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Tercer capítulo de El Último Querusco, de Artur Balder
Alejandro Serrano   15/01/2006 ( 1297 lecturas) Escribir Comentario
     En la Fnac tenéis disponible para su descarga el tercer capítulo de la primera parte de la Tetralogía de Teutoburgo.
Hace unas semanas os mostrábamos el avance de El Último Querusco (pulsar para acceder a él), primera parte de la Tetralogía de Teutoburgo, del escritor alicantino Artur Balder. Pues bien, en la Fnac tenéis disponible también el tercer capítulo de esta obra que "narra el enfrentamiento de dos mundos antagónicos: el lector conocerá las tribus de Germania y sus postulados religiosos y mitológicos, las orgías de Roma, los excesos de Livia y de Julia, asistirá al devastador paso de Drusus, presenciará su ascenso al poder, conocerá al hombre que se enfrentó a Roma, mientras la infancia de su hijo, Arminius, es forjada en un mundo que vive permanentemente su última hora."

Para leerlo, tan sólo tenéis que acceder a la ficha en la Fnac y pulsar en "Lee el tercer capítulo":


III. 16 a. C., Valle del Mosella, Galia Cabelluda*.


"Dieciséis años antes de que Cristo naciese, un mediodía brillaba con fuerza inusual abriéndose paso entre nubes dispersas sobre la provincia de Galia Belgica, también conocida como Germania Inferior, en el norte de la región geográfica de la Galia Cabelluda.

Era un gran valle de un verde indeciso, amarilleado por las quemaduras de la canícula* abrasadora, lo que se extendía ante el paso inflexible del aquilifer*. Desde los campamentos de Moguntiacum*, en la ancha lengua de tierra que encerraba el Rhenus, hasta Augusta Treverorum*, la marcha había sido cómoda y los legarios* galos se habían sucedido con premura a lo largo de la excelente calzada; pero hacía más de un día que las hondonadas mecían el lecho del río Mosella, obligando a los soldados, sin ayuda de vías pavimentadas, a caminar por terreno salvaje en grupos más estrechos. El río se dejaba acunar por aquellas lomas junto a las densas espesuras de las Colinas de Arduenna*, mientras descendía al encuentro del Rhenus.

Aquel verano secaba su hierba en los agrestes valles galos; un calor parecía brotar del sur y disipar las permanentes nubes del norte. Quizá el excelente buen tiempo, además de haber aportado cosechas benignas a los bárbaros del norte, les había provocado un nuevo y misterioso ardor, una necesidad de audacias. Roma creía conocer aquel temperamento. De vez en cuando, una tropa de bárbaros se agitaba y cruzaba el Rhenus. Entonces los destacamentos se movilizaban en su busca y los obligaban a retroceder. Pero aquella ocasión había sido diferente. Las noticias hablaban de algo más que un montón de brutos envalentonados, y el saqueo había obligado a abandonar sus tierras a muchos campesinos tréveros*. Las pérdidas de cabezas de ganado se contaban por cientos, y los civilizados cuestores de Argentorate* se preguntaban para qué lo hacían, si jamás conseguían llevarse tanto ganado vivo a sus tierras a la otra orilla del Rhenus. Era habitual que tras ellos quedasen amontonados los cadáveres del botín que no podían cargar con sus penosas almadías* sobre el caudal del ancho río. Las nubes de carroñeros anunciaban montículos que se secaban al sol, en medio de un hervidero de cuervos y buitres. El sacrificio de tantas reses llevaba a la desesperación a los habitantes de las tierras saqueadas. Los galos de las fronteras malvivían bajo el poder de la administración romana y la violencia de los germanos, apresados como entre el yunque y el martillo. La invasión de aquel año había ido demasiado lejos, y el propio emperador había ordenado la movilización de varias legiones para aplastarlos y más tarde, como en los tiempos de Julio César, desarrollar una misión de castigo en sus propias tierras devastando sus campos y sus poblados antes de retornar. La incursión de los germanos había alcanzado el rango de invasión.

