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       Artículo de literatura

Extraños eones, de Emilio Bueso: los horrores de Lovecraft más cercanos que nunca


 Terror / Suspense
Alejandro Guardiola   26/05/2014
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     Aportación a los Mitos de Cthulhu de H.P. Lovecraft del autor de Castellón.
Portada de Extraños eones, de Emilio Bueso«Un miércoles por la mañana, el repartidor de la mensajería me dejaba en el trabajo el paquete que contenía “Extraños eones” de Emilio Bueso, que hacía el número cuatro de la colección Insomnia de la editorial Valdemar. Ya había leído obras anteriores del autor y las había disfrutado, a pesar de que no a todo el mundo le gusta el tono ni la personalidad que le imprime a sus escritos. También conocía la publicación previa de Valdemar en su nueva colección de terror contemporáneo: “La joven ahogada” de la irlandesa Caitlín R. Kiernan y me había parecido una muy buena novela.

Firmé en la pantalla del impersonal instrumento con un extraño bolígrafo sin tinta que era capaz de reproducir mi caligrafía. El repartidor me miró de reojo, dedicándome una mirada torva, cuestionando y desafiando mi buen juicio con su gesto. Me preguntó mediante un incómodo silencio si me encontraba en condiciones de saber qué estaba haciendo, si mis decisiones resultaban sensatas.

Nos despedimos con unos vacíos y formularios hasta luegos. Ninguno de los dos tenía ganas de volver a verse. Aquel mensajero no era el hombre que me traía los libros de forma habitual. Ni su furgoneta iba serigrafiada con el logo de la compañía de mensajería usual. Pero no le di mayor importancia a aquel hecho.

No deshice el paquete hasta que alcancé la familiar comodidad de mi casa. El libro venía protegido por una fina película de plástico. Tal vez para evitar que escaparan los horrores contenidos en sus páginas. No dudé en rasgar el plástico sin miramientos. La portada salió a mi encuentro. El artista era Santiago Caruso. La imagen me cautivó. La desolación del extraterrestre paraje gris resultaba incómoda, al igual que las obscenas construcciones que, resultaba evidente, no eran fruto de una civilización humana. Por encima de estos edificios abandonados, unas formas caóticas que se movían sin un propósito concreto, mecidas por una superlativa y primigenia mente idiota. En la parte trasera, reposaba un monumental trono, aguardando paciente durante la eternidad a su dueño.

No lo comencé de forma inmediata. Lo dejé reposar en la estantería. Me llamaba, incitándome a que dejara cualquier cosa que estuviera haciendo en ese momento y a que comenzara a leer el libro. Sin embargo, conseguí resistirme. Mi fuerza de voluntad se impuso.

Solo aguanté unos días. El domingo de la misma semana me veía superado por la tentación abriendo con cautela las pastas de “Extraños eones”.

Apenas sin darme cuenta había devorado las primeras ochenta páginas de una novela que no resultaba demasiado gruesa. Egipto. El Cairo, un Cairo que no sale en las guías turísticas. El’Arafa y la ciudad de los muertos, el mayor cementerio del mundo. Los niños de la calle, invisibles para el resto, pero que viven entre las tumbas, los nichos y los mausoleos. Islam, Khaldun, Ibrahim, Ideodaniach, Tata y Benipé. Una banda de homies que salían adelante como podían, trapicheando, robando, vendiendo su culo, para conseguir pagarse una cena al final del día, rematada por unos porros y pegamento industrial esnifado de postre. Entonces entró en escena un antiquísimo panteón nubio, situado enfrente del que usaban los chavales como vivienda. Estaba cerrado a cal y canto, hasta que apareció un extraño negro y lo abrió. A partir de ahí supe que se había desencadenado una reacción de la que ya no me podría escapar. El autor había abierto la caja de Pandora, había destapado el tarro de las esencias. Me había agarrado con un puño firme del que no conseguía librarme, a pesar de mis vanos intentos, casi como si una fuerza invisible me obligara a continuar con la lectura. Necesité de toda mi entereza para conseguir dejar la novela.

