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Recibimos Tanatomanía, lo último de Sergio Parra |
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Incluimos un avance editorial de esta ucronía de uno de los autores españoles con mejor prosa en el terreno de la ciencia ficción. |
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Tras Jitanjáfora (de la que pronto tendremos la crítica en Fantasymundo, tras su envío por parte de AJEC), Sergio Parra nos sorprende con Tanatomanía, que la propia editorial, Espiral Ciencia Ficción, nos ha hecho llegar.
Esta nueva ucronía (están de moda últimamente) sitúa la trama en el Madrid del año 1830, en el que conviven bandoleros con autómatas. Para más detalles, os recomendamos su Ficha en la Biblioteca de Fantasía y Ciencia Ficción de Fantasymundo.
A continuación, reproducimos un avance editorial del libro:
PRIMERA PARTE
Con un sencillo examen, un zoólogo instruido es capaz de determinar el entorno en el que habitó un animal. La criatura que diezmaba a los protohumanos, sin embargo, no había habitado bosques, ni desiertos, ni tundra ártica, ni arrecifes de corales.
Con los dientes y su estómago e intestinos podría determinar de qué se alimentaba. La criatura no poseía dientes ni estómago. No necesitaba comer. Sólo matar.
Con los los pies, los ojos y otros órganos sensitivos del animal podrían determinar cómo se desplazó por el mundo. Pero la criatura no pertenecía a este mundo.
En base a sus adornos, su cornamenta, su cresta o sus rayas podría determinar algo acerca de su vida social y sexual. El único objeto distintivo de la criatura negra, opaca, cubierta por tejido morfosintético, era una suerte de guadaña cuya longitud era equiparable a la de un hombre adulto. Porque la criatura no tenía vida social, sólo blandía su arma para exterminar a la especie humana, la única especie de la Tierra que algún día podría conquistar la conciencia.
Únicamente una de estas criaturas, venido del otro extremo de la galaxia, casi había devastado a la especie humana. En una jornada podía segar la vida de cientos de individuos. En un solo segundo podía hundir el tabique nasal de un hombre con un golpe seco y certero. En ese mismo segundo, hacía rodar las cabezas de otros dos hombres que le atacaban por la espalda. En ese mismo segundo, su lanza atravesaba la ingle de una mujer que huía hacia las cavernas y la punta afiladísima emergía por su ano, arrastrando restos de sus entrañas palpitantes. En ese mismo segundo, proyectaba la lanza contra un bebé que lloraba en una choza de cuero y lo hacía enmudecer antes de que se terminara ese segundo.
Nadie ni nada podría detenerle jamás. Pero la criatura no contó con las condiciones climatológicas adversas que se sucedieron las siguientes centurias. Y jamás pudo regresar a casa.
Y la protohumanidad sobrevivió por muy poco. Jamás olvidaría a la criatura que casi les elimina de la existencia. Jamás olvidaría a La Muerte.
Es la primera vez en mi corta vida que escribo algo.
Escribir he escrito mucho, sí, pero sólo copias y trabajos mecánicos para don Eduardo, mi señor. Así pues, es la primera vez que escribo algo original (aunque inducido por él). No sé si seré capaz. Estoy confundido. ¿Por dónde empezar? Seguro que si recurriera a AYUDA se limitarían a aconsejarme, tras largas deliberaciones y bizantinas discusiones, que comenzase por el principio y avanzara por la narración en orden cronológico. Una perogrullada que apenas me ayuda, pero así suele ser AYUDA: cuanto más sencillas parecen ser tus preguntas menos información útil te suministran. Sólo perogrulladas. Pura hojarasca. Mucho ruido pedante y pagado de sí mismo.
Queden mis anteriores divagaciones como el principio. No es, en modo alguno, ningún principio, pero a nivel lógico se resuelve mi inquietud de hallar las primeras palabras para dar comienzo a esta narración. Ahora, éstas ya escritas, paso de la fase preambular a la dispositiva sin ninguna clase de bloqueo. Porque bien es sabido que continuar nunca es tan difícil como empezar. O eso creo.
Estamos lejos. En un lugar secreto del que nadie tiene conocimiento, y a sólo un paso (sí, un paso) de alejarnos más allá de lo que nadie puede imaginar. Y, por lo tanto, dudo que alguien lea este texto, exceptuando a mi señor. Pero, si se diera esa remota posibilidad, si usted, lector, tiene la infinita dicha de estar leyéndome ahora, espero que sea partícipe de nuestra aventura (tanto de la mía como la de mi señor, don Eduardo Contreras Matalascaña).
En cualquier caso, confío en que el lector podrá regresar a aquella tarde de cielo plomizo de la tercera década del Ochocientos. Un cielo que parecía hacer fotografías de magnesio sobre Madrid. (Esta metáfora es mi primera metáfora original, aunque se inspire en las 434.494 metáforas que ya he leído o transcrito en mi corta existencia). Todo el mundo (los madrileños, en realidad) se cobijaba en sus hogares de aquella llovizna, iluminados por quinqués o palmatorias. Aunque realmente la luz no escaseaba cuando, sin cesar, el aire se llenaba de raíces incandescentes, trazos erráticos y efímeros que precedían al retumbar de los truenos.
Yo era el único viandante a aquellas alturas.