Aquel año, durante el poder de los cónsules edictos Lucio Domitio Ænobarbo y Publio Cornelio Escipión, se había iniciado una guerra. Lo que parecieron pequeñas incursiones de pillaje se transformaron en masivas marchas de germanos que cruzaban el Rhenus y penetraban en el norte de la Galia Bélgica, la franja noroeste de la Galia Cabelluda. Los sugámbrios habían sido los responsables, el contumaz pueblo de los montes Visurgos, que se levantaban formando un anillo inaccesible en el corazón de Germania, quienes capitanearon la invasión, y, junto a ellos, los restos de los usípetos y de los téncteros que habían sobrevivido a las matanzas de Julio César, en el año 55 a. C. Primero se levantaron en armas y asesinaron las guarniciones romanas que vigiliaban sus territorios, cruzaron el Rhenus e iniciaron una oleada de sitios, destrucciones, incendios y saqueos como nunca antes se había vivido en la región fronteriza, asolando Beliginum, Vasalia, Beda, Ausava e Icorigium. Mientras Polibio Silio Nerva obtenía victorias en el este contra tauriscos, vindélicos y rætios en el turbulento frente de las provincias de Panonia y Noricum, un nuevo peligro atraía la atención del Senado en las peores fronteras de Roma: el inicio de lo que sería la Tercera Guerra de Germania.

٭

Animado por el calor, el portador del estandarte más valioso de aquel ejército, un poderoso aquilifer a quien todos conocían como Cazarratas, sudaba complacido bajo el peso de la panoplia, las numerosas phaleræ* y la distintiva piel de leopardo. Era el centurión* de centuriones, el primus pillus*, el militar más capaz y válido de toda su legión. Imaginando la sequedad de los desiertos, su mente se extasiaba en imágenes radiadas por una luz cegadora. Las pieles tostadas de las mujeres de Numidia resbalaban por su mente. Los ojos negros surgían y le miraban con sumiso placer, mientras el azul profundo del cielo, herido por un puñado de rayos, enmarcaba el punto fulminante del sol africano. Su cuerpo se sometía a la marcha implacable, rígida, sosteniendo el emblemático estandarte, y el aburrido entorno, por fin más seco, le permitía evadirse. Sus entrañas de soldado le exigían acción, satisfacción de los instintos, por fin el sabor agridulce de victorias y sangre. Ya estaba harto de las prostitutas de Carnuntum, de las palæ* de Lutecia* y de los avariciosos lenos* de todos los lupanares de Lugdunum*. Él era un veterano, y el mayor placer lo experimentaba en los cuerpos que se resistían. Como el halcón, sabía que las palomas no morían por la fuerza de las garras, sino cuando su corazón se paraba en el acto, in situ, en el momento del impacto, al ser atrapadas. Despojar de dignidad a la juventud, eso agitaba su sangre; de igual manera entrenaba a los jóvenes triari* que se incorporaban a su cohorte*. Humillaba a los principiantes con violencia, los rompía a marchas forzadas. Se reía de ellos cuando caían y levantaban la mirada, llena de odio, y veía sus labios polvorientos. Entonces los azotaba con sarmientos de vid. Así se forjaban hombres como él, y él era, con seguridad, el mejor hombre que había conocido en toda su vida, el más valioso (después del emperador, el sagrado Augusto), y la expresión más acabada de un hastati*. No debía haber hombres de otra índole en su entorno. Así era él. Así era un centurión a la verdadera usanza: atroz y gozador.

El estandarte de plata brillaba.

El Águila de la legión V Alaudæ avanzaba por el valle, erguida con orgullo. A diferencia de la mayoría de las legiones que habían sido fundadas por Julio César durante su gobierno de las Galias, el símbolo de la V no era el toro, sino el elefante; a cierta distancia, tras el paso de doce cohortes, le seguía, servicial, el estandarte de la legión I Germanica. Los nudillos del aquilifer la aferraban blanquecinos y tensos. Cual vástago del mismísimo Marte, sus rectangulares facciones aceradas esbozaban la falsa sonrisa de una tensión constante. Llegar a ser el portador del Águila le había costado más de diez años de campañas de guerra. Había disfrutado de las glorias póstumas brindadas por los triunfos de Julio César en las Galias y en Britania, y había atesorado sueldo y botín. Pero lo más valioso para aquel hastati era el placer de matar, de ser una uña afilada en las garras del Águila Imperial, el portador del estandarte en la popular Quinta.

