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Tanatomanía, de Sergio Parra |
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Novela corta de ciencia ficción con toques de steampunk del autor de Jitanjáfora o Bitis TM: Sergio Parra. |
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Imaginad por un momento cómo podría haber sido nuestro pasado inmediato si los grandes genios de siglos pasados no hubieran visto truncadas sus ideas por los obstáculos propios de quienes, con mentes retrógradas, acotaban cualquier intento de superación imponiéndoles trabajos propios aprovechándose de sus puestos de poder y de sus necesidades primarias. Más aún imaginad un pasado en que ni el tiempo ni la muerte nos hubieran privado de las continuaciones y superaciones de esos genios. ¡Qué espectáculo sería!
Pero vayamos por partes, que me estoy adelantado a los acontecimientos:
La primera vez que realmente fui consciente del término “Steampunk” (sin contar el bochornoso “Wild Wild West”) fue en el transcurso de mi ávida obsesión por poseer los tebeos dibujados por Chris Bachalo allá por el año dos mil, en esta serie de trece números me vi sorprendido por un mundo que reflejaba un pasado igual al nuestro pero con leves modificaciones en la “rama científica”; esto es, en lugar de centrase en los posibles avances en el campo de la electrónica y la electricidad los caminos del futuro son los trazados por las máquinas de vapor alimentadas por carbón (de ahí lo de “Steam”, traducido como “vapor”). Así pues en pleno siglo XIX el pasado que ya conocía convivía con las más barrocas invenciones dotadas de vida propia gracias al vapor.
De modo que Tanatomanía, editada por Espiral Ciencia Ficción, es una corta novela con tintes “Steampunk”, por ello, a pesar de centrarnos en Madrid a principios o casi mediados de mil ochocientos, los personajes más típicos o al menos los que nos son más habituales de la época, comparten la calle con autómatas que funcionan a pilas Volta aunque las primeras dos páginas del libro, escrito por Sergio Parra (autor también de Jitanjáfora y Bitis TM), despistan bastante al tratarse de una disertación zoológica acerca de la figura de “La Muerte” que bien pudiera parecer extraño si no fuera Tánatos (referido en el título de la obra) el dios griego de la muerte, pero una vez pasadas las dos hojas nos encontramos con el escrito de un autómata relatando su propia aventura y la de su dueño, Don Eduardo Contreras Matalascaña, quien habiendo gastado sus ojos en su oficio de librero necesitaba de la ayuda de Sinclair, un autómata de la serie 101 convenientemente miope, para no frenar, por el peso de la edad y la fatiga, su ansia por englutir tantos libros como le fuera posible.
Es esta pasión literaria la causante de que el excéntrico Don Eduardo haga tratos con el muy real bandolero Luis Candelas para hacerse con novelas que de otro modo se le escaparían de su alcance, dicha relación “profesional” no es del todo extraña pues este bandolero, el más castizo de toda la historia, compartía la pasión por todo lo escrito y era ladrón por vocación pues, como solía decir: “El dinero está mal repartido y no es justo que mientras unos arrastran coche, los demás vayan por el lodo“.
En uno de esos lotes (mal) adquiridos de sus tratos con el alías de Luis Candelas, Don Eduardo se hace con el diario personal de Louis Braille cuya lectura, esta vez sin ayuda de Sinclair 101, sera el detonate de la aventura, pues decidirá emprender una marcha hacia el centro de Europa de la mano de Luis Candelas y su banda, con el fin de huír de Madrid, de España y de este mundo, literalmente, agonizante.
Durante el transcurso de este extraño viaje, Sinclair, a través de sus anotaciones, nos hará partícipes de sus continuas dudas y miedos, principalmente espoleados por el cambio radical en la persona de su dueño y señor, pero no es hasta la segunda mitad del libro que comenzamos a ver que los derroteros de la historia no son para nada los que imaginábamos al principio, y el final, muy al estilo de Sergio Parra, no nos permitirá descansar la conciencia ni la memoria, haciéndonos volver en el pasado para enfocar mejor la miopía de Sinclair.
La obra, al ser narrada por un autómata, tiene cierta candidez e ingenuidad que hacen muy amena su lectura, el marco en el que se desarrolla la historia: en medio de una banda de bandoleros del siglo XIX no podía ser más entretenido y la parte final recuerda un poco a cómo deberían haber sido los libros de Julio Verne.
La obra es corta en páginas por lo que la historia irá pasando velozmente sin apenas permitirnos pensar demasiado en las dudas del narrador, lo cual es perfecto para que el final de la obra nos golpee de lleno en las narices.
Destaca de entre todos los personajes uno que tiene el mismo nombre y apellido que el autor de la novela, ocupando el puesto de un “técnico de autómatas de trato distante, y cínico contumaz”, que, sin ser el personaje principal de la obra, lo es, o lo fue al menos.
Finalmente, decir que la novela reportará a quien se haga con ella, unas buenas tardes de lectura y una sonrisa al final.
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