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       Artículo de literatura

El maestro del Prado y las pinturas proféticas, de Javier Sierra: un viaje iniciático por la pintura europea


 Terror / Suspense
Morgana Majere   18/03/2014
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     «El buen maestro sólo llega cuando el discípulo está preparado» (proverbio sufí).
Portada El maestro del pradoEn un mundo como el nuestro, adicto al consumo rápido y acostumbrado a un producto más encauzado al pragmatismo que al disfrute meramente estético, el enfoque utilitario hace tiempo ya que alcanzó la industria del libro. Probablemente esto no sea más que otra melancólica mirada a una utopía llena de letras, el deseo de convertir el libro en un objeto de culto por sí mismo y no solo por su contenido, pues es precisamente su fondo lo que ha primado sobre la forma a lo largo de nuestra historia. Cuando tener un libro (y no digamos ya una biblioteca más o menos nutrida) era un lujo que muy pocos se podían permitir, lo normal, lo más extendido, era la manufactura de volúmenes encuadernados en cuero y, con frecuencia, escritos sobre pergaminos raspados y borrados para poder reutilizarse (cuyo término técnico es "palimpsesto").

Esos tomos antiguos, de portadas rugosas de color ocre, agujereados por los gusanos y conservados en bibliotecas y librerías de viejo, tienen una belleza salvaje que atrae mi mirada como si fuesen una potente llama y yo una polilla condenada ante su presencia; sin embargo, de forma paralela y, por supuesto, procedentes de un estamento social inalcanzable para el común de los mortales, se elaboraron cuidadosos manuscritos miniados y decorados con pan de oro, con ilustraciones espectaculares que cubrían las páginas interiores de esas obras de arte, pues no pueden llamarse de otra forma, independientemente del contenido que albergaran. Evangelios, Dioscórides ilustrados, bestiarios... Hoy son piezas más dignas de un museo que de una librería, lo cual extrañará a muchos, pues en cierto modo les hace perder lo que es en realidad la quintaesencia de un libro: que se hizo para ser leído.

«El arte no reproduce lo visible; hace visible». Si la pintura sólo reflejara lo evidente, resultaría tediosa, cansina, y terminaríamos por no darle valor alguno.


Hoy, de nuevo en una situación en la que hay que mirar cada céntimo gastado, se busca presentar los libros a un precio de mercado competitivo y asumible para la mayoría, aun a riesgo de que su factura alcance solamente el mínimo indispensable: tamaño de letra pequeño, pero legible; páginas finas, pero que resistan más de una lectura; tapas blandas, pero suficientes para sostener su contenido. No me quejo: considero fundamental que la cultura esté accesible para todo el mundo, y yo, que soy una bibliófila empedernida, atesoro numerosos volúmenes gracias a esos formatos. Sin embargo, de cuando en cuando me gusta también permitirme el lujo de traerme alguna pequeña obra de arte a casa. Una edición cuidada, de tapas duras, resistentes; o una comentada, de esas que en ocasiones se publican para uso y disfrute de los lectores más exigentes. Tengo varias de las mencionadas desde hace años, y las atesoro con gran cariño, y las leo con mimo; por eso, y porque también guardo con amor algunas ediciones cuyas hojas se desprenden por las múltiples relecturas y que me niego a tirar, sé apreciar la calidad en la factura de un libro.

"El maestro del Prado y las pinturas proféticas", de Javier Sierra (editorial Planeta, disponible en FantasyTienda), es uno de esos libros. La edición de coleccionista se presenta dentro de una caja de color bermejo oscuro que imita el cuero, suave, con la portada del libro enmarcada en una intrincada moldura dorada que contrasta brillante con el tono mate del fondo. Ya su peso es indicativo de su calidad, pues cuando uno estira con cuidado el lazo bermellón que extrae el libro y abre las gruesas tapas, descubre un interior muy cuidado, impreso con imágenes a todo color y donde, además, se alternan láminas extensibles con reproducciones de diversas pinturas que alberga el Museo del Prado u otros museos del resto del mundo. A esto se añade la presentación de detalles de los cuadros o de cuadros completos a lo largo de toda la novela y enmarcados en el texto, que ilustran los misterios que el protagonista va desgranando. El último extra lo constituye una lupa de plástico rallado que permite ampliar y apreciar al detalle los cuadros de los que se habla en la obra.

