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       Artículo de literatura

Las esposas de Los Álamos, de TaraShea Nesbit: las mujeres del Proyecto Manhattan


Alejandro Serrano   08/06/2015
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     La narración intimista te atrapa sin remedio, en clave siempre femenina, aunque nadie puede permanecer impasible ante lo que cuenta Tarashea Nesbit.
Portada de Las esposas de Los Álamos, de TaraShea NesbitDurante la Segunda Guerra Mundial, se fundó de la nada en Los Álamos (Nuevo México) una instalación secreta del ejército estadounidense, destinada a llevar a cabo el denominado Proyecto Manhattan, que buscaba dotar a los Aliados de armamento nuclear en su lucha contra el Eje. Hoy día es un importante centro científico y militar, perteneciente al Departamento de Energía de EEUU, pero antes de su fundación, el lugar se encontraba desierto, y apenas unos pocos animales acertaban a pasar por allí.

Temerosos de que los nazis hubieran desarrollado la bomba atómica o la tuvieran demasiado avanzada -gracias al Proyecto Uranio de la Wehrmacht- los trabajos para conseguirla en el bando aliado, con la autorización del presidente Roosevelt, se iniciaron en varias universidades de EEUU.

Tras grandes avances, en especial los protagonizados por el genial físico italiano Enrico Fermi, se hizo evidente que el secreto impuesto a las distintas universidades sobre el objetivo de los estudios no podría mantenerse durante mucho tiempo en un entorno académico, y que necesitarían unas instalaciones propias y un lugar adecuado para efectuar pruebas. Bajo la dirección científica del físico Julius Robert Oppenheimer y la militar del general Leslie Richard Groves, se inició en Los Álamos la construcción de unas instalaciones con alojamiento para el personal civil y militar.

Algo más de dos años después, el equipo de científicos lograría su objetivo, al fabricar la primera bomba atómica de la historia. Los Aliados ganarían la guerra, tras intimidar a Japón, el titán asiático, que permanecía batallando tras la rendición nazi. En aquel logro científico, que llegó a convertirse en un desastre humano sin precedentes con las masacres de Hiroshima y Nagasaki, colaboraron eminentes físicos y matemáticos; aparte de los mencionados Fermi y Oppenheimer, resultaron básicos genios de la talla de Niels Böhr, Richard Feynman, John von Neumann, Edward Teller, Ernest Lawrence

La energía nuclear utilizada con fines militares sin duda ha segado vidas y salvado otras, en el debate colectivo está el balance, si positivo o negativo, que su consecución ha tenido para la humanidad. Pero hoy no vamos a hablar de éso.

La fundación del Laboratorio de Los Álamos, en 1943, supuso la llegada a una zona muy poco poblada de una ingente marea de científicos y militares, y más tarde de las familias de los primeros, en muchas ocasiones con uno o más hijos. Los únicos que conocían el objetivo del proyecto, y a veces su alcance, eran los considerados como cabezas de familia por aquel entonces: ellos.

Ellas, a ciegas, tuvieron que decir adiós a sus familiares con distintos pretextos. Pudieron ser unas vacaciones, un viaje relámpago; tuvieron que mudarse por un cambio urgente en el puesto docente de su esposo; necesitaron un cambio de aires por temas médicos; tenían problemas de pareja y creían que un cambio les sentaría bien. Otras se entendieron con sus madres simplemente con un gesto. Ya sabían que, en ocasiones, nada puede decirse, sobre todo en tiempos de guerra: sin embargo, les despidieron con sorpresa, con lágrimas, con amargura o con todo eso a la vez.

Llegaron con cuentagotas desde todos los rincones del país, con las maletas a cuestas, sus mejores galas o despeinados y asqueados por el largo y fatigoso viaje en autobús de línea o en coche. No sabían qué iban a encontrarse, y cuando buscaban el lugar, en los comercios les aseguraban que “en esa dirección” todo era desierto. Que allí no había nada. Unas pocas afortunadas llegaron en coche, con alguien que sabía exactamente a dónde se dirigía y por qué: una ciudad construida de la nada.


