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       Artículo de literatura

El emperador, soy yo, de Hugo Horiot: estremecedor relato de una infancia sumida en el Asperger


 Ensayo
Alejandro Serrano   10/04/2014
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     Una lectura rápida, adictiva, impactante y profundamente humana.
Portada de El emperador, soy yo, de Hugo HoriotEl síndrome de Asperger forma parte del espectro autista de dolencias mentales, y resulta ser un gran desconocido para el público, que tiende a identificar a quienes lo padecen como pacientes de otras enfermedades, o simplemente, como antisociales. El Asperger ha sido descrito casi siempre por médicos y padres, desde un punto de vista externo, por mucho que estableciesen vínculos emocionales con los pacientes y viviesen día a día con ellos. Pero en ocasiones, es el propio protagonista quien narra sus vivencias relacionadas con la enfermedad, y podemos apreciar en toda su dimensión qué conlleva padecer Asperger.

El joven actor, director y escritor francés Hugo Horiot, hijo de la escritora Françoise Lefèvre, ha publicado en la editorial Kairós, en su colección Psicología, “El emperador, soy yo” (disponible en FantasyTienda), un testimonio en primera persona de la infancia y adolescencia de este ya adulto, enfermo de Asperger. Sin dramas cara a la galería ni vana autocompasión, Horiot compone un relato descarnado de su vida diaria, de la batalla que hubo de lidiar consigo mismo y con los demás para autoafirmarse.

¿Cómo descubre un niño que es radicalmente distinto de todos aquellos que le rodean y cómo lo asume cada día? Horiot no nos ahorra un solo pensamiento, por impactante o ajeno que pueda parecernos, una forma de expresión muda pero afilada como un cuchillo, que esgrimió durante gran parte de su infancia y adolescencia. La primera batalla que libró consistió en aceptarse a sí mismo, mientras descubría en la mirada y los actos de otros hasta qué punto él era extraño e impermeable a las convenciones sociales más elementales. Y cuánto deseaban perderlo de vista.

Con distintos obstáculos, todos hemos de realizar el camino hacia la adultez, y suele estar lleno de trampas y no existe manual que nos asista. Este libro trata, fundamentalmente, de eso.

Por fortuna, las familias muchas veces son un gran –y casi siempre único- apoyo para quienes sufren Asperger y otras dolencias que modifican el carácter; Horiot tuvo en su madre sobre todo a un pilar firme, que supo no sólo ayudarle a aceptarse a sí mismo, sino también a comprender a otros y tolerar en cierta medida sus actitudes. Su relación, construida en base a un infinito cariño y aceptación de las diferencias entre ambos, con períodos más o menos tirantes, es sin duda lo más interesante de este libro, porque permite apreciar aún con mayor fuerza el contraste entre el mundo tal y como lo interpreta un Asperger, y como lo experimenta alguien que no está aquejado del síndrome.

El paso de Horiot por la guardería, la escuela y el instituto a menudo es traumático, en un niño que ve las cosas de distinta manera y no puede reaccionar contra las puertas cerradas a su alrededor más que con cólera. La incomprensión y la crueldad ajenas se filtran en la propia conciencia de un niño que descubre cada día un poco más su fortaleza, plagada de obsesiones que cualquiera podría calificar como enfermizas, pero que cuadran absolutamente con la lógica de un enfermo de Asperger. Aprende a ocultar sus flaquezas y a pulir sus armas de interacción social con una furia, premeditación y objetivos escalofriantes, y surgen en él pensamientos de dominio, crueldad y venganza que revelan un profundo alienamiento del entorno que le rodea.

El emperador, soy yo” es también una crítica descarnada de la educación francesa en relación al Asperger, de la brutalidad de algunos niños y de la incomprensión y miedo del conjunto de profesores hacia las enfermedades mentales, para las que no son preparados. Todos sabemos que el entorno escolar suele ser competitivo y duro para los niños en cualquier país, que utilizan cualquier mínima diferencia para segregar a sus compañeros e imponerse en la estructura jerárquica que parece surgir de forma espontánea. Si esto sucede con nimiedades (peinado, mocos ocasionales, ropa, sutiles peculiaridades físicas)... ¿qué puede esperar un niño Asperger?

Hugo Horiot

El relato de Horiot es estremecedor y nos abre los ojos a la realidad de miles de niños que se enfrentan diariamente al mismo infierno. Pero él tuvo suerte... gracias a su madre, que evitó los diagnósticos inmovilistas, los centros especializados, la doctrina impuesta de la imposible mejora cualitativa de estos enfermos, y le facilitó un entorno estimulante y comprensivo. Su hijo se transformó en un adulto funcional, creativo y sin excesivas fracturas. “El emperador, soy yo” es un canto de esperanza para enfermos y padres, del anuncio de que la batalla diaria puede tener recompensa si se plantea con inteligencia, amor y valor, mucho valor. Del camino a seguir, de las victorias y derrotas que esperan.

No se lo pierdan... quizá aprendan algo de sí mismos. No tanto sobre cómo tratar a un Asperger sino de cómo aplacar las tormentas que en ocasiones se desatan en nuestro interior mientras maduramos e intentamos encajar en un mundo poco amable. Con distintos obstáculos, todos hemos de realizar el camino hacia la adultez, y suele estar lleno de trampas y no existe manual que nos asista. Este libro trata, fundamentalmente, de eso.

Niño Asperger

Al final del texto, Françoise Lefèvre, la madre, dedica a su hijo unas pocas páginas a modo de postfacio, en un escrito titulado “Mi hijo de los abismos”, en el que relata sus 30 años de lucha, del que extraigo un pequeño párrafo.


«Siempre comprendí este rechazo de nuestro mundo. Incluso lo admiré. Era adicta tuya. Admiraba tu capacidad para resistir. Pensaba, sobre todo, que donde tú estabas encerrado -¿pero dónde?- sufrías atrozmente. Entonces, sumida en el agotamiento que me producían tus demenciales cóleras, intentaba encontrar nuevas fuerzas para combatir, no contra ti sino a tu lado. Estaba segura de que comprendías que yo era tu aliada, que te amaba y nunca te abandonaría. Nunca te daría como pasto a las instituciones llamadas “especializadas”. No me arrebatarían lo que yo consideraba una de mis hermosas historias de amor. También yo desarrollaba mis resistencias. Sabía que tendría que utilizarlas.

A veces he reído contigo. He reído mucho. Jamás me atreví a decirlo, ni a escribirlo. Hoy te lo digo y lo escribo.»

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