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En una galaxia muy lejana... |
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Se acerca el episodio III, pero no debemos olvidar que existe toda una Saga detrás, que levanta pasiones entre millones de fans en el mundo entero. |
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Ahora que se acerca la conclusión de la que, sin mucha dificultad, es la saga más famosa e influyente en lo que llevamos de historia del cine, no vendría mal echar un vistacillo atrás y recordar la gestación de unas películas con las que muchos hemos crecido y que son algo más que los recuerdos de nuestra infancia-adolescencia. “La guerra de las galaxias” supuso un cambio radical en la forma de hacer y entender el cine en el último tercio del siglo XX. Trajo también aires nuevos a un mundo que luchaba por combatir la pérdida de espectadores frente al auge de la televisión, que aún estaba buscando un sitio entre la espectacularidad y clasicismo del cine de estudio, cuya fórmula se agotaba a finales de la década de los sesenta, y la crudeza y frescura de los nuevos cineastas de los setenta.
Pocas veces se tiene la certeza de que una sola película ha revolucionado el cine. El caso de “La guerra de las galaxias” es uno de ellos. Una historia que comenzó en una galaxia muy lejana, una galaxia sin ordenadores, extras informáticos o complicados softwares de manejo de extras. Una galaxia en la que, frente a la falta de medios, lo que contaba era la imaginación.
El comienzo: Una nueva esperanza
En el año 1973 un jovenzuelo extremadamente delgado, apocado, de pelo negro, abundante barba y grandes gafas recorría los estudios con una idea estrambótica en mano: una “soap opera” espacial, un intento de revivir los seriales de los años treinta con “Flash Gordon” a la cabeza. Este sujeto se llamaba George Walton Lucas y contaba veintinueve años. Tenía a sus espaldas estudios cursados en la Escuela de Cine de la Universidad Sur de California, un corto allí realizado que posteriormente se convirtió en la película “THX-1138” y una comedia que reflejaba la última noche de una panda de amigos entre coches y chicas, “American Graffiti”.
Amigo y compañero de otros jovenzuelos raros de la época como Francis Ford Coppola, Brian de Palma, Martin Scorsese o Steven Spielberg, su primera película le había supuesto también su primer fracaso. “THX-1138” (1971), desarrollada a partir de un corto de 20 minutos de su época universitaria, era una de las primeras películas que había conseguido realizar bajo los auspicios de Warner y ayudado por Coppola y la productora que éste había fundado, “American Zoetrope”. Cuando los ejecutivos de Warner vieron el resultado de su inversión, “aquello”, por decirlo suavemente, les sonó a chino. Retiraron la financiación y Lucas, Coppola y su prácticamente recién fundada productora se quedaron en la cuerda floja.
De este incidente nació la película más “normal” de Lucas, la ya mencionada “American Graffiti”. Producida por los estudios Universal, a pesar de las primeras reticencias de sus dirigentes la película fue uno de los grandes éxitos del 1973. Y en esta situación nos encontramos con el jovenzuelo de enormes gafas que se pasea por los estudios al principio de este reportaje.
La idea de Lucas era cuanto menos extraña. Una película de ciencia ficción que se alejaba radicalmente de propuestas anteriores como “2001: una odisea en el espacio” o “El Planeta de los Simios”, que no jugaba con la idea de sociedades futuras ni introducía moralejas apocalípticas. Y aunque las películas mencionadas habían dado algo de prestigio al género de la Ciencia Ficción, la propuesta de Lucas sonaba demasiado a “serial mañanero”. Varios estudios se negaron a acoger su proyecto hasta que Lucas dio con la puerta de Alan Ladd. Productor en Twentieth Century Fox, Ladd vio talento en aquel jovencito tímido y le ofreció un precontrato que permitió a Lucas comenzar a escribir el guión para su película.
