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Largo domingo de noviazgo
Alejandro Serrano   17/02/2005 ( 9590 lecturas) Escribir Comentario
     Epopeya en pos de la verdad de una enamorada en liza contra la maldad inamovible, a lomos de la desesperación.
Mathilde crece triste, enferma de polio y sometida a la cojera de por vida, sin amigos ni confidentes, hasta que conoce a Manech, un vital niño, quien a base de insistencia, la devuelve al mundo de los vivos con su amistad, comprensión y voluntad, llevándola hasta límites que sólo su mente limitada por un cuerpo que sufre las secuelas de la polio, podía imaginar. Con el tiempo, ambos niños descubren íntimamente su amor, construyendo una burbuja en torno, aferrándose el uno al otro en un abrazo constante y salvador. Mathilde se siente volar, y su corazón corre desbocado allá donde su cuerpo la limita.

Pero la bienaventuranza no puede durar siempre. Como miles de historias semejantes en la Europa de principios del siglo XX, la historia de amor de Mathilde y Manech estalla de forma abrupta, con el inicio de la Primera Guerra Mundial. Francia necesita de todos sus hijos para combatir en la guerra, y Manech es movilizado como millones de compatriotas. Mathilde no puede soportar la separación, y comienza su larga lucha contra la desesperación, contra las circunstancias que le han arrebatado su vida. Incluso se imagina realizando pequeñas proezas cotidianas, retándose en un ejercicio de esperanza irreal, el último clavo ardiendo al que se aferra con tenacidad.

Manech es destinado al Frente del Somme, de infausto recuerdo para millones de combatientes, quizá la porción de tierra europea más regada con sangre humana de la historia reciente. Allí, en la trinchera Bingo Crépuscule (Bingo Crepúsculo), tras un cruento episodio de la guerra, el amor de Mathilde se desespera y reniega de la guerra: como muchos soldados, intenta automutilarse, con el fin de que le lleven al hospital, y más tarde, tras ser declarado inútil para el servicio, volver a casa. Pero el ejército le somete a un consejo de guerra junto a otros cuatro compañeros, y le condenan a muerte.

En vez de ejecuciones sumarias, sus mandos en el Somme tienen una forma más sutil de matar a los traidores: les sueltan, para que se dirijan hacia las trincheras enemigas en su fuga. Manech, con la mente destrozada después de haber vivido en el frente, ni siquiera intenta cubrirse, y en un árbol cercano (cuyo tronco sigue milagrosamente en pie tras los bombardeos), graba las iniciales de su amor, indiferente a la muerte, esperando, tras el abrazo de ésta, reunirse con Mathilde.


Ésta, mientras tanto, espera su regreso desesperada, llena de miedos, esperanzas y ensoñaciones. Con el tiempo, sus tíos, que la recogieron tras la muerte accidental de sus padres, dan a Manech por muerto, e intentan convencerla para que, a sus 19 años, rehaga su vida. Pero Mathilde se aferra a su amado, a su única esperanza, a su única vida. Harta ya de esperar noticias, se lanza a intentar descubrir la verdad sobre los sucesos del Somme. Pese a que el ejército y sus más cercanos insisten en la muerte de Manech, ella confía en su corazón, que le susurra que aún vive.

Antes que nada, Largo Domingo de Noviazgo es una historia de amor con letras mayúsculas. La guerra es tan sólo el escenario de las circunstancias que intentan ahogar el precioso y poderoso mundo nacido de los protagonistas, una unión que sólo ellos comparten. Jean Pierre Jeunet, su director, se enamoró de la novela homónima de Sébastien Japrisot en 1991: “la primera vez que abrí el libro, no pude dejarlo hasta que lo terminé. De pronto pensé que sería una película estupenda, y que me encantaría hacerla”. Se comprende perfectamene ese amor de Jeunet al libro tras ver la película, llena de preciosos momentos líricos y crudos instantes de realidad, que no hacen sino reforzar la pasión que se desprende del personaje de Mathilde, interpretado por la magnífica Audrey Tautou, y que atrapa totalmente al espectador, que al mismo tiempo se identifica inmediatamente con los temores y la fuerza de una universal historia de amor.


La disección de las circunstancias de esta historia de amor añaden intensidad a la película sin restar protagonismo a las motivaciones de los personajes, que resultan ser el principal vehículo narrativo del guión. Pese a tener un metraje extenso, no resulta pesada precisamente por el modo peculiar que tiene Jeunet de contar la historia, muy similar al ya demostrado por este director francés en Amelié. Basándose en el tronco central de la relación entre Mathilde y Manech, Jeunet nos conduce por otras historias paralelas, que en ocasiones no desmerecen en intensidad con la principal, pero al mismo tiempo están entretegidas con ésta como sutiles hebras del mismo entramado, convirtiendo a los personajes de estas historias en protagonistas trágicos por breve tiempo. Gracias a esta inmersión en múltiples historias comprendemos mejor las motivaciones de los personajes, hasta llegar al esperado final.

Mathilde es poliomelítica, y aparentemente frágil. Su cojera contribuye enormemente a definir el carácter de un personaje encerrado en sí mismo hasta la llegada de Manech. Tras su pérdida, se despierta la fuerza de la chica enferma y quebradiza, maravillando a todos sus parientes y allegados con su determinación. Gran acierto de Jeunet al no condenar al personaje a arrastrar una silla de ruedas durante toda la película, lo que le hubiera restado credibilidad, y sin duda, fuerza al personaje. Los sutiles tintes de humor y las pinceladas de crudeza con las que salpica la película convierten a todo el cuadro en una historia cautivadora digna de ser vista.


¡Y qué decir de la fotografía! Realmente magnífica. Si ya disfrutamos con Amelié, en Largo Domingo de Noviazgo el equipo al completo, que repite en esta ocasión, consigue un escenario perfectamente realista de la Francia de los años 1910-1920. El director de fotografía, Bruno Delbonnel, vuelve a dibujar un entorno a medias realista y a medias onírico, mezclando la realidad de la cruda guerra y de la sociedad francesa con el precioso y dubitativo mundo interior del personaje de Mathilde. Los magníficos diseños de vestuario de Aline Bonetto y Madeline Fontaine, junto con el maquillaje de Nathalie Tissier, son realmente excepcionales. Los efectos especiales, diseñados por la compañía Les Versaillais, no recargan la escena de irrealidad, como en el caso de Amelié, sino que dan justas y someras pinceladas aquí y allá, exactamente donde corresponden, añadiendo verosimilitud al conjunto.

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