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True Detective, segunda temporada: trama demasiado enrevesada y fuera de control


Fco. Martínez Hidalgo   05/03/2016
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     Los diálogos y los monólogos semejan impostados, restando originalidad y personalidad a unos personajes que quedan reducidos a clichés.
Ya lo dicen los pilotos: en todo plan de vuelo no hay maniobras más difíciles que las del despegue y el aterrizaje. En la producción de cualquier proyecto audiovisual pasa tres cuartas partes de lo mismo. Sin embargo, el pasajero tiene una perspectiva del vuelo completamente diferente y eso, querámoslo o no, acaba condicionando todo el sentido del viaje. Un despegue aparentemente sencillo, dulce, incluso sumamente placentero, puede hacernos olvidar que la maniobra ha sido de todas formas complicadísima y, de paso, por analogía o proyección, incluso podemos llegar a pensar que el aterrizaje será igual. Este es un error de confianza tan común como puede ser de fatal. Y este error es el que una gran parte del público de "True Detective" cometió con su primera temporada, para encontrarse de bruces con la realidad en la segunda.

El primer paso de este error fue el de creer que la primera temporada era mucho más de lo que, en el fondo, es. Todo porque existía un personaje, el de Rust Cohle (Matthew McConaughey), por el que parecía emanar un existencialismo y nihilismo filosófico denso y fundamentado cuando, in fine, solo eran juegos de guion disfrazados de galimatías incomprensibles. Ese rastro filosófico parecía corporeizarse cuando esa huida hacia adelante, esa rebeldía calculada de Cohle, contrastaba con su rudo y simplón compañero de investigación, el detective Martin Hart (Woody Harrelson); otro recurso de guion -bastante manido, por cierto- para incrementar las presuntas cualidades de Cohle. Y, mientras tanto, la trama detectivesca se desarrollaba bastante clara y directa dentro, eso sí, de un ambiente oscuro de misterio y muerte, perfectamente conectado con el imaginario urbano estadounidense respecto al medio oeste y sur del país.

True Detective: segunda temporada

Nic Pizzolatto se encumbró rápidamente como un escritor de historias imaginativo y arriesgado. Su novela "Galveston" pronto subió en las listas de ventas con la velocidad del rayo. Lo mismo que el prestigio de quien había dirigido todos los episodios de aquella temporada: Cary Fukunaga -ahora produce y no dirige, porque mientras se rodaba la segunda temporada él andaba embarcado en el proyecto de "Beasts of No Nation"-.

Pizzolatto volvió a arriesgar con el guion y producción de la segunda temporada, mientras que en la dirección se optó por un elenco variado de directores entre los que destacaron Justin Lin (eps. 1 y 2) y John Crowley (eps. 5 y 8). Precisamente estas variables, unidas a un elenco de actores más amplio e irregular, son parte de la explicación de que la serie mostrase más claramente sus costuras en esta nueva temporada. No se trata de un salto abismal de calidad, sino de una consecuencia de los cambios introducidos porque, dada la discontinuidad de sus historias, las dos temporadas de "True Detective" no podrían ser ni idénticas… ni siquiera parecidas.

True Detective: segunda temporada

Y aquí es cuando el espectador da el segundo paso en su error de exceso de confianza: pensar que la segunda temporada va a ser (o puede ser) “igual” que la primera. Viene siendo algo así como creer que lo que antes no era, ahora va a seguir no-siendo simplemente porque mantenemos y extendemos en el tiempo nuestro acto de fe.

