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       Artículo de literatura

Moravia, de Marcelo Luján. Cuando la tragedia te desgarra


Natalia Calvo   24/10/2013
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     Una tragedia que jamás habría podido ser de otra manera. Un relato cruel y realista que destrozará tu alma.
Portada de Moravia, de Marcelo LujánHace unos días comentaba en Facebook lo poético y místico de los viajes en tren. Por muy moderno que sea el convoy en el que viajes, por muy suave que sea el deslizarse sobre los caminos de hierro, hay un vaivén, unos sonidos, que se quedan grabados en la mente. Sobre todo cuando abandonas la fértil Asturias y atraviesas los montes y paisajes de los Picos de Europa. Hay algo místico y algunas maldiciones cuando sales de la tierrina y ¡maldita sea!, estás en la zona de la izquierda, disfrutando de paisaje, sí, pero no del que disfrutan tus compañeros de fila en las demás ventanillas. Hasta que decides abrir la mochila, acordarte de todos los familiares de tu mp4 que no tiene batería y ver, ¡oh, salvación!, que te has traído un montón de libros “por si acaso”.

Hay algo poético en descubrir que una de tus elecciones de mañana, cuando las legañas no te dejan ver qué estás haciendo ni qué estás seleccionando para el viaje, es “Moravia” (El Aleph Ediciones, disponible en FantasyTienda), de Marcelo Luján. Y es que Marcelo no es cualquier escritor, al menos para mí. Quedaban aún dos horas para llegar a León y el paisaje se sucedía en la otra ventana, mientras yo veía piedras y señores dormidos como si la rutina les hubiera hecho olvidar la belleza corriendo -poco- veloz a su lado.

Marcelo Luján es uno de esos tipos que hay que conocer. Argentino del 73 y ganador de unos cuantos galardones en España por su obra literaria, quienes vivimos en Gijón y participamos activamente en la Semana Negra lo conocemos con una caña en la mano o corriendo de aquí para allá, de una carpa a otra, presentando a escritores de todas las tallas, antologías y lo que se le eche por encima. Es más, los que venimos participando en los Talleres Literarios (o dirigiéndolos, como yo), conocemos su perspicacia, su perfeccionismo a la hora de corregir a los alumnos y le debemos un montón de buenas, malas y pésimas historias. Y es que Luján es, además de escritor, todo en un conjunto indisociable.

Volvamos al Alvia. Sacar un libro de tu profesor de taller implica un riesgo. Madre mía. ¿Y si no me gusta? ¿Y si todo lo que nos ha dicho lo incumple? ¿Cómo lo miraremos a la cara cuando, con el bolígrafo rojo con el que censuramos nuestras propias faltas, rellenemos “Moravia”? Y León a una hora cincuenta minutos.

Esta novela no es negra porque no hay un negro más oscuro que pueda definir el estado de ánimo después de acabarla. Chapeau.

El paisaje sigue pasando más allá de los raíles cuando Juan Kosic y Lidia Estefanía desembarcan junto a su hija del Murray II en Buenos Aires. Kosic es un bandoneonista de prestigio y su esposa, una mujer acomodada. Los tres viven en Nueva Orleans desde que Juan se marchase de su pueblo, Colonia Buen Respiro, en Argentina, quince años atrás. Ahora, después de triunfar como músico en una de las orquestas más prestigiosas de la ciudad norteamericana, vuelve a casa a demostrar que sí podía ser algo en la vida, aunque su madre y hermana jamás lo pensasen.

He querido empezar esta reseña hablando de mi viaje en tren. Porque de viajes es este libro. Una parte muy importante de las ciento cincuenta y pocas páginas que tiene, transcurre en un tren, en un ambiente ferroviario de los cincuenta. En la incomodidad de los coches, el guirigay de los viajeros y las paradas, arranques y esperas interminables de la locomotora. Pero también es el viaje del triunfo para Juan Kosic, el demostrar que no era un inútil, que podía triunfar, mientras su familia se hundía en la miseria relativa del pueblo donde había nacido. Un viaje de soberbia, una transformación velada en su propio enemigo. Y un viaje despreciado, irrelevante pero tortuoso para su esposa e hija, acostumbradas a otra vida en la ciudad.

Es un relato desgarrador. Sumido en la más absoluta negrura literaria que ya se presagia en sus primeras páginas, cuando, antes de ser reconocidos por sus pasaportes americanos, pasan una malaventura para poder desembarcar. Pero también es un viaje histórico, porque el autor no se contenta con contarnos la superficialidad de los acontecimientos inmediatos, sino que hace un relato de la inmigración europea tras la II Guerra Mundial que deja impresionado al lector por el interesantísimo tratamiento que hace de las motivaciones y dificultades que se encontraron. Una pequeña lección de microhistoria europea, de una parte y de otra. Y cómo la Historia se repite en varias tandas, y en este caso, los checos y centroeuropeos, por extensión, se vieron en la difícil elección de quedarse y callar ante los nazis o marcharse para siempre a intentar hacer las Américas.

Marcelo Luján (Por Almudena Peleteiro)

Quedan veinte minutos para la estación de León, donde debo cambiar de tren, y he cerrado ya la contraportada del libro. He dado un puñetazo simbólico que ha hecho girarse a medio tren a mirarme y he guardado el ejemplar en la mochila. Aún hoy, tres días después de terminarlo, siento como si me atravesasen el corazón cien mil agujas, como si me urticasen al mismo tiempo que me pinchan. Pero también siento como si Marcelo Luján estuviera aquí al lado, con una caja de pañuelos de papel por si acaso, en algún momento, se me ocurriese llorar. Y es que es una corta tragedia, que se lee en menos de dos horas, pero que deja huella y se te queda clavada. Con ganas de estrangular al señor que ronca en el asiento de delante, aunque no tenga culpa ninguna. Con ganas de llorar y sin poder, porque sí, porque lo que sucede en el libro es lo único que podía suceder, que si no, el señor Luján nos habría hecho trampa y se habría traicionado a sí mismo. Con ganas de haber visto el paisaje y no haberme sumergido en esta historia desgarradora que, sin embargo, merece más la pena que cuatrocientos montes. Con ganas de evitar esta confusión, este porqué.

Corto, intenso y necesario. Marcelo Luján ha creado en “Moravia” un libro que no podría ser de otra forma, por más que quisiéramos que la suerte de sus personajes fuera otra. Como él mismo dice en sus talleres, la novela negra no es un detective, femmes fatales y barrios bajos. La novela negra es la novela de la calle, de la gente. Y esta novela no es negra porque no hay un negro más oscuro que pueda definir el estado de ánimo después de acabarla. Chapeau.

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