo para cultivar sus cosechas. Ya habían plantado, y ya habían llegado las lluvias, y ahora el campo era un áspero mar de légamo endurecido por el calor y de carbón que se disolvía. La tierra hosca humeaba visiblemente bajo la humedad coagulada del cálido día, convirtiendo el campo en un lúgubre espacio de neblinas que se enroscaban bajo un cielo gris acerado. No todo era adusto, los feos marrones y negros del campo retrocedían aquí y allá ante los esperanzadores y frágiles verdes de la futura nueva cosecha.
Pero ella no veía nada de eso, y sólo miraba fijamente a la tierra mientras andaba, deteniéndose para inclinarse y arrancar las resistentes malas hierbas que constantemente amenazaban con sofocar los diminutos y frágiles brotes del cultivo.
Si la hubieran instruido para arrancar los brotes, dejando las malas hierbas, no le habría importado ni sabría cuál era la diferencia entre una cosa y otra. Trabajaba con rapidez, sus dedos rechonchos y cortos eran sorprendentemente gráciles en su labor. La mayoría de las hierbas las metía en una bolsa que colgaba de una cinta alrededor de su cuello, pero, de vez en cuando, se introducía en la boca algunos de los tallos más apetitosos, masticándolos hasta un tamaño digerible antes de tragárselos.
El campo era grande, a lo ancho y a lo largo, pero al menos había llegado al final del surco. Se detuvo, alzó la cabeza y miró, directamente al frente, la sólida muralla de árboles y maleza que se alzaba en el mismo límite del campo. Escuchó los sonidos y olió los aromas de la jungla y los lugares silvestres.
Se quedó allí, con un par de hojas de bambú que temblaban en la comisura de su boca mientras masticaba, contemplando la selva, como si buscara algo en el interior del bosque. Entonces, repentinamente, el capataz gritó. Se giró de un brinco, sobresaltada, y volvió al interior del campo, obedeciendo a la voz del hombre antes que a sus palabras. Según pasaba el día, la interminable nube de insectos parecía espesarse en torno a ella. A la mayoría los mantenía a raya moviendo los brazos, pero unos cuantos conseguían atravesar su barrera. Un mosquito aterrizó sobre su nariz chata, y ella se lo quitó de un manotazo. Otro intentó posarse en su pecho para alimentarse, pero lo que consiguió fue enredarse en la mata de pelaje hirsuto entre sus ubres. Lo aplastó sin bajar la vista y continuó con su desbroce, dejando el diminuto cuerpo del insecto aplastado contra su piel. Encontró otra mala hierba. Se inclinó, la extrajo tirando y examinó las raíces con anhelo. Divisó una larva rosácea entre los zarcillos de las raíces. Emitiendo un apagado sonido de satisfacción, cogió la larva entre sus dedos, se la introdujo en su boca y la trituró entre sus mandíbulas. Hoy era un día como cualquier otro.
Su mundo era muy pequeño."
Más en el Adelanto completo de Huérfanos de la Creación.