Hay personas que hacen de sus obsesiones el centro de su vida. No pretendo ser psicóloga ni psiquiatra ni nada parecido pero yo diría que un profesor de griego que hace de la cultura griega el centro de su creación literaria demuestra algo a las claras. Como poco un dominio amplio del tema. La verdad es que no me parece mal que alguien dedique toda su vida a algo que admira y ama y que, además, intente comunicar ese amor y admiración a través de la enseñanza y de la literatura. Si lo pienso bien, me parece bastante admirable. Y si, además, demuestra habilidad en esas tareas, habría que ir pensando en llamarlo, sin ninguna doblez, maestro. Es algo que llevo pensando desde hace bastante tiempo respecto a Javier Negrete cuya nueva novela, “El espartano” (Espasa, 2017), me reafirma en todo lo dicho.

Desde que leí, hace ya una buena pila de años, “La Espada de fuego” (Minotauro, 2003), Javier Negrete es uno de mis escritores preferidos. Su continuación, “El espíritu del mago” (Minotauro, 2005), es una de las mejores novelas de fantasía y ciencia ficción que he leído jamás. Con todas las letras. Hubo un bache en mi rendida admiración por el escritor cuando leí “Señores del Olimpo” (Minotauro, 2006), en la que considero que el tratamiento de la mitología griega y su amor por la fantasía y la sci-fi se le fueron un poco/bastante de las manos. A pesar de que hubo lecturas intermedias que me parecieron bastante buenas (“Alejandro Magno y las águilas de Roma” (Minotauro, 2007), o el final de la saga de Tramórea) no fue hasta “Salamina” (Espasa, 2008), que me reconcilié del todo con el autor.

 

 

 

 

 

 

 

Tras algunas pruebas (“Atlántida” (Espasa, 2010)) y rodeos romanos (“La hija del Nilo” (Espasa, 2012)), parece que Negrete ha asentado por fin sus obsesiones helenas en la novela histórica (y no comento sus obras sobre Grecia y Roma como cronista histórico porque si no nos eternizamos). “Salamina”, el gran precedente y referente de “El espartano”, fue su primera gran inmersión en este terreno y mostró la enorme capacidad del escritor para devolver a la vida la Grecia clásica en su momento más interesante, las Guerras Médicas contra los persas allá por el siglo V a.C.

El tratamiento de la época que efectúa Negrete demuestra que ha leído en profundidad las obras referenciales de la misma, sobre todo a Heródoto, considerado el primer historiador de occidente. Pero, precisamente por ser un momento histórico del cual carecemos de fuentes escritas exhaustivas (o del todo fiables, pues hablamos de los primeros textos históricos escritos en Europa), el escenario permite al escritor la posibilidad de fabular sobre todo lo desconocido e incluso lo conocido sobre el mismo. Ya lo demostró en “Salamina” donde un inteligente y manipulador Temístocles se convertía en el verdadero salvador de Atenas, y por extensión de toda Grecia, frente a los persas, acostándose a la vez con reinas enemigas mientras recitaba loas a la libertad de los helenos. Al no haber datos que pudieran contradecirle, para salvar lagunas históricas y dar más vuelo y verosimilitud a sus personajes, Negrete se dedicaba a urdir lazos que uno habría considerado imposibles antes de leer su novela. Y si en “Salamina” se veía algo más constreñido por centrar su historia en personajes históricos reconocidos, en “El espartano” se siente en mayor libertad al elegir como centro de la narración a un personaje completamente ficticio, Perseo, el espartano.

“El espartano” retoma el escenario que dejase en “Salamina”, el de la segunda Guerra Médica, para llevarlo hasta su momento culminante, la batalla de Platea, librada un año después de la batalla del golfo Sarónico. Esta serie de acontecimientos guían la mano del escritor de forma implacable pero éste sabe rehuir el determinismo de los mismos y nos ofrece una narración que sabe ser ágil casi siempre.

En primer lugar, y para marcar una diferencia clara respecto a “Salamina”, Negrete nos ofrece una visión de las Guerras Médicas desde el lado espartano mientras que el libro anterior nos la ofrecía desde el ateniense, los grandes promotores de la alianza griega contra los persas. Para aprovechar todo cuanto esta visión podía ofrecerle narrativamente Negrete crea un protagonista que estará en la flor de la vida cuando la segunda Guerra Médica llegue a su culminación, el ya mencionado Perseo, príncipe de Esparta. De nuevo será un protagonista directo de los acontecimientos que se desarrollarán y tomará parte decisiva en la forja de los mismos. Así Perseo se encontrará en las batallas en las que los espartanos fueron grandes partícipes, la terrible derrota de las Termópilas y la sonora victoria de Platea, cerca de Atenas.

