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Evenmere, la gran mansión, de James Stoddard |
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Evenmere es una suculenta trampa que atrapa desde su primera hasta su última página, un libro del que cuesta desengancharse, una inteligente fantasía. |
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Leer Evenmere, la gran mansión (Bibliópolis) ha sido una delicia. En sus casi trescientas páginas se narra una historia de ritmo ágil y trepidante, maravillosamente construida y escrita. Evenmere es, creo yo, un oasis literario, porque compagina astucia con maestría, calidad y atracción. El tiempo que transcurrimos en Evenmere, aunque ubicado durante un prolongado intervalo de tiempo, se nos pasa volando y nos deja, al terminar, con una inapetente sensación de vacío, demandando más. Desgraciadamente, la novela se nos hace demasiado corta.
Porque Evenmere es, principalmente, irresistible. Todo en ella, desde su sinopsis de contraportada -que no la hace justicia- hasta su edición (elementos en los que nada influye un autor, pero que son definitivos a la hora de realizar una compra), parece conjurarse para llamar poderosamente la atención del lector; Evenmere es una suculenta trampa que atrapa desde su primera hasta su última página, un libro del que cuesta desengancharse, una inteligente fantasía que ocupa, desde ya, el lugar que se merece en el panteón del género, a mucha distancia de sus referencias, pero en una más que digna posición intermedia, como de transición. Lo que consigue es tan encomiable como complejo, precisamente al levantarse como complemento indispensable a las indiscutibles e incontestables obras maestras del género, de las que se sirve con reverencial respeto. No existe un libro de fantasía con mayúsculas al que no se le rinda un solemne tributo en sus páginas: desde Gormenghast, modelo más que explícito tanto por su ambientación, su tono y su pintoresca galería de personajes, pasando por los coloristas, condenados y asolados mundos de La Historia Interminable, hasta, pero sin olvidar la deuda contraída con Alicia en el País de las Maravillas o con ciertos pasajes del universo de Cthulhu, con una nada velada alusión al mundo de Terramar, tanto en el concepto de la magia que existe, subsiste y persiste, como en sus nada agradables y demoledores consecuencias.
Ahora bien, debo achacarle a James Stoddard, su semidesconocido autor, una gran incapacidad para dotar a su ágil, fluida e inteligente creación de la habilidad necesaria para reciclar esos ingredientes prestados y convertirlos en elementos propios. Evenmere queda convertida en una novela de funambulista, en equilibrio constante y precario entre demasiadas ideas "heredadas". Es verdad que, en estos tiempos que corren en que se ha escrito casi todo y de todas las formas posibles, resulta casi imposible crear nada nuevo sin que se aprecie una extrapolación de contenidos de libros anteriores; esta circunstancia es inherente a la literatura, pero del todo ajena a Evenmere, ya que, si en otros libros, pueden encontrarse referencias tamizadas por el filtro del autor de turno, aquí Stoddard fracasa en su intento de hacer que su gran mansión posea una identidad personal -aunque el breve y lacónico apéndice analítico del final se empeñe justamente en afirmar, continuamente, lo opuesto- de forma que muchas de sus situaciones, habitaciones o moradores son demasiado identificables para un lector de fantasía con un bagaje medio. El resultado satura por la cándida inocencia y la acusadora evidencia de muchas de las escenas del libro: el momento en el que Carter Anderson y su hermano Duskin encuentran a su padre, Lord Anderson, es tan parecido al instante en que Ged/ Gavilán y Lebannen se topan con Araña en el Inframundo de La costa más lejana, que parece un calco; igulamente, puede decirse lo mismo del reino de porcelana de Velth, de una estética tan clavada a los reinos de Alicia que, sinceramente, desconcierta; la oscuridad que libera "el policía", el antagonista de la historia, que todo lo engulle dejando a su camino un caos de destrucción, tiene un parecido idéntico con la Nada que asola la Fantasía de Ende... Por cosas como estas, Evenmere queda reducida a una idea brillante pero desnuda, que no ha sabido arroparse de herramientas propias. Es una verdadera lástima, porque cuando Stoddard intenta tirar de elementos de su propia cosecha, su narración se resiente y reitera ligeramente.
Los peligros que acechan a los hermanos Anderson durante la segunda parte del libro son tan similares entre sí que el lector no podrá evitar tener la impresión fundada de haberlo leído ya antes. Salvo honrosas excepciones, como la "fase" (sí, habeis leído bien: a ratos he pensado que Evenmere estaba edificado a base de pantallazos de videojuegos; en concreto, la sección del reloj me recordaba demasiado a la saga Castlevania) de la Torre del reloj, espléndida y angustiosa, por lo menos durante sus inicios, la gran mayoría de situaciones de riesgo se limitan a eternas persecuciones entre las hordas malvadas y los protagonistas que se resuelven casi siempre con el afortunado encuentro de una zona segura, ya sea por inalcanzable o por secreta, entre los vericuetos de la mansión. Y si, por alguna casualidad, no introduce estas largas carreras en pos de la supervivencia, Stoddard mete otras situaciones que, aunque bellísimas, vibrantes y rematadamente bien escritas, no pueden evitar su condición de añadido fortuito, como con calzador.