Imagen libro_ El maestro del prado

Ya solo por su aspecto, "El maestro del Prado" bien merece engrosar las filas de esos libros, los especiales y hermosos que contemplamos con admiración. Sus ilustraciones y láminas de factura impecable de los cuadros de algunos de los más grandes artistas de nuestra historia lo hace una adquisición muy recomendable. Pero además, a esto debemos añadir el encantamiento que transmiten sus páginas, la historia y el misterio que se van trazando y revelando con cada pequeño detalle artístico que el Maestro nos desnuda entre susurros en las vacías salas del museo.

Un jovencísimo Javier Sierra, recién llegado al Madrid de los noventa para estudiar periodismo, mucho antes de pensar siquiera en escribir o publicar las obras que lo catapultarían a la fama -como "El Ángel Perdido", disponible en FantasyTienda, entre otras-, es abordado en el Museo del Prado por un hombre misterioso de abrigo negro, el doctor Fovel, que le desvelará poco a poco los secretos que ocultan las pinturas del Greco (indispensable pasar por Toledo esta año a conocer TODA su obra), del Bosco, de Rafael y de muchos otros artistas que conforman la historia secreta de Europa. «Recuerda siempre esto —le dirá—: ten cuidado con lo que parece vulgar o común en el arte. A menudo los maestros utilizaron imágenes de aspecto inocuo para transmitir sus mayores secretos».

Así comenzará un viaje por la pintura europea que nos introducirá con cada página, con cada cuadro, en un viaje iniciático más cercano a la mística que a la crítica del arte. Un viaje que cualquier apasionado de la cultura reconocerá como el arrebato intelectual y espiritual que nos provocan ciertas obras, esas piezas que tocan una fibra especial dentro de nuestro ser. Misterios como la existencia de un gemelo de Cristo o como la pertenencia de algunos de estos artistas a los Hermanos del Libre Espíritu coparán las páginas de esta ¿novela?, ¿de estas memorias?, de estas líneas, en definitiva, a las que tan difícil resulta adscribir un epíteto adecuado.

Javier Sierra_ El maestro del prado

“¡Ay, hijos! ¡Qué imagen tan falsa tenemos de la Historia de España!”, se quejaba el doctor Fovel. Y del arte, y de la espiritualidad, y de tantas otras cosas cuyo verdadero rostro atisbamos apenas en las palabras del docto prohombre que Javier Sierra nos lega aquí a modo de testamento artístico. Esta novela es una clavis del conocimiento, en su doble vertiente evolutiva del latín: es la clave para la comprensión que nos permitirá encajar las piezas de un puzle que los artistas nos han ido dejando ocultas en sus obras, y al mismo tiempo se trata de la llave que abrirá una puerta a un mundo de conocimientos que solo la más profunda sofía (del griego, "conocimiento") permite penetrar.

El arte hay que sentirlo. Uno debe estar en una situación mental y espiritual especial para aceptar esa clave, esa llave, y atreverse a abrir las puertas de este mundo tan distinto al nuestro. La revelación está reservada a unos pocos. "El maestro del Prado" es una ayuda indispensable, un primer paso que permitirá al lector sagaz recomponer el rompecabezas, pero deberá ser él quien después tome distancia y lea y relea, y vuelva una y otra vez a los trazos de los artistas, a las huellas de la historia, y a las múltiples referencias que al final de la obra nos presenta el autor para completar este viaje iniciático que cobró forma ante La Perla de Rafael, en una noche de invierno en la Sala A del Museo del Prado.

Imagen museo_ El maestro del pradoNo puedo ponerle ninguna pega a este libro que, a mi parecer, es magnífico. Tan solo un apunte, y este forjado por una deformación profesional que me acompaña desde que mi labor investigadora me obligó a perseguir no solo mis lecturas, sino también las fuentes de las que bebían estas y cada dato que el autor o el editor me pudiera ofrecer: el peor de los infiernos está reservado a aquellos que ponen las notas al texto al final de este. Es un terrible engorro tener que andar páginas arriba, páginas abajo, cada vez que una llamada numérica en el texto nos advierte que hay más información que debemos saber al respecto. Soy una firme partidaria de añadir las notas a pie de página, por mucho que puedan afear el producto final. En el fondo, se trata de una cuestión de comodidad al lector. Lo del índice al final lo tengo casi asumido; a esos que lo relegan a la última página solo les espera un tiempo moderado en el purgatorio. Pero las notas...

Sin más, os dejo con el booktrailer de la obra de Javier Sierra y os recomiendo enfrentarla con los ojos, tanto los de la mente como los del alma, bien abiertos y dispuestos a aceptar lo inefable. ¡Buen viaje!


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