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El Juez, Downey y Duvall: cuentas pendientes de familia


Alejandro Serrano   22/10/2014
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     Sincera película sobre demonios familiares y cómo medran con el tiempo, con un gran reparto al servicio de la historia.
El JuezHank Palmer (Robert Downey Jr.), infalible y reputado abogado cuyos clientes resultan ser siempre adinerados y culpables, pero invariablemente terminan declarados como inocentes por un jurado, ejerce su actividad como letrado ajeno a su conciencia. Cínico, prepotente y marrullero, hace uso de su labia y de los habituales trucos sucios de la profesión para labrarse una reputación entre su potencial y abundante clientela, al tiempo que llena sus bolsillos.

Pero, en medio de un juicio penal, Hank recibe una triste llamada: su madre acaba de fallecer. Lleno de estupor y recuerdos, regresa a la casa de sus padres, enclavada en un pueblecito de las interminables y verdes llanuras de Indiana, para asistir al funeral. Su padre, el juez Joseph Palmer (Robert Duvall), con más de cuarenta años en la función pública, está destrozado por la desaparición de su esposa, pero aún trata de mantener cierta apariencia de normalidad entre la gente del pueblo. La relación entre ambos siempre ha sido muy tirante, cuando no gélida, y recibe a su hijo de forma fría, aparentemente impropia. El juez es una figura respetada y firme, no sólo entre los lugareños, sino también en el seno de su propia familia, que rige con mano de hierro.

Tras cumplir el trámite de la visita familiar, Hank se dispone a escabullirse, como siempre hace, con toda la rapidez y el sigilo que le son posibles, ya que no encaja en la familia desde que abandonara su pueblo natal, hace años. Su hermano mayor, Glen (Vincent D'Onofrio), tiene una importante cuenta con él desde hace años, y apenas soporta tenerle delante… aunque intenta por todos los medios que no se le note. El JuezOtros conocidos ven al abogado de éxito como una figura altanera de ciudad que busca quitarse el polvo de provinciano para encajar en su competitivo ambiente, cuando no le consideran una sanguijuela por su forma de ejercer la profesión. El único que sintoniza con él es Dale (Jeremy Strong), su hermano menor, que sufre cierto retraso cognitivo, y combina un carácter dulce, apocado y pacificador, con la impronta dura inevitable del patriarca del clan.

Pero su intento de huida se ve truncado por un suceso inimaginable: el implacable y recto juez Joseph Palmer, con 42 años de carrera a sus espaldas, es acusado de asesinato por la muerte de un exconvicto a quien él mismo encarceló años atrás, por la muerte de una joven de 17 años, a la que acosó y mató de forma premeditada.

Todas las pruebas apuntan a su padre, y Hank intenta ayudarle, pero el juez lo último que desea es que su hijo le represente, así que contrata a un inexperto joven, que compagina su actividad como abogado con la de anticuario. Su contrario, el letrado Dwight Dickham (Billy Bob Thornton), es un auténtico tiburón que desarrolla habitualmente su actividad en la gran ciudad, pero que, debido a una cuenta pendiente con Hank, está ansioso por encarcelar a su padre, el juez Palmer.

El Juez“El juez” (“The Judge”), está dirigida por David Dobkin (“Con derecho a roce”, “El cambiazo”), con guión de Nick Schenk (“Gran Torino”) y Bill Dubuque (primerizo en estas lides), a partir de una historia del mismo director y el propio Schenk. Cuenta con un reparto de lujo, sin duda lo mejor de la película. Duvall, Downey, Vera Farmiga, Thornton, D’Onofrio, Strong, el veterano Ken Howard como el juez Warren… a priori podríamos estar ante una buena opción a la hora de elegir el estreno que queremos disfrutar este fin de semana. Pero todos sabemos que un buen elenco de actores no es garantía de nada… ¿Esta será una de esas ocasiones?