La historia pasó por muchos cambios hasta adquirir la forma que conocemos hoy. En Internet existen páginas en las que se recogen los primeros borradores y guiones del proyecto. Leyendo el primer esbozo del argumento (1973) es inevitable no pensar en la entretenida película “La Fortaleza Escondida” del maestro Akira Kurosawa (1958). Los primeros ingredientes de la historia son idénticos: en el planeta Aquilae, una princesa destronada protegida por un general (Luke Skywalker) debe abandonar territorio conquistado portando el tesoro de su familia (aquí encontramos reminiscencias de la obra “Dune”, de Frank Herbert. El tesoro no es un fortuna en oro, como en el caso de la película de Kurosawa sino una especia llamada “aura”). Su destino, tierras más amigables. Sus compañeros, dos burócratas que confunden a la princesa y al general con granjeros y que constituyen un recurso cómico, desempeñando el mismo papel que los dos sufridores ladrones de “La Fortaleza Escondida”. En sucesivos borradores la historia fue tomando la forma actual: surgió Han Solo, se diluyeron las referencias a “Dune” y a la película de Kurosawa, Luke adoptó definitivamente el apellido Skywalker después de tomar el de Starkiller, pasó a ser un humilde granjero, y tomó forma el concepto de la Fuerza.
El primer presupuesto para “La guerra de las galaxias” era de unos, hoy ridículos, ocho millones de dólares. Los estudios se encontraron en la negociación económica con algo inaudito: el joven Lucas no quería el aumento de sueldo que la Fox le ofrecía por el éxito de su anterior película “American Graffiti”. En lugar de eso pidió el control sobre las posibles continuaciones de la película y sobre el merchandising. Hoy en día, un estudio batallaría duramente por estas dos cosas. En 1977 y ante una película que tenía todo el aspecto de ser un entretenimiento barato de serie B, los directivos de Fox dijeron que sí sin pensarlo.
Así, en 1975 comenzó la preparación de la película. Se contrataron actores prácticamente desconocidos: Mark Hamill, procedente de la televisión, una jovencísima Carrie Fisher que contaba con solo 18 años (si uno mira su álbum familiar se encuentra con su madre, Debbie Reynolds, debutando en el cine a la misma edad y nada menos que junto a Gene Kelly, en “Cantando bajo la Lluvia”) y Harrison Ford. El más conocido de este grupo de desconocidos, Ford había trabajado con Lucas en “American Graffiti”, en una breve aparición. Por eso mismo, el director no le quería para el papel. Buscaba caras nuevas. Ford, que no terminaba de encontrar su sitio en el cine, había trabajado por aquella época en otras películas como “La conversación” (Francis Ford Coppola, 1974) pero siempre como secundario. Frecuentador del círculo de Lucas, éste acabó llamándole para que ayudara a los actores a leer sus papeles y el resultado acabó gustando tanto al director que venció sus reticencias iniciales y le contrató. Ahí fue donde nacieron Han Solo y el propio Harrison Ford.
Las únicas caras conocidas del reparto eran Alec Guinnes y Peter Cushing. El primero era el actor de mayor prestigio de la producción. Inglés, con una gran facilidad para los acentos y asiduo del cine de David Lean, había tenido un papel destacado en las tres películas que conforman la “trilogía épica” del gran director inglés: “Lawrence de Arabia” (1962), “Doctor Zhivago” (1965) y “El puente sobre el Río Kwai” (1957) pero también había participado a las órdenes de Lean en películas más pequeñas como “Cadenas rotas” (1946) y “Oliver Twist” (1948). Peter Cushing a su vez era muy conocido por otro tipo de películas: la saga de “Drácula” de la productora Hammer.
El rodaje de su sueño fue un infierno para Lucas, lo cual explica que no quisiera ponerse tras la cámara en las dos continuaciones de la saga. Parte de la película se rodó en Túnez donde se ambientó el planeta desértico Tatooine. Nada más llegar, una tormenta de agua como no habían visto los lugareños en cincuenta años destrozó los decorados. Esta rareza, unida a las grandes dificultades puramente técnicas de rodar en el desierto (las altas temperaturas estropeaban con frecuencia las cámaras y el sensible celuloide) y a los retrasos, causaron en Lucas una buena depresión.
