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El Mago, de Gene Wolfe (El Caballero Mago 2) |
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El Mago es claro fruto del desorden de El caballero: de haber evitado tanto rodeo y haberse centrado en una trama consistente, no habría habido necesidad de haberlo escrito. |
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En "El mago" prosiguen y concluyen las andanzas que se iniciaran en El caballero, con imperceptibles cambios en la forma y algunas novedades en el fondo. La principal, la más efectiva, es el desplazamiento del protagonismo dentro de la narración: como si se tratara de una tragedia griega, Gene Wolfe cede la iniciativa de la acción a un coro de voces distintas, logrando animar el relato y consiguiendo que el lector se identifique con las desventuras de unos personajes que parecen más creíbles que Sir Able.
Inconscientemente, el autor así reconoce que parte del fallo de su obra anterior se debía al excesivo, obsesivo y desesperante protagonismo de su caballero errante y llega, de forma paradójica, a dotar de una mayor cohesión a su novela, a pesar de la multiplicidad de puntos de vista. Es en el descubrimiento de la entidad de unos personajes antes tenidos por meros apéndices donde reside uno de los méritos de "El mago": Toug es lo más cercano al héroe acostumbrado, un joven en continuo aprendizaje, con un código particular del honor que no se basa en la tiranía sino en la observación, en el trato con el prójimo, en el estudio de sus propios errores; Idnn, llamada a ser la reina de Jotunhogar, donde moran las gigantas, tiene una fuerte y muy marcada personalidad, que la hace pasar de mera comparsa a engranaje crucial de una trama que, aunque mucho más sólida, sigue sin poder evitar los bandazos.
Nuevamente, el lector insufrible tiene que hacer frente a una historia dispersa y caótica, en la que se intenta explicar mucho con resultados sumamente decepcionantes. Parece que, en este caso, Wolfe tiene dos preocupaciones: la primera, que su mundo mitológico no haya sido bien asimilado por sus lectores y la segunda, que la razón por la cual Able se pierde en ese mundo de dragones, elfos elementales y gigantes no haya sido convenientemente interpretada. Respeto a este último punto, su inquietud termina pronto, aportando un par de soluciones insatisfactorias y ridículas, que parecen improvisadas sobre la marcha y suenan a mentirijilla piadosa soltada para justificar una acción en un momento en que nos han pillado in fraganti y sin coartada. Se supone que Sir Able es el heraldo de los elfos, una suerte de mensajero con una misión determinante: tender puentes entre las dos razas, la humana y la élfica. Cuando, tras asistir a nuevos titubeos artificiales por quien a lo largo y ancho del relato se conduce con una despótica seguridad aplastante, llegamos al momento en que Able reproduce, cual R2D2 a Obi-Wan Kenobi, las pretensiones de los elfos al rey Arnthor (guiño artúrico que haría avergonzarse al hijo de Uther Pendragon), el lector, si es que ha llegado hasta aquí, no puede evitar verse tentado a cerrar de golpe y porrazo el libro y dar por terminada la farsa, al culminarse, de forma inaceptable, todos los tumbos, los saltos, las clarificaciones difusas. De repente, Able ve la luz, mientras el lector queda en sombras (y ensombrecido). No es de extrañar, a raíz de lo argumentado hasta ahora, que tampoco se tenga una muy precisa idea de la mitología "wolfiana", remedo de leyendas escandinavas, latinas y griegas, mezcladas todas entre sí para convivir en perfecta armonía.
Surge una inevitable pregunta: ¿qué pretendía el autor, perro viejo literario, con este libro?. Si las motivaciones de "El caballero" -homenajear toda una vida de buenas lecturas- eran evidentes, no puede decirse lo mismo en este volumen. ¿Continuar lo ya empezado, tal y como parece si nos tomamos en serio sus palabras al inicio de este tomo?. Desgraciadamente, "El Mago" es claro fruto del desorden de "El caballero": muy probablemente, de haber evitado tanto rodeo y haberse centrado en una trama consistente, no habría habido necesidad de haberlo escrito, con lo cual él se habría ahorrado el esfuerzo y nosotros, el suplicio. Temo, sin embargo, que ya tuviese en mente elaborar un díptico centrado en dos canalladas: la que lleva a Able a convertirse en caballero y que termina con la muerte del dragón Grengarm y la conquista de Eterna, la espada legendaria, y la que hace de ese paladín de las causas dobladas un efímero y poderoso mago.
