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       Artículo de literatura

El enigma Murillo, de Andrés González-Barba: bien concebida pero mal resuelta


 Historia
Eidian   19/07/2017
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     La novela ha sido hecha con interés pero con resultados mediocres.
Portada de El enigma Murillo, de Andrés González-Barba CapoteAcabo de terminar "El enigma Murillo" (Almuzara, 2017), novela escrita por el periodista sevillano Andrés González-Barba Capote. En está página web nuestra me preguntaron si me interesaba reseñarla y yo, tras leer alguna crítica aficionada y varias entrevistas al autor que prometían una buena novela gótica ambientada en la Sevilla de 1810, me dije: “Bueno, vale, pinta bien”. Total que aquí, en medio del mar proceloso, me la he pulido entera y, resumiendo, he pensado: “Leches, el de UPS ha tenido que cambiar el libro de camino a casa”. Tiene que ser algo así, o eso, o el señor González-Barba Capote tiene un ego que se sale, unos corifeos (mirad en Wikipedia, plis, pues no quiero poner feas) que le adoran y unos admiradores que se conforman con bien poco. Por que a mí el libro, concluyendo, me ha parecido malo. Y no digo más que me pierdo.

¿Por donde empiezo? Siempre, siempre por el principio… y ya el principio sienta cátedra. En primer lugar, suele ser lo más lógico en una novela (que no en una obra de investigación) dejar el índice para el final de la lectura, detrás de explicaciones varias y agradecimientos. Segundo, si yo soy un escritor primerizo, que aún no tengo el suficiente reconocimiento por parte del público, no empiezo titulando mi primer capítulo (o prólogo) “Un mal comienzo” porque me puedo pillar los dedos y más si afirmo dos páginas después que, en unas pocas horas (cosa que cualquiera entiende como dos o tres), un cadáver queda irreconocible sumergido en el agua… Que el Guadalquivir en febrero no hierve, sigue siendo agua, no salfumán. Y dejo aquí las enumeraciones porque, si no, no acabamos.

La trama en si no es mala y se ve que González-Barba la ha meditado con cuidado. Empezamos con un crimen que precede varios años a los hechos principales que se desarrollan en la ya citada Sevilla de 1810 ocupada por las fuerzas imperiales francesas. En esa Sevilla apenas dibujada (y cuando se dibuja parece una guía turística "Michelín-1810") destacan tres personajes principales sobre los cuales recae el avance del argumento: por una parte Alberto Cienfuegos cuyo nombre parece una mezcla del nombre y las obras de Alberto Vázquez-Figueroa (también aparece un Gustavo Araceli en la novela, igualito que en los Episodios Nacionales de Galdós); por otra parte tenemos al Mariscal Soult, personaje histórico de bastante relevancia, y, por último, a Teresa Guzmán, la verdadera protagonista de la historia. En realidad en la trama hay dos historias bien diferenciadas: la de Teresa, vidente de espíritus con cierto aire de exorcista aficionada, que busca llevar el bien a cuantos le rodean, y la de Soult, el cuadro de Murillo y los guerrilleros españoles, en la cual también se encuentra Cienfuegos. Las dos tramas se imbrican únicamente en la casa de los Guzmán, cuyo anciano padre posee al comienzo de la novela el cuadro “macguffin” de todo el argumento.

Quizás a estas alturas quede alguien que no sepa que los franceses, y el mariscal Soult en particular, se dedicaron a expoliar el patrimonio artístico español cuando decidieron hacer de este país otro de sus patios particulares. En la Andalucía ocupada por los imperiales bonapartistas el mariscal se dedicó con alegría y afán a arramblar con todo lo que tuviese tufillo de buen arte y Murillo fue su gran santo de devoción en este empeño (de hecho en el Louvre, ese almacén de robos  de la “gloire” francesa, se halla una virgen del arista sevillano que se conoce como, agárrense, la Inmaculada de Soult. Y allí seguirá per secula…)