La legión V había sido creada en el año 52 a. C. por Julio César, y aunque al principio fue llamada con mucha lógica Gallica, dado que estaba engrosada por numerosos contingentes de caballería galos, luego cambió su nombre por el de Alaudæ, ya que éstos lucían sus típicos yelmos con alas de alondra; esa es la razón por la que recibió su nuevo sobrenombre, alaudæ, alondras, en latín. Había participado en el sitio de Alesia, donde cayó el más grande símbolo de la resistencia de las Galias frente a Roma, Vercingetórix. Después participó en Hispania en la Batalla de Munda, contra los hijos de Pompeyo; más tarde venció en África* en la Batalla de Thapsus, donde se enfrentó a una armada de elefantes, razón por la cual cambió el toro por el elefante como animal simbólico. Con Augusto, la V Alaudæ tomó parte en las decisivas batallas de Filipos y de Actium, para partir más tarde bajo el mando de Marco Antonio a las campañas contra los partos. Finalmente, y tras participar con Augusto en la larga guerra contra los cántabros y los astures, la V volvió al norte bajo el mando de Agrippa, donde combatió en la frontera de Germania y fue acantonada en Colonia Agrippina. Poseía, por todo ello, el prestigio militar de su historia; era un símbolo de la disciplina y del poderío romano. A penas había conocido la decadencia de la derrota junto a Marco Antonio en el gélido invierno de Partia, pero antes Julio César le había otorgado su vigor y fuerza operativa gracias a marchas incesantes y a una rigidez espartana. Aquella legión entera llegó a moverse como un solo hombre, y había sido una de las unidades favoritas de los generales romanos más famosos de la historia. A menudo se decía, con esa arrogancia tan descarada y juvenil, tan romana, que ir rodeado por la quinta legión equivalía a ser invencible.


Tras las cáligas* del portador venían en marcha, bajo el sofocante y extraño calor de aquel día en Germania, las cohortes de las legiones, pesadamente armadas, formando una oruga metálica de casi dos millas*. Al paso de la tercera cohorte de hastatii, apareció la litera de Marcus Lollius, acarreada por una escuadrilla de esclavos africanos. Había sido cónsul de Roma en el año 21 a. C., compartiendo el edicto del Senado con Quinto Emilio Lépido. Era el legado pro-pretor de las Germanias Superior e Inferior, las provincias en proyecto más septentrionales del Imperio, y el responsable de varias legiones acantonadas en diversos puntos cercanos al Rhenus. A diferencia de sus aguerridos soldados, él viajaba tumbado en la gran litera techada, rodeado por su guardia personal montada a grupas de los ligeros caballos de Galacia*, una raza más próxima a oriente que portaba ligeros escuadrones, tan efectivos en ataque y retirada como los escorpiones de sus desiertos. Los tribunos, a su alrededor, no parecían más animados que él. Sin embargo, sus ojos aburridos revelaban una suspicacia y una desconfianza que otorgaban cierta dignidad a su mando. Pero indiferentemente de su auténtica valía, era difícil saber si Lollius tomaba sus decisiones como un verdadero militar, o si el instinto y el miedo le obligaban a adoptar aquella actitud. Había resuelto las dificultades de Galatia más con la seducción del oro que con el éxito en los campos de batalla, pero a Roma y al Senado los métodos no le interesaban, siempre y cuando los resultados fuesen satisfactorios.

—Mario —llamó.

—Pro-pretor Lollius…

—¿Cuánto tiempo hace que partieron los rastreadores?

—No más de media mañana.

—Deberíamos saber de ellos. Nos acercamos al Rhenus, y el encuentro con esos bárbaros no está lejos. ¿Crees que se han retirado?