Nada que ver, sin embargo, con Gavilán, Merlín o Dallben (por cierto que aquí Wolfe le rinde un buen tributo a Lloyd Alexander, creador de "Las crónicas de Prydain" e insuperable bardo de la mitología celta), pues las aptitudes mágicas de Able se deben a un regalo de Valpadre, el señor de Skai, rey de Dioses. Con este poder, Wolfe ya tiene servido un broche para su saga, en forma de final delirante: cual santón (leyendo sus milagros, me vino a la mente aquel Antonio Conselheiro de "La guerra del fin del mundo"), cura a sus compañeros de correrías de sus taras, si las tienen, o les concede sus más íntimos deseos. Utilizando su poder, y rompiendo el juramento efectuado en Skai de no emplearlo, Able, mártir, se condena a sí mismo para salvar a los demás, pero es rehabilitado por sus actos y su valentía y coraje. No siendo muy amigo de destripar finales, como tampoco de comentar aquéllo que no merece ni un renglón, sí he creído preciso hacer una referencia al final de este libro, para evitar mayores tormentos al lector y para ejemplificar, por si aún había algún incrédulo, hasta dónde llega el grado de despropósitos perpetrado sin ninguna piedad por el señor Wolfe.
"El mago" sigue teniendo buenos momentos individuales (lo que reafirma mi impresión de que el autor es como un enano, muy certero en las distancias cortas) que se benefician, incluso, de cierta plasticidad y alardes literarios (concretándose en una reducción del diálogo sobre la narración), como puede ser el episodio relativo a la muerte del dragón Garsecg/Setr a manos del esclavo ciego Vil, de asombroso parecido con la lucha del sabio Laocoonte contra las serpientes marinas, pero con un fin inverso al del áugur. Los escarceos de Toug en la gigantesca -nunca mejor dicho- ciudad de Utgard (nombre que quizás le diga algo al aficionado a D&D) o la pavorosa y desconcertante entrevista mantenida por Beel, Able y el Dios Menor en Niflheim, oasis de lucidez entre tanto embotamiento, bien valen el sacrificio de haberse tragado todas las páginas que les preceden. Al haber un mayor seguimiento de personajes, hay un mayor mimo en su trazado, de forma que, esta vez, nos encontramos ante una buena y meritoria galería. Al margen de Toug e Idnn, ya destacados, me gustaría volver a incidir en Pouk Ojotuerto, prototipo del pillo, y descubrir a Lynnet y Etela, siervas de los argnborn (Gigantes del Hielo). La narración centrada en Utgard funciona porque en ella confluyen los mejores secundarios del relato y porque tiene una cierta fuerza que no poseen ni las correrías celestiales de Able a lomos de su unicornio volador, ni, desde luego, los últimos seis o siete capítulos de relleno. A pesar de que es lo mejor del libro, también queda una sensación de vacío indetectable, pues el lector comprende que hay algo más que se le escapa, como si esta parte del relato quisiera dar algo más de sí, pero que no puede hacerlo porque algo se lo impide. No haber conseguido concretarla, dejando flecos acá y acullá (aunque lo mencionen, sigo sin entender por qué se produjo el regicidio contra Gilling, señor de Utgard) para intentar dejar abierto lo que debería haberse cerrado, es otro fallo (menor, eso sí) dentro de los muchos que saturan esta obra.
En conclusión. Gene Wolfe no estaba inspirado cuando redactó sus libros de "El caballero/Mago". Puede que los escribiera con un gran entusiasmo (y quiero creer que era en verdad notable, pues si yo me hubiera puesto a la faena, me habría aburrido en la segunda línea), pero lo que es indudable, es que los preparó más para sí, por la presión de sus propios anhelos y lecturas, que pensando en un público preciso. Siempre se ha dicho que el arte de escribir es más introspectivo que extrovertido, pero, a veces, resulta agradable intentar combinar ambas tendencias, pues si esa máxima es cierta, no lo es menos suponer que la escritura, en cuanto oficio, necesita de la implicación de un lector que es primero consumidor. Para atraerle se necesitan incentivos y éstos rara vez se hallan en esta saga. Aún así, si alguien quiere probar, no voy a ser yo quien le impida hacerlo; podrá encontrarse con algunas cosas que decidí omitir, como Mani, el gato parlante, con una sabia sentencia siempre en sus labios, o con Org, el ogro sigiloso, recurso tedioso utilizado para solventar atascos, o con Valiente Berthold, un personaje de gran calado que queda relegado, sin arte de magia ninguna (más bien por inoperancia), a la categoría de comparsa del comparsa.