Cuando abandonaron Túnez y volvieron a rodar en los estudios de Inglaterra las cosas no mejoraron. A Lucas le costaba hacerse entender con los actores y estos llegaron incluso a plantearse alguna que otra rebelión contra aquel tipo que les escribía cosas absurdas y nunca les hacía saber lo que quería. Por si fuera poco, el tiempo concedido por la Fox para el rodaje se acababa. Desde Estados Unidos, Alan Ladd le pidió a Lucas que acabara como fuera en una semana. Y Lucas lo hizo. A un ritmo estresante, pero lo hizo.
El estreno de “La guerra de las galaxias” estaba previsto para las Navidades de 1976 pero resultó imposible cumplir con esa fecha. Problemas en el montaje, que finalmente Lucas y su mujer, Marcia, tuvieron que hacer por sí mismos después de despedir al montador contratado por Fox, y con los efectos especiales, que no eran ni siquiera mínimamente decentes, llevaron a la productora a retrasar el estreno al verano de 1977.
Con este tiempo extra, el montaje estaba cada vez más pulido y la pista de sonido, con multitud de efectos extraños para la época (los láser, los pitidos de R2D2, el sonido de las naves), iba tomando forma pero aún faltaba algo. En una proyección privada para sus amigos, Steven Spielberg fue el único que vio el potencial que había en la película de su amigo Lucas pero también intuyó que necesitaba algo más. Ese algo era la banda sonora. Spielberg puso a Lucas en contacto con un músico con el que ya había trabajado en “Tiburón” (1975): John Williams. Conocido en sus comienzos como Johnny Williams, este músico había comenzado su carrera trabajando en televisión. Suyos son los temas de “Perdidos en el espacio” (1965) o “La Isla de Gilligan” (1964). Sus trabajos en cine iban desde la estupenda pero muy poco conocida comedia “Como robar un millón” (William Wyler, 1966), en la que hoy día nadie reconocería el estilo Williams, hasta películas de catástrofes de los años setenta como “Terremoto” (Mark Robson) o “El coloso en llamas” (Irwin Allen), ambas de 1974, pero todos palidecen ante lo que supuso la banda sonora de “La guerra de las galaxias” para la historia de la música cinematográfica y para la carrera del propio Williams.
“La guerra de las galaxias”, la estrafalaria película en la que nadie creía y que pocos entendían, se estrenó al fin para gran alivio del joven Lucas el 25 de Mayo de 1977. El resto de la historia es conocida. En el momento de su estreno solo 37 salas aceptaron proyectarla en todo Estados Unidos. Un mes después, el país entero estaba loco por esa extraña historia de princesas guerreras, granjeros de humedad y robots parlanchines. Todos los sufrimientos de este inexperto director se vieron recompensados con un éxito de taquilla sin precedentes que resucitó la casi desaparecida sensación de asombro del espectador cinematográfico. Una sensación que muchos han comparado a la que debieron sentir aquellos incautos habitantes del mundo casi decimonónico de 1902 al asomarse a la pantalla del primitivo cinematógrafo y ver saltar de ella a los peculiares selenitas del “Viaje a la Luna” de George Melies.
La aventura continúa: El imperio contraataca
Después del éxito que supuso “La guerra de las galaxias” cualquiera esperaría que la elaboración de su continuación resultase sencilla. Nada más lejos de la verdad. Aunque a Lucas le avalaba el éxito y ya no le miraban como a un loco cuando hablaba de universos planetarios y naves espaciales, la gestación de “El imperio contraataca” tuvo también sus problemas.