Desperté sobresaltado. Mis sueños no habían resultado placenteros. Una cabra, unos cánticos, un viejo Mercedes sin puertas, una bolsa sin fondo, un extranjero vestido de negro, entre lo poco que recordaba.

Me aseé y me vestí para aparecer más pronto de lo acostumbrado en el trabajo, porque el desayuno ni conseguí tomarlo. La rutina laboral no hizo que me olvidara de “Extraños eones” un solo momento. ¿Y si lo que contaba el autor en su novela resultaba cierto? ¿Y si Lovecraft tenía razón? ¿Y si aquel libro que pretendían que se trataba de una ficción, no era más que un retazo del terrible "Necronomicón"? Jesús Cañadas ya lo había insinuado en forma de aventura protagonizada por el propio Lovecraft en “Los Nombres Muertos”. Pero Emilio Bueso se lo tomaba más en serio, resultaba más atrevido en sus revelaciones, más directo y por tanto, que el autor supiera de la existencia del libro de los muertos y que hubiera usado esos arcanos conocimientos en la escritura de su texto, era aterrador.

Cthulhu, la criatura más famosa de de H.P. Lovecraft

Al regresar a mi piso, retrasé cuanto pude la comida para retomar la lectura. Marilyn Manson seguido de una deidad idiota en su sala del trono. Y de otro dios que era un tejedor de mentiras, un oscuro y calculador Hermes de mil rostros, que se arrastraba para obedecer a su amo. Un viajero para quien las distancias se antojaban diferentes a las que establecían las fronteras del espacio y del tiempo. Me sumergí de nuevo en El’Arafa y la banda de homies y en el extraño negro, vestido del mismo color de su piel, y sus secuaces, “El que susurra en la oscuridad” y Barcelona. Estrella, David. Y una llave de plata. Vasija, un hombre sentado, una esfinge, un ojo, un cuerno.

Cuando quise darme cuenta, había anochecido y llevaba horas leyendo. Me había quedado atrapado en las inmensidades abismales descritas, en los panteones que no debían ser abiertos por manos humanas. Las polillas cantaban, extendiendo su trompeta que anunciaba un Apocalipsis que no tenía nada que ver con el judeo-cristiano de la Biblia. Este era más cercano, más oscuro y terrible, porque estaba sucediendo delante de nuestras narices y no éramos capaces de verlo. No resultaba posible hacer nada para evitarlo. Lo peor era que no podíamos resistirnos, sucedería sin más. Caí rendido sobre la cama, con la ropa puesta, “Extraños eones” yacía sobre mi almohada.

Hoy me he despertado varias veces a lo largo de la noche, asustado por las imágenes de lepidópteros cambiantes que me persiguen, serpientes voladoras que tratan de atraparme y siento el calor de un eterno desierto que me abrasa. El libro sigue en el mismo sitio.

He puesto los pies en el piso y en lugar de las acostumbradas zapatillas, noto bajo mis plantas desnudas algo que es imposible que haya llegado hasta mi casa. Un puñado de fina arena amarilla. La he tocado con las manos, estaba caliente. Arena real, no me la había imaginado en absoluto.

Mi estómago me recuerda que no he comido nada el día anterior, y los mensajes no respondidos del teléfono que no he acudido a trabajar. Apago el aparato y me sirvo un café. Nada existe más importante en este instante que conseguir finalizar esa novela. Apuro la infusión.

La historia me transporta hasta África de nuevo, el desierto, las pirámides de los nubios y terremotos. El final.

