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Una historia sobrecogedora sobre una mente desquiciada y marcada por la presencia de la maldad en su interior. |
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El comienzo.
Ese dolor tuyo, esa angustia en tu interior, ese malestar que se clava dentro de ti. ¿Te gustaría saber lo que es? Sígueme. Yo puedo mostrarte el camino. La respuesta que buscas a tu sufrimiento está más cerca de lo que crees. Mírame a los ojos y créeme. Has estado solo toda tu vida, desde que eras niño nadie ha cuidado de ti. Si crees que alguna vez alguien te quiso te equivocas. Si te hubieran querido jamás te habrían abandonado. Pero aún puedes cambiarlo todo. ¿Ves aquella luz? Es una aldea cercana. Camina hacia ella, sigue la senda, porque en alguna de esas luces cálidas se encuentra quien alguna vez te quiso. Busca a esa persona con empeño hasta que la encuentres.
Pero si nadie te reconociese, sólo significará una cosa. Algo que has sabido y que se corresponde con ese dolor dentro de ti. Jamás fuiste un ser deseado. Tu nacimiento fue la causa de los males de quien te trajo al mundo, y por eso fuiste abandonado. Todos hemos recibido el amor y el cariño de nuestros padres en la infancia y tú muy pronto descubrirás la verdad. No seas cobarde y descubre el significado de tu ser. No eres nadie.
Adelante… salta… acaba con tu miserable vida… es eso lo que quieres, ¿no? Pero nadie desea morir. Ven conmigo, te haré grande y nadie podrá ser dueño de tu vida.
Memoria.
-“Recuerdo… recuerdo… aquellas paredes grises, aquel edificio oscuro apoderado de la maldad de los hombres. Maloliente y lleno de humedad. Todas las mañanas nos despertaban de aquel antro sin luz ni ventilación. El agua era fría, y en invierno la ducha era peor que los latigazos de los encapuchados. ¿Desayuno? Pan enmohecido y agua de un bebedero como si fuéramos ovejas. Nos encerraban en otro cuarto y nos tumbaban en el suelo para mirar una pantalla gigante. Si cerrábamos los ojos una descarga eléctrica recorría nuestro cuerpo, haciendo que los gritos interrumpieran aquel horrible espectáculo que nos obligaban a soportar. Lágrimas, llantos, gritos, dolor, sufrimiento, muerte, explosiones, fuego, cadáveres, mutilaciones, maltratos, charcos de sangre, asesinatos, odio… Imágenes que mostraban lo más horrible que acechaba al planeta tenían que formar parte de nuestro pensamiento.
Nos adiestraban en el manejo de armas, nos obligaban a pelearnos entre nosotros. Habíamos sido compañeros pero en aquellas batallas la amistad no servia de nada. Cada vez éramos menos. Morían aquellos que se apiadaban de los demás. Eran traicionados por los mismos muchachos que habían dejado vivir. La sangre de los demás en nuestros cuerpos, día tras otro, sin poder lavarnos. Nos decían que si nos acostumbrábamos a su olor podríamos llegar a matar por placer. Eso era lo que querían… Y un día lo consiguieron. Los pocos que quedábamos comenzamos a matar a todos aquellos hombres que nos maltrataban exactamente como decían: por placer, por sentir el miedo de los demás y disfrutar con ello. Únicamente quedé yo vivo en aquel oscuro lugar. Y al mirar mis manos cubiertas de la sangre de otros seres humanos vi que habían conseguido su propósito. Habían creado al demonio.
Confesión.
Aquel día me contó como terminó todo. Su cara mostraba la sonrisa de un niño hablando sobre su primer día de colegio. Sentado delante de mí en aquella silla de metal con los brazos entre las piernas y sus manos entrecruzadas. Sus ojos se posaban sobre los míos sin pestañear ni una sola vez. Esos ojos azules, esa voz dulce y suave contando su historia…
-Recuerdo aquella mañana lluviosa de otoño. No sé porque lo hice, solo sé que en lo más profundo de mí, siempre había existido ese deseo. Allí estaba él, tumbado en el sofá. Recuerdo que eran más o menos las nueve cuando antes de que se despertara le até las manos y las piernas. Despertó, me miró y justo antes de que empezara a gritar le taponé la boca con unos trapos viejos que había allí. Le pregunté si sabía por que hacía todo esto y su respuesta fue negativa. La verdad es que yo tampoco sabía el porqué exacto, pero he de admitir que quería comprobar lo que iba a pasar después.
Cogí un punzón y comencé a clavárselo por las piernas hasta que estas estuvieron cubiertas de su sangre. Sus gritos eran cada vez mas fuertes y apenas mantenía abiertos sus ojos llenos de lagrimas. Después con un cuchillo le fui haciendo pequeñas rajas por todo su cuerpo y mezclé su sangre con alcohol para volver a oír sus gritos taponados por los trapos. Finalmente le clavé otro cuchillo más largo en su pulmón derecho. Poco a poco se fue ahogando en su sangre, y durante la larga agonía gemía de dolor sobre un charco rojo y pegajoso. Como ya sabe, esperé junto a él hasta que llego la policía a la que yo mismo llamé. Como he dicho, no sé porque lo hice ni estoy orgulloso de haberlo hecho, solo sé que desde aquel día tanto él como yo podemos por fin descansar.
Cuento de mi niñez.
No ha pasado mucho tiempo desde que ocurrió aquel desastre. En una aldea no muy lejana se cuidaba y se cultivaba la tierra para más tarde recoger sus frutos. Pero algo ocurría en esta aldea. La tierra no era muy fértil y los frutos que daba, apenas servían para saciar el apetito de aquellos que tan duramente trabajaban.
Comenzó un duro, invierno y muchos de los aldeanos no tenían que comer y se lamentaban y lloraban.
-¡No tenemos que comer! ¡La tierra no da frutos! – solían decir-.
Hasta que un día, en la casa de uno de aquellos aldeanos apareció un hombre.
-Reúne a todos los de la aldea, yo solucionare vuestros problemas – dijo el hombre-.
Sin pensárselo dos veces el aldeano corrió llamando a todos para reunirlos en la plaza principal de aquel lugar y, al poco rato, los cincuenta hombres de la aldea estaban todos esperando las palabras de aquel forastero recién llegado.
-Yo solucionare vuestros problemas, decídmelo y sembrare estas semillas en vuestros campos que harán vuestra tierra fértil y sus frutos deliciosos –dijo con una leve sonrisa-.
Pero desconfiados, solo la mitad de los aldeanos aceptaron.
Al día siguiente los campos de aquellos hombres rebosaban plantas y manjares sin dejar hueco a las malas hierbas.
Tenían comida de sobra para vivir bien y quedar siempre llenos después de cada comida, pero a su vez los otros hombres morían de hambre.
-¡Haber aceptado el trato! ¡Tuvisteis la misma oportunidad! –Contestaban a los llantos-.
Pero una noche de luna llena comenzó una horrible pelea entre los aldeanos por la comida. Sangre, sufrimiento, dolor y muerte en cada esquina. Luchaban de manera que sus ojos no veían que las cosechas se descomponían junto a los cuerpos yacientes.
Solo uno quedó tras la matanza, y al echar la vista atrás y ver que no le quedaba nada, se dio cuenta de que aquel forastero era el demonio, y que su destino junto con los demás, era el infierno.
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