Precisamente este salto al vacío familiar es lo que cuenta “Las esposas de Los Álamos”, de Tarashea Nesbit (Turner, disponible en FantasyTienda), una fabulación sobre qué pudieron sentir las esposas e hijos de aquellos que más tarde iban a ser considerados héroes por algunos y villanos por otros. Muy poco sabemos sobre lo que allí sucedió en aquellos dos años, pero la autora de este libro cuaja una emotiva, amarga y a veces chistosa fabulación de lo que pudo pasar durante ese tiempo entre personas que de nada se conocían, y que puso a prueba matrimonios y relaciones familiares.

Contada en primera persona del plural, esta es una historia dura, de intimidad femenina contrapuesta al mundo masculino de entonces, mucho más rígido, atado a responsabilidades y lealtades a veces no muy entendibles. Estas mujeres, a menudo cosmopolitas y con estudios, apegadas a su tiempo y comunidades sociales, se ven arrastradas a un lugar desierto, sin más distracciones que ocupar su tiempo adecentando los penosos barracones en los que se alojan –continuamente invadidos por el insistente y pegajoso polvo del desierto-, cuidando de sus hijos o procurándose alimentos, más allá del rancho habitual. Sus vidas dan un giro total, lo que pone a prueba su amor y su resistencia. Ven a diario cómo su identidad como persona y mujer se ve ahogada, presa de una lealtad ajena, del enigmático trabajo de un marido que ya ni tiene tiempo para estar con ella. Ni siquiera para pensar en ella. Y cuyos nervios se acrecientan día a día, al no lograr conseguir el objetivo.

La psicología de los personajes –no olvidemos que estamos ante una ficción aproximada a la realidad- es la clave de esta narración sincera, repleta a veces de optimismo, otras de desazón, a veces de humor, otras de depresión o enfado… pero siempre con algo interesante que contar. La autora logra penetrar en los sentimientos que bien pudieron tener unas mujeres arrastradas por las circunstancias, cuya vida cambió en aquel lugar desértico, para bien o para mal. Algunas se separaron de sus maridos, otras tuvieron hijos allí, otras trocaron a su pareja por otro físico o militar que allí conocieron.

La narración intimista te atrapa sin remedio, en clave siempre femenina, aunque nadie puede permanecer impasible ante lo que cuenta Tarashea Nesbit. Aunque la voz sea colectiva, la autora se empeña en dar detalles personales sobre los personajes, que bien pudieron ser fiel retrato de las mujeres que allí estuvieron. El lector empatiza de forma total, al poco la sensación de ficción especulativa desaparece y crees estar ante una narración de unos hechos determinados.

Al tiempo, “Las esposas de Los Álamos” es un fiel retrato de la sociedad patriarcal de los EEUU de aquel entonces, que nuestras abuelas bien podrían identificar como propia. El marido como eje familiar, como elemento decisorio, y la mujer como garante del bienestar físico y espiritual de los niños, que a veces tal vez puede aconsejar o influir, pero nunca imponer su criterio o soltar una voz más alta que otra.

TaraShea NesbitInevitablemente, el conflicto personal termina por estallar, y cada núcleo familiar lo gestiona como puede. Nesbit lo refleja a veces de forma cruda, en otras ocasiones apenas insinúa, como a veces ocurría en aquella época, en la que un gesto valía más que mil palabras, y podía condenar a alguien al ostracismo social.

Este libro es un pequeño experimento bien forjado que merece la pena leer, tal vez para descubrir algo sobre nosotros mismos, tal vez para comprobar cómo ha cambiado (o no tanto) el mundo y nuestra sociedad, que alguna vez semejó a la que se dibuja aquí. Tal vez para entender algo sobre sacrificios: en qué medida conviene hacerlos y a qué puede alguien llegar por la persona que ama.

“Nos marchamos contentas, nos marchamos aliviadas, nos marchamos pensando que habíamos formado parte de algo único, nos marchamos con dudas sobre nuestros maridos, sobre nosotras mismas, o sobre nuestro país, o sobre todas esas cosas, o sin ninguna duda. Nos marchamos anhelando especialmente aquello que habíamos tenido, en una ocasión, en medio de aquella noche del aullido: a nuestras amigas, Louise, Starla, Margaret, Ingrid. Nos marchamos embarazadas, nos marchamos –en algunos aspectos- como habíamos llegado: llenas de polvo y con el cabello sucio.”

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