H.P. Lovecraft - fondo de pantalla

Y sé que los jeroglíficos en meroítico que cubren las últimas páginas no han sido colocados ahí por capricho. Busco y busco hasta encontrar aquello que necesito. Descifro el código. No son unos meros símbolos arbitrarios. Tienen un significado, uno importante y al mismo tiempo espeluznante. Recuerdo algo y agarro un libro de mis estantes. Abro el pequeño volumen en formato de bolsillo, allí están los versos malditos de Lovecraft:

Y vino del interior de Egipto.
El extraño Oscuro ante el que se inclinaban los fellás;
silencioso, descarnado, enigmáticamente altivo,
envuelto en sedas rojas como las llamas del sol poniente.
A su alrededor se congregaban las masas, ansiosas de sus órdenes,
pero al retirarse no podían repetir lo que habían oído;
mientras la pavorosa noticia corría entre las naciones:
las bestias salvajes le seguían, lamiéndole las manos.

Pronto comenzó en el mar un nacimiento pernicioso;
tierras olvidadas con agujas de oro cubiertas de algas;
se abrió el suelo y auroras furiosas se abatieron
sobre las estremecidas ciudadelas de los hombres.
Entonces, aplastando lo que había moldeado por juego,
El Caos idiota barrió el polvo de la Tierra
.”

Todo cobra sentido ante mis ojos. Me encuentro en un grave peligro. Queda poco tiempo.

Emilio Bueso es Abdul Alhazred redivivo. La traducción latina del "Necronomicón" de Olaus Wormius no se imprimió en Toledo, se transcribió en Castellón. Acordaos de mis palabras cuando recoja premios por “Extraños eones”.

Escribo estas últimas líneas en el momento que las polillas me están llamando, acuden a mi ventana, desplegando sus apéndices que hacen las veces de instrumentos musicales. Cantan y sorben y tañen sus flautas. Anuncian el inminente reinado de su amo. El cristal se desvanece, fulminado por las substancias que excretan y vienen a por mí. ¡Y la cabra! No puedo impedirlo. ¡Extraños eones! No tengo fuerzas. ¡Esto, lo otro y lo de más allá! Ya están aquí.

¡Iä, Iä, Emilio Bueso!
¡Iä, Iä, Valdemar!
»

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Transcripción de la libreta encontrada de Alejandro Guardiola, en paradero desconocido en la actualidad... perdido tras remitirnos esta crítica formal:


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«“Extraños eones” (col. Insomnia, Valdemar 2014, disponible en FantasyTienda) de Emilio Bueso, supone el cuarto volumen publicado dentro de Insomnia, la nueva colección de la editorial Valdemar dedicada al terror contemporáneo y primera de un autor español en ella. Las portadas de la colección, y no es excepción en esta novela, están ilustradas por Santiago Caruso, en una edición muy cuidada, como es habitual en Valdemar.

En El Cairo, Egipto, existe una ciudad apartada de las rutas frecuentadas por los turistas. El’Arafa y la ciudad de los muertos, el mayor cementerio del mundo, repleto de mausoleos y panteones que sirven de cobijo a los sin techo. En Barcelona, Estrella y David, regresan del funeral del abuelo de este último, para descubrir la extraña herencia que les ha dejado.

Extraños eones” va a centrarse en una banda de homies, de niños de la calle, abandonados desde pequeños y que tienen que sobrevivir a cualquier precio para procurarse el alimento y las adicciones, pues viven enganchados al pegamento y a otras drogas. Su situación, moviéndose entre montañas de basura, prostituyéndose, trapicheando, realizando robos a pequeña escala, nos ambienta en una historia de los bajos fondos. También tenemos crítica social, denunciando la situación de estos niños, a los que nadie hace caso, de los que nadie se ocupa. Bueso nos muestra un Cairo bien diferente al que se suele conocer en los viajes organizados. Uno en el que estos homies son seres invisibles.

Emilio Bueso

En un panteón entre tumbas viven y duermen Islam, Khaldun, Ibrahim, Ideodaniach, Tata y Benipé, quien ejerce de jefe y protector de los homies al ser el mayor del grupo. Su miseria cotidiana se va a ver perturbada cuando abran un panteón de origen nubio justo enfrente del que ellos ocupan. Entonces, ni las drogas que consumen serán suficientes para evadirse de la realidad que se avecina.

