Guión: Richard Bruning
Dibujo: Andy Kubert
Tinta: Andy Kubert
Color: Adam Kubert
Formato: 160 págs.
Apenas conozco al personaje de Adam Strange, de hecho es bastante impopular por estos lares, por no decir prácticamente desconocido. Es por ello que Planeta ha optado este mismo mes por sacar una serie de tomos del personaje para insuflarle vida nueva y para que así caiga algún lector interesado por la lectura de varias historias que poco tienen que ver entre sí, por su diversa temática y enfoque. Era el momento idóneo, desde luego, por la participación del personaje en una de las miniseries que se dirigen al Cuenta Atrás de la Crisis Infinita, el crossover de DC de este año.
La primera de ellas (por orden cronológico) sería la que nos ocupa, pero lo gracioso es que es la menos “Strange” que pueda haber, en el sentido de que está tan fuera del personaje en el sentido más aventurero propiamente dicho que necesitas ser un fan del mismo para que lo que ocurra aquí tenga que afectarte de algún modo, ya que originalmente esta miniserie se titulaba: “La Caída de Adam Strange”.
Y tanto.
Trata de todas aquellas preguntas que no necesitaban ser respondidas cuando el personaje vivía sus aventuras por el mundo de Rann. Él es un arqueólogo que encontró la manera de llegar a ese mundo desconocido, lo recibieron con los brazos abiertos al portarse como un héroe que lucha por la existencia de los pueblerinos que le acogieron en su pequeña ciudadela. Ataviado con una mochila-cohete (tan fascinante por la época en que fue creado, ¿Alguien ha dicho Flash Gordon?) y una pistola, nuestro héroe se enfrentaba día a día al invasor de las tierras que lo acogieron, ya sea un monstruo de los tiempos remotos como seres de otros planetas en busca de tierras que conquistar. Esa es la divertida temática del personaje.
Hasta que llegó Watchmen y Dark Night.
Dos obras soberbias, altamente recomendables y obligatorias en la “tebeoteca” de todo coleccionista de obras maestras que se precie, ambas tienen en común la exploración madura y realista del género superheroico, rompiendo con todos los tópicos que existían hasta ahora e introduciéndolos en un mundo mucho más gris y deprimente del que estábamos acostumbrados.
Sin embargo, aunque fue muy positivo para el género el hecho de que por fin se profundizara de esa manera en él, lo cierto es que acabó por hundirlo en la década de los 90, por la nueva visión mal entendida que llevó a autores y editores a realizar diferentes obras que, lamentablemente, se quedaron con una idea muy superficial sobre el tema.
Adam Strange también sucumbió a ello.
Irónicamente, a Strange le tocó un editor: Richard Bruning, amante del personaje que buscaba por todos los medios la manera de escribir sus inquietudes. Tardó mucho tiempo en hacerlo, más que nada porque el primer dibujante asignado era Klaus Janson y fue imposible que pudiera comprometerse a la miniserie, así ocurrió con unos cuantos hasta que Andy Kubert, junto con su hermano Adam como colorista, pudieron encargarse de ella al cien por cien.
Hay que decir que Bruning tenía muy buenas ideas con la historia que pretendía contar, varios enfoques eran totalmente nuevos y hasta necesarios para lo que se había contado hasta entonces. Cosas como el racismo que podrían tener los Rannianos, del mismo modo que los humanos vemos mal lo que no entendemos, ellos podían ver con malos ojos a un extranjero de otro planeta como es Adam Strange. Eso, más lo genial que resulta la problemática tiranía de Sardath, el padre de la prometida del protagonista, que siempre ha tenido la afable apariencia de un rey decente, preocupado siempre por su pueblo, hasta las últimas consecuencias.