Un gesto indefinible cruzó el rostro del tribuno, y respondió:

—No se retirarán sin su botín, y en esta ocasión ha sido muy grande. Es imposible que hayan conseguido trasladarlo todo en tan poco tiempo, y no sacrificarán a los animales capturados, a no ser que se vean obligados por nuestra presencia.

Lollius parecía descontento con la respuesta. Habría preferido oír que su sola presencia los levantaría en una huída precipitada como una bandada de patos salvajes. Deslizó la cortina y esbozó una sonrisa mientras posaba su mirada por las estribaciones herbosas de las lomas, sobre cuyos hombros asomaban siluetas de bosques espesos. ¿Quién no huiría ante la legión V de Roma, despavorido, a ponerse a salvo?

—Pareces conocer bien a tu enemigo… Si, claro, Mario, por ello te escogí, supongo. ¿Cuáles de esos bárbaros son los que nos esperan?

—No estoy demasiado seguro, Marcus Lollius. Es difícil saberlo. Con seguridad habrá sugámbrios*, por lo que nos contaron los galos. Cuando los campesinos tréveros no se defienden, eso es porque la hueste de los germanos…

—¡Germanos! ¡Hueste! —exclamó de pronto el pro-pretor con un gesto de desprecio; su voz se volvió exigente y mordaz—. ¿Quién inventó ese cuento? No son más que tribus salvajes, despreciables bárbaros que no saben ni contar con los dedos. Lo dije en Roma, lo digo aquí y lo diré mañana, si es necesario, ante la Columna Rostral. Es necesario acabar con ellos. No rechazarlos. Aniquilarlos. Matarlos a todos, si no respetan el Águila de Roma. En adelante llámalos bárbaros o salvajes… Para mí, Germania no existe hasta que sea civilizada. Continúa.

El legado se preguntaba por qué todos los altos mandos que se acercaban a Germania intentaban comportarse como si fuesen réplicas de Julio César. Se armó de paciencia.

—Esos salvajes acostumbran reunirse para consumar las invasiones de saqueo —continuó—. Su hueste será numerosa…

Los ojos del reclinado Lollius se clavaron en el legado como lances de balista.

—Si vuelves a mencionar esa palabra, hueste, mandaré que te azoten con vides hasta que te arranquen la piel de la espalda y dejaré que me forren unos zapatos con ella.

Los ojos del joven Mario se quedaron paralizados bajo las cejas. Un temblor en el labio inferior era el único testigo de su ira contenida. Pero hizo de tripas corazón y continuó acentuando sus palabras, una tras otra:

—Muchos deben ser los bárbaros, muchos, Marcus Lollius, los que nos esperan, cuando los tréveros huyeron de manera masiva. Siempre son varias tribus las que se unen para una campaña invasora. Eligen un jefe por votación, un jefe para esa misión. A veces también participan pequeños grupos de tribus que habitan en el interior… las tierras pantanosas de los teutones, según dicen. Pero nadie fue tan adentro, ni siquiera Julio César.

—Lo que hizo César no será nada en comparación con lo que obtendrán mis legiones. No voy a ser indulgente. Octavio lo dejó bien claro. Nada de pactos. Esta vez debemos arrasar cuanto se tenga en pie a la otra orilla, eliminar sus asentamientos, obligarlos a desplazarse, para desencadenar enfrentamientos entre las diversas tribus al ver sus territorios amenazados e invadidos por sus vecinos. Y si consiguiésemos tomar sus pueblos por sorpresa, entonces podríamos contar con un buen cargamento de esclavas y niños. Pero los hombres deben morir.

—¿No haremos esclavos?

—Ningún varón. No sirven a nuestros deseos, y su coraje debe ser humillado. La humillación vale más que la esperanza de un deseo. Además, conviene eliminar la posibilidad de que vuelvan a reunirse por mucho tiempo. Octavio tiene grandes planes para el norte. En verdad, Mario, éste es el primer paso de una caminata que conducirá a Roma al dominio de todo cuanto se extiende más allá del Rhenus.