La historia que comienza siendo un realismo o costumbrismo sucio, usa esos elementos para articularse en una narración moderna de los Mitos de Cthulhu, ideados por H.P. Lovecraft y su círculo de escritores afines.

El autor se salta las convenciones de las clásicas historias de los Mitos, rompe el corsé de la primera persona y lo sustituye por un narrador omnisciente mucho más dinámico y que a veces realiza digresiones sobre qué ha sucedido o lo que está por pasar. La rotura de ese esquema supone un cambio que nos anuncia que no se trata de una historia al uso de los Mitos. Tenemos una narración que usa elementos y mitología de la cosmogonía ideada por Lovecraft y los suyos sí, pero Bueso incorpora estas características de manera muy natural a su afilado estilo de contar las cosas. Los Mitos se amoldan a su voz y no al revés, por eso, puede permitirse muchas libertades que enriquecen el relato sin la necesidad de tener que cumplir con unos anquilosados preceptos.

Los personajes, en este caso, son la banda de homies, están muy bien retratados, con unas descripciones que nos permiten imaginarnos de una forma fiel cuáles son las penurias que soportan y la desesperación en la que viven. Son perfiles realistas, cada uno con sus debilidades y fortalezas. Aunque no dejan de ser unos adictos, a este estilo de vida, no solo a las drogas, que harán lo que sea para conseguir su dosis diaria de mandanga. La crudeza de su historia está intercalada con mucho sentido dentro de la trama lovecraftiana, por así decirlo. Son ellos quienes llevan el peso de la narración. Ellos que viven y mueren un poco cada día.

La forma de contarnos la historia que tiene Emilio Bueso, es directa y ataca a la yugular, aunque en “Extraños eones” esa forma resulta un poco más comedida que en otras obras suyas. Eso no impide que nos relate con una brutal dureza El Cairo donde mora la banda de homies de Benipé. Que sus diálogos sean reales, descarnados y cortantes como la vida misma. Que sus personajes se encuentren siempre en el límite.

Y que cuente con un desenlace acorde a lo que nos ha venido contando durante toda la historia, que se produce sin prisas ni tropiezos, poniendo un excelente broche final.

Caricatura de H.P. LovecraftAlgunos acusan al autor de chulesco y provocador y puede que sea cierto, pero entonces no sería el estilo de Emilio Bueso al que nos tiene acostumbrado. Así que, si te molesta esa voz narrativa tan personal y atrevida, esta novela no es para ti, mejor que busques un libro diferente para leer.

La aportación de “Extraños eones” al género de terror, y dentro de este a los Mitos de Cthulhu, resulta muy interesante y brillante. Ismael Martínez Biurrun ya apuntó con su “Infierno Nevado” (Equipo Sirius 2009) que pueden escribirse narraciones lovecraftianas con un gran nivel literario en España. Rodolfo Martínez inmiscuía a su Sherlock Holmes en una aventura con elementos de los Mitos en “Sherlock Holmes y la sabiduría de los muertos” (reeditado en Sportula 2012). Francisco Javier Illán Vivas nos contaba en “La isla y otros relatos” (Ediciones Irreverentes 2013) unas narraciones en las que se hablaba de cultos mediterráneos a criaturas primigenias. Jesús Cañadas y su “Los Nombres Muertos” (Fantascy 2013) en la que el propio Lovecraft se lanza a buscar el infame Necronomicón por todo el mundo. Y muchos más que seguro no he leído. Todo esto para decir que no hace falta ser anglosajón para contar buenas historias lovecraftianas.

Extraños eones”, fuera de consideraciones de género, etiquetas y demás, es un gran libro de literatura bien escrita, entretenido, de ritmo fluido, que se termina en un santiamén y cuya lectura he disfrutado. Si además conoces un poco sobre las obras de Lovecraft y de los Mitos de Cthulhu, obtendrás un añadido de homenajes y guiños al de Providence que redondearán los buenos ratos que proporciona la novela.»

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