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Relato: Diario de un testigo |
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Tenía que ir a la policía, pero no me atrevía. Me escondí entre dos coches y me quedé esperando a que el silencio reemplazara el eco del estruendoso sonido que había producido la bala. |
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Un grito que salió de mi garganta rompió el silencio que se cernía sobre la calle en alguna hora de la madrugada. No pude contenerme, y grité con todas mis fuerzas. He de decir que me desahogué bastante, pero puse tanto esfuerzo que me mareé y caí al suelo. Esta vez no perdí el conocimiento, pero decidí permanecer ahí tirado el tiempo que hiciera falta.
Por alguna razón, el rostro del asesino me resultaba familiar. Sólo lo había visto esa noche, pero su recuerdo me iba y me venía, paseando por mi confusa mente. ¿Es posible que lo conociera de algo? ¿Formaba acaso parte de mi pasado? No lo sabía, pero tenía que averiguarlo.
Me levanté del suelo. Miré a ambos lados, la calle estaba desierta, y yo estaba buscando un oasis. Decidí volver por donde había venido, a ver si así podía llegar a un lugar conocido, o aunque fuera al lugar del crimen.
Miré hacia mi derecha y vi algo parecido a un espíritu, con la cara del asesino. Él me miraba a mí, y pude ver su cara diabólica llena de sangre. De repente el miedo recorrió de nuevo mi cuerpo, y noté como el corazón intentaba salírseme del pecho.
Todo se quedó en un susto. Lo único que había visto era mi cuerpo reflejado en un escaparate. Sentí la necesidad de parar y reponerme pero decidí seguir caminando. ¿Por qué vi la cara del asesino en mi reflejo? ¿Acaso el miedo era capaz de crear alucinaciones tan crueles? Sí, por supuesto que lo era, pero aquello no parecía una alucinación. ¿Acaso era yo el asesino?
Sí, podía ser. Eso explicaría muchas cosas. Eso explicaría el por qué me sentía tan mal, tan aterrado. Eso explicaría el por qué no recordaba mi cara. Mi cara era la del asesino. Pero yo no recordaba haber matado a nadie. No tenía motivos para hacerlo, no tenía ningún enemigo. Cada momento que pasaba recordaba menos mi vida, lo que había ocurrido hasta aquella noche, como si el haber asesinado a aquel hombre me hubiera trastornado, si es que fui yo el que lo hice.
Tenía que ir a ver el cuerpo de aquel hombre, porque tenía la esperanza de que al verlo me vinieran recuerdos a la mente. Como si esa fuera la pieza del rompecabezas que necesitara, pero sabía que no era la única que me faltaba.
Anduve durante bastante tiempo, no sabría decir cuánto. Por fin me empezaba a sonar el lugar donde me encontraba, seguramente muy cerca de donde ocurrió todo. Quería llegar allí y empezar a recordar, tanto el por qué lo hice, como a quién.
Cuando por fin llegué al lugar del asesinato, vi de lejos el cadáver de aquel pobre hombre, tirado en el suelo con un charco de sangre alrededor de la cabeza. Me acerqué. Tuve miedo. ¿Por qué había hecho lo que hice? Seguí acercándome. Ya podría verle la cara, de no ser porque estaba con bocabajo.
Decidí darle la vuelta y así poder verlo. Eso hice, y pude ver su rostro, algo desfigurado.
Era yo.
Un millón de sensaciones y pensamientos atravesaron mi cabeza en cuestión de segundos.
Si era yo… yo estaba muerto. No tenía sentido.
¿Muerto? Sí tenía sentido, pero no quería aceptarlo, hasta que comprendí que debía hacerlo, y entonces, empecé a recordar.
Yo era la víctima, el asesinado, pero también era el asesino: me había suicidado, y mi espíritu estaba condenado a vagar por aquella calle, en aquella noche sin fin, en la que perdí la vida a las tres y cuarto de la madrugada.
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