Las diferencias de guion introducidas por Nic Pizzolatto son bastantes y profundas. Aquí el discurso filosófico existencial se substituye por la psicología analítica, donde los problemas generales con el sentido de la vida se ven substituidos por los problemas más concretos entre padres e hijos. De hecho, todos los personajes principales en la trama detectivesca tienen una relación complicada con la paternidad. Además, crece el elenco de personajes principales y, con ellos, crecen las subtramas y se complican las relaciones, haciéndose más oscuras a medida que avanza la historia, e incluso enrevesándose y liándose más y más, hasta el punto de perder el hilo conductor principal. Esta mayor complejidad desluce los monólogos iniciales, donde algún personaje da rienda suelta a sus traumas e inseguridades, y enreda los diálogos hasta parecer rebuscados, artificiosos e incluso impostados. A ningún profesional de la actuación le sienta bien el tener un libreto con semejantes carencias.

True Detective: segunda temporada

No en vano, podemos afirmar que el guion de Pizzolatto es parcialmente responsable de que los personajes de Vince Vaughn (el mafioso Frank Semyon), Kelly Reilly (Jordan Semyon, mujer de Frank), Taylor Kitsch (el agente Paul Woodrugh) y David Morse (Eliot Bezzerides) resulten exasperantemente planos y previsibles. En su caso, además, la trama detectivesca se subordina a otras cuestiones, borrando su relevancia en ciertos momentos de la serie -más evidentes cuanto más se acerca su final-, hasta llegar a convertirlos en una parodia o un cliché del padre de familia caído en desgracia e impotente ante su esposa y subordinados (Vaughn), la mujer infértil cuya infelicidad siente afecta de forma injusta a su marido (Reilly), el torturado excombatiente de Irak a quien la vida parece haberle arrebatado todo contacto con la felicidad (Kitsch), o el gurú alejado de su familia para quién es más importante pensar sobre la vida que vivirla (Morse).

Ninguno de ellos llega tan siquiera a rozar el presunto halo de trascendencia del detective Cohle, con cuyo contraste el espectador se desespera en la búsqueda de una esencia que, aunque nunca estuvo ahí, el nuevo guion muestra ese elemento más evidentemente ausente que nunca.

True Detective: segunda temporada

Por el contrario, los personajes de Colin Farrell (detective Ray Velcoro) y Rachel McAdams (detective Ani Bezzerides) se ven beneficiados de una trama detectivesca que lideran y nunca abandonan, aun a pesar de sus subtramas familiares y la querencia del guion por ellas. La rudeza de Velcoro y la persistencia de Bezzerides se asocian para resolver un caso repleto de conexiones políticas, mafiosas y criminales de pequeña monta en la pequeña ciudad californiana de Vinci (trasunto espacial de Vernon, nido californiano de corrupción). En este sentido, es sobre sus hombros donde descansa esa querencia de Pizzolatto por proyectar un imaginario espacial estadounidense sobre la trama principal del guion: en este caso, donde en la primera temporada se hablada del medio oeste y el sur estadounidenses, ahora se trata -con menor eficacia, ya que este imaginario tampoco tiene tanta fuerza como su antecesor- de las tramas de corrupción de California.

La segunda temporada de "True Detective" nos presenta una historia completamente diferente a la anterior, presuntamente más intensa y más madura, aunque este objetivo no se consigue porque los hilos principales del guion acaban fuera de control. La trama principal se desdibuja porque se enrevesa innecesariamente y las subtramas, lejos de complementar a la principal, acaban por fagocitarla hasta substituirla en puntos clave de la serie. Así haciendo, los diálogos y los monólogos semejan impostados, restando originalidad y personalidad a unos personajes que, en no pocos casos, quedan reducidos a clichés o a estereotipos clásicos. Aunque, entre este destrozo, sí se salvan con solvencia Colin Farrell y Rachel McAdams no solo porque el naufragio de guion deja a sus personajes mejor parados que al resto, sino sobre todo porque sí saben imprimir a sus personajes los matices que hacen de ellos los salvavidas de un naufragio causado por un Nic Pizzolatto, a la vista de los resultados, sobrevalorado en exceso.

A ver ahora la tercera temporada. Si vuelve Cary Fukunaga, meritorio artífice de la primera temporada, quizás haya todavía alguna esperanza.


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