Una voz anónima se elevó entre la multitud. El grito fue respondido por otros soldados. La visión alteró el orden perfecto de las cohortes en marcha. A lo lejos, Lollius y sus tribunos pudieron distinguirlo con claridad. Un caballo de galope incierto descendía las lomas de hierba.

Conforme iba acercándose, algo en la postura del jinete los obligaba a dudar. Se balanceaba, como saludándolos, y algunos soldados le respondieron. Pero después se hizo evidente: al jinete le faltaba la cabeza para ser un jinete normal.

Con un grito rabioso de Lollius se propagó su orden por el valle. Los centuriones y los decuriones hastati la repetían como un eco. La legión entera se detuvo en el fondo del valle verde como una serpiente que teme ser descubierta. En la vanguardia, Cazarratas se detuvo en seco, clavó el estandarte de plata y oteó las alturas, abriendo las alas de su nariz, como si pudiese oler a su enemigo. Siempre sostuvo la idea de que los salvajes del norte olían al sebo y barro con los que se untaban el rostro para entrar en combate.

Durante un momento interminable no sucedió nada. Lollius, enfurecido, miraba los despojos del rastreador trévero. El campesino se sostenía como un muñeco empalado, y el caballo, contento de hallarse cerca de los escuadrones, feliz de andar a su antojo e ignorante de todo aquello, alternaba la marcha con unos bocados de hierba.

Habían atado el cuerpo a unas ramas, manteniéndolo enhiesto, con el brazo en alto, en la posición del ave, y unas correas se encargaban de amarrarlo bajo la silla de montar. En el lugar donde debía estar la cabeza zumbaba una nube de moscas e insectos. El escarnio se paseaba ante sus rostros: la suprema legión V y la servil legión I Germanica recibían su saludo.

Lollius iba a exigir que eliminasen esa burla de su vista, cuando varios legionarios se abalanzaron sobre el caballo y echaron al suelo el atroz saludo. Entonces nuevas voces se oyeron en las cohortes. Los brazos señalaban las alturas del valle.

Como si se hubiese desprendido de aquel sol radiante, una chispa prendió en las alturas. Pero el fuego pronto se hizo espeso, y la chispa comenzó a rodar. Detrás de ella fueron surgiendo más de aquellas bolas. Ardían como hogueras esféricas, e iniciaban suavemente su descenso por el ribazo para precipitarse hacia el interior del valle.

Gritos ensordecedores estallaron entre las legiones. Los centuriones organizaron rápidamente a sus divisiones. Descargaron los escudos de sus espaldas y comenzaron a formar en tortuga. Los grupos iniciaron una amplia organización circular. Los escuadrones de caballería se desplegaron por detrás, protegiéndose, capitaneados por Lollius, que saltó torpemente de la litera y mandó que le ciñesen la coraza de bronce. Apenas aquello había sucedido, cuando las primeras esferas se abalanzaron sobre ellos como leones de fuego. Eran extremadamente grandes, del tamaño de un caballo. Estallaban en llamas al colisionar. Un humo denso de hierba, no del todo seca, surgía siseando de las estructuras ardientes. Algunas conseguían saltar por encima del primer dique y rodaban sobre el techo de escudos rutilantes. Después se desplomaban. Debajo había gritos desgarrados. Quienes no conseguían librarse del peso ardiente de las bolas intentaban huir provocando el caos. Parecían densamente rellenas de una paja aprisionada por correas e impregnadas de resina. Las bolas que se habían detenido al chocar contra el frente de escudos continuaban ardiendo y obligaban a retroceder a la primera fila. Nuevos globos de fuego rodaron sobre ellos. La avalancha producía el desorden, y era tan intensa en un punto que había abierto una brecha en el frente de escudos.

Lollius experimentaba una bien disimulada desesperación. Incapaz de dar órdenes, deseaba con ansiedad que finalizase aquella sorpresa. No se sentiría seguro hasta que los salvajes, desordenados y furibundos, se abalanzasen sobre ellos. Al menos esa era la forma como habían peleado hasta entonces, y la maquinaria de los ejércitos romanos sabía demoler a su oponente con organización y disciplina.

