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El olivo, de Icíar Bollaín: una fábula familiar, ecologista e íntima


Natalia Calvo   16/05/2016
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     Es una película que se bebe como un sorbo, que te deja pensando en la familia, en el mundo, incluso en los árboles del parque.
El olivo, de Icíar BollaínDa gusto ver las salas de los cines llenas un miércoles por la tarde, fiesta del cine de por medio. Aunque no era esta la película que en principio habíamos elegido para ver (nos llamaba más "Trumbo"), gracias al trailer repetido hasta la saciedad en televisión e Internet de "El olivo", decidimos darle una oportunidad. Acierto total.

La película tiene una trama a priori sencilla: el abuelo de la familia es poseedor de un olivo milenario al que trata como a un dios de la tierra. Sus hijos, envueltos en deudas, deciden venderlo como árbol ornamental a pesar de la oposición del padre. Cuando la edad hace mella, el abuelo recuerda el olivo como parte de sí mismo, y decide dejarse morir mientras lo echa de menos. Para ayudarle, su nieta Alma intentará recuperarlo.

Icíar Bollaín es una de las directoras referente en España. Denostada por muchos que sólo aparecen por las salas para engullir palomitas ahogadas por los gritos, golpes y explosiones de fondo, ha ganado dos premios Goya, como directora y guionista por “Te doy mis ojos”. Además, posee una larga carrera como actriz como autora de: “Ken Loach. Un observador solidario”. De hecho, el guión de “El olivo” corre a cargo de Paul Laverty, guionista de Loach y marido de Bollaín desde que se conocieran en “Tierra y Libertad”.

En el reparto encontramos caras más o menos conocidas, como la de Anna Castillo (“Promoción fantasma”, “Oro”) y Javier Gutiérrez (“La isla mínima”, “Águila Roja”), aunque los desconocidos para el gran público Pep Ambrós, Manuel Cucala y Miguel Ángel Aladrén, están enormes a lo largo del film.

No se trata de una road movie en sí, aunque la mayor parte de ella se desarrolle a lomos de un camión camino a Düsseldorf. Ni siquiera de una pequeña fábula familiar, un cuento con principio y final y sin más profundidad. En “El olivo” se tocan infinidad de temas importantes, de actualidad y que afectan de una forma u otra a todos los seres humanos.

El olivo, de Icíar Bollaín

En principio, las relaciones familiares entre nieta y abuelo forman una constante en la historia de la humanidad. El abuelo que ha sido duro con sus hijos pero es perfectamente cariñoso con los nietos, aportando ese conocimiento que el salto generacional convierte en algo sorpresivo e interesante para todos los que no tuvieron que aprenderlo a golpes o porque sí.

Así que Alma y el abuelo forman una pareja perfectamente dramática que se compensa a lo largo de todo el filme, incluso cuando ella y él están separados. Con el contrapunto de su padre, Ramón, quien considera que el abuelo está en las últimas y ha perdido la cabeza; algo que al principio también entiende Alcachofa, pero que, en el papel del tío comprensivo que todos y todas tenemos, se da la vuelta para más o menos ayudar a su sobrina. Los momentos dramáticos de la película están repartidos entre el abuelo, Alma y Rafa en mayor medida y Alcachofa, un poco menos, ya que es también el contrapunto cómico y afectuoso del filme.

El olivo, de Icíar Bollaín

Qué decir tiene que, para lograr esta conexión se necesitan unos actores muy potentes. Anna Castillo está enorme durante toda la película, no hay ningún momento que flaquee y es totalmente creíble tanto en su relación íntima con el abuelo, el odio supino al padre, y los momentos de relajación con sus amistades. Incluso Inés Ruíz, que interpreta a Alma de niña está inconmesurable.

Javier Gutiérrez podría pasar por el típico actor “encasillado”. Lo entrecomillo porque nos deleitó con su trabajo en “La isla mínima” y otras películas, pero el gran público lo conocerá por su papel de Sátur en “Águila Roja”. Sin ninguna pega en él, sin embargo, merece la pena ver a Gutiérrez en la piel de Alcachofa. Igual que Anna Castillo, se apega a su personaje, lo hace suyo de tal manera que parece que lleva siendo su tío toda la vida, un papel hecho a medida, con sus momentos cómicos pero intensamente dramáticos, al ser uno de los que más ha sufrido de la película y llevarlo con el honor que le queda. Actorazo.

El olivo, de Icíar Bollaín

Por lo demás, Pep Ambrós está correcto, aunque su carga dramática es mucho menor. Miguel Ángel Aladren, el padre de Alma, sin embargo, tiene pocas escenas, poquísimas, pero todas ellas con una enormidad de sentimientos que inundan la pantalla y hacen un dúo perfecto entre padre e hija imposible de superar. Por su parte el abuelo, interpretado por Manuel Cucala es una figura imprescindible, el eje vertebrador, junto con el árbol, de la película. Aunque mudo, afectado por la edad, cada vez que sale en pantalla es el protagonista absoluto, porque transmite a la perfección la desesperación primero y la pérdida del interés vital, ese ser el estorbo de la casa, sin opinión, sin sueños y sin su olivo.

La fotografía es espléndida en toda la película, con su variedad de tonos apoyando a la narración, su calor en España y los colores fríos en Düsseldorf cuando el sueño parece no poder cumplirse. Hay imágenes sobrecogedoras, encuadres de cámara que merecen un estudio aparte y que enriquecen totalmente la película, haciéndola redonda.

El olivo, de Icíar Bollaín

Quizá hay algunas partes del guión que podrían eliminarse y no hubiera pasado nada, como la historia de las activistas –por casualidad- alemanas, que aporta un simbolismo un poco vacuo y forzado con la historia, dado que saca al espectador de la misma metiéndola en temas ecologistas que tienen que ver relativamente pero no representan el tema principal. Aun así, quitando pequeñas vaguedades, es una película que se bebe como un sorbo, que te deja pensando en la familia, en el mundo, incluso en los árboles del parque por el que paseábamos con abuelos y padres hace tiempo. Es un ideal, un sentido de tribu bien enfocado el que mueve a Alma y consigue mover a todos los espectadores.

Aunque sólo por las interpretaciones de Anna Castillo, Javier Gutiérrez y Manuel Cucala ya merece la pena. ¡Denle una oportunidad!


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