Con ese punto de partida por una parte, el conocimiento de una muchacha vidente de espíritus por otra (caso al parecer real, de hoy en día), las novelas de terror gótico por un lado (el mismo González-Barba cita a los grandes clásicos del género en los agradecimientos: Jan Potocki con su manuscrito maño, E.T.A. Hoffman con sus relatos, Mary W. Shelley con su monstruo a cachos… Yo hecho de menos a Bécquer entre ellos, que quieren que les diga) y libros históricos varios sobre la invasión y ocupación napoleónica de Sevilla bajo el brazo, el autor de la antigua Hispalis monta una obra sorprendente por todo lo que quiere abarcar y reflejar. Muestra una Sevilla invadida tanto por espíritus extraviados y malvados como por pérfidos franceses, todos reflejos del mal moral que afecta a los sevillanos de esa época, unos acomodaticios que prefieren colaborar con los invasores antes que echarlos. Teresa, la protagonista, con su bondad natural y su afán por ayudar tanto a los vivos como a los muertos, parece ser la redentora de tanta maldad, el ángel purificador que acaba rescatando a unos niños indefensos, quizás trasunto de esa Sevilla abandonada a su complacencia.

Para dar el aire gótico y de terror que la obra requería González-Barba toma de los autores románticos antes mencionados muchos recursos como es el narrador omniscente, los diarios de los protagonistas que sirven para conocer su pasado y explicar su presente, los giros dramáticos e inesperados, etc. Además su lenguaje recuerda mucho a ciertas obras de esa época, con su exagerado romanticismo tanto en las expresiones como en las vivencias que refleja.

Todo esto esta muy bien pensado pero el resultado resulta descompensado a todas luces: por una parte está claro que González-Barba no domina el lenguaje romántico que quiere imitar. De alguna forma debo explicarme la cantidad de texto redundante que sobra como cuando dice que un militar se cuadró “como hacen todos los militares” (p. 27), de los habituales cambios de posición de las palabras como en “meses peores de mi vida” (p. 47), los comentarios superfluos que inflan frases “(Sin embargo, lo peor de todo es que) la aparente tranquilidad…” (p. 53), no elegir las palabras correctas como poner “allí” en vez de “ahí” (p. 144) y mucho más que me dejo en el tintero. Y luego están los párrafos que parecen sacados directamente de los folletines románticos de a céntimo: “Era un miedo que me turbaba el alma y que me estaba arrebatando las últimas dosis de cordura que aún pudiera haber en mi pensamiento” (p. 140) y que se encuentran por todo el libro. Esto por lo que respecta a un estilo que, a medida que discurre la novela se hace cada vez más pedestre, abandonando diarios y protagonistas a partir de la página 181 para no reaparecer, con unas descripciones de personajes que se centran en lo físico sin saber penetrar nunca en lo moral.

Autorretrato, de Bartolomé Esteban MurilloDecía González-Barba en una de las entrevistas que le hacían  que había buscado reflejar el lado humano del mariscal Soult y yo, que he releído hace unos minutos la susodicha cita me he preguntado: “¿Enguerrengue?”. Pocas veces he visto en una novela actual unos malos que sean más malos, oliendo a puro maniqueo y cartón piedra. Por cierto que el autor califica de forma constante a los franceses, por toda la novela, con el término despectivo de “gabachos”, creo yo que mucho más de lo que los contemporáneos españoles que los sufrieron harían. Y es que, a excepción del boticario que se enamora de la protagonista (ennoblecido por su experiencia en los terribles pontones de Cádiz donde se pudrieron en vida buena cantidad de franceses), todos los imperiales que aparecen son malos como la tiña, desde los oficiales a los médicos o a los altos mandos. ¡Incluso hay un general satanista!

Vamos a ver, yo no dudo que un tipo como Soult no fuera un cabronazo con todas las letras (para llegar a donde llegó seguro, vamos) pero dudo que su “espíritu desalmado”, que además da título a un capítulo del libro, se solazase de continuo asustando criadas, poniendo expresiones “abominables” o escupiendo “¡malditos españoles!” a la menor oportunidad.

Y lo que sucede con los franceses en el libro se puede aplicar a todos los personajes del mismo que, de repente, sin que sepamos a cuento de qué, empiezan a pegar gritos, insultar, desencajarse… Se supone que el desenlace de la novela aclara muchos de estos cambios bruscos de humor pero a mi me resultan inexplicables esos giros de carácter de muchas de las personas que aparecen en el texto que tan pronto son buenísimas, como al principio la condesa L., como más tarde pierden los papeles ante alguien que se ha prestado a ayudarles. Están muy mal dibujados los caracteres de los secundarios y, a excepción de Teresa y el fraile que la apoya, todos en general parecen personajes de opereta. Si es eso lo que buscaba el autor entonces lo ha clavado.