Una densa cortina de humo encerró el valle. Era un humo espeso de plantas frescas. Los corazones de las bolas de fuego estaban llenos de hierba, y el calor abrasador les permitía extender aquel gas entre las tropas desconcertadas. El alto sol palideció como la llama de una lámpara velada, y los augures creyeron que Júpiter les daba la espalda.

Una cadena de brazos pasaba de mano en mano cubos de agua desde el río. Muchos puntos ardientes empezaron a declinar, pero el humo se hizo más intenso. Por eso nadie los vio llegar. No hubo gritos ensordecedores ni furibundos, ni un desorden que los anunciase, como había descrito Julio César en sus crónicas. Ya estaban lo suficientemente cerca en la ladera, y los bárbaros arrojaron sobre las cohortes una lluvia de piedras, flechas y proyectiles metálicos de diversa índole.

Lollius escrutaba el humo sobre él, cuando vio cómo una caballería bárbara irrumpía más abajo, amenazando con aislar las cohortes más alejadas, en vanguardia. Cayeron a galope tendido. Atravesaron la vociferante infantería enemiga casi pisoteándola, y estallaron como una ola sobre el muro de escudos. Por detrás nuevos caballos saltaban relinchando sobre los cuadrúpedos caídos. Algunos de ellos irrumpían sobre las cohortes en medio de un estrépito de relinchos y de lanzadas que ensartaban a unos y otros. Sus bestias no parecían amedrentarse ante los gritos de los legionarios. Varias lanzas traspasaron los pechos de los caballos; los brazos hacheaban el cuello a los legionarios que se ensañaban con los que habían caído. Las mazas se alzaban y descendían sobre los yelmos, con un sonido seco y un sangriento estallido rojizo bajo la piel de acero. La brecha continuó abriéndose en el ejército de Roma hasta alcanzar el río del fondo del valle, en cuyas aguas espumosas entraron las patas poderosas de los caballos.

Lollius decidió mandar los escuadrones al ataque, para evitar el avance de aquella caballería de suicidas. Los centuriones retrocedieron, el cuerpo central de la Quinta Legión de Roma se arrugó como un semicírculo de acero tras el humo y las piedras, mientras que las cohortes de la I Germanica protegían la retaguardia al comienzo del traicionero valle. Era evidente que los bárbaros se habían propuesto dividir el ejército romano asestando un golpe mortífero: querían cortarle la cabeza a aquella víbora que reptaba por el fondo del valle en busca de sus tierras, dispuesta a inocular todo su veneno al otro lado del Rhenus.

Al poco tiempo, nuevas hordas de infantería cayeron con ímpetu arrollador. Sus únicas prendas eran cabezas de lobo y de oso a modo de yelmo y faldas de piel, pero luchaban a pecho descubierto y bramaban furiosamente en el ataque. Los legionarios se enfrentaban a hombres pesados. Eran más altos que el resto y usaban espadas muy largas que manejaban a dos manos. Las cabezas comenzaron a rodar. Un frente de hachas y espadas restallaba entre gritos que se despedían de la vida. Las formaciones en tortuga continuaron retrocediendo, aporreadas y abiertas en algunos flancos, acribilladas a lanzadas, y los escuadrones de caballería tocaron retirada.

Lollius, en medio del desastre, se preguntaba qué haría para recuperar las cohortes de delante, así como las tropas auxiliares* de campesinos tréveros que las acompañaban. No podía creer lo que veía. Incluso amparado en la prudencia, aquellos salvajes habían arrojado contra él un ataque bien organizado que parecía gozar de la aprobación de los dioses. Pero, como en todo jefe romano, había solo una cosa que dominaba su mente en aquel momento y era el centro de todas sus preocupaciones, sobre la que reposaba el peso de la mayor vergüenza que podría sufrir: el Águila de plata, el estandarte de la legión, no podía caer en las manos del enemigo."



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