Lo dicho, hay cierta exploración madura sobre elementos del mundo del personaje que nunca habían sido tocados o, al menos, no de esta manera. Strange, por ejemplo, se ve anclado a un mundo desconocido que aprecia y valora más que su Tierra natal, ello le provoca serios problemas a la hora de encontrarse con sus raíces, su familia y, sobre todo, cuando conoce a alguien allí, sabiendo que no pretende ni quiere regresar. Son dilemas morales que ofrecen mucho juego, así como el mundo desconocido que hay más allá de la ciudadela, aquellos habitantes que se declararon impuros y tuvieron que adaptarse a su entorno al quedar exiliados. Son muy buenas ideas que, bien tratadas, podrían dar muchísimo juego para historias futuras.
El problema es cuando el guionista tiene en el tablero varios elementos dispuestos pero no sabe muy bien como unirlos y enfocarlos, es ahí donde, lamentablemente, falla esta obra.
Es así como regresamos al realismo y madurez mal entendidos dentro de este género, lo que no se puede hacer es jugar con un mundo fantástico que siempre ha tenido unas bases muy bien asentadas y cambiarlas de un día para otro. Por lo que, una serie que empieza de un modo MUY interesante (especialmente cuando el protagonista realiza un acto bastante inmoral y tachable) acaba desarrollándose de una manera excesivamente precipitada para lo que se cuenta, dejando al lector que apenas conoce al personaje y el mundo en que se mueve con un gesto de estupefacción al ver cómo cae todo de cualquier manera. Y qué decir del fan del personaje de toda la vida, se queda sin saber si aceptar o no esos cambios o ese enfoque tan pesimista y deprimente al que se ve de repente sometido todo ese mundo fantástico aparentemente inamovible. Cierto es que nunca es malo dar golpes a las bases establecidas, pero eso siempre que se haga bien y este, lamentablemente, no es el caso.
Es decir, todas las buenas ideas se convierten en malas en cuanto no llevan a ningún sitio y estancan al personaje en un callejón sin salida (que bien supo solventar Mark Waid con las malas artes de la ignorancia por lo escrito con anterioridad), ya que todo acaba basándose única y exclusivamente en hacer sufrir al pobre Adam Strange, que no deja de soportar una penitencia que no acaba, desgracia tras desgracia en un mundo donde todo el mundo está amargado y lo arrastra como un zombi comatoso hasta el final. Si todo lo enumerado anteriormente hubiese desembocado en algo más coherente, sin duda tendríamos una obra que muchos no habrían dejado olvidada. Y es que, para colmo, el desenlace deja que desear, en el sentido de que todo está forzadísimo, por no decir que la historia acaba por no tener nada de lo que hace especial al personaje, ni tan siquiera un momento de acción con la famosa mochila cohete digno de mencionar.
Sin embargo, el dibujo es sensacional, especialmente para la época.
Me refiero por el delicado color de Adam Kubert sobre los lápices de un primerizo Andy que se parece muchísimo aquí, en estilo, a su padre Joe, lo cual es más que positivo, dado el nivel que ofrece en esta miniserie. De hecho, me atrevería a decir que esta miniserie es su mejor trabajo, al menos en mi opinión, ya que en comparación con otras obras más populares del autor tales como 1602 (junto a Neil Gaiman, ni más ni menos) y Lobezno: Origen, la verdad es que me quedo antes con esta que nos ocupa, ya que además está entintado por sí mismo y, como ya he dicho anteriormente, el color ayuda muchísimo a ensalzar el acabado final.
Claro que eso no quita que tenga sus molestos tics, tales como cierto manierismo que a veces encuentro excesivo o lo más perjudicial, que es lo difícil que resulta distinguir a algunos personajes, ya que todos los cancilleres son iguales a Sardath y la hija de este se parece a todas las mujeres, excepto las que llevan el pelo más corto o algunas mechas, porque por lo demás son indistinguibles.
En definitiva, no es mala obra por algunos de sus planteamientos, pero al final no los aprovecha y se queda a medio camino. Aparte, no es que sean de los cómics de Adam Strange más recomendables, al ser tan diferente a lo que suele ofrecer el personaje. Un tanto olvidable.