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       Artículo de literatura

Redshirts, de John Scalzi: muchas risas y pocas nueces


Inés Arias de Reyna   06/05/2014
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     Una novela repleta de diálogos hilarantes, con una trama inverosímil.
Portada de Redshirts, de John Scalzi"Redshirts" ("camisas rojas", Minotauro, disponible en FantasyTienda), de John Scalzi, recibe el nombre por las prendas que vestían los extras de Star Trek y que morían, a uno por capítulo, en las aventuras de la Enterprise. Esta novela es una parodia de las series de épica galáctica que han poblado la televisión desde los años sesenta. Si has visto la mítica serie o alguna de sus secuelas (o tantas otras que han seguido patrones similares), quizá esta lectura te resulte entretenida. Me temo que, si no es así, probablemente no le encuentres ni pizca de gracia a las aventuras del alférez Andrew Dahl.

El joven Dahl ha sido destinado a la Intrepid, una de las naves estelares de la Unión Universal, donde se encontrará con otros nuevos tripulantes, que pronto se unirán para desvelar el misterio que envuelve al buque insignia: en todas las misiones de desembarco muere algún miembro de bajo rango de la tripulación.

En esta primera parte, resulta excesivo el número de personajes en escena que apenas están caracterizados —uno de los mayores obstáculos para la lectura de la parodia—. Muchos de ellos, la mayoría secundarios, incluso algún figurante, participa en los diálogos, lo que dificulta la distinción de aquellos que hablan y complica la comprensión de las motivaciones de cada uno, en parte porque se enfoca la atención en personajes que no son relevantes para la trama.

Los diálogos, ágiles y simpáticos, por otro lado, funcionan muy bien —sin duda, lo mejor del libro—; el autor demuestra una soltura propia de guionista de televisión a la hora de elaborarlos. Ahora bien, apenas hay otros recursos que sobresalgan: la narración está supeditada casi por completo al diálogo y esto provoca que la novela resulte pobre en su forma.

El estilo se ha pulido tanto en retórica, que se ha quedado raquítico, puesto que prescinde casi de cualquier forma expresiva, incluso de la metáfora. Sin duda, esta opción —la de desprenderse de cualquier expresión poética del lenguaje— es propia de la literatura de entretenimiento y de ese género conocido como best seller (a pesar de que abundan obras que mantienen las características, sin haber llegado a ser jamás un superventas). Hasta aquí, si uno es consciente de que la lectura pertenece a este tipo de literatura, todo está bien. Sin embargo, las codas del final —por su (fallido) intento de experimentación formal— chocan con la forma perpetrada para el resto de la novela. Profundizaré en esta cuestión un poco más adelante.

El grupo de novatos de la Intrepid investiga qué es lo que está sucediendo en la nave, por qué los oficiales nunca mueren (a pesar de todas las heridas y enfermedades mortales que han padecido), cómo es que el equipo de científicos rehuye a estos oficiales y por qué los nuevos son los únicos que los acompañan en las misiones de desembarco, lo que incrementa la estadística de muertes entre los recién llegados. La investigación termina cuando localizan a Jenkins, un informático paranoico que se ha escondido en las bodegas, que será el que les desvele el secreto.

Ahí termina la primera parte, que mantiene una intriga entretenida, con una tensión un tanto baja, pero que se sostiene gracias a la curiosidad por saber qué es lo que va a ocurrir. Hasta ese momento, las sonrisas que logró sonsacarme procedieron, casi en su totalidad, de los diálogos desenfadados que mantiene el grupo de Dahl. La lectura fluye gracias a estas conversaciones y al peso de la acción concreta, en una narración casi lineal que apenas es interrumpida, salvo por alguna elipsis temporal que nos lleva al día siguiente en la vida de la tripulación.

La narración está supeditada casi por completo al diálogo, lo que provoca que resulte pobre en su forma.

El noveno capítulo marca la frontera entre lo que había sido, hasta el momento, una historia de naves espaciales, aventuras en otros planetas, encuentros con alienígenas, uniones federales interestelares, etc., y el planteamiento metaliterario, un poco cogido por los pelos, que se desarrolla a partir de entonces, que, de nuevo, se sostiene gracias a los diálogos y a la acción continuada, sin apenas respiros, y con una buena medición rítmica que ayuda a que la lectura no resulte aburrida.

Sin embargo, el juego metaliterario —una forma de narrativa que hace referencia a la propia ficción, en la que los personajes son conscientes de su condición de personaje— resulta inverosímil en muchos momentos, por lo que se rompe el pacto ficcional —el lector toma consciencia de que está leyendo una obra literaria y, por tanto, deja de sentirse inmerso en la historia—. Cuando el pacto de verosimilitud se rompe, el lector se distancia del relato, pero al ser esta una parodia no resulta especialmente traumático, puesto que ya se ha establecido cierto alejamiento para que se produzca el humor.

