Van pasando los meses y llegamos al tercer tomo del kanzenban de “Fruits Basket”. Un manga de Natsuki Takaya publicado originalmente en los 2000, que regresa a las librerías en una preciosa edición coleccionista de mano de Norma editorial. Si no lo conoces, puedes leer la reseña del primer volumen aquí.

A medida que Tohru pasa más tiempo con los Sohma y va conociendo a nuevos miembros de la familia, descubre que la maldición que los somete es más oscura y profunda de lo que parecía en un principio. Lo descubre a través de Kisa, la adorable tigre del zodíaco, cuyo silencio encierra tristeza y sufrimiento; y a través de Yuki, que enfrenta sentimientos que no puede controlar; y de Kagura, capaz de vencer cualquier miedo con una sonrisa. Pero sobre todo lo descubre al conocer el pasado de Kyo y su terrible secreto, aquello que más lo atormenta, la razón de su odio y su rabia. Una verdad que pone a prueba la entereza de Tohru, y que da lugar a una de las escenas más lacrimógenas del manga. Además de la única parte de la historia que me gusta más en su anime, ya que supone el clímax de este y por lo tanto tiene mucha más importancia. En el manga, por desgracia para sus personajes, lo peor aún está por llegar.

Así, cada uno de los Sohma anda su camino, apoyándose cuando es necesario en la mano gentil de Tohru, en un tomo que gira en torno a los obstáculos que la vida nos pone por delante, y que nos enseña que cada persona debe luchar su propia batalla, debe enfrentar demonios diferentes.

Pero no todo es drama en “Fruits basket”. De hecho, el volumen empieza con un tranquilo viaje a un lago, donde los tres viejos amigos Hatori, Shigure y Ayame se reúnen en un acto de camaradería que toca el corazón. También conoceremos un poco más a Hanajima y los motivos que la mueven cuando las arpías del club de fans de Yuki traten de “destruirla”. Visitaremos a su vez junto con Yuki y Tohru la peculiar tienda de Ayame, y nos reiremos con sus geniales intentos de ganarse el afecto de su hermano (Aya es dios, y todos deberíamos rendirle culto). Finalmente, veremos que hasta la incansable Tohru puede desfallecer en el clásico capítulo del resfriado de todo shojo que se precie, y cómo sus amigos se vuelcan en cuidarla.

Todo ello mientras Takaya mantiene en perfecto equilibrio el humor, el drama y las enseñanzas de vida que hacen a “Fruits basket” tan especial. La historia sigue derrochando emoción por los cuatro costados, y es capaz de hacerte reír a carcajadas y llorar a lágrima tendida en uno solo de sus capítulos. Con suavidad y delicadeza, va conquistando al lector con el carisma de sus protagonistas y sus secundarios, con una trama cada vez más oscura y compleja y con una calidez que jamás he visto en ningún otro manga.

Ya hemos hablado en anteriores reseñas de la capacidad expresiva de la mangaka, de su estilo algo deforme tan característico, de su habilidad para combinar viñetas de todo tipo de planos y tamaños en una narrativa fluida y magnética. De lo que creo que todavía no he comentado nada es de las ilustraciones a color que vienen al principio de cada tomo, y que son obras de arte. Algunas seguramente las conocerás de la antigua edición del manga (si la has leído), mientras que otras son exclusivas de esta, mostrando una técnica más depurada y elegante de Takaya (como los Yuki y Kyo rediseñados que trae el tercer tomo). Una delicia visual para los más coleccionistas.

En definitiva, en este último volumen la historia comienza a coger verdadero cuerpo y a incorporar cada vez más personajes y más matices. Aún nos queda mucho por delante para llegar al final de esta edición coleccionista recopilada en doce tomos pero (aunque la espera se nos haga dura a veces), lo importante es disfrutar del emocionante camino que Natsuki Takaya ha (re)creado para sus viejos y nuevos lectores. Y si todavía no has empezado a andarlo, ¿a qué esperas? Te aseguro que no te arrepentirás.

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