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Camino a la perdición, de Max Allan Collins y Richard Piers Rayner


Ignacio Piñeiro Barral   13/09/2017
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     Padre e hijo viajan a través de lo mejor del cine de gánsteres y lo peor de la condición humana.
Camino a la perdiciónIncluso obviando la actual simbiosis entre cine y superhéroes, la relación entre la viñeta y el celuloide siempre ha sido fructífera. A las dispares versiones del hombre murciélago podríamos sumar, a modo de ejemplo y sin ánimo de ser exhaustivos, propuestas de autor como “American Splendor”,  “Una historia de violencia” o la película de culto basada en la novela gráfica todavía más de culto de James O’Barr, “The Crow”; sin olvidar, por supuesto, las adaptaciones cinematográficas de leyendas como Alan Moore o Frank Miller en “Sin City”, “300”, “V for Vendetta” o “Watchmen”.

El cómic europeo y americano no ha sido el único que ha visto a sus personajes en la gran pantalla. El manga –anime aparte- tiene también una buena lista de adaptaciones, entre las que cabe destacar la reciente “Al filo del mañana”, el clásico contemporáneo coreano “Oldboy” y, en lo que interesa a esta reseña, la película de 1972 “El lobo solitario y su cachorro: Niño y maestría en alquiler”, primero de los seis largometrajes que en los años 60 adaptaron  el manga “El lobo solitario y su cachorro” de Kazuo Koike y Gôseki Kojima.

Precisamente en este clásico del Dúo Dorado encontró inspiración el escritor todoterreno Max Allan Collins para crear “Camino a la perdición”, novela gráfica publicada en 1998 por DC Cómics y llevada al cine por Sam Mendes en 2002 con un reparto de lujo entre el que se cuentan Tom Hanks y Paul Newman.

En “Camino a la perdición” un padre y un hijo emprenden una huida plagada de peligros por las carreteras del Midwest norteamericano durante la Gran Depresión. El padre, Michael O’Sullivan, es un sicario del líder del hampa irlandesa de Las Tres Ciudades (área en la frontera entre Illinois e Iowa en la que confluyen a orillas del Mississippi las ciudades de Davenport, Rock Island y Moline). El hijo, Michael Jr., intrigado por saber a qué se dedica su progenitor e instigado por su hermano, decide esconderse en la parte trasera del coche de su coche para acompañarlo al trabajo.

Camino a la perdiciónPero la jornada laboral de O’Sullivan incluye poner en cintura a un competidor que quiere vender alcohol —ley seca vigente— sin la protección del capo John Looney (como curiosidad, en la película de Sam Mendes al gánster irlandés le cambian el apellido por Rooney). Por culpa del hijo del Jefe, un pirado de cuidado llamado Connor, las cosas se salen de madre y acaban de torcerse cuando el heredero de Looney descubre que Michael Jr. ha sido testigo de todo. El chaval salva la vida porque su padre llega a tiempo para aclarar a Connor que es su hijo y asegurarle que se encargará de que el chico mantenga la boca cerrada (a decir verdad, tampoco parece que se muera de ganas por pregonar a los cuatro vientos lo que acaba de ver).

De camino a casa, el Ángel de la Muerte —apodo por el que es conocido O’Sullivan en el gremio— explica a su primogénito que la vida resulta ser más dura de lo que le había contado y que un hombre ha de hacer lo que sea necesario para proveer y proteger a su familia. Y él, Michael O`Sullivan, veterano de la Gran Guerra (para nosotros, la Primera) sólo sabe matar. Tras jurar a su padre que guardará el secreto, ambos entran en casa donde les esperan la señora O’Sullivan y el pequeño de la familia, Peter.

Collins firma una historia con mucho de real con varios personajes que fueron de carne y hueso. Junto al propio John Looney, gánster de Rock Island durante la época en que se ambienta la obra, aparecen mitos de la mafia como Al Capone o Frank Nitti y héroes del fisco como Eliot Ness. Además, la trama hace suyos acontecimientos ocurridos realmente como el incendio del barco Quinlan o el tiroteo en el hotel Sherman de Rock Island.

Camino a la perdición

A pesar de todas las referencias históricas, el trabajo de Collins no pretende ser una novela gráfica histórica sino una narración centrada en la relación padre-hijo ante la traumática transformación del vínculo paternofilial. El adolescente descubre las debilidades y las aristas de Michael sénior al tiempo que admira su determinación y lealtad con lo que ha sido y es. Por su parte, el padre, comienza a ver en su hijo el proyecto de un hombre que entiende y asume más rápidamente de lo que cualquier padre esperaría todas las atrocidades a las que ha tenido que enfrentarse. En “Camino a la perdición”, el camino que de verdad importa es el de los protagonistas, por más que Perdition sea también el lugar al que se dirigen.

El viaje comienza poco después, en otra noche funesta en la que el cabeza de familia cae en una trampa orquestada por su jefe para quitarlo de en medio. Angustiado, vuelve a casa para descubrir los cadáveres de su mujer y su hijo pequeño siendo velados por Michael Jr. Con una diana en el pecho cortesía del clan Looney, los Sullivan parten hacía el pueblo de los abuelos maternos del chico haciendo unas cuantas paradas por el camino no demasiado amistosas, como el encuentro en la Chicago de Capone con Frank Nitti y sus hombres.

Camino a la perdiciónTodas estas idas y venidas nos darán la oportunidad de conocer, aunque sea de soslayo, los tejemanejes que los clanes mafiosos realizaban en las grandes ciudades, los vínculos existentes entre las diferentes familias y la influencia que tuvieron en la construcción o consolidación de las grandes urbes de hoy en día. Además, en una historia de irlandeses e italianos no podía faltar la Iglesia católica, primero como cómplice o consentidora de los Looney, luego como oasis de redención conforme padre e hijo abandonan la ciudad y visitan las iglesias de los pueblos que salpican el camino.

Del resto de la historia dan cuenta las 304 páginas editadas por ECC Cómics en formato cartoné dibujadas por Richard Piers Rayner, artista británico que ha ilustrado series como “Hellbrazer” o “La cosa del Pantano”. Rayner domina el blanco y negro haciendo gala de un estilo minimalista en cuanto a la composición de página y, en ocasiones, los personajes; que sin embargo gana en meticulosidad cuando se trata de representar paisajes urbanos o determinado planos, como los dedicados a Al Capone, cuya imagen reproduce fielmente. El conjunto desprende un indudable aroma a clásico que casa a la perfección con el guion.

Como explica Max Allan Collins en su impagable Introducción, “Camino a la perdición” es el resultado de multitud de influencias artísticas y vitales que el escritor estadounidense fue adquiriendo durante su vida y su carrera profesional, sin cuyos altibajos esta novela gráfica no hubiera visto la luz. El espíritu de todas esas pequeñas aportaciones está muy presente en la historia de vida y muerte protagonizada por los Sullivan, magistral compendio de lo mejor del cine de gánsteres y lo peor de la condición humana.

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