Me calé el sombrero hasta los arcos supracilares, levanté el embozo y púseme a lo oscuro de un zaguán, pues un vecino me observaba inquisitivo desde una ventana y AYUDA siempre me había recomendado evitar los enfrentamientos con los recelosos de los autómatas o, en general, con todos los ludditas. Bien que, más que un autómata, a aquellas alturas semejaba un cuervo empapado con aquel abrigo largo y negro; un cuervo maltrecho, herido de un perdigonazo, tal vez, pues siempre avanzaba yo cojeando por las calles de Madrid: mi equilibrio y mis toscas articulaciones chirriantes no se llevaban bien con el empedrado de las calles.
Me guarecí en el zaguán durante cuatro minutos. Porque alguien que recela de un autómata de buen seguro también lo hará de un cuervo gigante vagamente antropomórfico.
Espero no estar aburriéndole, lector, y menos aún haber obrado de forma improcedente al interrumpir aquí mi narración para preguntarle retóricamente si le aburro, y, a su vez, cuestionarme acerca de la misma pregunta. Y, a su vez, cuestionarme el cuestionamiento de la misma pregunta. Y, así, indefinidamente.
Creo haberme perdido.
Don Eduardo me ha sugerido que no me entretenga más en analizar la estructura interna de la narración y, por el bien del paciente lector, me centre sin más preámbulos en la tarde en que nos visitó Luis Candelas.
Allá voy, pues.
Como la tormenta no amainaba y la librería de don Eduardo quedaba cerca, abandoné el zaguán y anduve a buen ritmo por la calle del Colmillo hasta la esquina con Fuencarral. Ya ningún vecino me espió en mis torpes intentos de sortear los charcos, y el fragor de la tormenta se cuidaba de enmascarar el rechinar de mis articulaciones.
El cielo parpadeó y se redoblaron los truenos.
"Menuda tormenta del demonio", imagino que estaría profiriendo don Eduardo desde el cuartucho que quedaba sobre la librería, dónde se encerraba a leer y leer toda clase de textos.
Llegué enseguida a la librería y, al cruzar el umbral de la puerta, el repiquetear de la lluvia quedó enmudecido por estanterías atestadas de libros. Descansé un poco para recuperar energías, quedándome, para ello, paralizado en un escorzo como de modelo de pintura. Y allí me sostuve como la estatua de cera de un cuervo mojado, cinco y hasta diez minutos.
Con aquella tormenta ningún posible comprador se dejaría caer por la librería (y con tiempo favorable los parroquianos no eran más de tres o cuatro diarios), por ello don Eduardo, a sabiendas de mi llegada, ni siquiera asomó la cabeza por la escalera. Había permanecido encerrado en la buhardilla desde primera hora de la mañana, despilfarrando sus últimos atisbos de visión antes de quedar totalmente ciego. Si acaso me reclamaría por la noche, cuando la luz escaseara más y sus lentes ya resultaran del todo ineficaces, para continuar yo sus lecturas, que debía narrarle a viva voz y a ritmo constante.
Pero enseguida llegaría Candelas y era preciso que abandonara su retiro asceta para recibirlo, así pues resolví llamarle:
–¡Don Eduardo, don Eduardo! –le apremié vociferando tanto como mi sintetizador de voz me lo permitía. No contestaba. El silencio dominaría por entero la estancia de la librería si no fuera por el retumbar lejano de los truenos. Subí las doce escaleras de caracol que conducían a la buhardilla y golpeé la puerta. –¿Señor?
Incluso fui capaz de oír el bufido de mi señor al otro lado de la puerta.
–¡Estoy ocupado, maldito autómata! ¿Es que no sabes captar una indirecta? ¡Ocupado, ocupado! ¡Ocupado hasta que se ponga el sol!
–Pero... señor Contreras, Luis Candelas llegará enseguida, ¿no lo recuerda?
Se escuchó una escandalera apresurada al otro lado de la puerta y, tras unos segundos de quietud, don Eduardo corrió el cerrojo y asomó su calva y cerosa cabeza.
–Por todos los santos –masculló poniéndose rojo–, te dije que no concertaras más citas con ese rufián.
–Pero... señor Contreras… –empecé de nuevo con ese titubeo tan humano y que tanto me complacía recrear (pero... pero... pero...). Quede por delante que los autómatas no vacilamos nunca: reflexionamos y, entonces, actuamos en consecuencia. Pero... me gusta parecer impulsivo, humano. Bien, continúo: –Fue él quien me abordó en una botillería, señor, y me comunicó algunos de los títulos de su botín.
–No quiero más libros robados, no quiero más tratos con bandoleros por muy cultos y eruditos que sean. ¿Lo entiendes?
–Perfectamente, señor. Pero... de nuevo creí conveniente actuar espontáneamente, lo lamento. Déjeme que le cite algunos títulos y cambiará de idea enseguida.
–¿Actuar espontáneamente? –me interrumpió don Eduardo con el labio inferior temblándole ante la inminente llegada de Luis Candelas–. Se supone que eres un maldito autómata, el epítome de la razón pura y de la lógica, el pensamiento desaforado hecho fría mecánica, ¿De qué diablos me estás hablando?
–Pero...
Don Eduardo resopló, ajustándose los anteojos delante de sus ojillos de jilguero. –Y te lo ruego: acaba de una vez por todas con esos teatrales titubeos.
–Sí, señor –dije bajando la cabeza.
Tocaron a la puerta y entonces don Eduardo dio un respingo.
–Debe de ser Luis Candelas –notifiqué–. ¿Abro?
Se redobló el temblor del labio inferior de don Eduardo y descendió por la escalera de caracol mientras mascullaba juramentos sin cesar.
© 2007 Sergio Parra. Reproducido con la autorización de Juan José Aroz, Editor.
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