Desde su creación hace tres años, Tokyo RPG Factory ha tenido un objetivo claro: devolvernos a la era dorada de los JRPG, aquella vivida durante los mejores años de las generaciones encabezadas por Super Nintendo y PlayStation. Tras un buen y prometedor debut con el emotivo I Am Setsuna, llega hasta nosotros Lost Sphear, nueva muestra de que hacen falta gráficos hiperrealistas y desarrollos millonarios para contar una historia. Y como es costumbre, empezaremos hablando largo y tendido sobre esta.

Lost Sphear, en la más pura tradición de los JRPG de los 90, nos traslada hasta un mundo al borde del colapso. Este fin de los tiempos llega en esta ocasión de mano de una niebla blanquecina que “borra” partes del mundo sin dejar rastro tras de sí. Poco importa que sean animales, personas o ciudades completas; todo es susceptible de caer en el olvido.

En medio de esta decadencia conocemos a Kanata, el joven huérfano protagonista de la historia que siguiendo el tópico sufre de sueños premonitorios en los que es capaz de salvar el mundo. Estos sueños son puestos a prueba cuando su propia ciudad es devorada por la misteriosa niebla. Junto a sus amigos (también huérfanos, condición sine qua non para aparecer en el juego) y un misterioso viajero llamado Van consigue devolverla a su estado original, salvando así a todos sus vecinos y atrayendo la atención de los mandamases de El Imperio.

Estos le ofrecerán colaborar con ellos para salvar el resto del mundo aunque, “sorprendentemente”, ni las intenciones de los generales imperiales serán tan buenas como parecen ni el propio Imperio estará realmente interesado en salvar la tierra.

Como podemos ver, y al contrario que en I Am Setsuna, la nueva obra de Tokyo RPG cuenta una historia mucho más tópica y clásica que su ópera prima. Una historia y unos personajes que en ningún momento son capaces de escapar de la alargada sombra de Chrono Trigger ni de las seis primeras entregas de Final Fantasy. Por suerte el elevado ritmo de desarrollo de la trama, que no da un respiro y nos tiene en todo momento yendo de un lado a otro, consigue disimular en gran medida los puntos flacos y la gran cantidad de clichés de los que sufre el título.

Además también es de agradecer lo hábilmente que la trama se mueve en esa fina línea que separa drama y comedia, reflexionando sobre la importancia de los recuerdos y de respetar el mundo en que vivimos a la vez que ofrece importantes alivios cómicos que algunos echaron de menos en los últimos juegos de Square Enix.

Tampoco resulta demasiado original el sistema de combate, una vuelta de tuerca a las clásicas Batallas en Tiempo Activo tan habituales de Square Enix. Si bien es cierto que el combate es mucho más equilibrado que en la aventura de Setsuna, esta nueva iteración del BTA no ofrece nada que no hayamos visto en multitud de ocasiones, cogiendo un poco de allá y de acá para darnos una mezcla efectiva pero poco memorable.

En resumidas cuentas, nuestros personajes se moverán libremente por pequeños escenarios en los que lucharán contra los diferentes enemigos, contando para ello con sus armas y habilidades. Estas habilidades las obtendremos gracias al uso de Spirinites, una suerte de fuentes de poder mágico que nos permitirán mejorar a nuestros personajes. A través de la combinación entre Spirinites activos y pasivos podremos personalizar en mayor medida al equipo.

Esta especie de Materias no será la única página robada de Final Fantasy VII, ya que todos los personajes contarán con una barra que se irá rellenando según sus acciones, lo que les permitirá realizar una acción más potente de lo habitual, al más puro estilo de los Límites (aunque sin tanta espectacularidad).

Dónde si consigue destacar es en sus dos grandes adicciones, si bien no son del todo novedosas. En primer lugar tenemos los “Vulcotrajes”, una suerte de mechas que Kanata y sus amigos podrán equipar en todo momento, amplificando sus habilidades y otorgándoles nuevos poderes con los que derrotar a los enemigos más poderosos. Sin embargo, el uso de estos trajes estará limitado por la cantidad de combustible que tengamos, combustible que será compartido entre todos los miembros de grupo y que sólo se regenerará descansando en posadas o haciendo uso de unos objetos escasísimos.

La otra gran idea jugable la encontramos en los Artefactos, unas construcciones que podemos crear en el mapamundi y que nos ofrecerán ciertas ventajas. De cómo combinemos estas ventajas entre ellas y con nuestras propias habilidades dependerán en gran medida nuestras opciones de éxito lo que hace que Lost Sphear cuente con uno de los mejores meta juegos que podemos encontrar hoy en día.

Por desgracia, su poca duración y escasa dificultad (recordemos que dificilmente alcanza las veinte horas) harán que estos detalles pasen desapercibidos para la gran mayoría de jugadores, que apenas se verán exigidos ni en la historia ni en las escasas búsquedas secundarias con las que cuenta.

Visualmente, el juego tiene poco que contar. Una vista cenital idéntica a la que estreno The Legend of Zelda hace más de 25 años deja bien claro desde los primeros compases del juego las intenciones del mismo. Esta escasa innovación no está discutida con una incuestionable calidad gráfica que saca a relucir todo el potencial posible al apartado gráfico. Lógicamente, los FPS se mantienen en todo momento en 60 imágenes por segundo y otros aspectos, como la iluminación o la definición se alcanzan por momentos niveles impresionantes, aprovechando lo poco exigentes que son la gran mayoría de los elementos gráficos principales.

El diseño es una carta de amor a los años 90, usando incluso las mismas “trampas” visuales que encontrábamos en aquella época para crear ambientes variados. Resulta realmente curioso el aspecto de los personajes, con unos brazos excesivamente largos para su cuerpo, lo que les da un aire simiesco de lo más particular.

La banda sonora por su parte es cuanto menos complicada. Por un lado, las composiciones de Tomoki Miyoshi son realmente bellas, una vez más manteniendo ese espíritu clasicista que impregna todo el producto que nos retrotrae a los grandes del género. Por otro, son demasiado breves, lo que las vuelve repetitivas y cansinas tras poco tiempo, lo que acabará causando que acabemos jugando con el volumen casi quitado. Los efectos de sonido por su parte son los mismos de siempre, casi podríamos afirmar que Tokyo RPG Factory ha utilizado la misma librería que Square Enix usaba hace 30 años, y que funciona exactamente igual que en aquel entonces.

Conclusión

“Innumerables aventuras nos cautivaron cuando éramos niños. Ahora, es el momento de devolver el favor con nuestras propias aventuras.” Este es el motivo por el que fue fundado Tokyo RPG Factory y que nos recibe nada más entrar en su página web.

Y queda ampliamente demostrado en Lost Sphear, que es un retorno completo a una época en la que todo era mucho más sencillo y divertido. Por desgracia, este homenaje no consigue en ningún momento desmarcarse de los grandes de aquella época (algo que si lograba I Am Setsuna) ni crear una identidad propia que nos invite no sólo a recordarlo, si no incluso a elegirlo por delante de los juegos de los que bebe.

Una pena de oportunidad perdida que sin embargo cuenta con buenas ideas que esperemos inviten a la filial de Square Enix a seguir sacando adelante proyectos como este, tan necesarios hoy en día independientemente de su éxito o su fracaso.

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