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Una historia sobrecogedora sobre una mente desquiciada y marcada por la presencia de la maldad en su interior. |
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Pesadilla.
La luz de la luna iluminaba el rostro de todos los allí presentes. Sus ojos brillantes estaban posados en mí, sin parpadear ni una sola vez. Salí corriendo para evitar lo inevitable. Las calles estaban sumidas por las tinieblas. Corría calle tras calle, sin parar ni un segundo para tomar aire o para mirar atrás. La noche era fría, y notaba el calido aliento de mis perseguidores en mi nuca. La ciudad estaba destruida y los cadáveres de las personas se amontonaban en las esquinas. El olor de los cuerpos podridos entraba en mis pulmones haciendo que sintiera arcadas en todo momento.
Miraba hacia delante buscando una cara conocida, una mano amiga que me ayudara en mi angustia y mi desesperación, una luz de esperanza, algo…
Vi una luz roja al final de la calle y sin saber porque continué corriendo hacia ella. Por fin me acercaba a la luz. Ya no me perseguía nadie, pero al encontrarme con aquel espectáculo atroz no sabía lo que era peor.
Un cráter gigante del tamaño de una ciudad estaba horadado en el suelo. Pero lo peor no era aquello, lo peor era lo que allí había. Camiones y camiones llegaban con cuerpos de personas e incluso con gente viva. Los que llegaban con vida estaban atados y amordazados pero aún así los gemidos eran ensordecedores. Los arrojaban al gigantesco fuego donde ardían hasta consumirse y los que estaban vivos corrían llenos de fuego por todo su cuerpo para morir agujereados por las balas de las armas de aquellos hombres.
Miré atrás y me encontré rodeado de enmascarados que me apuntaban con sus armas. En ese momento me di cuenta de que no estaba viviendo una pesadilla, aquello era la única verdad, era nuestro mundo.
Memoria II.
Entonces yo era como una marioneta... Un simple juguete guiado por otros hombres. Todos los días recibía una orden y la cumplía. Sabia lo que hacía, sabía que estaba mal, sabía que era horrible… De alguna manera supuse que si hacía todo lo que me ordenaban sería libre, que tras cumplir todos sus deseos me dejarían en libertad.
Su primera orden fue que secuestrara a cierto agente de policía que les causaba problemas. Secuestré a aquel hombre. Lo llevé a una casa abandonada a las afueras de la ciudad. Allí lo deje atado a unas tuberías que sobresalían de la pared y con esparadrapo le tapé la boca para que sus gritos se ahogaran en el vacío.
El segundo trabajo consistió en secuestrar a otro hombre pero esta vez para interrogarlo y finalmente matarlo. Se negaba a responder a mis preguntas. Lo torturaba una y otra vez y finalmente, tras ver que no podía sacarle nada, le desabroché la camisa y cogí lo primero que ví por la cocina. Le froté el rayador del queso por su pecho hasta dejarlo sin piel y por algunas zonas prácticamente con las costillas al aire. Mis manos manchadas de sangre, la mirada de aquel hombre fija en el vacío y mis ojos inmutables.
Día tras día cumplía los deseos de aquella voz. Encargo tras encargo mataba hombres, mujeres, niños y familias. Ver sus cuerpos tumbados en el suelo, sus órganos desparramados, sus rostros desfigurados y sus gestos de terror no me producía sensación alguna de malestar.
Un día al despertarme estaba en medio del campo. Fuese quien fuese aquel que me utilizaba me había dejado en libertad por alguna razón. Al fin fui libre. Pero tras pensar todo lo que había ocurrido y recuperar mi razón me di cuenta de que lo único que había quedado libre, era el propio demonio.
Final.
Ha pasado mucho tiempo desde la última vez. Ahora soy un simple vegetal. No puedo moverme y aunque puedo hablar y mantengo la razón, no tengo nadie con quien compartirla. He destruido la vida de muchos hombres, muchas mujeres y muchas familias. Ha sido una vida fácil. Quitar la vida a otras personas es muy sencillo y breve. Muchos me recordarán con odio y rencor y seguramente querrán venganza por todo lo que les he hecho. He matado, he torturado, he mutilado… He destruido los mejores momentos de personas felices que jamás podían llegar a pensar que algo tan horrible llegaría a sucederles es su propia piel.
Por suerte para muchos, ahora soy yo el que se muere… Aquí sentado en este sillón, en este cuarto oscuro con las paredes cubiertas de la sangre de todos aquellos a los que yo maté. Ahora soy yo el que se muere…
Una tras otra las caras de aquellas personas van apareciendo delante de mí, subiendo hacia una luz. Algo me impide seguir mirando. Mi cabeza se gira hacia abajo para obligarme a mirar un lugar lleno de llamas, odio y maldad.
Alguien me espera a la entrada. Debe ser el demonio en persona para darme la bienvenida a mi eterno sufrimiento. No, no es el demonio… Simplemente soy yo.
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