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       Artículo de literatura

Le Grand Chef


 Terror / Suspense
Natalia Calvo   05/02/2014
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     «Vas a flipar, ¡esta sorpresa no te la esperas, Mudo! ¡Todo por el Mudo!»
Le Grand Chef-Yo creo que sí, va a ser la hostia, le tiene que gustar...

-Tampoco parece tan fácil. Que sí, que mucho amigo informático, pero yo no prometo nada.

-Venga, que no se diga que por el Mudo no lo damos todo...

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Aunque la ciudad estaba decayendo a un ritmo inaudito en todo lo referente a la cultura, gastronomía y alcoholismo, la apertura de aquel local estaba en boca de todos desde hacía un año. Podrían haberle puesto los cristales tintados, haberle dado un ambiente misterioso o haberlo abierto en lugar más recóndito e inaccesible de los montes cercanos. Exclusividad, decían. Sin embargo, Le Grand Chef estaba situado enfrente de la playa, a la vista de todos los curiosos que suelen agolparse en las obras, competiciones deportivas o haciendo de público en los programas del corazón. Pero no sólo eso, familias con niños, hinchas del equipo contrario enfundados en todos sus colores, señoras mayores, bebés que levantaban las cabecitas extasiados desde la silla. Si había algo que ver en la ciudad, esa era la cristalera del restaurante.

Dos camareros y ninguno más, por exquisita recomendación de Le Grand Chef, movían el cotarro a la vista de todos. “¿Le gusta el vino, señora?”, “¿Aún tiene sitio para el postre?”, “Mire a esos pobres inocentes que cotillean desde la calle, já”, se podrían decir a ojos de los pobres y babeantes espectadores. Se atusaban la camisa moviendo los platos de aquí para allá, desviándose en atención hacia el único comensal del día, de la noche o de la tarde. Al pie del cañón, sin perder el resuello.

Una única mesa, dos camareros pendientes hasta del más mínimo suspiro que pudiese salir de la boca del afortunado. Y cientos de personas esperando a que se descorrieran las cortinas, se encendiesen las luces y diera comienzo la función. Teatro gastronómico, envidia colectiva. Disfrute egoísta.

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-Pues mira, esto no parece nada fácil. ¿Ves ese encriptado? -Señala a la pantalla y el colega entorna los ojos mientras piensa si es la vez número cien o mil que no se entera de nada de lo que su amigo le está contando.

-A ver, tío. Yo no soy informático, estoy mirando eso y no me entero de hostias. Tú dale duro, y si quieres bajo a por pipas o algo.

-¿Pipas? ¿Pipas? ¡Joder! Que esto no es como hackear el ordenata de la uni... Bueno, va, baja a por las pipas, que todo sea por el Mudo.

-¡Por el Mudo! -Manos en alto, brindis al sol incandescente con los diez dedos formando una palmada triunfal. El que no se entera de hostias tiene al menos dinero para pipas. El otro, un cerebrito, sabrá hacer su trabajo. Porque el Mudo lo merece.

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La función de la tarde ha acumulado público que acompaña el continuo chorrear del mal tiempo del invierno. No se distinguen caras, sólo telas impermeables, pelos mojados en rostros colectivos o sillas con toldos transparentes e intranspirables, por donde nadie respira, a lo sumo, un puñito de bebé que señala hacia la cristalera, contenido el aliento, espectante. Un policía dirige el tráfico, pero la gente ocupa parte de la carretera.

-¿A usted la han llamado alguna vez? -pregunta el anónimo a la anónima, sabiendo de sobra cuál es la respuesta.

-No. ¿Y a usted, caballero?

Y entonces, como si Hollywood se hubiese transportado enfrente de esa cristalera donde los camareros trajinan incansables, se miran a los ojos en su anonimidad, se cogen de las manos y se marchan paseando bajo la lluvia, sabedores de que en su miseria, su no elección, podría estar la felicidad pasajera. O hasta que la llamada los alcance, únicos en su individualidad, separados de nuevo por el misterio de saberse observados, de ser atendidos, de cruzar el límite.

Cuando los dos actores descorren la cortina, la representación muestra a una mujer madura. Plato para aquí, servilleta, cubiertos en el más estricto orden, sonrisa fugaz de uno, sonrisa amplia del otro, un poli bueno poli malo del que sólo se pueden ver los rostros. Nadie sabe cómo, pero los platos jamás se pueden observar desde la calle.

-¡Meca! ¿Esa no ye la Ramona?

-¿Ramona? -la multitud pregunta.

-Sí, ho, la de la plaza. La frutera. ¡Ramona comiendo aquí! ¡Vaya suerte que tiene la jodía!

-¡Oooooh! -admirativo, sin ambages. ¿Por qué Ramona y no yo?

Ramona no es sofisticada ni moderna, ni va a comer a restaurantes con nombres franceses. Ramona viste de delantal con manchas de fruta. O quizá no es Ramona, aunque se le parece.

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