Parte del rodaje de los exteriores que representaban el planeta helado de Hoth se rodó en tierras noruegas. Como si el número cincuenta estuviese irremediablemente asociado a la climatología de los rodajes de “La guerra de las galaxias”, el equipo desplazado al país nórdico se encontró con el peor invierno del último medio siglo. Aludes y tormentas de nieve que pusieron en riesgo incluso la vida de parte del equipo aderezaron el rodaje en exteriores al igual que la lluvia había “alegrado” la estancia de Lucas en Túnez tres años antes. Hubo que desarrollar a Yoda y no solo eso, que pareciera algo más que una marioneta verde. El pequeño maestro Jedi era el nuevo personaje más importante de toda la película, si no resultaba creíble el producto final se resentiría gravemente. El nuevo director, Irvin Kershner, sobrepasó el presupuesto asignado y se retrasó en los plazos del rodaje. Por lo primero, Lucas casi se vio al borde de perder el control de la película cuando el Bank of America Entertainment le comunicó que si el presupuesto seguía aumentando se les suspendería el préstamo con el que estaban financiando la película. Y es que Lucas estaba pagando esta continuación prácticamente de su bolsillo. Fox se limitaba a distribuirla, pero la amenaza del banco más importante de la industria del cine podía acabar con la película en manos del estudio que había hecho posible la primera entrega, con la pérdida de independencia y control que para Lucas suponía. Afortunadamente para él, finalmente no fue así.
“El imperio contraataca” supuso también una serie de cambios en el universo de “La guerra de las galaxias”. Como ya mencionaba, se contrató otro director pues, después de las experiencias pasadas en “La guerra de las galaxias”, Lucas no quería volver a ponerse tras una cámara. Además, estaba demasiado enfrascado en conseguir financiación y sacar adelante su empresa insignia, Lucasfilm. Por ello contrató a Irvin Kershner, un director que había trabajado en televisión y en cine pero que era más bien desconocido. El director, asustado por la magnitud de la empresa y por el miedo a dirigir una segunda parte que quedaría relegada a caminar bajo la sombra de un mito rechazó la oferta hasta que un conveniente “¿Estás loco? ¡Hazla!” proferido a voz en grito por su agente hizo que Kershner se replanteara la monstruosa oferta.
Lucas también delegó en el terreno del guión y lo hizo en uno de los mejores guionistas de la época: Lawrence Kasdan. Asociado a Lucas y Spielberg por los guiones de “Indiana Jones” y las secuelas de “La guerra de las galaxias”, Kasdan se encontró con una historia radicalmente diferente a su predecesora. Lo que había sido una historia de iniciática de aventuras, luminosa y divertida se convertía en esta entrega en una oscura “road movie” con unos personajes mucho más humanos y una revelación sorprendente que de no ser tratada con seriedad podía dejar en ridículo a la película: Darth Vader, la siniestra figura de oscura vestimenta y no menos oscuras intenciones era el padre del ingenuo en camino de la madurez Luke Skywalker. Kasdan hizo un trabajo magnífico creando algunas de las situaciones y diálogos más memorables de la saga. ¿Quién no ha imitado delante del espejo la escena de la revelación de Darth Vader? ¿O los míticos encontronazos verbales entre Han y Leia? ¿O el monólogo sobre la Fuerza del maestro Yoda? El final, atípico incluso para nuestros tiempos, cerraba una entrega más madura, más oscura y ciertamente diferente a su predecesora. Lo menos parecido a lo que los estudios entendían por una secuela. Hoy en día, es para muchos la mejor película de la saga.
Pero la decisión de Lucas de no incluir títulos de crédito al principio de la película, algo que hoy es el pan de cada día, le proporcionó en 1980 el último quebradero de cabeza: los sindicatos de guionistas y directores de Hollywood, que le habían permitido la extravagancia en 1977, no la aceptaron tres años después. La broma le costó a Lucas una multa de 250.000 dólares. Este tratamiento hizo que abandonara ambos sindicatos y la Motion Picture Association, una jugada que tendría importantes consecuencias para la siguiente película de la saga.
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