He de admitir que esta vez he ido al pase de prensa no sólo sin expectativas previas, sino sin conocer el argumento ni el reparto ni nada sobre esta película. Ni una imagen se coló en mi retina en los días anteriores. En mi opinión, es la mejor forma de disfrutar de una película, pero por supuesto, en algo debemos basarnos para elegir un estreno, sobre todo al precio que están las entradas y teniendo en cuenta la crisis que sufrimos. Pues bien, a ello vamos, con vuestro permiso…

Si tenemos en cuenta que Robert Downey Jr. es el protagonista principal, podríamos suponer sin mucho temor a equivocarnos que, de nuevo, el actor hará de sí mismo en la película. En sus papeles hay siempre algo que recuerda a su propia personalidad extrovertida y propia de matón, y de hecho es una de sus habituales bazas para conquistar al espectador medio. Su encanto ha llenado no pocas salas de cine. En “El juez”, Downey, aunque conserva algunos de esos rasgos que le han convertido en un actor cotizado, se dedica precisamente a su oficio: actuar.

El duelo interpretativo con Duvall, que podemos presagiar por la presencia de dos pesos pesados en el reparto, que además se enfrentan en el guión de forma continua, no es tal. Ambos, aunque mantienen una guerra dialéctica constante en la película, se alían para mostrar los desacuerdos y cuentas pendientes habituales en cualquier familia. Y lo cierto es que, como toda la película, su trabajo es creíble, lleno de matices y serio.

El foco principal, aunque parece ser Hank Palmer, El Juezva poco a poco abriendo plano en favor del resto de su familia y de antiguos amigos, que sí, tienen en común su conexión con el abogado, pero tienen su propia historia que contar, parecidas a las de millones de personas en todo el mundo. Momentos felices, amargos, logros y decepciones se suceden a lo largo de todo el metraje, y nos ayudan a caracterizar a Hank, y a éste a ver su vida, pasada, presente y futura, bajo otro prisma.

He de confesar que a menudo me sentí identificado con Hank y con el juez, en su forma de reaccionar y mirar al otro, debido a mis propias circunstancias personales. Me vi reflejado en muchos de los gestos de Hank en presencia de su padre, en sus miradas y formas de procesar y recordar su niñez y adolescencia. Downey se impone en pantalla con un guante de seda, y no a través de su encanto, como es habitual, sino gracias a un conocimiento profundo de lo que su personaje debía sentir y transmitir. No demasiadas veces aparece ante nosotros como un actor serio, maduro y lleno de registros, pero aquí logra que el espectador casi olvide su trayectoria de personajes unidimensionales en lo emocional.

Por supuesto –e insisto, sin hablar de duelos interpretativos- Duvall merece un capítulo aparte; todos conocemos su trabajo, las películas en las que hemos podido disfrutar de su virtuosismo, algunas de ellas icónicas en la historia del séptimo arte. Como actor camaleónico que es, suele sumergirse en su papel, para ofrecernos lo mejor posible. En esta ocasión sólo podemos alabar su trabajo. Al igual que Hank, el juez Palmer vive dos vidas distintas: la profesional y la personal. En la última, Joseph es un padre de familia ya en la vejez, pero no deja en los juzgados su halo de autoridad –y casi santidad, que le sigue hasta su propia casa, y preside la relación con sus hijos. Más allá del padre, como nos sucede a todos, está la máscara que lleva la persona que hay debajo. Cree que ha de ser duro con sus hijos, aun hoy día, cuando todos ellos son ya talluditos e incluso tienen sus propias familias. Los sentimientos que se cruzan por su cerebro cada día pasan a un segundo plano; tiene una responsabilidad para con ellos, y ese es su modo de ejercerla.

