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       Artículo de literatura

La ciudad mágica, de Edith Nesbit: El poder de la infancia


 Literatura juvenil
Yaiza Jara   14/06/2015
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     ¿Recomendación? Para todo aquel que crea en la magia, en la imaginación y en el poder de la infancia, capaz de atravesar cualquier muralla por muy alta que sea.
Portada de La ciudad mágica, de Edith NesbitHelen y Philip son dos hermanos que han aprendido a vivir el uno con el otro sin importar el resto del mundo, sobre todo después de que sus padres fallecieran. Helen es más bien como una madre para Philip, pero sin perder la complicidad propia de los hermanos. Ella le dedica todo su tiempo, sus mimos y sus risas, por lo que Philip sabe que no necesita a nadie más.

Pero todo esto cambia cuando Helen empieza a ponerse nerviosa, algo que Philip no pasa por alto, ya que a sus diez años no se le escapa una, y es más adulto de lo que su hermana piensa. En ese momento comienza a plantearse cuál puede ser el motivo de su desdicha: ¿algo bueno o algo malo? Acostumbrado a lo malo, tira por ese camino, sin acercarse ni remotamente a lo que de verdad está a punto de suceder.

¿Y cuál es el motivo? Que Helen se va a casar con un amigo de la infancia, que en su momento se casó con otra mujer -que por circunstancias de la vida, falleció- y ahora ha venido a pedir su mano.

Philip sigue sin salir de su asombro con la noticia, y sigue en shock incluso cuando se mudan a la casa de este hombre, donde conoce a su hija Lucy –que es un poco más pequeña que él-, y a una horrible mujer que se hace pasar por niñera pero que ve con mala cara al pequeño Philip desde que pone un pie en su jardín.

Lo que nadie sabe es que Philip es un excelente constructor de ciudades, como le gusta llamarse, porque cualquier habitación con muebles puede terminar convirtiéndose en una gran civilización donde las aventuras están al orden del día. Y eso es lo que pensó Philip al quedarse solo en el salón.

Cuando una de las criadas del servicio lo vio, se quedó maravillada y le felicitó por su talento y su originalidad, dejando bien claro que nunca había visto nada igual. Con lo que no contaba era con la gran bronca que le iba a caer cuando la niñera viera el “desorden y profundo caos” que había organizado el niño. Siendo automáticamente castigado y con la prohibición de tocar nada de la casa y de los juguetes que tenía a su alcance, esa misma noche, antes de que esa odiosa mujer destruyera su ciudad, Philip bajó al salón para poder contemplarla por última vez.

Al abrir la ventana para que la luz de la Luna bañara la ciudad, Philip sintió un ligero mareo, y al instante se dio cuenta de que su amada ciudad había desaparecido. Pero eso no es lo peor, no señor. Lo peor es que el propio chico ya no se encuentra en el salón de esa gran mansión, sino en una ciudad totalmente diferente y desconocida, pero que al mismo tiempo le resultaba sospechosamente familiar.

"La ciudad mágica" (Berenice), de Edith Nesbit, nos enseña la gran suerte que tienen los niños, porque no tienen la cabeza llena de preocupaciones que les quiten el sueño, sino que únicamente piensan en jugar, aprender y pasarlo lo mejor posible. Y lo mejor de todo eso es su capacidad para usar su imaginación, cosa que muchos adultos pierden con el paso del tiempo.

Edith Nesbit

El joven Philip se ve envuelto en una serie de sucesos que poco tienen que ver con él, como el hecho de que lo tomen por un intruso en esa extraña ciudad en la que se encuentra, acusado de un crimen que no ha cometido, pero sobre todo la mayor condena a su entender es tener que compartir esas vivencias con Lucy, la niña sobreprotegida que tiene de guardaespaldas a una niñera con muy malas pulgas.

Desde el principio Philip sabe que esto es un sueño –o eso parece-, por lo que le quema la sangre el detalle de que Lucy forme parte del mismo sueño. Encima de que le cae mal y por su culpa le castigan y le quitan los juguetes, tiene que aguantarla también mientras duerme.

Tengo que decir que el lenguaje que usan los personajes, concretamente los niños es demasiado “adulto” en cuanto a la forma de hablar, los modales, pero eso no quita que sigan siendo niños, simplemente llama la atención y al principio del libro cuesta hacerse a la idea de que alguien que diga “Oh, Helen querida. ¡Lo sabía!” tiene sólo diez añitos.

¿Recomendación? Para todo aquel que crea en la magia, en la imaginación y en el poder de la infancia, capaz de atravesar cualquier muralla por muy alta que sea. Para quien sea capaz de ver vida en cualquier lugar y en cualquier situación. Y para quien quiera saber si la niñera sufre un poco por culpa de su carácter, para esos también.

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