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       Artículo de literatura

El hombre de la máscara de espejos, de Nieves Abarca y Vicente Garrido: poca profundidad psicológica


 Terror / Suspense
E.J. Loba   20/11/2014
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     Una novela que se ha quedado en un sonoro quiero y no puedo.
Portada de El hombre de la máscara de espejos, de Nieves Abarca y Vicente GarridoVivimos en un mundo saturado. El planeta Tierra está invadido por un extra de todo. Demasiada polución, ruido, aluviones de información desde las redes sociales, la publicidad, los medios de comunicación… Hay un exceso de prácticamente cualquier elemento negativo: partidos políticos, mutaciones virales, demasiados coches, personas llevando vidas sin dignidad, un primer mundo compuesto por menos individuos que el segundo y el tercero, pero superior en masa corporal… Está claro que en esta relación de excesos no podíamos dejar atrás la superabundancia de películas, música y, sí, de libros. Porque ¿se debe considerar que hay un punto en el que existe demasiada cultura? Bueno, sí y no. Para empezar la respuesta depende de a qué decidimos denominar cultura. Y partiendo de esta idea y de su hermana, que dice que no todo lo escrito es literatura, comienzo la reseña de “El hombre de la máscara de espejos” de Vicente Garrido y Nieves Abarca (Ediciones B, 2014, disponible en FantasyTienda).

Recientemente se desató una polémica entre diversos escritores (como Neil Gaiman) en la que se planteaba si era bueno que los niños leyeran cualquier tipo de novela infantil o juvenil sin importar su nivel literario. Es decir, si ya por el hecho de que dedicaran su tiempo a leer en lugar de a ver la tele o jugar a videojuegos estaban haciendo algo bueno. Un grupo defendía que no todo lo que los niños leen tiene la calidad suficiente como para ser considerado literatura, y no solo eso, sino que esas obras de escaso valor literario estaban arrebatando lectores al bando de los “amantes de los libros”, espantados por sus personajes endebles y prosa quebradiza. El otro grupo, con Neil Gaiman a la cabeza, mantenía que no es tan relevante lo que los niños lean, sino que lo importante es que lean; si lo que les gusta es leer habrá que confiar en su futuro criterio para escoger las obras de su gusto y que no condenen el mundo de los libros por culpa de una obra de corte barato.

Personalmente me declaro de este último grupo. Los libros leídos en la infancia, sin importar lo malos o buenos que sean, van a tener mayor potencial para crear nuevos lectores que para repelerlos.

Los autores deberían haberse preocupado más de trabajar el estilo narrativo, la construcción de las oraciones y de evitar reiteraciones para ambientar.

Ahora bien, no sucede lo mismo con los libros para adultos. Supongamos un adulto, con escaso tiempo para lecturas, que ha de decidir entre gastar dinero en comprar un libro y dedicar su tiempo libre a leerlo o ver la televisión —algo que requiere claramente mucho menos esfuerzo y es más barato—. Pues si esa persona, reluctante a la lectura, escoge la opción de comprar un libro —con el consiguiente resonar de trompetas celestiales— y ese libro resulta ser “El hombre de la máscara de espejos” lo más seguro es que el mundo de las letras haya perdido por mucho tiempo a otro lector.

Ah, ¿y de qué trata esta novela para merecer tan amargas palabras?

Lo de menos es el contenido de la historia del libro, que de por sí es interesante y podría haber dado lugar a una buena novela negra. Pero, como ya imaginaréis, no es el caso. Así que los lectores de esta reseña me habrán de disculpar si trato con mayor atención los numerosos defectos del libro antes que su contenido; y si estas palabras les lleva a no leerlo posiblemente deban estar agradecidos. Porque existen en el mercado infinitud de novelas, sean del género que sean, que superan en calidad a “El hombre de la máscara de espejos”.

Como lector tengo el defecto de no ser capaz de centrarme completamente en la trama de un libro si esta no se sostiene y además el saber hacer literario brilla por su ausencia.

Nieves Abarca

Los personajes, a lo largo de las más de quinientas páginas de libro, carecen de toda profundidad psicológica. Les falta incluso ese barniz superficial que hace creer al lector que está acompañando a personas reales en sus actos, cotidianos o no; ese barniz que cualquier escritor compra en la tienda de su imaginación, si la tiene. Simplemente dan la sensación de ser todo el tiempo el mismo actor llevando a cabo diversas acciones y al que se le asigna un nombre distinto en una u otra escena según convenga a los autores del libro. Estos personajes son, en cierto modo, como niños, niños que no saben bien qué motiva sus acciones y que dejan a menudo el regusto en la lectura de ir en bicicleta por un sendero cubierto de cantos afilados en lugar de por una suave pista.

He intentado, durante las dos largas semanas que me ha llevado terminar el libro, comprender la lógica que dicta la organización de los capítulos como nos los ofrecen sus autores. Y lo cierto es que no he podido. Un capítulo termina en medio de una acción y luego la continúa el siguiente, o bien otros desarrollan grupos completos de sucesos antes de dar inicio a uno nuevo. El libro tiene “primeras partes”, “parte I”, capítulos numerados y, dentro de estos capítulos, nos ofrece el lugar, la hora y la fecha de lo narrado. Y no he sido capaz de desentrañar de qué le sirven al lector tantas subdivisiones, así como el conocimiento del lugar, fecha y hora. Cierto que al ser una novela negra ese tipo de detalles aportan una buena ambientación si la intención no va más allá, pero también lo es que los autores deberían haberse preocupado más de trabajar el estilo narrativo, la construcción de las oraciones y de evitar reiteraciones para ambientar, como realmente parecían querer, una novela que se ha quedado en un sonoro quiero y no puedo.

Vicente Garrido

Para terminar ya con una reseña tan ingrata (pues del mismo modo que no me agrada leer críticas en exceso tampoco me gusta escribirlas) debo decir que los autores de “El hombre de la máscara de espejos” deberían haberse documentado más ampliamente respecto a gran parte de los temas que abordan en su libro y ser conscientes, entre otras cosas, de que cualquier lector con una mínima formación científica —y me avergüenza llamar científico a lo que voy a decir ahora— sabrá lo que es un Kitasato y su bajo valor económico así como que conseguir un extractor Soxhlet no es complicado (justo lo contrario a lo que nos hacen creer en las primeras páginas), conocerá bien las características físicas de un albino y qué hace que sea imposible que pase desapercibido por mucho que se tiña el pelo de negro, amén de otros detalles que no es necesario mencionar aquí por no hacer engorrosa esta reseña.

Comencé la lectura de “El hombre de la máscara de espejos” ilusionado, incluso ávido, pero pronto comprendí que la calidad de la historia así como el modo en que había sido narrada no merecían entrar, dentro de mi propio rango, en el grupo de cultura, y que debía verlo como un hijo más de ese mal, citado al comienzo, que es la avalancha de novelas de muy bajo nivel literario que hoy día inundan, por desgracia, nuestras librerías.

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