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       Artículo de literatura

La noche se llama Olalla, de Jesús Ferrero: elogio de la venganza


 Terror / Suspense
Alejandro Serrano   26/01/2014
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     Novela policíaca profundamente apegada a la realidad de una España en crisis, que se zambulle en las miserias más oscuras del ser humano.
Portada de La noche se llama Olalla, de Jesús Ferrero«Detesto a las víctimas cuando respetan a sus verdugos
(Sartre)

Camino ya de las cuarenta obras publicadas y con una colección de premios que ya quisiera para sí la mayoría de escritores españoles, Jesús Ferrero es lo que podríamos llamar un autor consagrado. Desde 1981 es un fijo en el panorama literario patrio, con obras en su gran mayoría breves y de estilo reconocible, que reflejan habitualmente una amplitud de miras y perspectiva poco comunes, fruto sin duda de las variadas culturas que ha conocido, del propio rodar de una piedra condenada a pegar tumbos.

Su base de lectores fijos le ha permitido continuar dedicándose a un oficio en el que muy pocos consiguen cierta estabilidad económica en este extraño país –con incursiones en el mundo del cine, en español y francés-, y sobre todo en el que es muy sencillo quemarte a ti mismo, o que termines aburriendo a tus propios seguidores.

Aunque conocí su estilo hace ya muchos años, con “Lady Pepa”, novela con la que consiguió atraparme en un mundo tan lisérgico como demencial, y al mismo tiempo desnortarme con una profundidad psicológica rayana en la obsesión; un tiempo más tarde me maravilló con su primera novela publicada, “Bélver Yin”, ganadora del Premio Ciudad de Barcelona 1982, y más tarde con “Opium”, vinculada a la anterior. Hacía tiempo, sin embargo, que mi camino como lector no se encontraba con Jesús, así que en cuanto me enteré de que Siruela publicaría su nueva novela, “La noche se llama Olalla” (disponible en FantasyTienda) decidí pedirlo para reseña a la editorial, a través del subdirector de Fantasymundo encargado de su contacto.

En apariencia, el argumento destila pura esencia “ferreriana”: una protagonista fallecida en extrañas circunstancias, antaño chispeante, que nos habla a través de su diario y de los recuerdos que de ella alberga la memoria de quienes le sobrevivieron. Nuestra protagonista lucha desde las tinieblas de la muerte para que el accidente de coche que segó su vida sea aclarado a través de sus propios pensamientos manuscritos, asistida por un trío de personajes, cada uno con su particular cruz a cuestas: su destrozada y estupefacta madre, su enloquecido novio y Ágata Blanc, una detective experta en seguir rastros y perderse a sí misma en un mar de inconsciencia.

Frente a ellos, otro trío temible –del que poco os diré en esta reseña por lo evidente- intentará por todos los medios que todo quede inmerso en la apariencia: una chica narcotizada pierde el control de su coche y muere en el accidente, una de tantas historias que la policía de atestados se encuentra cada mes. Su madre, sin embargo, asegura que su hija no se drogaba, argumento fácil de rebatir… ¿qué madre o padre conoce por completo a sus hijos?

La novela me ha gustado y por supuesto la recomiendo; sin duda procuraré seguir a partir de ahora los movimientos del autor, tras un período de desconexión lectora imperdonable.

La noche se llama Olalla” es una novela corta, que apenas rebasa las doscientas páginas a un tipo de letra generoso. Contiene, como decía, bastantes de los ingredientes con los que Ferrero suele condimentar cada una de sus novelas. En este caso asistimos a un misterio, un mundo donde las sombras campan a sus anchas y acechan a quien no se anda con cuidado; unos personajes que han de luchar contra sus propios fantasmas a cada momento, y una trama sencilla de seguir pero que nos muestra, en toda su crudeza, la ferocidad de algunos depredadores que pueblan nuestras calles.