Ambas batallas suponen los dos grandes hitos de la novela y marcan el cierre de dos de los grandes momentos vitales de Perseo, príncipe apartado de trono, educado para ser un gran guerrero, asesino a sueldo de Esparta, exiliado por oscuras circunstancias, condenado a ser el último y el primero de los espartanos por un oráculo de los dioses.

La primera mitad de la novela, unas quinientas cincuenta páginas (el libro tiene casi mil), empieza con la batalla de las Termópilas y acaba con la misma batalla. En el tránsito se nos cuenta la infancia y juventud de Perseo, como pasa de ser príncipe heredero a un exiliado de la tierra que ama. Durante ese interludio Negrete da un recital sobre las costumbres, tradiciones e historia de Esparta, la tierra de los lacedemonios, tan griegos como los atenieneses y tan alejados de ellos mentalmente. No perderse el paso de Perseo por la agogé que, pese a que nos quedemos con esa especie de academia militar por donde pasaban todos los ciudadanos varones de Esparta entre los siete y los dieciocho años, en realidad era un conjunto de principios educativos que afectaban tanto a hombres como a mujeres.

En ese aspecto, todas las espartanas que circulan por este libro, Gorgo, Pércalo, Ferenice, se salen del modelo que entonces se llevaba en Grecia de mujer sumisa, en casa y con la pata quebrada, y son individuas de armas tomar. De hecho, las mujeres que aparecen en las historias griegas de Negrete distan mucho de seguir ese patrón sometido (Artemisia reina de Halicarnaso, presente en “Salamina” y también en “El espartano”, es todo lo contrario a él) pero a ese respecto yo no me hago ilusiones: Esparta siempre fue criticada por la libertad de sus mujeres y el resto de los griegos las querían en casa y con la pata quebrada.

Negrete no solo dibuja a unas mujeres fuertes fuera del canón griego sino que sus héroes varones, como el mismo Leónidas o Temístocles, resultan estar bastante alejados de cualquier principio machista heredado que poco tiene que ver con la realidad de entonces. Bastante alejados también de esas burradas a 300 de por medio que nos venden hoy en día, lo cual es francamente meritorio. Aunque la cubierta del libro resulte algo sospechosa en este aspecto…

La segunda mitad de la novela, que serían sus dos últimas partes, son más de cuatrocientas páginas y culminan con la batalla de Platea, acaecida unos meses después que las Termópilas y Salamina. El equilibrio tanto en páginas como en contenido resulta estar francamente desequilibrado respecto a la primera mitad y, pese al buen hacer de Negrete, el escritor no ha podido impedir un cierto bajón en la intensidad de la narración al principio de esta segunda parte tras el clímax de las Termópilas. Hasta que nos encontramos en Platea, da la sensación de que Negrete ha rellenado bastantes páginas con Perseo sin saber a ciencia cierta como hacer que su historia avanzase hasta que el protagonista llega al oráculo de Trofonio, gracias al adivino Tasímeno, donde Perseo recupera algo que le es vital. A partir de ese instante cesan los rodeos y vamos en derechura hacia la batalla.

La historia de Perseo es muy rica y tiene casi de todo: amor, deseo, envidias, asesinatos, canibalismo, batallas, amistad, incesto, venganza… elementos que conforman una época convulsa que es, sin duda alguna, la más intensa e interesante de la Grecia clásica. Y Negrete recrea escenarios y  personajes con una maestría que no puede dejar indiferente a nadie.

En realidad no debería añadir nada más pero no puedo dejar de comentar el papel del adivino Tasímeno en toda esta historia. Es cierto que en la época los hombres y los ejércitos no se movían si los dioses no se les mostraban favorables (y los griegos eran bastante supersticiosos en este sentido), así que el adivino, con su carga de sueños, lectura de sacrificios y apariciones inesperadas, cuadra con el momento pero ese elemento fantástico, entre tanta realidad histórica, me resulta un tanto discordante. Admiro profundamente al Negrete más fantástico… pero aquí no me acaba de encajar ese Deus Ex Machina dichoso que representa el adivino en determinados momentos. Parece que con el adivino Negrete se evada de encontrar razones más lógicas a acontecimientos probados (como sucede con la muerte del rey Cleómenes) y le sirve para fabular todo lo que desea dando a los hechos históricos una nueva visión sobre la cual levantar su trama. El recurso es antiguo y probado pero quizás demasiado socorrido a lo largo de la novela… o, tal vez, es que el personaje me cae mal desde el principio con ese aire de “yo lo se todo porque tengo línea directa con los dioses”. Puede que sea algo de ambas razones a la vez.

Por lo demás el libro me ha gustado mucho, lo he acabado con ganas y no dudo en recomendarlo. Tan solo le pediría a Negrete que, cuando continúe con las hazañas de Perseo (y, por favor Don Javier, no se haga de rogar tanto esta vez), economice páginas si es posible. Los bosques del Amazonas se lo agradecerán.

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Varada en la tierra profunda

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