Me da la sensación de que si el autor se hubiera trabajado mejor la trama —sin forzar tanto la credibilidad— nos podría haber evitado a los lectores estas sacudidas, que nos habrían permitido entrar más (y mejor) en la historia, para que nos la pudiéramos creer sin apuros, algo que, sobre todo hacia el final, resulta cada vez más difícil. Considero que de esta manera habría logrado no solo unas cuantas carcajadas aisladas sino una risa continua.

En esta segunda parte, algunas de las escenas me resultaron especialmente graciosas, como aquella en la que el protagonista se encuentra en el puente de mando y analiza lo que está viviendo a partir de lo que Jenkins le había contado sobre «la narrativa». Esta escena calca aquellas en las que el capitán Kirk y sus oficiales se enfrentaban a la mayor de las catástrofes en la Enterprise, y que se repetía prácticamente en todos los episodios.

La crítica que hace Scalzi de este tipo de series —a pesar de que estoy de acuerdo, sobre todo con la petición a los guionistas para que no caigan en la pereza— me resultó demasiado evidente —en general, prefiero que me permitan llegar a mí a las conclusiones y no que me las den tan mascadas como en esta novela—.

John Scalzi con su mujer, Kristine Scalzi

El objetivo de toda parodia es hacer reír y, ya lo he dicho, conmigo lo ha conseguido en parte. He pasado un buen rato leyéndola, pero creo que el mejor humor es el que saca de ti algo más que una carcajada y me temo que las camisas rojas de Scalzi no lo han logrado conmigo.
Supongo que la necesidad de ir más allá del chiste fue lo que llevó al autor a escribir las tres codas del final. En un intento de dar una mayor profundidad a la historia, el autor juega con la forma, de tal manera que cada uno de los episodios que funcionan a modo de epílogo está escrito con un enfoque distinto.

El punto de vista del primero es el de Nick Weinstein, que escribe en un blog su experiencia tras el encuentro con los protagonistas de la serie de la que es guionista. Es aquí donde aparece de una manera más explícita la crítica del autor hacia estas series. Es explicativa y no parece cumplir más función que la de subrayar la necesidad de que los guionistas se trabajen más sus guiones. No aporta gran cosa a la historia principal y a la mitad se me hizo repetitiva.

La segunda coda se enfoca en un personaje secundario, Matthew Paulson, al que el narrador se dirige en segunda persona (no se menciona al narrador como personaje, por lo que es externo a la acción). Este epílogo le ofrece un cierre que, más allá de si es interesante o no, resulta irrelevante para la trama principal. La segunda persona se vuelve algo pesada, sobre todo porque cuenta algo que es predecible y que con bastante probabilidad cualquier lector avispado habrá comprendido en el desenlace de la historia principal, antes de las codas.

Portada de Redshirts, de John Scalzi (original)Por último, el narrador de la tercera adopta un enfoque equisciente (un omnisciente limitado a un personaje) sobre una figurante. La historia que se cuenta aquí es cursi y efectista. Busca conmover al lector pero de una manera tan burda, tan facilona, que de tan llamativa pierde valor. Puede funcionar durante la lectura, pero en el momento en el que uno se detiene a meditar sobre lo narrado apenas encontrará un asidero que sostenga el final de este episodio.

Pienso que la historia principal adolece de un desenlace que de tan clásico resulta flojo. Imagino que con la intención de completar lo que ha quedado cojo, el autor quiso añadir estas tres codas; pero no aportan gran cosa y aparentan algo que, en el fondo, no son, por lo que rebajan la calidad del conjunto en vez de aumentarla. Si el autor se hubiera limitado a contar una historia sencilla, a trabajar mejor la trama para evitar los agujeros de verosimilitud, a caracterizar mejor a los personajes, a no enfocar la atención del lector en figurantes y a buscar un final algo menos predecible, quizá esta novela, sin necesidad ninguna de experimentos formales, se habría convertido en una historia sencilla, divertida y bien contada. Sin embargo, el conjunto no llega a conseguir su propósito: la experimentación no compensa los defectos mencionados, y la historia, divertida por sí misma, se queda huérfana de un buen final.

En cuanto a la edición de Minotauro, vuelvo a encontrarme más erratas de las que me gustaría. La portada me parece feúcha: sigue en cierta manera la original de Tor Books, pero añadiendo una imagen de fondo que rompe con la idea de la editorial neoyorquina que mostraba una camisa roja. Por último, agradecería a Minotauro que empezara a añadir el nombre del traductor, por respeto al trabajo de la persona que haya traído a nuestro idioma la obra en cuestión, pero también por respeto a los lectores a los que nos gusta saber quién realiza esta labor.

Como conclusión, esta obra me ha resultado entretenida, gracias a sus diálogos, pero la trama me ha parecido inverosímil y los epílogos pretenciosos.

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