La novela habla del enfrentamiento entre dos formas de entender el mundo: una con la que la mayoría se identificaría, en la que aún tienen cabida los sentimientos en toda su poliédrica dimensión, con la que se experimenta, se ama, se odia, se busca, se encuentra y se pierde; y otra manera de habitarlo, que consiste en verse a sí mismo como a un depredador sediento de almas y cuerpos ajenos, sin conciencia ni más apetito que la autosatisfacción; cualquier medio está justificado, y uno no debe tener el más pequeño miramiento para coger lo que desea. Ferrero nos enfrenta directamente con los verdugos de los que hablaba Sartre, y nos pregunta si debemos respetarles, considerarles seres humanos.

Cada protagonista elige su bando y actúa en consecuencia.

El ambiente es opresivo, oscuro y viciado… algo lógico, teniendo en cuenta que nuestro trío de antihéroes se sumerge en las cloacas, y no espera salir indemne. La narración sólo se permite momentos de luz y alegría cuando la propia Olalla toma el mando con sus palabras, y aun así pronto nos encontramos también con las sombras que cualquier persona almacena en su interior, por más limpia que sea la máscara que se pone ante el resto del mundo. Ferrero, si bien parece haberse dulcificado algo con respecto a las primeras novelas a las que antes aludía, nos presenta la psique de cada uno de sus personajes como si no hubiera barrera entre ella y nosotros. Y el reflejo que podemos ver es duro, en ocasiones nos recuerda a nuestro propio interior y a nuestra propia máscara.

El misterio se desentraña de forma bastante clara, lógica y rápida… con las habituales pesquisas pero sin desalentar al lector. La combinación de elementos funciona, engancha y logra la inmersión necesaria para que nos “creamos” qué nos cuenta el autor. Devoré “La noche se llama Olalla” de una sola sentada, en poco tiempo, no pude parar de leer un solo instante, precisamente lo que busco en una novela.

Con múltiples referencias a la actualidad de nuestro país, el autor refleja una España en crisis, donde la mayoría de nosotros busca sobrevivir y enfrentarse a los vaivenes de una existencia que lucha contra la banalidad y la superficialidad impresas en el nuevo lema de una economía destrozada: “sálvese quien pueda”. Pero unos pocos, ajenos a preocupaciones materiales, de familias que provocaron la crisis, toman a la mayoría como el ganado perfecto del que aprovecharse para saciar sus apetitos más bajos e infames.

Jesús Ferrero

Estamos ante una novela que no busca crear un microcosmos ajeno a la realidad, sino que se zambulle en ella con todas las consecuencias, sin salvavidas, no sólo con un ánimo artístico, sino también de expiación de nuestros demonios cotidianos.

Aunque me ha convencido esta segunda entrega de los casos de Ágata Blanc -tras “El beso de la sirena negra- no esperaba encontrarme con un sorprendente fallo narrativo en un autor de este bagaje. Por supuesto, es algo que sucede en determinados momentos, no en toda la novela, sino no me habría atrapado de esa forma, pero es una astilla que molesta en una obra por lo demás atractiva. En ocasiones parece que Ferrero no distingue, en cuanto a la forma, entre el narrador y algunos de los personajes, parecen la misma persona, como si en un determinado momento, hubiera perdido la perspectiva del texto y no lograse dotarles de voz propia. Ignoro la razón por la que esto sucede de forma intermitente, aunque también he detectado algo más, no menos extraño en un escritor de esta experiencia: a veces, algunos personajes parecen declamar, contando a otro algo que ambos –y el lector- deberían saber y que no es necesario explicitar. Máxime en una novela de misterio fácil de seguir y que ya tiene narrador…

Más allá de estos dos fallos –insisto, puntuales y sorprendentes por la calidad habitual de Jesús, y siempre bajo según mi particular punto de vista- la novela me ha gustado y por supuesto la recomiendo; sin duda procuraré seguir a partir de ahora los movimientos del autor, tras un período de desconexión lectora imperdonable. He echado de menos más páginas, lo que no quiere decir que la experiencia haya sido incompleta… simplemente quería prolongarla.

Y tú... ¿respetas a los verdugos?

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