Atracos a bancos, estafas inmobiliarias, blanqueo de dinero… son presencias destacadas en las páginas de los principales periódicos nacionales y cabeceras de telediarios, y es que la apropiación de lo ajeno es uno de los medios de vida más lucrativos que existen. El atractivo que despiertan este tipo de individuos al margen de la ley, no ha pasado desapercibido a los guionistas de cine, quienes desde el principio comenzaron a incorporar estas historias en todo tipo de tramas, obteniendo importantes beneficios económicos en taquilla.
La inminente llegada a nuestras pantallas de “Ocean’s 13”, es una excusa perfecta para realizar un repaso no sólo a toda la saga, sino también a los ladrones cinematográficos más importantes de todos los tiempos.
Los ladrones aventureros y los forajidos de leyenda.
Dentro del género de aventuras son diversos los ladrones que nos podemos encontrar, desde los piratas que surcan los siete mares, a los habilidosos rateros extraídos de los relatos de las mil y una noches, importante fuente de inspiración cinematográfica como lo demuestran los títulos “El ladrón de Bagdag”(1924) de Raoul Walsh con Douglas Faibanks al frente del reparto, o “Aladdín”(1992) versión animada del personaje de Alí Babá realizada por la factoría Disney.
Pero si hablamos de ladrones aventureros y embaucadores, sin duda el más destacado de todos ellos, es Robin Hood. Figura a medio camino de la realidad y la leyenda, su historia ha conocido diversas adaptaciones; la más destacada dentro de la época dorada “Las aventuras de Robin Hood” (1938) de Michael Curtiz, protagonizada por Errol Flynn con el estupendo Basil Rathbone como el Sheriff de Notinghan. En los setenta dos joyas, la versión animada de Disney “Robin Hood” (1973); y “Robin y Marian” (1976) de Richard Lester, versión crepuscular del mito interpretada por Sean Connery y Audrey Hepburn. En los noventa el mito resucitaría con “Robin Hood, el príncipe de los ladrones” (1991) de Kevin Reynols, protagonizada por Kevin Costner.
Aunque si existe un género donde las tramas de atracos encontraron un filón interminable fue en el western. La presencia de diligencias, bancos llenos de oro o incluso incautos colonos, se convirtieron en la excusa perfecta para presentar una variada galería de forajidos con los que justificar el empleo de la violencia o ejercer velados homenajes a legendarias figuras del salvaje oeste.
De entre la amplia nómina de títulos se pueden destacar “Asalto y robo a un tren” (1903) de Edwin S Porter, donde se incluyen una de las escenas de mayor impacto del primitivo cine, el primer plano de un ladrón con aspecto amenazador que apunta al público con un revólver, haciéndole partícipe del atraco.
En otros casos son las figuras legendarias las verdaderas protagonistas como Billy el niño, Pat Garret, Butch Cassidy y Sundance Kid entre otros que brillaron con luz propia en títulos como “Arma joven” (1988) de Christopher Cain con Emilio Estevez al frente del reparto; “Dos hombres y un destino” (1969) de George Roy Hill, con Paul Newman y Robert Redford; y “Pat Garret y Billy the Kid” (1973) dirigida por Sam Peckinpah, quien también exploró esta temática en “Grupo Salvaje” (1969) donde se puede observar uno de los asaltos más espectaculares de la historia del cine.
La dualidad del oficio
Los ladrones siguen pautas de comportamientos distintas, por un lado se encuentran aquellos dotados de una habilidad especial para desempeñar su oficio, que consiguen llevarse el botín sin dejar víctimas a su paso. Pero en la otra cara de la moneda están aquellos grupos que se mueven por codicia e intereses personales, capaces de llevar al traste el atraco perfecto. Esta dualidad ha sido convenientemente explotada en el ámbito cinematográfico, presentando tanto el aspecto amable, como la imagen más amarga.
En el primer caso, el ladrón suele ser un hombre atractivo, elegante y sofisticado, de guante blanco, que realiza su trabajo en completo sigilo sin dejar víctimas a su paso. Este estereotipo brilla en títulos como “Atrapa a un ladrón” (1955) de Alfred Hicthcock con Gary Grant y Grace Kelly; “Cómo robar un millón” (1966) de William Wyler con Peter O’Toole y Audrey Hepburn; y “Arsene Lupin” (2004) de Jean-Paul Salomé, recreación de las célebres aventuras del astuto ladrón literario, interpretado por Romain Duris acompañado de kristin Scott Thomas.
A veces el ladrón no es lo sofisticado que podría esperarse en un principio, sino que se trata de pobres diablos que ponen sus mejores intenciones en un plan condenado al fracaso, siendo las surrealistas situaciones a las que deben hacer frente, un pretexto para la comedia. Sin duda el mejor ejemplo lo tenemos en la saga de la pantera rosa creada por Blake Edwards, destacando especialmente las entregas protagonizadas por Peter Sellers, donde se ansiaba la búsqueda de un impresionante diamante. Sin olvidar el retrato realizado por Woody Allen en “Ladrones de medio pelo”(1999), donde lo que en principio iba a ser una tapadera, la venta de galletas, se convierte en un negocio más lucrativo que el propio atraco.
En nuestro país tenemos varios ejemplos, “Los ladrones somos gente honrada” (1941) de Ignacio F. Iquino, adaptación de una célebre comedia de Enrique Jardiel Poncela; la cinta conocería una nueva versión en 1956 dirigida por Pedro L. Ramírez y protagonizada por Julia Caba Alba y Pepe Isbert entre otros. En 1962 José María Forqué dirige “Atraco a las tres”, simpática cinta donde unos empleados de banca, capitaneados por José Luis López Vázquez, deciden realizar un atraco profesional a la sucursal donde trabajan, siguiendo los modelos americanos.
En el lado contrario, aparecen las historias de atracos alejados del glamour, mostrándose el lado más sangriento de la profesión, ese que aparece de forma inesperada cuando las cosas no salen como se habían planeado en un principio. Stanley Kubrick ya lo dejó claro en la que es considerada su obra maestra “Atraco perfecto” (1956), donde un robo cuidadosamente planificado trae consecuencias inesperadas debido a una traición imprevista. En 1967 en plena decadencia del viejo star-system, Arthur Penn estrena “Bonnie and Clyde”, protagonizada por Faye Dunaway y Warren Beatty, recrea las hazañas de los míticos ladrones, abocados a un trágico final. La cinta causa gran conmoción en la época por la violencia explícita de sus escenas.
Un concepto de la violencia similar se encuentra en la ópera prima de Quentin Tarantino, “Reservoir dogs” (1992), donde un grupo de ladrones impecablemente vestidos, tras huir de forma aparatosa del lugar del atraco, hacen balance de su situación llegando a la conclusión de que existe un traidor entre sus filas. La película supuso una auténtica revolución, traspasando las fronteras de lo estrictamente cinematográfico, al convertir en sus hombres de negro en fuente de inspiración para programas televisivos de éxito.