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       Artículo de literatura

Doctor Zibelius, de Jesús Ferrero: ¿somos nuestro cerebro?


Alejandro Serrano   15/11/2014
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     Una novela con la marca genuina de Ferrero: cierto poso de locura, personajes con un pasado traumático y un presente dominado por anhelos casi imposibles de colmar.
Portada de Doctor Zibelius, de Jesús FerreroEl filósofo estadounidense Sydney Shoemaker (1931), hoy retirado de su actividad profesional, postuló en los años sesenta del pasado siglo una argumentación lógica aparentemente simple, sobre transplantes de cerebro entre pacientes. El cerebro de un tal Brown es transplantado al cráneo de otro sujeto, un tal Robinson; el superviviente de esta operación recibe el nombre de “Brownson”. Según Shoemaker, el sujeto debería tener las memorias de Brown, y no recordar ninguna vivencia de Robinson. Si nos preguntamos sobre su identidad, podríamos caer en el reduccionismo absoluto de asegurar que Brownson es Brown a todos los efectos, a pesar de que la mayor parte de su cuerpo proviene de Robinson; que esa, y no otra, es su identidad. Según Shoemaker, las memorias residen íntegramente en el cerebro, no en el resto del cuerpo.

¿Pero qué ocurriría si, en un caso semejante, el cuerpo receptor del cerebro comenzase a transmitir al superviviente de la operación sus propias memorias? ¿Qué identidad tendría el superviviente? ¿Cómo conciliaría sus dos memorias, sus dos impulsos vitales? Ése es el punto de partida de “Doctor Zibelius” (Algaida, disponible en FantasyTienda), de Jesús Ferrero, galardonada con el VII Premio Logroño de Novela.

Juan Sebastián Zibelius es un médico con una niñez peculiar. Debido a una aparatosa caída, olvidó casi todos los detalles relativos a sus vivencias, y si bien retuvo buena parte de sus conocimientos y el habla y otras funciones no se vieron afectadas, sí se vio obligado a reconstruir todas sus relaciones personales. No recordaba a sus padres, ni los acontecimientos anteriores al accidente, así que podríamos decir que de aquella circunstancia emergió una persona totalmente nueva.

Su padre, el polaco Geronimus Zibelius, médico, le transmite su pasión por explorar en el cerebro humano, en su intrincada fisiología y en la forma en que almacenamos la memoria y cultivamos la inteligencia. Con su madre, la madrileña Eulalia Manrique, en cambio, jamás pudo recuperar la buena relación que los unía antes del accidente. Le siente extraño, le sospecha otro en el mismo cuerpo de su hijo, y no es capaz de amarle de la misma forma.

Un día, cuando juzga a su hijo preparado, Geronimus le revela la verdad sobre su accidente, y le lega un cuaderno, en el que ha escrito todos sus estudios sobre el transplante de cerebro, el suero antirrechazo y el plasma de la vida; le hace prometer que, cuando él no esté, se trasladará a París y hará realidad los estudios de su padre…

El conflicto existencial que “Doctor Zibelius” pretende describir es el principal valor de la obra, y está plasmado con toda la extrañeza, la profundidad y los matices que una situación así podría plantear.

Ya en París, Juan Sebastián se dedica en cuerpo y alma a este propósito, casi ajeno a las distracciones que la Ciudad de la Luz puede ofrecer. Su desinterés por el sexo, las relaciones personales y la mayoría de diversiones mundanas que motivan a otros, le ayudan a avanzar en sus estudios y experimentos. Sólo se permite una distracción: su amigo Esteban Marcovi, estudiante como él, e interesado en las mismas materias, aunque con distinta intensidad.

Dos años después de conocerse, Zibelius le habla a Esteban del diario de su padre, y ambos deciden enfocar sus experimentos en esa dirección. Sin embargo, tienen un problema básico de logística: no disponen de cuerpos humanos para experimentar. No es fácil conseguir cadáveres hoy día, así que se ponen en contacto con Gaspar Morente, quien trabaja en el crematorio del cementerio de Père-Lachaise; debido a la virulencia del SIDA en la ciudad, muchos cuerpos son incinerados en el crematorio, y pasan por las “oficinas” de Morente. En ellas realizarán la primera apertura de cráneo humano.

Unos meses después, Zibelius se traslada a Madrid, al mando de su propia y apartada clínica psiquiátrica, donde también vive, mientras estudia los artículos del conocido doctor White, sobre sus experimentos con cerebros y monos… y sueña con superarle algún día.

Morente trabaja ahora en el Instituto Anatómico Forense de Madrid, y permitirá a Juan Sebastián y Esteban experimentar con los cuerpos de los recién difuntos, lo que les facilitará mucho sus avances. Pronto, el destino les hará un regalo quizá torcido: pondrá en su camino a Estembo –articulista especializado en el disfrute de la noche y sus fantasmas de carne y hueso- y Castell –profesor de literatura en un instituto-, víctimas de un accidente de coche. El primero tiene el cuerpo virtualmente ileso salvo el cerebro, y el segundo está destrozado, pero con el cerebro intacto. La tercera víctima apenas tiene rasguños y un brazo roto…

Zibelius y Marcovi se apoderan de los cuerpos de Estembo y Castell: es hora de llevar a la práctica el sueño de Geronimus, que va mucho más allá de los postulados de Shoemaker…

Doctor Zibelius” es una novela con la marca genuina de Ferrero: cierto poso de locura, personajes con un pasado traumático y un presente dominado por anhelos casi imposibles de colmar. Los personajes centrales se ven arrastrados por sus pasiones, que les conducen por un camino diametralmente opuesto al que recorre el resto de la humanidad, pero cuyas motivaciones son las más viejas del mundo.

Jesús Ferrero

La lectura es ágil y llena de matices, y las frecuentes digresiones de la trama general aportan un plus al transfondo filosófico y moral general de la obra, que supone su verdadero esqueleto narrativo. Pese al escenario relativamente contemporáneo en el que se mueven los personajes, Ferrero intenta transportarnos en parte a otra atmósfera, en parte decimonónica, con unos incipientes avances científicos que prometen reformular la visión del ser humano sobre sí mismo, su conciencia y su relación con el mundo que habita. Esta sensación melancólica –al tiempo que profundamente vitalista- y en cierta forma anacrónica, impregna a los mismos personajes, que utilizan en ocasiones un lenguaje transcendente y reaccionan de forma poco coherente con la época que viven. Pero, ¿de veras todos los seres humanos nos reconocemos en un estilo de comunicarnos, en el lenguaje utilizado? ¿Todos llevamos a cuestas la misma mochila cultural?

Así, Ferrero nos conduce de la mano a través de una burbuja temporal, podríamos decir que distópica en parte. Los homenajes literarios son frecuentes en esta novela, que precisamente por esa disparidad de personalidades y actitudes en relación a su época, puede desnortar en algunos pasajes, si no estamos acostumbrados a que el escritor nos lo dé todo hecho, y nos haga sentir cómodos con personalidades bien enmarcadas en su época. Ferrero nunca ha buscado en ese sentido esa comodidad del lector, y en mi opinión, está bien que así sea.

Escenarios y digresiones aparte, el conflicto existencial que “Doctor Zibelius” pretende describir es el principal valor de la obra, y está plasmado con toda la extrañeza, la profundidad y los matices que una situación así podría plantear. Este es uno de los puntos fuertes de esta atípica novela, que sin embargo es totalmente coherente con la trayectoria literaria de su autor. Y es que ser atípico es un valor en sí mismo…

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