Y en cuanto a la plasmación del argumento… En primer lugar el cuadro de Murillo. Ese cuadro nunca pudo existir porque, cualquier experto en pintura andaluza barroca puede decirlo, Murillo nunca pintó una Virgen con Niño que tuviese por fondo la ciudad de Sevilla (esta temática la solía pintar sobre fondos neutros). En fin, digamos que damos pulpo por bueno y lo pasamos. Otra cosa.

¿Pero qué explicación chorra es esa que justifica que los guerrilleros españoles anden todo el libro detrás del cuadro? Lo que queda claro cuando se da la explicación (madre que tontería y, además, demuestra que los conocimientos de estrategia militar del autor son nulos) es que el cuadro era una obsesión del escritor que luego no ha sabido encajar adecuadamente en la resolución de la trama. Otra cosa.

A ver, ¿en que cabeza cabe que unos rebeldes subversivos, guerrilleros patriotas y tal, admitan en su seno a un tío que les aborda de repente con una carta que puede ser una falsificación? El individuo sale de la nada y ni comprueban de alguna manera su historia, ni le siguen por si acaso, ni nada. Le dicen ven pa ca que te vamos a enseñar hasta nuestra partida de nacimiento y de paso te contamos todos nuestros secretos. Anda que…. Con razón esos desalmados franceses piensan en el libro que los españoles somos idiotas. Otra cosa.

¿Cómo es posible que los susodichos desalmados permitan que los españoles vayan con espadas por las calles de la Sevilla ocupada? Porque aquí al parecer la gente va tranquilamente con su espadita al cinto ya que si no nos quedamos sin duelos sevillanos…Otra cosa.

A no ser que me haya equivocado, la criada de Soult, clave del relato, se llama Elena o así lo pone en la página 227, aunque Elenita, por arte de magia, se transforma a partir de la página 293 en María. Como para llevar la cuenta de los personajes en "Juego de Tronos, vamos". Quizás se llamaba la mujer María Elena… Y los franceses pensarán de los españoles que son estúpidos pero anda que no recelar de la criada teniendo taaaantos sospechosos que limpiasen las habitaciones de Soult. Aquí tonto el último. En fin, como he dicho antes, no sigo que me pierdo.

Andrés González-Barba Capote

La parte de la trama que tiene a Teresa como eje central está mejor llevada, también es más lineal, y se ve que el escritor tenía claro a donde quería llegar con ella, lejos de cuadros de Murillo y conspiraciones varias. Pero no deja de resultar fría y poco profunda psicológicamente. En las entrevistas que dio González- Barba, y él mismo en los agradecimientos, se reconoce la influencia de “Otra vuelta de tuerca” de Henry James… y recordar esa novela es en su caso un error porque comparar la agudeza psicológica de James, que siempre deja abierta una puerta a una segunda lectura de trama y personajes, hace que, por el contrario, su relato parezca hecho a trompicones, con unos personajes que no convencen y con unas situaciones arquetípicas descritas de forma convencional.

En resumidas cuentas, la novela del escritor sevillano está bien concebida pero mal resuelta. Está bien pensado hacer que los personajes de principios del siglo XIX hablen como la gente de su época pero eso no quiere decir que tengan que hablar como si acabasen de salir de un folletín romántico: ni siquiera en esa época hablaron así. Luego están los personajes como Cienfuegos con los cuales resulta muy difícil empatizar, no por sus actos, sino por como estos se explican ya que todo intento de profundizar en las causas morales de los mismos parecen pueriles y sin hondura, yendo de lo noble a lo “abominable” sin transición alguna. Los errores de lenguaje, la falta de revisión del texto (como en la página 327 donde sobreabunda el “carácter demasiado romántico”), no llevar bien la cuenta de personajes o días (en la página 213 es finales de junio cuando el día anterior era inicios de ese mes)… De verdad, mejor acabo.

Decir que la novela de González-Barba ha sido hecha con interés pero con resultados mediocres es lo mejor que a lo que puedo llegar. Tan solo deseo al autor que ponga más cuidado con su próxima novela porque el interés, la documentación y el deseo de hacer homenajes a las obras que admiramos está muy bien… pero el resultado debe estar, si no tan alto como nuestras miras, al menos a una medida aceptable del suelo.

Desde el océano profundo.

Compra aquí (o no) "El enigma Murillo".



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