Pero si hay algo de lo que quiero protestar enérgicamente es de la conveniencia de mezclar literatura con simbología religiosa y política. No creo que nadie vaya a sentirse ofendido en las páginas de este Evenmere que es, ante todo y sobre todo, ficción fantástica. Ni siquiera yo mismo creo que nadie vaya a escandalizarse por el hecho de que los enemigos de los Anderson sean "anarquistas" que buscan el Caos, la Entropía para, desde allí, levantar una nueva sociedad (algo así pretendía Pirañavelo en los libros de Titus y nadie, que yo sepa, interpretó Titus Groan o Gormenghast, como panfletos). Mi condena tiene más de reflexión que de crítica porque opino, muy sinceramente, que tanta predilección por angelitos, mitos bíblicos, pecados, palabras tomadas en vano y deshumanización del enemigo en cuanto caterva bárbara y estúpida, corta el ritmo de la narración, imprimiendo un efecto dudoso e inútil. Tanta parafernalia acaba resultando poco práctica, pues, en el legítimo intento de Stoddard por embellecer y recargar las estancias de su Evenmere (logrando maravillosos escenarios imposibles) o de construir personajes carismáticos, logra justamente, lo contrario, distrayendo la imaginación del lector (entre otras cosas, por la reiteración antes aludida) o permitiendo que crezca dentro de él la sensación de que se le están contando cosas muy bonitas y trascendentales, pero que muy poco o nada tienen que ver con lo que nos ocupa. Que el viejo relojero se llame Enoch y sature sus diálogos con recuerdos de Dios y del Edén está muy bien, mas, ¿qué sentido tiene para un lector al que, desde la primera página se le ha malacostumbrado con un relato de aventuras, acción y vértigo?. Si no fuera por su abundancia, estoy convencido de que no habría un alma (por usar la jerga al uso) que no estuviese convencido de las intenciones benévolas y venéreas del autor; al proliferar las referencias religiosas (presentadas con respeto y cuidado) y las políticas (en ocasiones, descritas con gran virulencia), sin embargo, puede llegarse a pensar, en alguna que otra ocasión, de manera inversa. Eso sí, Evenmere no son ni los cuentos de Andersen ni las novelas de George Orwell.
Evenmere es novela de iniciación y aprendizaje. Dividida en dos partes, una en la infancia de Carter Anderson (el protagonista que debe su nombre a Lin Carter, amigo y colaborador de Robert Howard) y la otra ya en su etapa adulta, describe la historia de un viaje iniciático en busca de la sabiduría y la ataraxia, claves para llegar a domeñar los misterios de la mansión. Las estampas de infancia son esplendorosas, idílicas, logradísimas: el mundo está visto a través de los ojos de un niño, por lo que todo es juego, curiosidad, castigo. Una trastada aparentemente inofensiva del pequeño Carter acaba llevando a la desgracia a su familia, desencadenando el conjunto de sucesos que articularán la trama. Esta etapa de la vida estará muy arraigada en el Carter ya adulto, quien, a veces, no podrá dejar de comportarse como un niño. Es una suerte de Peter Pan pero en un mundo aún más hostil, en donde se lucha día sí y día también por no morir. El camino en pos de las llaves maestras, las que abren todas las puertas incluso las prohibidas, le permitirá irse conociendo a sí mismo, pues sólo así llegará a ser señor de Evenmere. No estará sólo: en su periplo le acompañará y asesorará Duskin, su medio hermano, fruto del segundo matrimonio entre Lord Anderson y Lady Murmullo, madrastra extraída de algún cuento clásico (por su nombre, podría ser criatura de Peake); Brittle, el sabio mayordomo, conocedor de todos los entresijos que esconde la Gran Mansión (y protagonista de un final sumamente decepcionante); Chant, el farolero poeta; Hope (su apellido no es casual), abogado y amigo... Una variopinta fauna que cumple con eficacia sus estrafalarios encargos en los muros aún más estrambóticos de ese mundo variado y ancho que es Evenmere y sus pasillos, comunicados entre sí por el Círculo Blanco, especie de hall donde confluyen los distintos países que limitan y a la vez pertenecen a la mansión.
En la bien llevada dicotomía infancia/ madurez reside,finalmente, una de las claves de la obra: Carter representa la savia nueva, la renovación; Lord Ashton Anderson, lo viejo, lo caduco. Evenmere es un desgarrador canto sobre la vida, una magistral alegoría sobre el deseo de vivir. Enoch la definió muy bien: "Evenmere es una aventura grandiosa, después de todo".
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