El JuezSus debilidades también quedan aparcadas, disfrazadas, escondidas. Tan pétrea es su fachada, que sus hijos no son capaces de traspasarla, y perdida la figura de su esposa, el contrapunto afectivo y compresivo de la familia, las tensiones se acumulan, sin que haya forma de disiparlas. Si esto sucede con los hijos a los que ve cada día, el efecto se multiplica por diez con la aparición de Hank, y las cuentas pendientes, sin resolver durante años, lastran cualquier posible reconciliación.

Pero una situación así no puede mantenerse por mucho tiempo…

El resto de actores hacen su trabajo de forma coral y no demasiado destacable –dentro de su buen hacer y credibilidad-, pero podemos destacar a dos, por sus papeles y la forma en que los desempeñan: Jeremy Strong, el actor que da vida a Dale, consigue hacernos creer que tiene un transtorno cognitivo, sin la habitual retahíla de tics y gestos exagerados y espasmódicos a los que suele recurrirse en estos casos, y lo hace con una profunda contención y expresiones a veces anodinas, y otras llenas de significado. Por otra parte, la jovencísima Emma Tremblay (“Elysium”), que interpreta a la niña pequeña de Hank, Lauren, hace su trabajo con una facilidad pasmosa (y una dicción llena de matices en VOSE, que es la versión que he visto); podemos estar ante una buena actriz en un futuro cercano.

El mejor momento de la película viene dado por dos actores en un baño, no digo más; si la veis entenderéis por qué lo digo.

En general, “El juez” nos cuenta una historia ya conocida, y que otras películas nos han transmitido cientos de veces, pero de una forma distinta, nada artificiosa, con una pizca de humor, otra de sentimientos y muchas dosis de realidad y crudeza, de la mano de actores de reconocida solvencia –algunos de ellos a cargo de un papel que han repetido hasta la saciedad y que saben cómo gestionar-.El Juez Quienes me conocen saben que no soy amigo de películas sensibleras, a las que se les ven las costuras y que chantajean las emociones del espectador con trucos mal ejecutados. Pero esta película saca lo que llevamos dentro, nos obliga a mirarnos en el espejo sin dirigirnos a la lágrima fácil, con sinceridad y de forma lenta pero segura.

La contraposición entre la dura y fría gran ciudad y el cálido y acogedor campo –una descripción que todos sabemos no tiene mucho de real y sí demasiados matices- juega también un papel en esta película, en la que la exuberancia natural de Indiana y sus bienintencionados habitantes son dos variables más. Por ahí se cuela de forma subrepticia la moralina, como es habitual en muchas películas estadounidenses sobre valores familiares, en la que el ambiente rústico parece ser el pilar donde se asienta la fibra moral del país. Y quizá es la única concesión que podremos encontrar a la emoción fácil (y con ciertas limitaciones, como demuestra la aparición de los habituales lugareños mal encarados y violentos).

En cuanto a la fotografía, no suele destacar más que por un puñado de planos cortos, de alto contraste entre luces y sombras, y con objetos cotidianos o parajes como protagonistas principales. En ellos se adivina cierto aire melancólico, de introspección, que refuerza en ocasiones los diferentes estados emocionales por los que atraviesan ciertos personajes, y que terminan reflejándose en el espectador. No abusan de ellos, lo cual es de agradecer, y abunda en esa sensación de realismo que la película pretende transmitir, y que consigue la mayor parte del tiempo.

Sobre la banda sonora de Thomas Newman –un habitual de la pequeña pantalla, poco hay que decir, más allá de los acordes repetitivos de siempre y las tonadillas habituales para los momentos cómicos. No destaca en ningún sentido, y en realidad es lo único que acerca a “El juez” a un telefilm. Cualquier otra comparación resultaría injusta.

Al contrario que en las series de televisión, que llevan en auge unos años, el cine, y sobre todo el estadounidense, parece de capa caída, con argumentos y desarrollos trillados y a menudo falsarios, con muy poca originalidad y caminos ya recorridos en todas direcciones. Sin embargo, de vez en cuando se estrenan películas que merecen una entrada de cine. Creo que esta es una de ellas…

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