Eso sí, que después nadie se queje si en algún momento chasquea la lengua o aprieta los dientes, que ya aquí quedaron advertidos. Ya se sabe el dicho: quien avisa no es traidor. Ni bellaco.
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4 Comentarios recibidos
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Usuario: Mauri (15-Octubre-07)
Cita de Murray: Elegante - y culta- manera de darme un toque de atención y, de paso, reivindicar a Gene Wolfe. Es otra forma de ver las cosas. Supongo que habrás leído el libro (así lo espero, de lo contrario tu imponente aserto se caería por su propio peso) y que lo habrás interpretado al albur de tus códigos y de tu cultura. Eso es leer. No hay dos lecturas iguales, aunque sí interpretaciones parecidas. Leyendo "comentarios" como el tuyo, recordé una frase de Carlomagno: sobre gustos, los colores. ¿Que te gusta Gene Wolfe?. Bravo. ¿Que te gusta El Mago?. Bravo. Como dijo James Bond: vive y deja vivir... |
Se da por supuesto que he leído el libro, claro. O es que piensas que nadie puede disfrutar de este libro. No solo me ha gustado sino que me parece una obra maestra.
De todas maneras no soy imparcial con Gene Wolfe :reverencia: .
Aunque este del Caballero-Mago me ha encantado mis favoritos de Wolfe son: "El libro del Sol Nuevo" (4 libros y una coda) y "La serie de Latro" ( 3 libros de momento). "La quinta cabeza de cerbero" también me parece una obra maestra. Tengo pendiente entre otros "Paz" que algunos la consideran su obra maestra y "Puertas" según palabras del autor su obra más satisfactoria.
Un saludete
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Usuario: Mithrand (15-Octubre-07)
Sí, palabras inteligentes las de Bakker (ya las había leído), pero precisamente las críticas suelen estar orientadas en base al gusto particular del inviduo que describe una obra, y nadie es imparcial, todos estamos condicionados por nuestras filias y fobias, y principalmente, por nuestro gusto, es decir, Murray ha CRITICADO un libro. Si tú tienes otro enfoque, Mauri, también puedes escribir críticas, incluso aquí, es una proposición :chulo:
No me he leído ninguna de las dos novelas, así que no puedo opinar con conocimiento de causa... ¿alguien más de aquí lo ha hecho? :guiño: |
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Usuario: Murray (15-Octubre-07)
Elegante - y culta- manera de darme un toque de atención y, de paso, reivindicar a Gene Wolfe. Es otra forma de ver las cosas. Supongo que habrás leído el libro (así lo espero, de lo contrario tu imponente aserto se caería por su propio peso) y que lo habrás interpretado al albur de tus códigos y de tu cultura. Eso es leer. No hay dos lecturas iguales, aunque sí interpretaciones parecidas. Leyendo "comentarios" como el tuyo, recordé una frase de Carlomagno: sobre gustos, los colores. ¿Que te gusta Gene Wolfe?. Bravo. ¿Que te gusta El Mago?. Bravo. Como dijo James Bond: vive y deja vivir... |
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Usuario: Mauri (15-Octubre-07)
No la comparto para nada. Cuando leo una ¿crítica? de este tipo me vienen a la mente estas palabras de Bakker:
(...)Comprueba las reseñas que se "postean" en Amazon. ¿Con qué frecuencia encuentras a uno de los que escriben la crítica diciendo “¿soy un mal lector?” Jamás de los jamases. En cambio encuentras "éste es un mal libro" ¡aunque resulte que el autor sea Gene Wolfe! La razón para esto es obvia. La tendencia que tenemos todos nosotros de hacer de nuestros gustos y opiniones el criterio absoluto de lo que cuenta como bueno y lo que cuenta como malo. Una vez que se da esto, nuestros gustos y opiniones forman nuestro marco inmediato de referencia. Generalmente trabajamos bajo la impresión de que son absolutos. La educación, la humildad y la imaginación requieren "andar una milla en los pies de otra persona" o relativizar nuestro marco de referencia con algún otro. Dado que no podemos ver lo que no podemos ver, generalmente asumimos que hemos visto todo y pensamos que es el otro el que "no ve lo obvio." Ésta es una tendencia psicológica muy poderosa —llamémosla "criterio de ensimismamiento"— con beneficios obvios de evolución para la vida humana en comunidades de la Edad de Piedra (pero que podría terminar matándonos en el mundo de hoy)
En fin. Un saludo |
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