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       Artículo de literatura

Un día cualquiera en la vida de Néstor Aguilera


 Terror / Suspense
Manuel Fernando Estévez Goytre   14/03/2014
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     El chico se levanta, se sienta y se bebe el Oporto de un trago. Se vuelve a levantar y arroja por la boca una sarta de insultos e improperios contra el carnicero.
El hombre del sombrero y las gafasNadie duda de la educación de Néstor Aguilera, de la generosidad y la inteligencia que derrocha a pie de calle, pero tampoco del temperamento brusco y distante que a veces exhibe en sus relaciones con las personas de su entorno. Sus anécdotas, concretamente sus incoherencias y sus rarezas, ya no son noticia para nadie; son tantas y tan variadas que desde hace tiempo pasan desapercibidas a familiares y parroquianos de la comarca.

El día de hoy es oscuro, marrón, el viento sopla huracanado y hace un bochorno inaguantable, un calor atípico para un primero de diciembre; las nubes, en un alarde de mal humor, no dejan de arrojar barro y más barro, aunque, eso sí es de agradecer, dejan flotando en el ambiente un intenso aroma a tierra mojada. No es de extrañar, pues, que el estado emocional de Néstor, muy susceptible en ocasiones, se resienta. A todo ello, y por si no fuera suficiente, se suma la luna llena que aparecerá dentro de unas horas. ¿Acaso el muchacho no está preparado para vivir al pie de la sierra, o es la sociedad a la que pertenece la que abrasa sus nervios? Se siente desubicado, no sabe muy bien si salir a pasear al centro, dormir una siesta en casa, como todos los días, o leer alguna de las novelas negras que tanto llaman su atención. Como durante el almuerzo ha abusado del jerez, se toma el postre y, después de ensimismarse con la pantalla apagada de la televisión, decide lo segundo. «Siesta, no podría pasar sin ti». Sin embargo, como es de esperar, no puede pegar ojo.

Un ejército de espectros caprichosos y hechiceras decrépitas y perversas asaltan a bocajarro su imaginación, que se desborda de una nebulosa de luces, colores y ritmos sensuales y acaba desbocándose en un baile obsceno y provocativo, en un aquelarre protagonizado por demonios y machos cabríos que absorben su voluntad, si es que queda algo de ella. Como la tarde está mediada, se levanta de la cama y se dirige al baño, sus piernas dobladas y apretadas y su mano sujetándose el bajo vientre. Con vista corta y paso lento, le acompaña una espesa bruma que no le brota desde hace tiempo pero que reconoce como bastante incómoda. Hace horas que ha dejado la caja de fármacos sobre la mesa, un cóctel explosivo que cada mes le prepara el boticario y que según él no hace otra cosa que dejarlo en un estado lamentable. La mira con más desdén que respeto y con el sentido de culpabilidad aguijoneando su conciencia le guiña un ojo y la deja tal cual. «Mañana será otro día».

Se envalentona consigo mismo, un hecho habitual en su rutina diaria, y se sirve una copa de Oporto. ¡Otra más! «Al carajo la prescripción médica», se dice después de paladear a conciencia el primer trago. Se deja caer a plomo en el sofá, y con el aturdimiento y la confusión dando fuertes aldabonazos en su mente, escucha el sonido metálico y estridente de la chicharra que tiene por timbre. Sus pensamientos y sus acciones, como otras tantas veces, se proponen burlar cualquier orden de su cerebro, que atraviesa una de sus fases de obediencia y resignación, pero le es sumamente complicado; se levanta sobresaltado, brinca por el pasillo como un mono hambriento y se planta frente a la puerta.

-¿Quién llama? –pregunta, con una mancha de suspicacia empañando su hombría.

Como no recibe respuesta alguna, repite la pregunta. Y a la tercera:

-Soy yo, tu instructor –escucha una voz débil y pastosa, casi febril, apenas un susurro ininteligible que rebota de pared en pared como en el interior de un templo vacío-. Déjate de preguntas y abre de una vez, no tengo todo el día.

Y se encuentra con él. «¡No puede ser! ¡Otra vez no!» Lo observa con algo de rencor y miedo, ¡mucho miedo! Está ahí, delante de él, plantado en el rellano de la escalera con las manos metidas en los bolsillos del pantalón. Viste traje negro y lleva un sombrero del mismo color calado hasta las cejas y unas gafas de sol que le ocultan una mirada profunda e intimidatoria que Néstor conoce sobradamente.

-Pase, por favor –lo invita a entrar, a su pesar, después de hacer una exagerada reverencia y ponerse a su disposición-, y póngase cómodo.

Mientras observa cómo el tipo se quita el sombrero y toma asiento en una de las mecedoras que flanquean el sofá, Néstor le sirve una copa y se la ofrece con unos modales exquisitos.

-Hace tiempo que no me visita –le dice-. ¿Acaso quiere pasar desapercibido ante la gente? Es extraño, nadie excepto yo recuerda las últimas veces que se dejó caer por aquí, y eso que solemos recorrer el barrio entero.

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